Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

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Para cuando estas líneas aparezcan cualquier pronóstico sobre el futuro de la invasión militar rusa en Ucrania habrá quedado obsoleto, así que voy a abstenerme de leer los posos del té.

Empecemos por lo básico.

Ucrania es un estado independiente desde 1991. En 1945 se había incorporado a Naciones Unidas como la República Socialista Soviética de Ucrania, una de sus 51 naciones fundadoras. La suya era, sin embargo, una independencia de cartón. Como todas las pretendidas naciones de la URSS, Ucrania tenía un derecho abstracto a separarse de la Unión, pero ni ella ni ninguna otra república se hubieran atrevido a ejercerlo. La situación, empero, cambió radicalmente con la implosión de aquel tinglado leninista en 1991. En 24 de agosto, el aún Soviet Supremo de Ucrania declaró su independencia y en 1 de diciembre más del 90% de sus ciudadanos la refrendó con su voto. En 26 de diciembre, su gobierno, más los de Rusia y Bielorrusia, en cuanto miembros fundadores, procedieron a la disolución legal de la URSS. Con la frase acuñada, Ucrania pasó de la ley a la ley.

El pasado 24 de febrero pasado Rusia pisoteó la soberanía de Ucrania e invadió el país.

A lo largo de su reciente pasado como estado independiente sucesivos gobiernos locales han incurrido en numerosos yerros y han dado abundantes muestras de corrupción, pero sólo a los ciudadanos de Ucrania corresponde pedirles cuentas y sólo ellos tienen el derecho de decidir su futuro. El rechazo palmario de la invasión rusa por una mayoría; la bravura del presidente Zelenski; el coraje de sus militares y sus voluntarios mal armados y peor apoyados han demostrado que saben perfectamente hacia dónde quieren transitar: hacia una sociedad de ciudadanos libres, iguales e independientes. Justamente lo que la invasión rusa trata de impedir. 

No seré yo quien critique esos deseos ucranianos. Pero sí puedo mirar hacia atrás con ira porque no estaba escrito que tuviéramos que haber llegado hasta aquí.

¿Dónde está aquí? Los medios más repulidos lo ponen así: el final de un orden internacional basado en reglas. Otra de sus cursilerías. Si estamos ante algo es ante un renovado y poderoso intento de acabar con la Pax Americana, que ha permitido a una dilatada parte del mundo tres cuartos de siglo de relativa prosperidad con su defensa del capitalismo de libre competencia y de la democracia representativa así como con el despliegue de su poderío militar para garantizar ambas cosas. Como alternativa, el imperialismo costroso y dictatorial de la Rusia de Putin o un brillante futuro totalitario bajo Xi Jinping, su aliado y eventual mentor.

¿Por qué no teníamos que haber llegado? Porque estábamos perfectamente avisados de lo que iba a suceder. Ucrania no es la primera muestra de la vis goliardesca del dictador ruso. Sólo una nueva representación de la obra: siempre con el mismo guion, siempre igual a sí misma.

¿Y a quién me refiero con ese teníamos, así, en primera persona del plural? Por supuesto, a todos los que sentimos apego a los valores de eso a lo que llamamos Occidente, pero especialmente a los gobernantes a los que damos nuestro voto, aunque sigan sin entender la tradicional conseja anglosajona: «engáñame una vez y la desvergüenza será tuya; engáñame otra y será mía». Putin ha conseguido engañar a los dirigentes del mundo libre una vez tras otra.

En estos días he rememorado la lectura, ya casi olvidada, de un libro de Marcel H. Van Herpen (Putin’s Wars: The Rise of Russia’s New Imperialism. Rowman & Littlefield: Nueva York 2014. No hay traducción castellana), poco conocido, pero no menor. Van Herpen es el director de un banco de ideas independiente (Cicero Foundation) en Maastricht, Holanda, y se especializa en la integración de los países del Este en la Unión Europea.

Cito el libro por su segunda edición de 2015. La inicial se publicó poco antes de la primera guerra de Ucrania y su original data del verano de 2013 y es anterior al conflicto armado de 2014. La segunda edición, escrita ya tras la victoria de Putin en Crimea, incluía dos nuevos capítulos. Uno sobre lo que Van Herpen fue de los primeros en llamar guerra híbrida, en la que Putin se ha revelado como gran maestro. El otro incluía un aviso: la guerra no iba a quedarse allí; continuaría bajo varios posibles escenarios. Justo los que aún hoy están por decidirse en esta segunda guerra de 2022.

La primera edición del libro -la escrita en 2013- concluía que «si Ucrania opta por una mayor integración en la Unión Europea, no hay que descartar un escenario como el de Georgia 2008: el Kremlin provocará asonadas en Ucrania oriental o en Crimea, donde son muchos quienes cuentan con un pasaporte ruso. Eso dará un pretexto a Rusia para intervenir en Ucrania, “proteger a sus nacionales” y desmembrar el país».

