Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa


Leningrado: La tragedia de una ciudad asediada 1941-1944
Anna Reid
Debate, Barcelona, 2022.
536 p.

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«Mariúpol, la última en sumarse a la lista de ciudades mártires de la historia» titulaba un reportaje del diario ABC hace unas semanas. En la entradilla podía leerse: «Hiroshima, Varsovia, Sarajevo, Guernica, Alepo….todas fueron monumentos del terror y la resistencia. Devastadas, son ciudades mártires no tanto por la destrucción de sus barrios, sino por las pérdidas humanas». Más o menos por las mismas fechas podía leerse en el diario El Mundo otro artículo con un contenido muy semejante, incluso en su aspecto formal. Con el título de «Alepo, Grozni, Sarajevo… Las otras ‘ciudades mártires’ de la Historia» se precisaba que «El infierno de Mariúpol recuerda al que sufrieron otros lugares en el pasado, arrasados por asedios y bombardeos». Otro rotativo, News ES Euro, calcaba en una crónica reciente el mismo titular: «Mariúpol, Kiev, Mykolaiv… las ciudades mártires de la guerra en Ucrania». Las atrocidades cometidas por el ejército ruso en localidades cercanas a la capital ucraniana, como Bucha y Borodyanka añadían, por si falta hiciese, las pinceladas macabras de violaciones masivas y ejecuciones a sangre fría de la población civil, incluyendo ancianos, mujeres, niños y hasta familias enteras. La guerra se ve de manera diferente cuando está lejos o cerca de casa. Los europeos en su conjunto, hasta cierto punto indiferentes cuando los conflictos se localizaban en el continente africano o incluso más cerca, en Oriente Medio (la guerra civil siria, que lleva ya más de once años), asisten sobrecogidos a la barbarie desatada por la Rusia de Putin en la vecina Ucrania.

Aun a riesgo de incurrir en una atención excesiva en la anécdota, no puedo callar que la denominación de «ciudades mártires» me parece especialmente impropia en este contexto, porque entiendo que la condición de mártir incluye una cierta voluntariedad, cuando no una –al menos implícita- vocación de ejemplaridad. Es mártir, como dice la RAE, quien acepta el sacrificio, incluso la muerte, en defensa de su religión, de la misma manera que, por extensión, también consideramos mártir a quien sufre por algún motivo que es racionalmente explicable, ya sean sus creencias o convicciones (segunda de las acepciones), ya sea en cumplimiento estricto de su deber u obligaciones (tercera acepción). Ninguna de estas circunstancias se produce en el caso de las urbes asediadas, bombardeadas, incendiadas, saqueadas o directamente destruidas que mencionaba en el párrafo inicial. Sus habitantes son simplemente víctimas de la guerra, pero víctimas que en ningún momento han elegido tal condición, víctimas sin ninguna vocación de tales, sin aspiración alguna de dar ejemplo de nada, víctimas muy a su pesar. Hablar pues de «ciudades mártires» constituye en el fondo un contrasentido, casi una contradicción, hasta cierto punto equiparable a esa patética coletilla de «catástrofe humanitaria» que nos obligan a oír o leer decenas de veces al día en los más diversos medios.

