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Miguel Ángel Quintanilla Fisac: racionalismo o barbarie


A favor de la razón
Miguel Ángel Quintanilla Fisac
Editorial Laetoli, Pamplona, 2021

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Miguel Ángel Quintanilla Fisac es un potente filósofo de la ciencia y de la técnica de cuyos escritos y reflexiones algunos hemos aprendido mucho. A veces por responsabilidad cívica se adentra en otras áreas del conocimiento, como la Filosofía moral y política. Buena prueba de ello es su libro Filosofía ciudadana (Editorial Trotta, 2020), en el que se recogen las piezas radiofónicas que periódicamente leía en Onda Cero Salamanca. Así se despedía de sus oyentes poco antes de que comenzara la pandemia.: «Durante estos cuatro años he aprendido mucho con ustedes, he aprendido a expresar ideas abstractas con lenguaje sencillo». El resultado es un muy apreciable ejercicio de difusión de cultura científica, filosofía y reflexión política.

En estas páginas comentamos su publicación más reciente: una edición revisada y aumentada de A favor de la razón, uno de sus libros más logrados. Como expresa en el prólogo, aspira el autor a «que la lectura de este libro ayude al lector a explorar su propio camino de liberación y a comprender que el ejercicio del pensamiento y la acción racional es la única herramienta que tenemos para ello (pág. 169)».

Cuarenta años después de su primera edición, esta apología del racionalismo en su nueva versión enriquecida resulta una oportuna y necesaria aportación en tiempos de irracionalismo y cháchara. Y aunque nuestro añorado Javier Muguerza nos aconsejara en su día que «no es conveniente mezclar la razón con la esperanza», Quintanilla, siempre más optimista, se encomienda a las nuevas generaciones para que no cejen en el intento. Tienen por delante cuarenta años más para intentarlo, como expresa en el epílogo actual:

«A hombros de gigantes»

Como decía Bernardo de Chartres (siglo XII), podemos ver más y más lejos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos alzados por aquellos «gigantes». Quintanilla recoge esta conocida alegoría en sus últimos textos, no para referirse sólo a los gigantes con reconocimiento sino también a tantos gigantes anónimos que nos ayudan a descubrir nuevos horizontes.

«La década de la transición democrática, cuenta el autor, fue decisiva para mi madurez intelectual. Descubrí la lógica matemática de la mano de un amable profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca, el padre Vicente Muñoz. Y presenté una tesis de grado sobre los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 de Carlos Marx de manera que al final de la década de los 70 nos sentíamos herederos y continuadores de la tradición marxista pero también de la filosofía analítica. Éramos entusiastas del positivismo, de la lógica matemática, de la filosofía científica de orientación popperiana y de la filosofía lingüística inspirada por Wittgenstein». (pág. 8).

Recuerdo que en aquella Salamanca de comienzo de los años sesenta aquel entrañable fraile de la Orden de la Merced nos descubrió a sus estudiantes de Lógica y Filosofía de la ciencia las raíces de esta corriente filosófica. Nos contagió su entusiasmo por las ideas del El Círculo de Viena, movimiento surgido en la Viena de finales del imperio austrohúngaro, capital entonces de la cultura europea, la literatura, el arte, el pensamiento o la teoría del Derecho. A pesar de sus diferencias, los miembros de aquel grupo eran seguidores de la tradición ilustrada, política e intelectual. Creían y confiaban en que el progreso, la justicia y el bienestar de la humanidad vendrían del desarrollo científico. Para tres de sus figuras más representativas (O. Neurath, R. Carnap y M. Schlick), la unidad de la ciencia era la tarea pendiente y compartida que debería ser promovida desde diversos ámbitos intelectuales. A tal fin proyectaron la idea de crear una enciclopedia de las ciencias para el logro de una orquestación compleja de los conocimientos epistémica y socialmente reconocidosJuan Moreso, “Las raíces de la filosofía analítica”, Revista de Libros, 30/04/ 2021..

