EDITH WHARTON Madame de Treymes

Madame de Treymes

EDITH WHARTON

La cercanía de Edith Wharton a Henry James –cercanía en tiempo y en amistad– ha hecho inevitable la comparación entre ambos y ésta ha solido ser literariamente desfavorable a ella. La verdad es que la obra de Wharton ha estado siempre cerca del costumbrismo, en tanto que la de James se caracterizaba por su resolución a la hora de adentrarse en lo específico narrativo. Posiblemente sea La edad de la inocencia la gran novela de Wharton y, sin duda, la más ambigua y compleja. Pero esta Madame de Treymes (Editorial Península) que ahora nos ocupa es algo especial y, me atrevería a decir, el más jamesiano –en el mejor sentido de término– de todos sus textos.

El tema de la comparación entre la cultura americana y la cultura europea, permanente en James, lo abordó decididamente Edith Wharton en Hudson River bracketed, lo continuó en The Gods arrive y lo cerró con Las bucaneras. Todo ello en sus últimos años. A esos últimos años pertenece esta «nouvelle», Madame de Treymes, y, naturalmente, la relación Europa-Norteamérica está en ella, es el suelo en el que asienta la anécdota.

Un elegante caballero norteamericano de cuarenta años, John Durham, ha vuelto a París con la intención de casarse con Fanny Frisbee, recién separada de M. de Malrive, de quien tiene un hijo. Fanny, que necesita el divorcio si desea casarse de nuevo, teme, con razón, que la familia Malrive –católica y tradicional– no lo acepte y, como no desea separarse de su hijo –que perdería al divorciarse–, prefiere continuar con su separación de hecho, lo cual cierra la puerta a las aspiraciones de Durham. En esta situación, Durham decide recurrir a la cuñada de Fanny, Madame de Treymes, por saber si hay en la familia Malrive alguna posibilidad de que el divorcio sea aceptado.

Hasta aquí, tenemos frente a frente la vida emergente del norteamericano y el refinamiento europeo, el valor del individuo y la razón de familia, la franqueza y el fingimiento. Todo ello lo presenta Wharton al modo costumbrista aunque pintado con un pincel exquisito. Véase el comienzo: «Mientras aguardaba que Madame de Malrive se pusiera los guantes, John Durham permanecía en el umbral del hotel y contemplaba, al otro lado de la rue de Rivoli, el jardín de las Tullerías, resplandeciente a la luz de la tarde». El movimiento narrativo que así comienza se cierra, al cabo de una página, de esta manera: «Tal vez París seguía siendo la ciudad más bella del mundo, y sin duda lo era para quienes estaban al margen de su situación; para él, en cambio, que fuese la más adorable o la más detestable dependía, en última instancia, del acto de abrocharse el guante blanco en que se demoraba Fanny de Malrive». Es el estilo Wharton en su esplendor, el que domina toda la primera parte y arropa con total elegancia expresiva a unos personajes transparentes.

Durham, pues, habla con Madame de Treymes para sondearla sin darse cuenta de a quién se enfrenta, pues Mme. de Treymes, como la vieja Europa, no es transparente. Un poco después, ella tiene una conversación con Durham y se rebaja a pedirle dinero para salir de un apuro humillante, dinero que por estricta rectitud y respeto le niega Durham, lo que hace que ella se interese por él. Una segunda conversación se produce al final y ella le cuenta anticipadamente lo que va a suceder: que la familia ha accedido al divorcio y él podrá casarse al fin con Fanny.

Pero la formidable belleza del relato se asienta en el no menos formidable movimiento de conciencia que hace aflorar el conflicto de Madame de Treymes. Ella ha descubierto que, según la ley francesa, es justamente el divorcio lo que devuelve el hijo a su padre. De este modo, Madame de Treymes ofrecerá el divorcio a Durham y logrará el propósito familiar de que el niño sea el heredero de los Malrive, pues Fanny lo perderá. Tan segura está Madame de Treymes de haber encontrado una solución que todo esto se lo cuenta a Durham antes de que suceda, sin temor alguno a que éste pueda desbaratar su plan, y sin comprender que Durham jamás aceptará cambiar su felicidad por la desdicha de Fanny al perder a su hijo. Y Durham, al descubrir la malicia final del plan, correrá a advertir a Fanny antes de que sea demasiado tarde.

La pregunta es: ¿por qué Madame de Treymes, que ha urdido una trama perfecta, se la cuenta a Durham antes de tiempo y descubre sus cartas? Y ahí es donde reside todo el refinamiento literario de Wharton, pues consigue crear en Madame de Treymes un comportamiento de maravillosa complejidad. Ella, que pertenece por entero a su mundo, no puede por menos de conmoverse ante la rectitud que muestra un americano, especie que considera prescindible salvo para sacarles dinero para sus obras benéficas. Esa conmoción atenta en realidad contra su concepción del mundo en el mismo momento que la admite, pero ella no lo sabe, segura de la superioridad de su mundo, su familia, su modo de vivir; por eso quedará atrapada en su propia trama al descubrir que Durham, para quien la felicidad del individuo está por encima de todo, no acepta; porque Madame de Treymes cuenta a Durham su plan como modo de manifestarle su aprecio, su simpatía por él, y no es capaz de comprender hasta dónde la concepción del mundo de Durham es contraria a la suya propia, perfectamente rígida. Y con ello labra la desdicha de los tres.

El final recoge y fecunda toda la «nouvelle» en un gesto. Habla Durham al irse: «–¡Qué pena me da, buena mujer! –dijo gravemente». Ella comprende al fin que va a contarle el enredo a Fanny, y habla: «–¡Qué pena me da, buen hombre! –exclamó con un sollozo». Y ese sollozo ilumina la novela como un relámpago.

Ficha técnica

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