Si estas apreciaciones se han revelado exactas no se debe a que Van Herpen cuente con el don de la profecía, sino a su profundo conocimiento de las, por así decir, leyes de movimiento de la sociedad rusa postsoviética.

Pero de esas sedicentes leyes de movimiento hablaremos luego. Ahora lo que interesa es entender cómo Putin ha conseguido engañarnos tantas veces y por tanto tiempo. La culpa es exponencialmente nuestra.

Como nuestra es la Europa que se ha dejado engañar. La Unión Europea es ungran proyecto postmoderno. Tras siglos de luchas de poder y guerras de conquista, la ilusión colectiva que la mantiene es la de haberlas reemplazado definitivamente por la cooperación pacífica, la confianza mutua y la interdependencia. Europa sería así y ante todo una zona de paz. También de valores, con altos grados de democracia y moral pública. Y, por supuesto, de prosperidad gracias a su gran mercado integrado y a las generosas transferencias en agricultura y infraestructuras para sus miembros menos desarrollados. Ese paquete constituyó el atractivo fundamental para que los estados de la antigua Europa soviética quisieran integrarse en ella.

Pero, al final de la Guerra Fría los europeos nos creímos que la paz del continente era una emanación ineluctable de nuestra forma de proceder y no necesitaba de esfuerzos añadidos. En consecuencia, recortamos aún más nuestros gastos de defensa, seguimos apoyándonos en la capacidad de disuasión americana y disfrutamos de los dividendos de la nueva era de paz sin pensar en el mañana. Sólo unos pocos estados europeos cumplían y cumplen con la meta propuesta por la OTAN de dedicar un 2% del PIB a gastos de defensa. Alemania, la central económica europea malamente llegaba al 1,4%. «De hecho, Europa de desmovilizó y se desarmó pese a los numerosos signos de que, en los años recientes, Rusia, el estado sucesor de la Unión Soviética, se tornaba crecientemente asertiva, ultranacionalista y revanchista».

Y nuestra diplomacia prefería olvidar que en 2007 Moscú había «suspendido» el tratado de fuerzas armadas convencionales en Europa y que, un año más tarde, invadía Georgia. La idea de que Rusia carecía de aspiraciones territoriales hacia sus vecinos ha seguido viva durante años, al tiempo que la cooperación militar con ella creció incluso tras la guerra en Georgia. Los críticos del floreciente comercio de armas con la Rusia de Putin eran acallados con el mantra de que «la Guerra Fría ha acabado».

Europa tiene una gran responsabilidad por los sucesos de Georgia 2008 y Ucrania 2014. Para contentar a Rusia bloqueó los planes de integración de ambos países en la OTAN y prefirió seguir haciendo negocios con el agresor. Jugosos contratos de defensa contribuyeron significativamente a la modernización del ejército ruso y un gran número de líderes europeos de todas las tendencias, de Gerhard Schröder a Silvio Berlusconi, de Nicolás Sarkozy a François Fillon flirtearon con Putin y los oligarcas.

La responsabilidad, empero, no se quedaba a este lado del Atlántico. Al otro, la elección de Obama, el primer presidente negro de Estados Unidos, inmediatamente beatificado con el Nobel de la Paz 2009, significó la creciente retirada de su país hacia el interior. Tan pronto como tomó posesión del cargo, el nuevo presidente planteó una reformulación de las relaciones con Rusia con el mensaje implícito de que no sancionaría sus agresiones. La amnesia, cuando no la mera inacción, se había convertido en la regla para solucionar los más serios conflictos internacionales.

En 2013 Obama dio la espantada ante su propia línea roja de intervenir en la guerra civil de Siria y dejó el campo abierto a la injerencia rusa. En 2014 el presidente se negó a poner en práctica la resolución del Congreso que le autorizaba a proveer de armas letales a Ucrania para defenderse de su primera violación. También abandonó la defensa con misiles antibalísticos de países fronterizos con Rusia como Polonia o Eslovaquia. Con su habitual arrogancia, Obama despachó a Rusia como «un poder regional» y atacó a Mitt Romney, el candidato republicano a la presidencia en 2012, por mantener que el principal enemigo de Estados Unidos era Rusia, no Al Qaeda.

Aunque sí las principales, no todas las culpas recaen sobre Obama. En 2001, recién llegado a la presidencia, a George W. Bush le pidieron su impresión de Putin, con quien acababa de encontrarse por primera vez. «Le miré directamente a los ojos y sentí que era muy directo y fiable… Vislumbré su alma; un hombre profundamente entregado a su país y a sus mejores intereses… No le hubiera invitado a mi rancho si no confiara en él».