A nadie se le escapa, naturalmente, que esta propensión de sitiar o atacar enclaves urbanos, por su condición estratégica, simbólica o cualquier otro motivo, y luego entrar en ellos a sangre y fuego, destruyendo todo a su paso y exterminando todo atisbo de vida, es viejo como la humanidad. Aun así, los historiadores han hecho hincapié en el concepto de «guerra total» para singularizar los cuadros bélicos de la época contemporánea, en especial los que tienen lugar en el siglo XX con las dos guerras mundiales. Lo que se quiere decir con ello es que, lejos de delimitar o circunscribir las acciones bélicas a los contendientes destinados al efecto, esto es, los ejércitos o los elementos directamente militares, la guerra se extiende con todas sus consecuencias al conjunto de la población, de tal manera que se diluyen los límites entre frente y retaguardia y, del mismo modo, entre combatientes y elementos civiles (incluyendo aquí incluso a niños, enfermos, inválidos, etc.) En la era de masas, se hace más verdad que nunca el consabido aserto de Clausewitz acerca de la guerra como continuación de la política por otros medios. Ello implica, de forma poco menos que inevitable, la utilización masiva y sistemática del terror, de la propaganda y de las técnicas de desmoralización del enemigo. La población civil se convierte en un preciado rehén con el que negociar, presionar o chantajear. Aunque se hable de reglas y normas en la propia guerra, lo cierto es que ningún ejército en la época moderna prescinde en la práctica de ese recurso ominoso. En este aspecto se difuminan los contornos diferenciadores entre buenos y malos o, por decirlo con menos simpleza, entre invasores y defensores, causas justas e indefendibles. Hitler mandó bombardear poblaciones inglesas sin el más mínimo interés militar o estratégico (coventrizar en el argot de Goebbels) pero los aliados respondieron con una brutalidad semejante (Dresde como paradigma).

Como señalaba al principio, la invasión rusa de Ucrania ha traído al primer plano de la actualidad y las controversias mediáticas la cuestión de la guerra, no ya en sus aspectos más generales sino en sus elementos específicos, desde el avance mortífero de columnas de tanques hasta la construcción de trincheras y barricadas, pasando por las huidas precipitadas o el refugio en el subsuelo de miles de personas presas del pánico. Sobre todo las imágenes de ese espanto reflejado en rostros inocentes –niños pequeños, por ejemplo- o en la población más vulnerable –esas mujeres embarazadas cubiertas de sangre- nos han despertado la memoria del sufrimiento reciente en el mismo suelo europeo, no hace tanto tiempo al fin y al cabo. Se detecta una mayor sensibilidad social en estos últimos meses hacia la fragilidad de nuestro mundo en general y de nuestro ordenamiento social y político en particular: muchos parecen haber caído en la cuenta, ahora, de que tanto la paz como la democracia no son bienes absolutos establecidos de una vez y para siempre. Tampoco hay que hacerse muchas ilusiones acerca de la pervivencia de esta alerta, que desaparecerá con toda probabilidad en cuanto cambien las circunstancias. Pero por el momento, al menos, es indudable que esta nueva guerra en suelo europeo ha roto muchas falsas seguridades y despertado no pocas inquietudes, que nos pueden servir para reubicarnos en este escenario geoestratégico del siglo XXI, en muchos aspectos no tan distinto, como nos empeñábamos en creer, al que dejamos atrás cuando el mundo cambió de milenio.

Dentro de este renovado interés por los acontecimientos bélicos del pasado reciente que, como he señalado, incentivan las presentes incertidumbres y que, en último término, pueden arrojar patéticos paralelismos con algunas realidades actuales como viejas pesadillas que resurgen, se inscriben los libros sobre dramáticos episodios del siglo pasado, como este Leningradode la periodista inglesa Anna Reid que, curiosamente, se presenta con dos subtítulos, El asedio más épico de la Segunda Guerra Mundial y el que en mi opinión es más ajustado al contenido, La tragedia de una ciudad asediada. Sobre el cerco de la majestuosa capital rusa el lector español ya disponía de una excelente bibliografía. Puede recordarse, sin ir más lejos, y limitándonos a lo publicado en los últimos años, El sitio de Leningrado, 1941-1944, de Michael Jones (Crítica, Barcelona, 2008; nueva edición, 2016); Leningrado. Asedio y sinfonía, de Brian Moynahan (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2015); La batalla por Leningrado. 900 días asediados por la Wehrmacht, de David M. Glantz (Desperta Ferro, Madrid, 2018) y El sitio de Leningrado. La lucha por la vida, coordinado por José Luis Hernández Garvi (Pinolia, Madrid, 2022), y todo ello sin contar las obras que abordan el episodio de forma más o menos detallada al tratar de la División Azul o aquellas otras que se ocupan del sitio en el contexto de los avatares de la guerra en el frente soviético. Insisto, pues, en que la bibliografía sobre el trágico bloqueo de la urbe es muy amplia, factor nada desdeñable a la hora de juzgar las contribuciones de Reid que, aunque maneja fuentes de primera mano, no logra aportar en conjunto grandes novedades a lo ya sabido, fuera de algunas estimaciones puntuales sobre la vida cotidiana en la población acorralada y un cuadro vívido de las grandes penalidades sufridas por sus habitantes.

