Manazuru. Una historia de amor
Hiromi Kawakami
Barcelona, Acantilado, 2013
216 pp. 20 €

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Nacida en Tokio en 1958, Hiromi Kawakami estudió ciencias naturales, fue profesora de biología y se dio a conoce fugazmente, a principios de los años ochenta, como autora de ciencia ficción bajo el alias de Yamada Hiromi, hasta que en 1994 publicó su primer libro de cuentos, Kamisama (Dios, aún no traducido al castellano), seguido dos años después por la novela Hebi wo fumu (Pisar una serpiente, tampoco traducida hasta el momento), que le valió el premio Akutagawa y la instaló como una de las escritoras más populares de su generación, junto a Yoko Ogawa o Banana Yoshimoto.

Manazuru apareció en Japón en 2006 y es el quinto libro de Kawakami que publica la editorial Acantilado. Menos conmovedora que El cielo es azul, la tierra blanca (en japonés Sensei no kaban, algo así como «El maletín del maestro»), su novela más leída, ganadora del premio Tanizaki y adaptada al cine con gran repercusión; menos vital y entretenida que Algo que brilla como el mar, en la que se retrata con notable ironía a una «familia particular» y a un grupo de adolescentes, Manazuru acaso no sea la puerta de acceso ideal para quien no conoce aún la muy recomendable obra de Kawakami, pero, así y todo, es una lograda novela con ingredientes singulares: bastante más melancólica que las demás, dotada de una dimensión «fantástica» que aparecía en cuentos aislados («Cien años»), si bien no en las novelas antes mencionadas.

Manazuru cuenta la historia de una mujer (Kei) cuyo marido (Rei) desapareció hace más de diez años sin dejar ningún rastro. O casi ninguno, salvo una pequeña anotación en su diario íntimo: la palabra Manazuru, que es el nombre de una ciudad costera. Intrigada por este único indicio, Kei toma un tren de Tokio a Manazuru y efectúa el primer viaje de una serie. Su objetivo es explicarse de una vez por todas si Rei está vivo o muerto, si Rei se ha ido por accidente o por iniciativa propia. «Me pregunto si mi marido quería morir o si desapareció porque quería vivir», discurre mientras intenta entender y finalizar su duelo, por lo que recordar y olvidar se vuelven inquietantemente parecidos en ese sitio llamado Manazuru. «Una vez había oído que, si conseguías soñar con algo que habías perdido, significaba que la herida de la pérdida empezaba a cicatrizar», puede leerse al inicio de la novela. Y enseguida: «Todavía no he soñado con Rei ni una sola vez».

Gran parte de las novelas de Kawakami están narradas por mujeres. La narradora de Manazuru podría muy bien ser un álter ego de la autora (tiene casi su misma edad y vive de la escritura), pero evoca sobre todo a la madre de Algo que brilla como el mar: otra escritora y periodista que también ha tomado como amante a su editor. Las familias de ambas novelas, de hecho, se parecen y no por ser felices: el padre está ausente (de manera muy distinta, claro); la abuela (la madre de la escritora) cumple un rol considerable, casi como una segunda madre, y existe un único hijo adolescente, varón en Algo que brilla como el mar y mujer, Momo, en el caso de Manazuru.

El subtítulo de Manazuru, «Una historia de amor» (el mismo ya utilizado para la traducción al castellano de El cielo es azul, la tierra blanca), podría llamar a cierto engaño. Por supuesto, Manazuru expone y analiza sentimientos amorosos. Pero el gran tema es, acaso, la distancia con respecto a lo amado: el marido que se ha eclipsado de pronto, la hija adolescente que se aleja poco a poco: «No puedo olvidar que, años atrás, Momo pertenecía a mi cuerpo, y ahora me resulta imposible imponer distancias entre ella y yo».

Algunas de las mejores páginas de Manazuru contienen aquellas escenas en que Momo pide que Kei le cuente quién era su padre, escenas en las que la ausencia se convierte en hipótesis:

– ¿Cómo sería si papá estuviera?
– No tengo ni idea.
– Pero tú estuviste casada con él, deberías saberlo.
– Tu padre y mi marido eran dos personas muy distintas.

Otros pasajes destacados son los que atañen al sentimiento de pérdida: «No empecé a reflexionar sobre lo que significaba tener un hogar hasta que lo perdí, y entonces ya no sabía lo que era».

Lo que muchos lectores buscan algo tópicamente en la literatura japonesa se confirma en Manazuru y en otros libros de su autora: delicadeza, alusión, poderío de los detalles; en otras palabras, la mezcla de intensidad de sentimientos y escritura simple y contenida de la que hacen gala los mejores haikus. En cada uno de sus libros, Kawakami se sirve acertadamente de todo esto para indagar en algunas de sus preocupaciones más habituales (el desamor, las tensiones generacionales, la soledad), o incluso para abordar asuntos, como sucede con la violencia sexual en su cuento «El pavo real».