El caso de Donald Trump ha sido peor. Por más que el recién despedido presidente pusiera acertadamente el dedo en varias llagas de la política exterior norteamericana, su admiración por la pretendida eficacia de los regímenes dictatoriales permitió a Putin adornarse con sus elogios, tan inmerecidos como disparatados. En la cumbre de Helsinki 2018, con Putin por testigo, Trump se permitió atacar a sus propios servicios de inteligencia, a sus oponentes del partido demócrata y a los trabajos de Robert Mueller, el investigador especial encargado de indagar su eventual colusión con Rusia en las elecciones de 2016, que, por cierto, no pudo ser probada. No olvidemos, empero, que los delirios de Trump sobre la eficacia dictatorial en Rusia y China los han compartido críticos jurados suyos tan significados como Francis Fukuyama o Thomas Friedman, el inefable columnista de NYT, que aún sigue creyendo que el mundo es tan plano como su caletre.

No sin razón The Atlantic se preguntaba hace tiempo si Putin tomaba a los presidentes americanos por tontos. Pero en el fondo, en todos ellos latía una reedición de la hipótesis modernizadora: la economía de mercado acabaría por convertir a la Rusia postsoviética en un nuevo socio del club de las sociedades democráticas.

Ya lo había avanzado en 1997 David Remnick, el actual editor del New Yorker que ha convertido a esa antaño notable revista en uno de los medios highbrow más entregados al wokismo. «Rusia no es una gran amenaza para el mundo. No existe el espantajo inminente de un imperialismo renovado, ni siquiera en el interior de la antigua Unión Soviética […] Tras siglos de aislamiento, Rusia parece dispuesta no sólo a convivir con el mundo, sino dentro de él».

No iba a ser así.

Cuando en 1991 desapareció la URSS parecía que Rusia estaba dispuesta a salir del círculo infernal en el que la había encerrado la revolución soviética: una economía planificada ineficaz, falta de libertades, corrupción y una gestión burocrática asfixiante. A pesar de que quienes controlaban todas las instituciones del imperio eran los rusos étnicos, algunas de las numerosas naciones de la URSS gozaban de mejores condiciones de vida que ellos, mientras que otras, más pobres, acaparaban generosos subsidios para hacer frente a sus compromisos fiscales. Fue, pues, en su centro donde se empezó a tantear el final del régimen imperial. La desaparición de la URSS no la impusieron fuerzas externas, sino una implosión causada por la fatiga imperial.

Pero, como la víctima de un accidente que sigue sintiendo el miembro perdido, para muchos rusos étnicos la desaparición del imperio pronto dio paso al dolor por su ausencia. Un imperio que empezara a forjarse en el siglo XVIII no deja fácilmente de ser añorado, aunque al final se hubiera convertido en aquella fatigosa carga soviética.  Con el inconveniente adicional de que, una vez alcanzada su independencia, resultaba difícil forzar de nuevo la lealtad de los emancipados. Reconstituir el imperio iba a exigir, pues, un serio empeño de los dirigentes rusos y exigía recurrir a otras formas de actuación. La nueva estrategia rusa empezó a fraguar en 1996, cuando el presidente Clinton apoyó la entrada en la OTAN de algunos de los antiguos países miembros del Pacto de Varsovia, y comenzó a hacerse sentir decisivamente con la llegada al poder de Putin al final de 1999.

Putin nunca ha considerado que su tarea principal fuera acabar con la corrupción y la falta de seguridad jurídica que había aumentado rápidamente en la era Yeltsin. De hecho, una de sus primeras decisiones fue conceder a su antecesor total inmunidad frente a eventuales acciones legales. Por el contrario, sus esfuerzos se han encaminado en línea recta a la restauración imperial. Desde 2005, Putin ha insistido en que el colapso de la Unión Soviética ha sido «la gran catástrofe geopolítica del siglo» y una «tragedia para el pueblo ruso» que exigía remedio.

Pero la restauración imperial no podía limitarse a una recuperación del desacreditado legado comunista y exigía una puesta al día. Putin la ha dotado de dos vectores no especialmente innovadores, pero eficazmente actualizados. Por un lado, un nuevo estilo de paneslavismo para aglutinar al antiguo núcleo duro de la URSS; por otro, la oferta de una estrecha cooperación económica y militar -obviamente liderada por Rusia- con sus antiguos miembros no eslavos, especialmente los nuevos países de Asia central. Se trataría, en suma, de una recreación de la URSS incorporando elementos de la etapa zarista -el apoyo de la iglesia ortodoxa-; instituciones típicamente soviéticas -reencarnación de la KGB en una aún más poderosa FSB-; y nuevas fuerzas de choque -como el movimiento Nashi y los comandos cosacos-.

