Ya solo con el título, Hemoglobina (Roca Editorial, 2025) nos sitúa en el centro de la materia de la que está hecha la vida: la hemoglobina, esa proteína que vive en los glóbulos rojos y que es fundamental para la existencia porque se encarga de transportar el oxígeno por nuestra sangre. Junto a las muchas referencias provenientes del campo semántico biomédico —de hecho, varios de los personajes pertenecen a dicho gremio —, en este libro, lo sanguíneo también tiene un sentido simbólico. Al referirnos a la sustancia emocional que une a las personas, es decir, en su significado figurado, la sangre se vuelve tan vital como el oxígeno. En sintonía con esta dualidad semántica de lo sanguíneo, el escepticismo y la duda científica de Celia, la protagonista, que es genetista, se mantienen en tensión a lo largo de toda la novela frente a sentimientos y situaciones que no tienen una explicación clara.
Así, la bilbaína Isabel Fuentes, nacida en 1973, toma como punto de partida de su segunda novela, Hemoglobina, la metáfora de los lazos de sangre, entendiendo estos más allá del ADN compartido. Además de escritora, Fuentes es bióloga, doctora en Museología Científica por el Museo Nacional de Historia Natural de París y, en la actualidad, dirige el centro cultural CaixaForum Madrid. Su trayectoria multidisciplinar sustenta que Hemoglobina sea una obra original, entre otras cosas, porque es una ficción escrita por una científica que domina el juego literario y viceversa: una letrada con formación en ciencias. En una sociedad que tiende a separar las humanidades del resto de campos del saber, Fuentes nos invita a recordar que la literatura no es exclusiva de los filólogos. Precisamente, uno de los precursores posibles de Isabel Fuentes en la narrativa peninsular es Eduardo Mendoza, autor de novelas tan célebres como La verdad sobre el caso Savolta (1975) y Sin noticias de Gurb (1991), cuya profesión inicial fue la abogacía, y con quien Fuentes comparte el raro talento de hacer reír.
Teniendo esto en cuenta, Hemoglobina es, ante todo, un retrato mordaz de la forma disfuncional, tan característica de nuestro tiempo, en la que nos relacionamos con las personas más cercanas: amigos, madres, hijas, cónyuges, compañeros de trabajo o amantes. Fuentes dota de sentido a estas relaciones cotidianas mediante recursos humorísticos entre los que abunda el sarcasmo. Para mostrar la mirada aguda que define a Hemoglobina, podemos mencionar una escena en la que Celia visita a su mejor amiga, Marta, cuya vida, en apariencia, es más convencional que la suya. Así es como Celia describe la dinámica familiar de su amiga, con su particular perspicacia y escepticismo hacia todo lo considerado normal: «Es una delicia cómo en esa familia se concatenan las buenas voluntades para obtener resultados asombrosos sin que a nadie se le manche la camisa de sudor».
De la misma manera que la narradora tamiza con su sarcasmo la vida perfecta de su amiga, Hemoglobina también desafía las normas desde el género narrativo. La trama, además de funcionar como comedia, es propia del suspense, ya que se desarrolla en torno a un misterio que oscila entre el realismo y el absurdo. La intriga de esta novela es distópica, pero se entreteje en una atmósfera y unos personajes realistas. Por ejemplo, cuando leemos «¡Me ha mordido! ¡Esa señora me ha mordido!», se hace patente la epidemia vampírico-caníbal que los personajes han estado racionalizando con el tono escéptico propio de las mentes científicas, lo que provoca que la frontera entre lo real y lo sobrenatural se vuelva muy difusa.
De hecho, Isabel Fuentes construye una prosa verosímil en el terreno de lo improbable y, en gran medida, lo consigue gracias a una mirada irónica sobre las cosas que marca de manera consistente el tono de la narración y arranca al lector del mundo distópico con golpes incisivos. Esto se observa, por ejemplo, cuando Celia, testigo de la mordida y atrapada en su propia vida desestructurada, comenta que, si no fuera por las hormonas, «nadie en su sano juicio tendría hijos, desde que está prohibido utilizarlos como mano de obra», o cuando establece un símil entre una piñata de cumpleaños infantil y «los helicópteros de ayuda humanitaria». Estos momentos humorísticos interrumpen la distopía y abren un espacio de distancia crítica.