A Quintanilla y a mi nos producía particular curiosidad Otto Neurath, el más radical políticamente de aquel Círculo, posicionado a la izquierda de la socialdemocracia con la que por cierto simpatizaban buena parte de sus miembros. Neurath «navegaba» entre la ciencia y la política tratando de mantener unidos la reflexión filosófica y el activismo militante, por lo que rechazaba la distinción establecida por Rudolf Carnap entre problemas internos y externos de la ciencia. Y a mi parecer, un trasfondo de esta polémica sigue resonando en algunos de los capítulos del libro que estamos comentando.

Quintanilla ha sido fiel desde entonces a la filosofía analítica, un estilo de practicar la filosofía, un ejercicio de higiene intelectual que implica: consistencia, es decir,deferencia con los criterios de orden lógico a fin de que los razonamientos estén libres de contradicciones; y, en segundo lugar, tener en cuenta la relevancia empírica de las hipótesis. Esta conjunción ayuda a formular bien las preguntas, a plantear correctamente los problemas; en suma, a nombrar las cosas con propiedad porque «nombrar mal las cosas sólo añade desgracias al mundo», como advertía Camus. Practicando esta elemental deferencia epistémica resultan creencias y opiniones plausibles, compatibles con el conocimiento teórico y la información disponible y pertinente para el caso. Así pertrechados, no se incurre en adanismos intelectuales; se descubren los trucos de los argumentarios políticos y el trapicheo con las palabras, tan frecuente en el debate público y mediático actual.

Para todo esto y mucho más, el gran maestro de Quintanilla ha sido Mario Bunge, premio Príncipe de Asturias y Dr. Honoris causa por la Universidad de Salamanca. Así resume Quintanilla la personalidad intelectual de aquel: «un filósofo sistemático, coherente, que expresa su pensamiento con claridad, que va de la filosofía de la ciencia a la filosofía política». Tanto en los escritos más filosóficos de Quintanilla como en sus teorías sobre la técnica como razón práctica se aprecia la impronta del filósofo argentino.

«Racionalismo o barbarie»  

Así titula el primer capítulo del libro, que cabe considerar el lema de Quintanilla. Desarrolla una concepción teórica y práctica de la racionalidad que se fundamenta en lo siguiente: el mundo de la ciencia es el lugar privilegiado del conocimiento y la verdad. Los conceptos científicos tienen un compromiso con la idea filosófica de verdad; y la lógica de la actividad científica, sus procesos, convierten los procedimientos de investigación en paradigmas de racionalidad (pág.48).

La primera edición de este libro (1981) contaba con herramientas intelectuales y posiciones consolidadas presentes ya en su primer libro Idealismo y filosofía de la ciencia. Introducción a la epistemología de Karl. R. Popper (1971). Además de criticar algunos supuestos de la filosofía del gran filósofo vienés (1902-1994), en el texto queda constancia de la huella de Popper en el pensamiento de Quintanilla: los buenos argumentos se sostienen en la mejor ciencia disponible; pero ni la ciencia es conocimiento seguro y definitivo ni su desarrollo es una marcha triunfal a lo largo de la historia. Eso no obsta para que se considere a la ciencia cultura civilizatoria con legítima pretensión de universalidad. De ahí la importancia de difundir sus descubrimientos y conclusiones, provisionales, sin duda, pero merecedoras de consideración y respeto evitando así manipularlas o instrumentalizarlas en beneficio de parte.

La dimensión práctica de la racionalidad científica

«La investigación científica, hacer ciencia consiste en hacer proyectos que comprometen nuestra visión de la realidad, nuestra acción y la propia configuración efectiva de la realidad no sólo social, sino incluso, en gran parte, natural. El proceso de investigación científica es él mismo un proceso práctico, que tiene su cumplimiento en un contexto de opciones prácticas». (pág. 49). De ahí que el pensamiento científico no deba desentenderse de los valores morales y pautas de comportamiento asociados a la civilización.