Indudablemente esa gran meta no está aún al alcance de Putin, pero tanto su política interna como sus propuestas de actuación internacional a corto y medio plazo han buscado allanar el resultado final. Entre las últimas, la estrecha alianza con la Bielorrusia de Lukashenko, iniciada ya bajo Yeltsin; la primitiva Unión Aduanera, luego transformada en Unión Económica Euroasiática; y el Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO por sus siglas en inglés), todas ellas proveen clones alternativos a las instituciones occidentales al tiempo que propician un nuevo orden regional donde Rusia imponga su hegemonía. La reciente declaración de una colaboración «sin límites» con Pekín sigue por la misma senda: dar jaque a la alianza occidental liderada por Estados Unidos.       

El proyecto neoimperial difícilmente hubiera resultado creíble sin la introducción de cambios en la estructura política doméstica para hacerla atractiva ante sus destinatarios inmediatos y, al tiempo, verosímil para la comunidad occidental. Pero venía dañado de fábrica por una inevitable vía de agua: por más que aparentase la adopción de instituciones similares a las de los países democráticos (elecciones, partidos, medios de comunicación independientes) no podía tolerar una real alternancia en el poder.  

A Putin sus años de residencia en la República Democrática Alemana le habían abierto los ojos. Allí se instruyó en la fórmula estalinista aplicada después de 1945 en los países del Este que habían contado con partidos independientes durante la primera mitad del siglo XX:  permitir la existencia puramente nominal de algunos siempre que sus dirigentes aceptasen convertirse en dóciles ejecutores del guión que les imponían sus mentores comunistas.

Putin adaptó ese modelo a las necesidades de la Rusia postsoviética. No era tarea fácil porque alguno de los nuevos actores políticos podía tratar de mantener los compromisos con su electorado, pero la técnica, con ayuda de una corrupción rampante de los procesos electorales, se ha afinado hasta hacerlos totalmente dúctiles. A las elecciones legislativas de 2021 concurrieron ocho partidos. Dos –Rusia Unida, el partido que apoya a Putin y los comunistas del CPRF– se repartieron 69% de los votos y otros dos 14% adicional. Son los cuatro que con algunos cambios de nombre han protagonizado, con papeles bien establecidos, las farsas electorales bajo Putin.

Si algún partido trata de desplegar una oposición real, como en el caso de la Rusia Futura de Alexei Navalny, se ve rápidamente enfrentado con una creciente persecución judicial y condenas a largos años de cárcel cuando no a la acción directa de supuestas organizaciones de masas o al asesinato de sus dirigentes por agentes de la FSB o las mafias que la FSB financia y controla.

Desde la invasión de Ucrania en febrero 2022 la represión de cualquier acción opositora o, simplemente, de la información independiente ha aumentado vertiginosamente, pero esa nueva intensidad venía prefigurada desde la llegada de Putin al poder. Su justificada denuncia actual no puede ocultar la pasividad occidental del pasado y, menos aún, las ilusiones de que Putin o la prosperidad económica iban a convertir a Rusia en «uno de los nuestros».

Los azares o, para quien se quiera hegeliano, las ironías de la historia convirtieron en enemigos encarnizados a los comunistas de Stalin y a los totalitarios fascistas y nazis. Sin duda, divergían en sus raíces ideológicas, pero no en sus objetivos ni en sus métodos de dominación. Basta con recordar la facilidad con la que se forjó el pacto Ribbentrop-Molotov en 1939. Fueron esos mismos azares, no tanto ideológicos cuanto nacionalistas, los que les llevarían después al enfrentamiento en el campo de batalla y fundarían la exitosa patraña de una incompatibilidad radical entre ambos totalitarismos.

En la visión de Rusia impulsada por Putin ambos coinciden. Como Mussolini, Putin trata de esconder las diferencias en el seno de la sociedad rusa bajo un consenso nacional en torno a su persona, tal cual lo hacía el das Volk de los nazis. Y, como Stalin, subordina los intereses de una sociedad diversa a una entrega incondicional a la patria. Todo ello bajo una creciente perversión propagandística donde la democracia se convierte en democracia soberana (cada país tiene derecho a definirla según sus necesidades e intereses), los derechos humanos en valores nacionales (que relativizan su tradicional versión universalista) y la ideología en un híbrido propagandístico que combina bonapartismo, fascismo italiano, ultranacionalismo nazi y utopía comunista. Con unas gotas de vocabulario liberal, ése es el cóctel que hasta hace poco Putin ha servido con éxito a Occidente con la anuencia pasiva de sus dirigentes.

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