Los personajes, además de bromistas, son genetistas, médicos, académicos o policías, burgueses de clase media o media alta, algunos de los cuales presentan síntomas vampíricos. La falta de una explicación científica para estos instintos sangrientos mantiene en vilo tanto a la protagonista como al lector. En medio de lo delirante, la autora dota de credibilidad a estos personajes al mostrar sus contradicciones y hacer coexistir en ellos emociones nobles y rasgos narcisistas. Todos ellos navegan la descomposición de las categorías que estructuraban nuestros lazos afectivos y nuestra visión del mundo en el siglo XX. Podría decirse que, a través de esta particular reinterpretación del mito del vampiro, uno de los subtextos principales es la actual crisis de identidad generalizada que, según Hemoglobina, surge de una subjetividad neoliberal profundamente egocéntrica.
A partir de la fantasía gótica creada por Bram Stoker con Drácula (1897), y pasando por la película de Jim Jarmusch, Only Lovers Left Alive (2013), el arquetipo literario del vampiro sigue transformándose. Recientemente, en psicología, se ha popularizado la tendencia a considerar a ciertas personas «vampiros emocionales», término acuñado por el doctor Albert J. Bernstein para referirse a un tipo particular de narcisismo. A medio camino entre los monstruos de ficción y las personas bienintencionadas que van a terapia, se encuentran los vampiros de Hemoglobina. Como decíamos, nuestra protagonista, Celia, suele pasar tiempo con su mejor amiga, Marta, que es madre de una niña. El día de la fiesta de cumpleaños de la hija de Marta tiene lugar la primera escena en la que se insinúa un comportamiento vampírico, aunque aún de forma ambigua. La pequeña se hace una herida en la frente mientras juega y a continuación:
La sombra de un pirata se proyecta sobre el suelo. Parece la del capitán Garfio, pero es el capitán Jack Sparrow que, con los brazos en jarras, mira fijamente la frente sangrante de la niña. —Tranquila, princesa, que no vamos a necesitar la Cristalmina. —Y, cogiendo a su ahijada en brazos, le succiona la herida hasta que esta deja de sangrar y la niña deja de llorar.
Más tarde descubrimos que el personaje disfrazado de Jack Sparrow, amigo del marido de Marta, es una pieza clave de una conspiración dedicada al comercio y consumo ilegales de sangre. Esta especie de epidemia vampírica se manifiesta mediante ataques en los que la persona afectada siente el impulso irrefrenable de beberla. El intento de los personajes por encontrar una explicación científica a este fenómeno tendrá resultados anticlimáticos cuando se descubre que estos arrebatos violentos son una consecuencia probable de las prácticas New Age de moda que se extienden por las redes sociales, como el consumo excesivo de superalimentos considerados buenos para la salud o el veganismo. Dichas prácticas se presentan aquí como manifestaciones de un egocentrismo llevado al paroxismo.
La búsqueda constante de una explicación lógica para aquello que parece sacado de una comedia de terror devuelve insistentemente el relato al terreno del realismo, del mismo modo que la ironía, como se ha señalado, interviene en la distopía. En el momento en que se sitúa la narración, Celia ha dejado atrás su trabajo en un laboratorio policial y ejerce como científica responsable del departamento de reproducción asistida de una clínica. Aunque se dedica a tratar la infertilidad de otras personas, se siente frustrada porque su novio —un médico condescendiente y con aires de grandeza que la llama «nenita»—, no quiere tener más hijos, dado que ya tiene dos de su primer matrimonio.
A lo largo de la novela, la maternidad se aborda desde una perspectiva multidimensional que incluye desde la inseminación artificial hasta la relación entre Celia y su madre, una mujer presumida y orgullosa que, en su vejez, depende de una trabajadora racializada que desempeña su labor con dedicación, a pesar de no estar unida a ella por lazos de sangre. Por otra parte, Olivia, la hija de Marta, es la ahijada de Celia, y a través de ella esta canaliza sus impulsos maternales al margen del parentesco biológico. A otro nivel, la narración vincula el deseo reproductivo con el sexual y atribuye este último a las hormonas y al instinto de supervivencia. Fuentes rompe con el estereotipo de la mujer madura que no es madre al mostrar el placer sexual de Celia como algo libre y positivo, con independencia de su resultado reproductivo. Por ejemplo, cuando esta se permite tener una aventura con un compañero de trabajo casado.