Quintanilla no comparte la idea de una filosofía de la ciencia desvinculada de la praxis, de los objetivos y medios de la acción. Encuentra la raíz de la dimensión práctica de la racionalidad científica en los procedimientos de los que se vale la ciencia y en los procesos que aquellos activan. De ahí que debamos estar atentos a los problemas vinculados a la racionalidad de la acción. Desde este puno de vista el libro aborda la cuestión central de la racionalidad tecnológica como modelo de toda acción racional (pág. 17).

La tecnología como paradigma de acción racional

«Por lo que se refiere a la racionalidad de los valores y objetivos caben dos alternativas: establecer una serie de criterios morales desde los cuales juzgar la validez de cualquier sistema de acciones; o, por el contrario, tomar como patrón de acción algún tipo de sistema de acciones y procesos e indagar la forma como en esos procesos se generan sistemas de valores y se establecen objetivos de acción. Aquí asumiremos esta segunda alternativa tomando como paradigma de la acción racional la acción tecnológica» (pág. 123), argumento que se despliega en el capítulo 7 del libro.

Los sistemas de acciones técnicas desarrollan un modelo de racionalidad práctica en sus propiedades constitutivas y distintivas, en sus estructuras, funciones y conjuntos de acciones que configuran y caracterizan dicho modelo. Su valor se vincula a la producción de eficiencia (conseguir algo de forma efectiva, en grado elevado lo que se propone; y de forma ajustada, minimizando los resultados no propuestos o no deseados). Se trata de un modelo que resulta valioso en función de criterios propios (no ajenos, no importados del modelo de racionalidad económica) y criterios objetivos (no subjetivos o cambiantes). Además, el modelo de racionalidad de la acción tecnológica se substancia en los procedimientos para la toma de decisiones y no en el contenido de las decisiones que se toman. La acción tecnológica es prototipo de acción racional no por los objetivos o los resultados de dicha acción, sino por la forma como se formulan tales objetivos y se consiguen los resultados.

Democracia, racionalidad procedimental y gobierno de la interacción política

De estas ideas pueden extraerse enseñanzas y analogías fértiles orientadas al campo de la Teoría Política normativa. Decía el politólogo Giovanni Sartori que «de todos los sistemas políticos el que más crucialmente depende de la inteligencia es la democracia». Desde su fundación en la Grecia clásica entre episteme (conocimiento racional) y democracia hay cierta analogía. Al igual que en la ciencia y en la acción tecnológica, su valor radica en los procedimientos institucionalizados para la toma de decisiones y no tanto en el contenido de las decisiones que se toman. En democracia, no procede aplicar el dictum de Maquiavelo: «los hechos acusan; pero los resultados excusan». En democracia no vale el «como sea». Los procedimientos, las instituciones y sus reglas cuentan mucho y no se deben rebasar.

Hay democracia allí donde una comunidad política constituida se sustenta en una ley común cuyo principio moral es el repertorio de los derechos humanos y cuyas instituciones jurídico-políticas se configuran como Estado de Derecho. De acuerdo con este marco institucional y sus procedimientos se establecen las atribuciones del Estado y los ciudadanos; se instituye la representación política como cauce principal y garantía de la participación política. Apelar a la democracia y prescindir de alguno de esos elementos constitutivos resulta un contrasentido, una ensoñación que casi siempre acaba en pesadilla o en un régimen autoritario de poder. Ahí está la historia contemporánea de Europa y España y, en particular, el periodo de entreguerras para confirmarlo. En suma, democracia, no hay otra.

El reformismo, motor de progreso   

La técnica y también las democracias son sistemas adaptativos que transforman el entorno autotransformándose a fin de preservar o recuperar las propiedades y prácticas distintivas que justifican su existencia y acreditan el funcionamiento de sus instituciones. He ahí el verdadero sentido del reformismo. Como expresa Quintanilla, «el argumento principal a favor del gradualismo es que nos permite aprender de nuestros errores; es la única actitud científica» (págs. 74, 93) y la que puede hacer que una comunidad política progrese moral y políticamente.

