Lo correcto en medio de lo falso

MINIMA MORALIA: REFLEXIONES DESDE LA VIDA DAÑADA

Theodor W. Adorno

Akal, Madrid

También los libros, como los humanos, sufren el paso del tiempo, que los falsifica o engrandece.También cumplen años y merecen un recuerdo en el que perdonamos su decrepitud o celebramos lo poco que han envejecido. Para que un libro forme parte de los mejores no hace falta que resuelva un problema; basta con que lo plantee de un modo del que no quisiéramos desprendernos. Uno ya no cree en la perennidad de los problemas filosóficos, como tampoco en que los viejos sean necesariamente los más sabios, pero sí en que determinados hallazgos deberían acompañarnos siempre. Hace ahora cincuenta años publicó Adorno Minima moralia. Reflexiones desde la vida dañada, uno de esos libros que no han dejado de estimular la reflexión y de interpelar la conciencia de diversas generaciones a lo largo de su medio siglo de vida. Se trata de uno de sus libros más populares, con unas tiradas inhabituales entre los escritos de filosofía, sobre todo cuando no sucumben a la facilidad divulgativa. Sus aforismos son fogonazos en torno a la aporía de cómo actuar correctamente en un contexto que no lo es y que su autor quiso denominar «mundo administrado». ¿Cómo ser autónomo en una sociedad de dependencias, justo en medio de la intercambiabilidad universal, exacto en un mundo de imprecisiones, auténtico en un contexto de homogeneización? Escrito entre 1944 y 1947 en el exilio californiano bajo los efectos del terror reciente, su propósito no era –pese a lo que el título podría sugerir– ofrecer unas orientaciones éticas de sencilla aplicación, sino plantear la radical dificultad de la moral: la congruencia entre el orden de las acciones y el orden de los eventos, entre el plano de la moral individual y la lógica social o, si se prefiere una terminología weberiana, entre las convicciones y las responsabilidades.

Adorno formuló esta tensión en un célebre aforismo de Minima moralia según el cual «no hay vida recta en la vida falsa». Es la frase con que se cierra una reflexión acerca de la dificultad de sentirse en el mundo moderno como en casa. Esta sentencia admite una lectura patética y otra cínica, y ambas coincidirían en pensar que, desgraciadamente o por fortuna, no hay nada que hacer. Quienes la interpretan de una u otra manera tienen en común la idea de que la discrepancia entre lo personal y lo social hace imposible la actuación moral. Lo justo sería el encaje perfecto entre lo interior y lo exterior, su acompasamiento sin sobresaltos. Sólo obraría bien quien consiguiera la coincidencia práctica de las intenciones morales, el curso histórico, las decisiones políticas y las estimaciones públicas. Pero no es esta la pretensión de Adorno. En lugar de anularla, su principio fortalece la diferencia entre lo correcto y lo falso. Aunque sea imposible una vida correcta en su totalidad, no debería uno dejarse arrebatar el sentido de lo correcto. Y, de hecho, Adorno no dejó de pensar acerca de cómo comportarse de la mejor manera posible en situaciones difíciles. Si no fuera posible vivir con rectitud en la vida presente, ¿cómo sabemos que esta vida es falsa en su totalidad? Sólo puede tener una idea o expectativa de vida correcta quien ya haya tenido alguna experiencia –todo lo particular y limitada que se quiera– de vida correcta. Si existe algo así como una vida falsa, entonces hay elementos correctos en lo falso o, al menos, de lo mejor en lo peor.

Adorno ha llamado magistralmente la atención sobre un problema cuya seriedad consiste en que no podemos quitárnoslo de encima completamente. Otras experiencias históricas volverán a plantearlo en unos términos muy parecidos. La opresión y el exilio adoptarán otras formas y el dilema de la buena vida adquirirá otro matiz. Los acontecimientos recientes nos han puesto delante un tipo de terror que resulta más inmediato y universal como consecuencia de la globalización comunicativa. ¿Cómo entender en este contexto, cincuenta años después, el aforismo de Adorno? Entre otras posibles lecturas, representa la oportunidad de llamar la atención sobre lo que nos atañe más inmediatamente en un momento histórico en el que, como hace cincuenta años, y tras la terrible experiencia del fascismo, uno tiene la tentación de aplazar sus deberes, atrapados como estamos en unos escenarios universales sobre los que no tenemos una influencia decisiva. La globalización de la disculpa sirve en ocasiones para abandonar lo doméstico, desviar la atención, exteriorizar absolutamente el mal o dejarse seducir por las grandes dimensiones. Se me ocurren algunos ejemplos extremos de esta incongruencia: el político eminentemente local que juega a desempeñar un papel entre los grandes, el empresario que encubre su incapacidad en la presión del mercado y el militante antiglobalización que destroza el mobiliario urbano. Unos y otros desprecian lo local, la concreción de esa vida que es generalmente lo único a lo que podemos dar una forma justa. Pero uno puede intentar hacer lo que debe sin necesidad de esperar a que se resuelvan los problemas universales. La conciencia no está globalizada; la interconexión de las cosas y los acontecimientos no disuelve lo concreto, ni desdibuja completamente las responsabilidades, aunque las vuelva ciertamente más difusas. La inmediatez escenificada de los medios de comunicación no debería hacernos olvidar que la verdadera cercanía de nuestra escala humana se juega en otras dimensiones más prosaicas. Uno puede intentar hacer eso

 

Ficha técnica

3 '
0

Compartir

También de interés.

Historiar el franquismo: luces y sombras de una tarea inacabada


2019: ¿la quiebra del sistema público de pensiones?

La sostenibilidad de los sistemas de pensiones es, cada vez más, un tema…

Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.