MI SIGLO. CONFESIONES DE UN INTELECTUAL EUROPEO
Aleksander Wat
Acantilado, Barcelona
1.072 pp. 39 €

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Tanto o más que silenciar voces incómodas, el objetivo de la sistemática liquidación de los intelectuales en las primeras décadas de la Unión Soviética era reducir el terreno de la reflexión, las dudas, la pluralidad, la ambigüedad, el subjetivismo, el retiro a esferas de pensamiento y espiritualidad privados, el eclecticismo, las contradicciones, en fin, también la vida interior y «el alma»: complicaciones innecesarias en una economía socialista donde no debía haber derroche, complicaciones que convenía suprimir lo más rápidamente para forjar una sociedad más coherente, monolítica, eficiente y fácilmente maleable y dirigible.

Así lo entendió Aleksander Wat (Varsovia, 1900-París, 1967), poeta futurista del que acaba de publicarse en español el monumental testimonio de sus años de juventud en el crisol de los debates intelectuales de entreguerras, y de los nueve años que, por hablar más de la cuenta en Lvov, ante un círculo de compañeros y chivatos que venían fugados como él de la Varsovia ocupada por los nazis, pasó en una docena de cárceles soviéticas, en la misma ciudad de Lvov y luego en Kiev, Moscú, Saratov y Alma-Ata, especialmente en la temida «Lubianka» de Moscú. Ese periplo que empezó en Varsovia en los años veinte y que lo condujo, presidio a presidio, hasta Asia Central, y cuyo relato precede en diez años a la publicación del Archipiélago Gulag de Solzhenitsin, se convirtió en un referente para los círculos disidentes en los países satélites de Moscú.

De un testimonio así podría decirse que está «escrito con sangre», con la sangre del autor, si no fuera porque Wat, debilitado por la vida infrahumana de aquellas mazmorras, atormentado por la enfermedad, ya no pudo físicamente escribirlo. Pero pudo dictarlo.

Sucedió en 1963 en Estados Unidos, donde se hallaba invitado a pasar unos meses por una fundación de Berkeley. Hablaba muy mal el inglés y su mala salud y la sensación de ser un atavismo de un mundo lejano e ininteligible para sus colegas estadounidenses le condujo a una depresión, de la que vino a rescatarle su compatriota Czeslaw Milosz, ofreciéndose a entrevistarle y grabar sus recuerdos. Mi siglo es la transcripción de cuarenta conversaciones, y este procedimiento, además del indudable talento de Wat como narrador oral, le da al copioso recuento de trances pavorosos un grato tono informal y llano, alegrado por excursos como aquel en el que, a propósito del carácter inconformista de cierto poeta polaco, aparecen Unamuno y «Borojo»: «Había pasado mucho tiempo en España y se le había pegado: siempre decir que no, no señor Aleksander, no es así; siempre encontraba un distingo. ¿Conoces aquella anécdota sobre Unamuno según la cual éste pasa junto al Ateneo en compañía de –si mal no recuerdo– Borojo? Dentro hay una reunión, la puerta está abierta de par en par, los oradores discursean apasionadamente y el público también está que arde. Y dice Unamuno: “Me apetece tomar parte en el debate”. “¿Sabes de qué va la cosa?”. “Me da igual, voy a estar en contra”».

Al margen de anécdotas como ésta, para el lector español esa parte es la menos interesante del libro: un galimatías de apellidos acabados en «zyk» y en «ewski», de entre los cuales destacan Broniewski, singular caso humano, político y poético con el que el autor va encontrándose y perdiéndose de cárcel en cárcel, y el no menos interesante dandi y beau ténébreux Stanislaw Witkiewicz, cuya obra literaria ha ido publicándose desordenadamente en España en las últimas décadas. La evocación más interesante entre los personajes de la cultura es la de Maiakovski en sus últimos años, yendo y viniendo por amor entre Moscú y París, y deteniéndose en Varsovia, donde Wat asiste a su caída desde lo alto del entusiasmo hasta el fondo de la desesperación. Según el ruso, fue comprendiendo la magnitud de su equivocación y la de los poetas y artistas de vanguardia que se pusieron al servicio de la revolución –con todos los crímenes, renuncias y traiciones que eso comportaba–, sin sospechar que el partido ni los necesitaba ni los quería. Una historia bien conocida, pero que aquí vemos desde un ángulo nuevo.

Con todo, la parte más sustancial y celebrada de Mi siglo es la dedicada a narrar la experiencia carcelaria, que comprende las condiciones de los diferentes penales, las categorías y comportamientos de los compañeros de celdas, la mentalidad y cultura de los carceleros e interrogadores, un tratado sobre las clases y la manera de comportarse de las chinches, los efectos del hambre, los primeros síntomas con que se anuncia la locura en los prisioneros que llevan demasiado tiempo soportando tales condiciones, los diversos grados de colaboración, la delación, la confesión forzada y la voluntaria de delitos reales o inventados… Un testimonio armoniosa e inextricablemente entrelazado con las reflexiones de Wat, rumiadas durante tantos años, acerca de la fascinación de la primera generación de revolucionarios por la crueldad y la sangre (p. 139), la personalidad de Stalin o un supuesto «componente asiático» en la mentalidad rusa.

En los relatos de otros prisioneros, por ejemplo en Arthur Koestler o en el injustamente olvidado Petru Dumitriu, a veces irrumpe una esperanza trascendente o idea de Dios, una «conversión»: seguramente se trata de un fenómeno de compensación de tantas privaciones. En el caso de Wat, la aparición estelar y consoladora de Dios viene incluso precedida por la presencia física en su celda del mismo diablo –«lo vi sin discusión, era él, incluso con pezuñas, y no sólo lo vi sino que sentí el olor a azufre»– en una de las escenas más perturbadoras de este libro, tan valioso para quienes estén interesados en aquellos años especialmente tétricos del experimento bolchevique.

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