El procedimiento democrático estimula el progreso político y las buenas reformas, si se respetan loscriterios que guían el progreso del conocimiento científico y técnico: a) reconocimiento de que el progreso es acumulativo; o sea, tiene que haber cierta continuidad de las trayectorias; b) el funcionamiento de sus respectivos sistemas de acción necesita promover impulsos de innovación práctica. Estos deben operar bajo ciertas condiciones de control de la innovación; deben estar guiados por criterios tanto internos (factibilidad y eficiencia) como externos (idoneidad y análisis de sus consecuencias) (págs. 95-101). Esta analogía entre razón tecnológica y democracia constituye una fuente de inspiración para configurar criterios normativos e índices de evaluación de calidad de los sistemas de acción políticaB. Gómez Fortes, I. Palacios, M. Pérez Yruela y R Vargas-Machuca, Calidad de la democracia en España. Una auditoría ciudadana (Ariel, 2010).. ¡Cuantas iniciativas políticas han resultado un fraude o un fiasco porque en su ejecución se ha dado la espalda a la racionalidad tal como se explica en el este libro!

Sin duda, las disfunciones contra la razón evidencian el declive de las democracias. Y refuerzan una hipótesis sobre las patologías de la democracia y sus consecuencias, al menos en España, que cabe formular de la siguiente manera: el trastorno epistémico precede al desorden moral y la conjunción de ambos conduce a la catástrofe política que muta la democracia en otra cosa. De ahí que sea esencial recuperar la actitud de franco respeto por el pensamiento racional y la confianza en «el poder moral de la razón»R Vargas-Machuca, El poder moral de la razón. La filosofía de Gramsci, Madrid, Tecnos, 1982.. En esta reedición de A favor de la razón encuentran los lectores una invitación inapelable a ello.

Estas páginas son, además, una prueba del empeño virtuoso de Quintanilla como maestro. A él no le preocupa tanto lo que pensamos sino cómo pensamos. Su intención y esfuerzos se orientan a que pensemos correctamente. Sus amigos, lectores y alumnos se lo agradecemos. Ese estilo intelectual produce sus frutos como atestigua el acierto del libro que estamos comentando.

El pensamiento científico y la ideología de izquierdas

Un filósofo como Quintanilla, heredero de la tradición ilustrada, piensa y discurre racionalmente tanto para obtener un conocimiento verdadero de la realidad natural y social como para hacer propuestas eficientes de gestión o modificación de la interacción social. Para el logro de estos objetivos, el conocimiento científico-técnico y la crítica racional son instrumentos imprescindibles. Esta perspectiva epistémica y política, tan presente en el libro y en el conjunto de su obra, implica una refutación de la omnipresente ideología de la posverdad y una deslegitimación de las apelaciones a las identidades particularistas, recursos ambos de los que se valen grupos situados a la izquierda para justificar sus estrategias y alianzas.

Para un socialdemócrata clásico como Quintanilla, «socialista a fuer de liberal», el modelo institucional de justicia se condensa en la figura del «Estado social y democrático de Derecho», que proclama el artículo1.1 de la Constitución española. Sus propuestas programáticas sobre desarrollo económico, mercado, eficiencia, bienestar e igualdad social son de índole reformista y congruentes con sus criterios epistémicos (págs.146-147,151). Y es que a partir de los años setenta no pocos de nuestra generación con vocación política y bagaje intelectual fuimos acomodándonos al ritmo del país. Aprendimos a pensar y comportarnos como reformistas; unos, lo hicieron por conveniencia o necesidad; otros, por convicción gracias al ejemplo y las enseñanzas de algunos sabios y pacientes «hermanos mayores» como el iusfilósofo Elías Díaz a quien en justa correspondencia Quintanilla y yo le dedicamos nuestro ensayo La utopía racional.

