Memorias políticas

Pláticas de familias

LEOPOLDO CALVO SOTELO

La Esfera de los Libros, Madrid, 256 págs.

Agur Aznar. Memorias de un vasco en Madrid

IÑAKI ANASAGASTI

Planeta, Barcelona, 544 págs.

La escasa frecuencia de la aparición de libros de recuerdos de políticos españoles tiene como consecuencia que se exija poco del género y que los propios autores no lo aprecien tanto. No ya cada uno de los presidentes norteamericanos, sino también personajes de la política europea, como Margaret Thatcher, han escrito gruesos volúmenes de memorias convenientemente asesorados por escritores y documentalistas. No cabe la menor duda de que en este caso han conseguido compensar de alguna manera la parquedad de sus ingresos durante los años que han estado activos en política. En España de ninguna manera puede pensarse que el ansia lectora del público llegara a tamaños extremos. Quien escribe sus memorias lo hace para reivindicarse y suele hacerlo demasiado tarde, sin aprendizaje para la escritura y sin apoyo documental que pueda inducir a creer en su imparcialidad. Los dos libros aquí reseñados incumplen alguno de estos rasgos generales; constituyen, además, la cosecha más reciente en un género del que ya se ha dicho que no se caracteriza precisamente por la abundancia.

Leopoldo Calvo Sotelo tiene el gusto por la escritura y la virtud de la ironía incluso ejercida respecto de sí mismo. Es, también, como él mismo se describió en una ocasión, un personaje «de natural pendenciero», lo que siempre es un aliciente en un escritor de memorias. Sus Pláticas de familia resultan, sin embargo y a conciencia, un libro menor. Siempre he pensado que una persona de sus condiciones debiera haber escrito un libro bastante más amplio que el dedicado a su presidencia y editado hace años. Ahora lo que hace es volver a algunos de sus recuerdos de la etapa anterior a su llegada al frente del ejecutivo o a los posteriores y más amargos.

Quien escriba acerca de su propio pasado tiene que saber que un peligro que le acecha es tratar de descubrir en sus ancestros lo que él solo ha vivido. Reivindica Calvo Sotelo su raíz liberal, pero no pasa de ser una curiosidad su emparentamiento con un cacique liberal gallego. Tiene, en cambio, mucho más interés su relación antagónica, en tiempos juveniles, con la Falange y su vinculación con medios monárquicos, que luego evolucionaron en un sentido muy divergente. De la etapa posterior a su presidencia merece la pena recordar la peculiar actitud del cardenal Suquía, como si le juzgara un peligroso heterodoxo por haber aceptado una ley del divorcio, y la negativa del general Manglano a dar testimonio de que no hubo «guerra sucia» durante el mandato presidencial del sucesor de Suárez. De cualquier manera, el libro, muy grato de lectura, sabe a poco. Quién sabe si no sería mejor que el ex presidente reelaborara con mayor amplitud sus antiguas memorias.

Iñaki Anasagasti ha escrito un testimonio que tiene el atractivo de parecer, a primera vista, veraz, muy espontáneo y publicado en el momento más oportuno. Se trata de un libro nada pulido y muy discutible en muchas de sus apreciaciones, hecho a partir de la adición de informes, diarios y tomas de posición ocasionales. Pero todo ello no le quita valor a unas páginas que serán discutidas, pero que proporcionan información de primera mano y muy interesante.

La Historia se reconstruye por medio de testimonios de los protagonistas, cruzándolos y discerniendo su verosimilitud. Es de suponer que Aznar, Álvarez Cascos y Mayor Oreja tendrán que ofrecer su versión y lo harán en forma contrastada con la del político vasco. Pero éste revela qué papel ha desempeñado el PNV en tiempos recientes en la política española. Especialmente interesantes resultan, por ejemplo, las revelaciones acerca de las crisis políticas gubernamentales de 1993 y de 1996. Tanto en la primera, con los socialistas, como durante la segunda, con los populares, resulta evidente que los nacionalistas vascos estuvieron a punto de entrar en el gobierno de España. En el segundo caso se pensó incluso nada menos que en Ibarreche como titular de la cartera de Industria. Si se tiene en cuenta que luego la ocupó Piqué que, en fin de cuentas, había desempeñado el cargo de director general de Industria en el gobierno de la Generalitat, se podrá concluir que, aun obligado por las circunstancias, Aznar pensó en serio en integrar a los nacionalismos en su proyecto político. De cualquier modo, todo se arruinó en 1998. Un supremo dirigente del PNV, el siempre denostado Arzalluz, avisó al presidente del Gobierno que iba a contactar con el mundo etarra. Yo no me tiro a la piscina sin agua, se sabe desde hace tiempo que replicó Aznar. Lo que, en cambio, hasta ahora se ignoraba es la réplica del nacionalista: «Pero tienes medios para saber si hay agua o no». Resulta toda una sorpresa que tanta intimidad concluyera en una confrontación tan encendida. Pero de ella se trata también en una escena dramática en que Aznar amenaza a Anasagasti con una frase –«el que la hace, la paga»– que rompió de modo definitivo la anterior intimidad. Otro aspecto relevante del libro se refiere a la relación entre el propio Aznar y Álvarez Cascos. Este último mantuvo una consistente política de cercanía con respecto al PNV que sigue estando por explicar y de la que sería oportuno que diera cuenta algún día. Todavía estamos muy lejos, sin embargo, de conocer de modo suficiente los entresijos de la política gubernamental del PP.

Queda, en fin, la persona del Rey, muy criticado en el libro de Anasagasti y, sobre todo, revelado en su forma de actuación más espontánea, de un modo que quizá nadie ha hecho hasta el momento en la política española. Anasagasti no tiene razón al reprocharle no haber intervenido acerca de la guerra de Irak o para desmontar la tensión existente entre Madrid y Vitoria. Incluso cabe preguntarse si don Juan Carlos puede ejercer su función de arbitrar y moderar si cada una de sus frases inmediatamente se traslucen al dominio público. Pero lo escrito por Iñaki Anasagasti revela también una clave de interés en la política española. En el fondo en las reivindicaciones nacionalistas hay un porcentaje considerable de sentimentalidad ofendida o sin atender. Si es así, como parece, y se tienen en cuenta los antecedentes mencionados, parece que será posible al final algún tipo de acuerdo. Por lo menos será viable superar la «sima» –este es el término empleado por el vasco-entre buena parte de la sociedad vasca y la española.

Ficha técnica

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