El sitio de Leningrado comenzó en los primeros días de septiembre de 1941 y se prolongó hasta los últimos de enero de 1944, es decir, casi dos años y medio o, lo que es lo mismo, cerca de novecientos días. ¡Novecientos días! ¡Se dice pronto! Si las cifras de la Segunda Guerra Mundial adquieren por lo general proporciones inconmensurables, todo lo relativo al frente oriental alcanza niveles apocalípticos. Se estima en setecientos cincuenta mil el número de civiles que murieron de hambre durante el período que duró el asedio. Había una voluntad decidida en los agresores alemanes de aniquilar de ese modo al mayor número de los aproximadamente dos millones y medio de personas que habían quedado atrapadas allí, como en una gigantesca ratonera (entre ellos, al menos, cuatrocientos mil niños). Una determinación criminal que se vio paradójicamente favorecida, como la autora subraya en distintas ocasiones, por la pasividad, la ineficacia, la corrupción y, en definitiva, por decirlo sin ambages, la criminal incompetencia de las autoridades soviéticas, siempre mucho más pendientes de ejecutar una paranoica persecución de los supuestos disidentes o simples desafectos a la causa del partido que de proteger de modo efectivo a los ciudadanos de a pie. Estos, en conclusión, se vieron atrapados por los dos más perversos artefactos totalitarios que había alumbrado el siglo XX: la maquinaria criminal nazi y la implacable apisonadora soviética. Pese a sus diferencias, ambos convergían en lo fundamental, desde el punto de vista del individuo concreto, desvalido, aterrorizado e inerme: en un absoluto desprecio por la vida humana.

Aunque el pacto Molotov-Ribbentrop fue considerado desde el principio un acuerdo contra natura, aparte de una monstruosa traición por parte soviética a las fuerzas obreras y progresistas de todo el mundo, desde la perspectiva actual se puede entender mejor el sentido y hasta la coherencia estalinista en la firma de un compromiso que, en consonancia con un proyecto político de largo alcance, ponía muy por encima de la solidaridad internacional y el socialismo mundial los intereses nacionales del Kremlin y que entroncaba más, de esta manera, con el imperialismo clásico de los zares que con los presuntos nuevos objetivos de la URSS. Dicho de manera más clara, la prioridad de Stalin en el contexto de las convulsiones europeas de finales de los años treinta era defender su integridad territorial, y preservar el régimen -entendido ya como «socialismo en un solo país»- sin que por ello implicara, por otra parte, renunciar a unos anhelos imperialistas que, bien podían venderse, para quien quisiera comprarlos, como liberación de las clases oprimidas en los países limítrofes (una voracidad que empezaba por Polonia y Finlandia y luego se extendía a otros países vecinos).

Lo que no era más que un vil reparto del mapa europeo, podía presentarse también como hábil recurso para ganar tiempo mientras las potencias capitalistas se despedazaban. Está claro que en ese pacto de pillo a pillo, Hitler demostró serlo mucho más que el georgiano, que se vio completamente sorprendido y desarbolado cuando el Führer ordenó en junio de 1941 el ataque a la Unión Soviética, la llamada Operación Barbarroja. Como escribe Reid, «al cabo de pocas semanas el Ejército Rojo se encontró defendiendo las ciudades rusas más importantes. La víctima principal de la falta de preparación fue Leningrado». Los alemanes se habían puesto a las puertas de la vieja ciudad imperial en apenas unas doce semanas desde el comienzo de la invasión. Los soviéticos no solo no habían tomado las precauciones más indispensables, sino que parecían paralizados, incapaces de sobreponerse al desconcierto. Solo así puede entenderse la situación de la ciudad y la desesperante ausencia de medidas efectivas para paliar la hecatombe, cuando aún era posible.