Pues bien, el capítulo último del libro A favor de la razón se titula «El pensamiento científico y la ideología de izquierdas», donde señala Quintanilla dos grandes errores de la izquierda: «la condescendencia con algunos totalitarismos del siglo XX» (pág. 147); y que la ideología de izquierdas hoy en buena medida «haya dejado de estar asociada a la cultura científica, a la apreciación de la ciencia…se viene posicionando consciente o inconscientemente de espaldas a la ciencia».” (pág.152). Por eso considera necesarias una «autocrítica sin paliativos» y una rectificación. He aquí algunas de sus propuestas para reconciliar a la izquierda con la ciencia y la tecnología: 

a) Recuperar el ethos de la ciencia.  Remite el autor a los principios que a finales de los años cuarenta del siglo pasado promoviera Robert Merton. Dado que en sectores de la izquierda existe una cierta tendencia al dogmatismo y al sectarismo, más vale asumir lo que el gran sociólogo americano denominaba «escepticismo organizado», vacuna eficaz para erradicar patologías contrarias a la razón. De lo que se trata es de «no aceptar nada por motivos que no sean pruebas razonables, hechos empíricos, demostraciones convincentes. No hay principios de autoridad en la ciencia…No hay principios de autoridad en la izquierda» (pág.159-160).

 b) Asegurar la autonomía de la ciencia. No se trata de una pretensión ingenua o imposible. Está a nuestro alcance, si el modelo de hacer ciencia satisface los objetivos fundamentales de esta: el aumento del conocimiento y de sus aplicaciones tecnológicas; que los científicos gocen de autonomía suficiente para actuar libremente como científicos y poder hacer buena ciencia con independencia de que guste o no al poder, a los grupos de presión ideológicos y mediáticos o a las empresas que financian los proyectos. Hagamos, pues, ciencia porque se consideran plausibles sus pretensiones de verdad y explicativas así como su capacidad de desentrañar los secretos de la naturaleza. Y concluye: «la izquierda debería asumir la idea de Michael Polanyi de que hay que imponer límites a la intervención externa sobre la ciencia tanto del poder político, económico o ideológico» (págs.161-163)Seguro que Quintanilla comparte esta opinión de Marx en El Manifiesto comunista a la que solía recurrir el filósofo Manuel Sacristán (Barcelona 1925-1985) para ahuyentar el sectarismo de próximos y extraños: «A un hombre que intenta acomodar la ciencia a un punto de vista que no provenga de ella misma (por errada que pueda estar la ciencia) sino de fuera, un punto de vista ajeno a ella, tomado de intereses ajenos a ella, a ese hombre le llamo canalla». Nos lo recordaba no hace mucho en estas páginas Félix Ovejero, uno de los discípulos más apreciados por el filósofo barcelonés (“Sacristán y la verdad como compromiso”, Revista de Libros 25/12/1921)..

c) Difundir la cultura científica: ciencia para ciudadanos. Las dos propuestas anteriores están orientadas a prevenir y evitar la manipulación de la ciencia. Algo que sólo se puede lograr en un régimen político de democracia liberal en el que funcionen de modo apropiado el Estado de Derecho y la democracia representativa. Sobre este cimiento institucional, sí podría fructificar el último reto de Quintanilla en su libro: el de «cómo articular la participación social en la política democrática de la ciencia» (pág.162). Su respuesta es esta: «la democracia consiste en que el público pueda tomar posiciones respecto a cuáles son los objetivos y los medios adecuados para el desarrollo científico y tecnológico de un país. Que pueda tomar posiciones con conocimiento de causa e información solvente»” (pág.165). Además de optimismo, que a Quintanilla no le falta, el logro de esta aspiración requiere una política cultural y educativa que perfila en dos ilustrativos decálogos: uno en relación con la ciencia («ciencia para ciudadanos») y otro en relación con la tecnología («tecnologías entrañables»). Merece la pena que Uds., lectores potenciales de este libro, lean y analicen por sí mismos estos dos decálogos, resumen final de su modelo de racionalismo cívico. Constituye una referencia casi obligada para pensar «a favor de la razón» y asumir de manera consciente las responsabilidades que como ciudadanos tenemos en este campo cada vez más decisivo para el presente y futuro de la humanidad y el planeta. Por estas y otras buenas razones que pueden encontrar en el libro, les animo a leerlo.

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