Desde luego, la simpleza de Kawakami es capciosa (lo cual la hace más atractiva) y recurre con frecuencia a una estrategia que muchos críticos detectaron, por ejemplo, en el estilo de Hemingway: una estrategia que consiste en mezclar, sin manifiesta distinción, frases (por lo común breves) cuya importancia o cuyo peso para la trama o la escena es muy diferente. En el caso de Kawakami, esto provoca cierta ausencia de énfasis y un falso efecto de registro plano que, pese a algunas objeciones al respecto, es una relevante marca personal («nunca tengo claras las cosas importantes, pero siempre recuerdo los pequeños detalles triviales», dice la narradora de un cuento suyo titulado «El canto de la tortuga») y que aparece así en Manazuru:

Aunque el restaurante estuviera cerca de la playa, se encontraba a unos diez metros de la orilla. Soplaba un fuerte viento. Sentía un poco de frío. Tenía el calor concentrado en el estómago y las extremidades heladas. «La sangre se acumula en la barriga», solía decir mi madre. A aquella hora, Momo debía de estar a punto de salir del colegio. Los viernes por la tarde sólo tenía una hora de clase. Momo se parece a su padre. Algunos días se parece a mí, mientras que en otros me recuerda más a él.

En los excelentes cuentos que componen el volumen Abandonarse a la pasión (Oboreru, en japonés), Kawakami solía valerse de objetos o de animales que colocaba como emblemas o metáforas centrales. El recurso reaparece en sus novelas, por medio de símiles más o menos insólitos. En la novela El señor Nakano y las mujeres, por ejemplo, el peso de un hombre encima de una mujer es comparado con un pisapapeles, mientras que las mujeres se asemejan a cierto aparato de aire acondicionado que «hacía un ruido infernal cada vez que se ponía en marcha» : «Este aparato es como una mujer […]. Se enfada de repente y empieza a regañarte. Cuando ya te ha dicho lo que quería, se tranquiliza y tú crees que todo ha terminado, pero siempre vuelve a enfadarse cuando menos te lo esperas».
Manazuru también permite apreciar el don de Kawakami para observar lo inanimado, sólo que en clave más poética y delicada:

Las casas que llevan años abandonadas no son más que espacios fríos y desoladores, pero si siguen deshabitadas durante más de diez años sufren el efecto contrario y parecen adquirir vida propia. La hiedra irrumpe a través de los cristales rotos de las ventanas. Gran parte de las hojas están secas y son marrones, pero bajo la hiedra mustia empiezan a asomar minúsculas y verdes hojas nuevas.

Al margen de su agudeza descriptiva, Kawakami posee un innegable talento para las escenas y para intercalar en ellas reflexiones o informaciones que las dotan de una mayor resonancia (es lo que hace con verdadera maestría en «Lluvia fina», cuento incluido en el libro Abandonarse a la pasión) y que no malogran, en absoluto, las tensiones y emociones. La estructura de casi todas sus novelas podría describirse, por cierto, como una pura secuencia de escenas en las que la acción y los diálogos dejan muy escaso lugar para los resúmenes o para las explicaciones.

Una particularidad de Manazuru, sin embargo, es que la narradora arroja una mirada mucho más introspectiva y que en diversas escenas se halla a solas, enfrentada al abandono y a su arduo y titubeante duelo. En vez de plasmar todo esto mediante largos pasajes meditativos, Kawakami se aparta un poco del realismo presente en la amplia mayoría de sus libros (al menos, de los traducidos hasta ahora, siempre con prosa muy cuidada, por Marina Borras Montaña) e introduce la presencia «espectral» de una mujer que acecha a la narradora como una sombra (que es capaz de adoptar mil rostros o que se interpone, incluso, entre madre e hija) y cuya inquietante presencia da paso a diálogos y escenas poco menos que alucinantes.

Aunque estos no son los mejores momentos de Manazuru, esbozan una inquietante metáfora de la memoria y la fantasía en el marco de un libro en el que evocar e imaginar son tareas que se solapan y confunden, tanto es así que, según la narradora, «el acto real es más inconsistente que el que se produce en la imaginación», porque «todo lo que vemos con nuestros ojos, desde que llegamos al mundo al nacer, incluso las cosas que creíamos haber olvidado, sigue existiendo en nuestra mente en forma de vivos recuerdos» y porque «asimismo, la mente también conserva imágenes que nunca hemos visto y que ni siquiera hemos llegado a imaginar jamás».

Eduardo Berti es escritor, periodista y traductor. Sus últimos libros son La sombra del púgil (Barcelona, La Otra Orilla, 2008), Lo inolvidable (Madrid, Páginas de Espuma, 2010) y El país imaginado (Madrid, Impedimenta, 2012).

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