Todo lo que sucede desde esos momentos, es decir, los cerca de dos años y medio que dura el asedio de la antigua San Petersburgo, es lo que ocupa la narración de Reid, estructurada en cinco partes y veintitrés capítulos que siguen un estricto orden cronológico. Aunque la autora pretende dar una visión globalizadora y está atenta al detalle, los aspectos estrictamente militares ocupan en el libro una posición subalterna, supeditados a lo que parece ser la preocupación fundamental de la obra, plasmar el día a día de los habitantes de la ciudad, dibujar el latido vital (aunque parezca un sarcasmo) de una población en una situación límite. Se vale para ello de los testimonios que iban elaborando en forma de diarios personales los más diversos ciudadanos, algunos de ellos niños que, a duras penas, podían entender (mucho menos asimilar) lo que estaba pasando. Reid se impone no cargar las tintas en la descripción de una realidad ya de por sí suficientemente dramática pero lo más curioso que puede detectar el lector es que en general el mismo tono de los petersburgueses es relativamente frío, hasta el punto de que se mencionan o incluso se detallan las situaciones más atroces con una naturalidad desconcertante. Lo cual lleva a pensar que o bien faltan palabras adecuadas para describir realidades que van mucho más allá de lo soportable para el ser humano o bien que este termina acostumbrándose a sobrevivir hasta en el mismísimo infierno. Lo más probable es que sean ambas cosas.

En ese cuadro de penurias extremas y angustia exacerbada, el elemento más determinante era simplemente el hambre, aunque el frío no le andaba a la zaga. En aquella coyuntura, el miedo a morir como consecuencia de una acción bélica, un asalto callejero o cualquier otra circunstancia quedaba relativizado: morir no era, ni mucho menos, lo peor que le podía pasar a cualquiera y hasta una muerte rápida podía ser una bendición. Lo peor era esa muerte lenta por inanición, esa hambre cerval que impedía pensar en nada que no fuera meter por la boca cualquier cosa con tal de calmar los espasmos internos. Lo de engullir cualquier cosa no es una concesión a la facilidad sino un reflejo absolutamente fiel de la situación, como Reid señala con minuciosidad. Lo de menos fue que las mascotas se convirtieran en fáciles víctimas de la necesidad. Había otros problemas. «Los alimentos sustitutivos eran con frecuencia peligrosos. Aunque no llegaran a ser venenosos, podían causar diarrea y vómitos, o dañar el revestimiento del estómago. Sin embargo, era mejor que nada. Los leningradenses descubrieron que la glicerina tiene calorías, igual que el dentífrico en polvo, el jarabe para la tos y la crema hidratante». En ese camino degradante, peor «que el colapso físico fue el deterioro mental y la manera en que el hambre destruyó las relaciones. Cada vez más preocupados por la comida, los individuos perdieron el interés en el mundo que los rodeaba y, en casos extremos, en todo lo que no fuera encontrar comida». De ahí al asalto y al asesinato por procurarse algo para llenar la boca había un paso, que se dio con facilidad y en múltiples ocasiones. Por último, estaba la opción del canibalismo, al que Reid dedica un capítulo entero.

