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La vida como soledad y experimento


Mi vecino Montaigne
Juan Malpartida
Madrid, Fórcola, 2021.
272 p.

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Este libro, difícil de definir, inventa su género, entre otras cosas, porque cuestiona las lindes que los cartógrafos de la literatura se empeñan en trazar. Intentemos precisar, no obstante, de qué se ocupa y cuáles son sus merecimientos. Y si, como he dicho, inventa su género, este hay que localizarlo en la «familia» del ensayo, aunque sería más exacto decir que estamos ante un ensayo de ensayos que ensaya la «forma» ensayo, un término del que se sirvió por primera vez Montaigne para su libro Essais. Por supuesto, de Montaigne se habla aquí detenidamente: de su tiempo, de sus orígenes familiares, de su torre, de sus lecturas y sus escrituras, de cómo y por qué escribió lo que escribió, de sus amores, de sus escasos odios, de su discreto sentido de la religión católica en un siglo que vertió mucha sangre, hereje y ortodoxa, en guerras de religión que afortunadamente vio terminar, y de muchos otros avatares biográficos, aunque sobre todo, a Juan Malpartida le interesa la escritura de Montaigne, sus deudas, su estilo, su temple, a un tiempo literario y moral, y sus ideas, lo que nos contó en sus «ensayos», lo que sugirió acerca de su tiempo; y lo que fue capaz de proyectar hacia la modernidad que entonces se iniciaba, que él mismo principiaba en compañía de otros ilustres que por cierto aparecen en el libro, como Shakespeare, Cervantes, Erasmo o Bacon. No carece de interés el hecho de que Malpartida vuelva la vista hacia los ensayos de Montaigne, en el momento en que lo hace, sin erudición alguna, esto conviene subrayarlo, pero con todos los conocimientos necesarios y alguno más, en estas postrimerías alejandrinas de una modernidad que ya disimula su nombre detrás de partículas oportunistas como «pos» o «tardo» o «trans», es decir, en un cruce de caminos entre dos épocas, como lo fue el del huésped de la Torre. Y el magnífico resultado es esa vecindad a la que se alude en el título.

Aunque Montaigne es el motivo aparente, el objeto real del libro es la persecución de un fantasma: el yo del narrador, alguien que en el registro civil responde por el apellido «Malpartida». El huidizo fantasma aparece ya embozado en el posesivo del título: «mi vecino…». En la página 115 el autor se pregunta: «¿Cuál es el rostro de un fantasma?». ¿Una apariencia? Quizá en el sentido clásico del término: algo que oculta y vela pero también algo que revela cuando se la sabe palpar. El «ve a buscarlo» es en realidad un «ve a buscarte». Así, con toda naturalidad, el ensayo sobre Montaigne se convierte en una autobiografía discreta, intelectual y sentimental, apenas encubierta. Otra forma de lectura. Ya Michel se propuso inscribir el propio yo en un libro. Un 12 de junio de 1589, confió a un lector imaginado: «yo mismo soy el tema de mi libro». Así Malpartida.

¿Y por qué precisamente Montaigne? Esta es la pesquisa a que se enfrenta el lector bajo la forma que hubo de darle el autor al enfrentarse un día de primavera al interrogante que puso en marcha el libro. Una tarde escribía en su casa de la calle Santa Isabel de Madrid –Malpartida decide darnos este dato veraz en medio de una aparente ficción—cuando oyó una voz que le decía: «Ve a buscarlo». Buscar-lo: el pronombre personal apuntó a Michel de Montaigne. Tenemos el libro porque Malpartida decidió asumir el imperativo de la misteriosa voz. «Alguien o algo dice yo, pero en nombre de quién lo dice?». Esta especie de escepticismo le resultará muy productivo a nuestro autor: cierta colaboración entre Montaigne y su fantasma terminará por producir este ensayo. Con razón leemos en él: «somos nuestra tarea».

Así que viajó hacia él: lo leyó a fondo, visitó su torre, bebió el vino de sus viñedos y hasta soñó con los espacios que pudo haber habitado el bordelés. Tuvo que leer también a sus contemporáneos, a sus biógrafos y estudiosos, comentar su posteridad, reflexionar lo que comenzó con Montaigne, esa modernidad un poco escéptica, crítica, «humanista», en fin, ilustrada, en la que Malpartida se siente aún cómodo.

Ha preferido la inspiración a la erudición. Digo esto para subrayar que estamos ante un libro no solo inclasificable sino muy personal. El autor ha conseguido reunir no solo sus obsesiones, cosa que hace todo escritor que se precie, sino darles forma y unidad. El centro, sin duda, es Montaigne y sus Ensayos, pero en torno a él, además de las meditaciones autobiográficas a las que ya me he referido, que por cierto podrían figurar en un tratado que se llamara algo así como «Para una metafísica de la identidad», hay que añadir algunas descripciones muy acertadas sobre la memoria personal y social y de cómo construye nuestro inestable y tornadizo yo su vida. Hay también observaciones sobre la narratividad en que esta se proyecta y modestas especulaciones sobre la novela –por qué existe tal cosa como la novela, novelerías, mentiras ordenadas que consiguen transmitir verdad-. Inventa, creo, a un personaje, Nicole, mujer madura a la que conoce cenando en un figón de Burdeos y con la que se cartea más tarde, ficción que le permite negociar con la realidad de su propia escritura.

