La captura del tiempo

Tras-os-montes

JULIO LLAMAZARES

Alfaguara, Madrid, 1998

328 págs.

Un viajero cruza la raya que separa España de Portugal y, en Braganza, inicia un periplo de cinco días que le llevará a conocer la región de Trasós-montes. ¿Qué le mueve a ello? No, no sólo le interesa visitar la patria perdida de Camilo Castelo Branco y de Miguel Torga. Tampoco es meramente un prurito de paisaje y pluma: el viajero va buscando algo y todavía no sabe qué. En Braganza encuentra un barbero que le afeita ante la mirada insolente de un jorobado. Al final del viaje portugués se repite la escena: el barbero que afeita y el jorobado que mira constituyen la metáfora de este libro, el plácido descenso a una tierra de fantasmas. El barbero le acompaña a la puerta y le da la mano: ya es uno de ellos. ¿Pero acaso no lo era antes?

Sabemos que al viajero de este libro le gusta avistar las ciudades «desde arriba» y a la hora incierta del crepúsculo o del amanecer. Se puede decir que ese «avistar» se parece mucho al rapto de la fabulación. Para el viajero, se trata de dominar el lenguaje de las piedras elegidas y conocer las cicatrices de un pueblo haciendo preguntas ingenuas a determinados habitantes. Para el fabulador, todo consiste en vislumbrar, en la lejanía, un campo narrativo que es propio de uno mismo, y reconocer a sus personajes, que lo son no porque se los encuentre en el camino sino porque siempre han estado allí. En este sentido, Llamazares nos ofrece la crónica de un territorio como si fuera de ficción, porque es real y a la par imaginario desde el momento que él escoge narrarlo: ver esto y no lo otro, omitir.

Esta elección se realiza mediante la voz narradora y el estilo. Llamazares escoge la tercera persona y siempre nos habla del viajero como un alter ego del que escribe. La distancia dota de objetividad al discurso descriptivo, al afán de revelar. Pero a veces se hace excesiva e incurre en una superficialidad de la que hubiera huido un narrador que se implicara más. Por fortuna, el estilo, sobrio y renuente, equilibrado mediante un fondo de humor, ayuda a ver la sutil evolución del personaje, el modo a través del cual la región, sus gentes y su paisaje, cambian un estado mental. De hecho, la aventura de Llamazares por esa tierra pobre, próxima y a la vez ignota, busca ese minimalismo viajero tras el que anida la intención del ejercicio espiritual. Se recorre el trecho que a uno le separa de la esquina para comprenderse mejor a uno mismo. Tras-ós-montes toma cuerpo cuando la mirada y la memoria del narrador recorren la región escribiéndola, cuando le proporcionan una topografía de imágenes.

Claudio Magris hizo un ejercicio parecido con la región de Trieste en Microcosmi. Magris se movía por un país leído en D'Annunzio, en Svevo o en Joyce y paseado con minuciosidad. Llamazares lo ha leído en Saramago y en Torga. Ahora bien, donde Magris es incisivo y generoso en su relato, Llamazares pasa con prisas. Hay cierto envaramiento en su mirada, una mezcla de solemnidad y desapego en la que a veces se cuela la falsa modestia del turista accidental, de quien, como en aquella película de William Hurt, viaja para prevenir a los que van a seguir sus pasos. Sin embargo, aquí el viaje tiene la virtud de un destino cien por cien narrativo: la captura del tiempo. Llamazares, en el fondo, consigue lo que se propone: hacernos sentir que en Tras-ós-montes «el tiempo es lo único que queda». Queda el quasimodo, las rocas estremecidas, las ruinas de los templarios, los judíos y las cigüeñas, el musgo románico, los bomberos voluntarios, las aguas sin dueño, las mujeres que emigraron, el pulso fluvial del Duero. En fin, las cosas que se esconden tras capas de olvido y moderna impaciencia.

Ficha técnica

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