Desde nuestra mentalidad actual serían necesarias algunas consideraciones más para entender la relativa pasividad con la que muchos ciudadanos encajaban aquel estado de cosas. «En 1941, un ruso que tuviera cincuenta años había padecido tres grandes hambrunas: la primera, en 1891-1892, cuando la sequía azotó la estepa del Volga; la segunda, en 1921-1922, causada por la requisa de grano y la guerra civil que siguió a la revolución; la tercera, en 1932-1933, cuando los bolcheviques colectivizaron por la fuerza las granjas campesinas y condenaron a muerte a unos siete millones de personas». Más determinante aún que esto era el factor político: los rusos no conocían otra cosa que sistemas opresivos, primero con los zares, luego con los bolcheviques. La mera noción de «libertades ciudadanas» era una entelequia. Cualquier atisbo, no ya de protesta, sino de simple disconformidad, se castigaba con penas de prisión o muerte. Con ello, la venalidad y la injusticia campaban a sus anchas. «El sistema de racionamiento de Leningrado funcionaba de manera semejante al de los gulags. Aun articulado teóricamente para que cada uno recibiera según sus necesidades, en la práctica tendía a preservar (solo) las vidas de quienes eran importantes para la defensa de la ciudad —soldados y trabajadores industriales— y condenaba a muerte a oficinistas, ancianos, desempleados y niños». La desidia para almacenar comida y combustible «en los lugares apropiados antes de que se cerrara el cerco se debió a la misma combinación letal de negación, desorganización e indiferencia hacia las vidas humanas que llevó a no evacuar a la población civil innecesaria para la defensa de la ciudad». Esa confusión e indolencia fueron las notas dominantes en los meses posteriores, junto con la corrupción rampante, en especial entre los miembros del partido y los jefes militares. Por supuesto, los más perjudicados fueron siempre la gente de a pie, que sufrió todos los rigores sin derecho alguno a alzar la voz. Solo les quedaba morir… en silencio.

La autora incide en este punto en diversas ocasiones, porque estima que es esencial rebatir la imagen impoluta –épica, heroica- de la defensa de Leningrado que auspiciaron las autoridades soviéticas. Lejos de sacrificarse voluntariamente en aras de la revolución y el paraíso socialista, los leningradenses fueron ante todo víctimas. Por supuesto, «hicieron gala de una resistencia, una abnegación y un valor extraordinarios. Pero también robaron, asesinaron, abandonaron a familiares y se alimentaron de carne humana, como ocurre en todas las sociedades cuando se termina la comida». No es misión de su libro, sigue argumentando Reid, exonerar a Hitler de un designio criminal, el de aniquilar a Leningrado y a todos sus habitantes, pero sí establece que «con otro tipo de gobierno [en Rusia] el número de muertes civiles (y militares) podría haber sido bastante más bajo». Hubiera bastado –ya dije que Reid insiste en ello- que se marcharan cuando aún era tiempo los cientos de miles de personas incapaces para labores de defensa. Pero se impuso la cerrazón del gobierno, la confusión general y la ineficiencia del sistema, «todo ello exacerbado por la omnipresente cultura del miedo». Luego estuvo el papel de la censura, durante el asedio y en el tiempo posterior. Describir los horrores padecidos de forma sincera no solo estaba prohibido, sino que era considerado un síntoma de derrotismo y, por tanto, perseguible penalmente. En lo peor de la guerra, se aceleró la maquinaria del terror dentro de la ciudad. Reid cita un documento del NKVD de un solo día con una cifra de 2.248 detenciones y deportaciones, dividida en veintinueve categorías. El estalinismo, fiel a sus esencias, incluso en aquella encerrona brutal, trataba a sus súbditos como sospechosos mientras no se demostrase lo contrario.

