Leyenda del poeta tipógrafo

MANUEL ALTOLAGUIRRE. IMPRESOR Y EDITOR

Julio Neira

Universidad de Málaga/Residencia de Estudiantes, Málaga/Madrid

La historia de la poesía contemporánea, más que la de cualquier otra expresión literaria, es la de los poetas y sus poemarios. Por mucho que lo niegue el formalismo más estricto, dados la índole de las obras y sus modos y ámbitos de difusión, tan restringidos, el hecho mismo de que lleguen a imprimirlas depende en gran medida de las relaciones personales entre autores, editores y lectores, y de sus circunstancias. De ahí la importancia capital que para comprender la historia de los textos adquieren la figura del editor de poesía y la trama de contactos, amistades y complicidades entre quienes intervienen en la publicación de unos poemas.

El prestigio de que goza Manuel Altolaguirre como impresor hace honor a dicha importancia, e iguala o hasta sobrepuja al de sus versos. Nadie discute que sus trabajos de imprenta y el gusto tipográfico con que los realizó contribuyeron de modo decisivo a dar su aspecto característico a las publicaciones del grupo poético del 27 y que establecieron un dechado para la edición de poesía española del siglo XX.

Julio Neira ha escrito una historia de los trabajos y los días del Altolaguirre impresor y editor que resulta ejemplar en más de un sentido. Lo es el acopio de una ingente cantidad de datos y testimonios, propio de un trabajo académico concienzudo, y también el modo como los articula, trazando un relato que es en buena medida biografía, es decir, relación de una vida y retrato, pero comprende igualmente el recuento de actividades, empresas y proyectos realizados o incumplidos. Lo resume un sustancioso apéndice que en un centenar largo de páginas, al que la reproducción de las portadas aporta la elegancia tipográfica que las caracterizó, ofrece un catálogo de las revistas y colecciones de libros que Altolaguirre editó o imprimió, ordenadas por épocas, es decir, por lugares y fechas de impresión. Neira describe al detalle cada publicación, sus aspectos formales y su contenido, y hace un repaso pormenorizado de las circunstancias de su edición. Y documenta por añadidura una larga nómina de las hasta hoy olvidadas o desatendidas, en particular entre las salidas de la malagueña Imprenta Sur. Tanto y tan preciso pormenor, integrado en una narración articulada, bien explicada y legible, convierte este libro en una rara conjunción de lectura interesante para quien sienta curiosidad por sus asuntos y valiosa herramienta de consulta para el estudioso.

Neira, buen conocedor de las obras y las andanzas de bastantes de los amigos de Altolaguirre –a Prados, Hinojosa, Moreno Villa o Cernuda ya les había dedicado su atención de investigador–, acarrea para nutrir su relato un asombroso caudal de documentos: memorias, testimonios, liquidaciones de librería, artículos o reseñas y, muy especialmente, cartas. Son las misivas cruzadas entre aquellos protagonistas de la poesía española de la primera mitad del siglo pasado y las escritas a familiares y amigos las que le permiten recuperar o reconstruir con minucia muchas de las empresas del impresor malagueño; y no sólo las que llegó a realizar, sino muy en particular los proyectos de edición o de escritura que por cualquier razón no llegaron a concretarse. Expone así la agitación inestable de amistades y desapegos, el bullir urgente y también fugaz de las intenciones y los planes de los poetas, el magma confuso de tanteos, borradores y ensayos de escritura fracasados del que surgió a la postre cada obra realizada. Su concienzuda rememoración del universo humano de aquellos creadores muestra lo que cada título tiene de fruto casual o necesario de muchas y variadas circunstancias.

De toda la trayectoria profesional de Altolaguirre, las dos primeras etapas de Litoral (1926-1929) eran hasta hoy las más documentadas. El libro de Neira aporta a la descripción de aquella revista capital para el grupo del 27, lo mismo que a la de las que acrecieron luego el renombre del tipógrafo, como 1616 o Caballo verde para la poesía, rigor sistemático y no pocos detalles novedosos. La lectura de cartas que Prados y Altolaguirre cruzaron con poetas colaboradores y amigos o con el librero León Sánchez Cuesta, muchas de ellas aún inéditas o no relacionadas expresamente con la historia de la revista, le permite describir, por ejemplo, el proceso de gestación de Litoral y también su agonía, ahogada por las pérdidas de una empresa que nunca gestionaron como tal y por las discrepancias entre autores que iban encontrando su propia voz y marcaban distancias literarias o personales con los otros. Una carta de Moreno Villa a Guillén de julio de 1929 prueba, así, que a la revista le faltaban en esa fecha buenos originales que publicar.

Las estrecheces económicas y materiales del impresor escriben no pocos episodios de esta historia. Altolaguirre trabajó largos años, según contó desde París en una carta a Guillén de comienzos de 1931, con «una pequeña prensa de mano, una reducida familia de tipos y muy poco dinero para gastarlo en papel», por lo que se le hacía imposible enviar pruebas a los autores. Había de imprimir y revisar personalmente cada página. De ahí la precaria condición textual de sus publicaciones, que no está ni de lejos a la altura de su belleza tipográfica. Hasta 1935, cuando pudo contratar operarios, trabajó solo o con la única ayuda de su mujer, Concha Méndez, con quien contrajo matrimonio en 1932. Pero la dudosa fiabilidad textual de sus trabajos de impresión no disminuye su calidad tipográfica y la impronta de su belleza. Partiendo del ejemplo de Juan Ramón, Altolaguirre estableció un modelo que fue en adelante referencia para la edición de poesía española.

Neira anota también los hitos del prestigio de aquel Altolaguirre aferrado a su «imprenta medieval», autor e impresor que fabricaba a mano sus libros y los ajenos, una imagen romántica a la que contribuyeron los elogios de sus amigos poetas y artículos en prensa de Alfonso Reyes, Azorín y otros, y que fue nutriendo la indiscutible elegancia de sus trabajos. Aquellos libros suyos, convertidos hoy en joyas bibliográficas atesoradas en bibliotecas o reproducidos en facsímiles, justifican su leyenda. No es frecuente que una monografía haga una lectura tan precisa y ofrezca una perspectiva tan amplia y razonada de un episodio significativo de nuestra historia literaria.

Ficha técnica

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