El arquetipo del vampiro, originado en la cultura europea del siglo XIX, se asocia no solo con una estética crepuscular y predadora, sino también con una dimensión romántica y seductora, ya visible en Nosferatu (Murnau, 1922). Sin embargo, a diferencia de la tradición clásica, Celia no sucumbe al hombre que la muerde, sino que este pierde todo su atractivo. Esta inversión revela un trasfondo feminista en la construcción del personaje. De manera análoga, así como las olas del feminismo no responden a una progresión cronológica lineal —pues la lucha continúa reclamando derechos formulados hace más de un siglo—, Celia encarna una encrucijada generacional atravesada por el mandato milenario de que, para existir, es necesario tener un marido y un hijo.
Isabel Fuentes ya había incursionado en el mundo de la ficción literaria con Un gen fuera de la ley (Turpial, 2015), novela descrita en su día como inclasificable, ya que es «policiaca, social, feminista y cómica». Todos esos adjetivos pueden aplicarse también a Hemoglobina, gracias a la habilidad de la autora para combinar con fluidez esa variedad de elementos. En cuanto al humor, ya he mencionado a Eduardo Mendoza y he leído más de una comparación entre Fuentes y Luis García Berlanga. Es indudable la coincidencia con la mirada ácida de Berlanga, así como la deuda con el teatro del absurdo, cuyos referentes en la península incluyen, entre otros, a Jardiel Poncela. Al igual que Berlanga y Poncela, Fuentes lleva la banalidad de nuestras costumbres, afectos o miserias a límites estéticos y lógicos. En este sentido, la risa funciona como un resorte político y una forma de disenso, ya que está indisolublemente unida a la voluntad de desenmascarar la parte absurda de todas las cosas.
No es de extrañar que la historia literaria de las autoras de comedia no haya recibido atención hasta hace relativamente poco, ni que instituciones tan importantes como el Museo Nacional del Prado de Madrid no hayan presentado una exposición dedicada a una pintora hasta 2016. El artículo «Humor, feminismo y crítica social en la novela española contemporánea» (2014), de Pilar Martínez-Quiroga, donde se citan narradoras como Rosa Montero o Carmen Rico Godoy, de una generación anterior a la de Isabel Fuentes, habla del humor en estas autoras como un agente de cambio social feminista. Otro referente en esta genealogía del humor feminista es, sin duda, el fenómeno de 2018 Lectura fácil, de Cristina Morales, un libro que, al igual que Hemoglobina, utiliza la risa para sacudirnos también políticamente.
El personaje de Hemoglobina que más se ajusta al molde de la comedia es un antiguo compañero de Celia: el expolicía Enciso. Enciso está investigando, como detective privado, la relación entre los ataques vampíricos y el tráfico de sangre, según confiesa, por orden del Vaticano, que teme la posible proliferación de una secta satánica. Al mencionar al Vaticano, Fuentes nos adentra de nuevo en la dimensión de lo creíble. No sería de extrañar que a la Iglesia le preocupara la migración de la fe hacia subgrupos religiosos de tipo sectario que, como sucedió en su día con el cristianismo, tienen el potencial de masificarse.
Enciso, además de ser el clásico policía de carácter castizo, emociones simples y buen olfato, es un personaje que no entiende nada de lo moderno. Por ejemplo, se queja de que su bar de siempre ahora está limpio, tiene tapas con nombres incomprensibles y ha perdido la gracia de las colillas y las cáscaras de cacahuete en el suelo. Hay algo en la melancolía de Enciso con lo que es fácil identificarse. A diferencia de Celia, la verdad que busca no es científica, sino narrativa; tanto ellos como nosotros terminamos encontrándonos con un híbrido entre las dos verdades.
Como apuntábamos al principio, Hemoglobina es una sátira de nuestra sociedad consumista, egocéntrica e infiel. En Hemoglobina, Fuentes ha construido una verdad literaria que, además de entretenernos con la historia de unos vampiros narcisistas y veganos, refleja las costumbres de nuestro tiempo con la distancia que permite el sentido del humor.
Laura Pavón Aramburú es doctora en Culturas Latinoamericanas, Ibéricas y Latinas por la City University of New York. Pronto comenzará un nuevo puesto como profesora asistente en la Washington and Lee University.