Para que no quede nada por decir, habría que reconocer que no todo se podía imputar directamente a un régimen cuya perversidad, por otro lado, queda fuera de cualquier duda. Sugiere Reid que la cultura rusa, que nunca ha conocido un sistema de libertades, se prestaba con facilidad a los designios del poder. «La actitud de los rusos respecto a la Segunda Guerra Mundial es en general bastante simple: un orgullo feroz por haber ganado una guerra justa; un odio feroz a un enemigo que quería destruirlos. Otras consideraciones —la purga de oficiales efectuada antes de la guerra, el pacto nazisoviético, los tremendos errores militares, la masacre de los prisioneros de guerra polacos en Katyn, las detenciones y las deportaciones realizadas durante la guerra— se reconocen (a veces con renuencia), pero caen fuera de la cuestión principal». En esa narrativa el propio papel del asedio de Leningrado tenía difícil ubicación. Mientras vivía Stalin constituía un recordatorio incómodo de las primeras etapas del conflicto, caracterizadas por los errores, la improvisación y el inmenso coste humano. Luego, durante la desestalinización y, más tarde, con el fin del socialismo, el cerco de Leningrado tenía que competir con otros episodios bélicos o con otras vertientes del sistema político que, por un motivo u otro, le restaban protagonismo, desde el Gulag al propio entramado represivo. No hay que minimizar, en fin, la propia actitud de los protagonistas o, mejor dicho, las víctimas del asedio que, inevitablemente, tenían la consideración de supervivientes y, por ello mismo, como pasa con todos los que sobreviven a una tragedia de esas dimensiones, se debatían entre el remordimiento por haber escapado a la muerte –mientras habían sucumbido padres, hijos, cónyuges y otros familiares cercanos- y la humana y comprensible necesidad de olvidar los padecimientos sufridos. Para muchos la mejor manera –si no la única- de continuar viviendo era borrando el recuerdo del asedio.

Desde una perspectiva más amplia, bien pudiera decirse que Leningrado, o la legendaria San Petersburgo, fue en cierto modo víctima de su prestigio. En una de sus clásicas cabezonerías, Hitler dio prioridad a la toma de la ciudad en el avance alemán por territorio ruso, a despecho de las recomendaciones de sus altos mandos militares, que señalaban que el objetivo debía ser tomar Moscú lo antes posible. Desde el punto de vista analítico, ello supone en primer término, matizar o contrarrestar el énfasis que pone Reid en la responsabilidad soviética en la catástrofe. Por muchos que fueran los defectos de los defensores, debe resultar obvio que la culpa del asedio corresponde a los germanos, empezando naturalmente por la cúspide política y militar, pero siguiendo por toda la cadena de mando. El Führer, señala la autora, estaba «decidido a borrar la ciudad de San Petersburgo de la faz de la tierra». Pero en los alrededores de la ciudad, el frente se atascó, justo lo más temido por los estrategas alemanes. Aun así, los alemanes se empecinaron en arrasar la ciudad y exterminar a sus habitantes. Bombardearon con saña, para hacer el mayor daño posible. «Fue un crimen, como recientemente han empezado a reconocer con incomodidad los alemanes, no de los nazis, sino del ejército. Goebbels y Himmler alentaban con entusiasmo el exterminio de eslavos, pero apenas tenían influencia sobre las decisiones que se tomaban respecto a Leningrado, las cuales fueron obra de Hitler, Halder, Brauchitsch, Jodl y Von Leeb».

En otras coordenadas o circunstancias, el asedio de Leningrado hubiera constituido un punto de inflexión en varios sentidos y, desde luego, un asunto que hubiera generado múltiples consideraciones de carácter militar, político y ético. En el contexto de las barbaridades de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en un episodio más, hasta el punto de que Reid considera que se ha prestado una relativa poca atención al cerco. Al final de la guerra, los alemanes tenían tantas atrocidades de las que dar cuenta que, como dice un historiador con un manifiesto cinismo, «tenemos que escoger». Por su parte, los soviéticos, con su territorio arrasado y sus pérdidas millonarias en vidas humanas, no estaban en la mejor disposición para lamerse las heridas: los muertos, muertos estaban y a los vivos la implacable crueldad estalinista les pedía cuentas porque la mera supervivencia constituía por sí sola motivo de sospecha. En definitiva, quedaba solo el silencio. El ejército alemán se había estrellado en una estrategia absurda pero los soviéticos nada tenían que celebrar. «El final, igual que el de todos los grandes conflictos, dejó un profundo silencio: el silencio de las sirenas y de las armas acalladas; de los que murieron o desaparecieron para no regresar, y, en el caso de Leningrado, del dolor y del terror inexpresados, de los hechos falseados o no verbalizados».

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