La identidad que persigue Malpartida no es solipsista; al contrario, se centra en el diálogo, al igual que su interlocutor. Los Plutarco, Séneca, Virgilio o Cicerón del francés, son para el español no solo sus espíritus tutelares, los Canetti, Kafka. Heráclito y Machado, Octavio Paz y Blaise Cendrars, Bretón, Valente, Ortega, Flaubert, sin ánimo de ser exhaustivo, sino también los científicos con los que dialoga a lo largo del libro. La relevancia que concede al saber científico este libro de un literato sobre otro de hace varios siglos tiene que ver, a mi juicio, con la búsqueda de certidumbres que, sospecho, es otro de los motores ocultos de la escritura de nuestro autor. Dialogar con un escéptico de la fuerza de Michel, sin sucumbir a su encanto no es tarea fácil, aunque en un momento dado lo defina como «relativista».

Por supuesto que Malpartida no es un positivista rancio que conceda al discurso científico verdad y autoridad sin límites. Sabe que hay cosas, precisamente algunas de las que más nos importan, sobre las que los científicos no trascenderán de lo que poetas y filósofos sean capaces de revelar. Pero confía en que la evolución darwiniana, la física cuántica de Schrödinger y Rovelli, la neurociencia de Damasio o las especulaciones sobre la naturaleza animal de lo humano de Wilson o Franz de Waals resulten menos confusas que las construcciones cartesianas o newtonianas. Gracias a la ciencia, Malpartida halla ciertos asideros para sus incertidumbres; casa así el mundo del espíritu con el de la materia. Demasiado moderno para ser «espiritualista» y demasiado inteligente para ser materialista, la ciencia natural le ayuda a enfrentar sus perplejidades existenciales. Malpartida puede exclamar «bendito sea el bosón de Higgs» o hacer el elogio de la bacteria, de su provecta antigüedad y del hecho incuestionable de que contribuyan al bienestar de nuestro organismo, aunque en ocasiones pugnen por destruirlo, pero no ignora que la evolución, que ha desplegado la extraordinaria variedad de la vida hasta nosotros mismos, es un proceso contingente, es decir, que podría haber sido de otra forma o no haber sido de ninguna; y entonces el humano no habitaría el planeta. Su fe en la ciencia no llega para extender un cheque en blanco al progreso.

Otro de los temas recurrentes en ambos escritores, Malpartida y Montaigne, es la compleja situación de lo humano: entre naturaleza e historia. Ambos comparten una clara conciencia de ser los seres humanos aún animales, pero no ya del todo, perdida la perfección del instinto, que echaba en falta Nietzsche. Sin duda debido a la conciencia del tiempo, de su paso y de su finitud en cada uno de nosotros: «Nosotros y nuestro juicio y todas las cosas mortales, estamos fluyendo y rodando sin parar» dice Sexto Empírico, evocando a Heráclito, extraído por Malpartida de los Essais.

La condición humana no ha mejorado gran cosa desde Montaigne, piensa Malpartida, pero tampoco se muestra especialmente pesimista. No pierde de vista, como su guía, que ignorar la complejidad y profundidad del mundo es peligroso, que la racionalidad está envuelta en misterio y la luz en oscuridad. Vivimos pero también somos vividos. Creo que la insistente atención que Malpartida presta a las teorías evolutivas del darwinismo, sus pesquisas sobre el origen de lo humano, en este y otros libros, guarda relación con la sospecha de que «lo inhumano», o para decirlo en términos teológicos, el problema del mal, tiene su génesis en lo más humano, la propia libertad de un yo que siempre tiene que estar haciéndose. La historia no remonta hacia ningún paraíso.

Yo diría que todos los temas de los Ensayos se discuten y dilucidan a lo largo de estas páginas. Sin orden, antes como en una conversación entre amigos que como discurso de profesor. La soledad y el trabajo del tiempo, la memoria sabia que rescata el pasado, la lectura de los hombres sagaces que nos muestran el camino, y, por encima de todo, el equilibrado escepticismo que busca, aun cuando esté condenado al fracaso parcial, certidumbres. Solo el verdadero escéptico sabe lo que vale una certeza. «No pinto el ser, pinto el tránsito». Acaso eso le autoriza a corregir a Descartes: «siento el mundo, luego existo». Y a distanciarse de don Quijote, tan llena su alma medieval de certezas e ideales (Unamuno dixit): «yo no tengo ideas previas; lo que hago es probar» –le hace decir Malpartida a Montaigne en un imaginario diálogo con Cervantes-.

Este es un libro de tránsitos y deslizamientos. De Montaigne a la identidad de un yo que escribe Mi vecino Montaigne. ¿En qué termina todo? ¿Por qué «ve a buscarlo» es búsqueda en torno al autor de los Essais? Este libro no es una novela de misterio, al que la convención exige que se aclare todo al final. En cuanto a la identidad del yo, también del nuestro, del yo del «hombre cualquiera», leemos en la página 169, después de evocar la visión de la historia de Marx y de la personalidad según Freud, que acaso somos un carnaval, «una sucesión de máscaras». Y se pregunta, con un punto de retórica: «¿Pero dónde estaba el rostro, la verdadera persona, ni más ni menos que la realidad? ¿Cuál es tu rostro antes del nacimiento?». Me atrevo a decir que hay en este libro un valeroso esfuerzo por responder a esta pregunta imposible. Por supuesto —¿hay que decirlo?—de forma insatisfactoria. Hay reconciliación con la memoria, huellas que rezaga el tiempo, dice. ¿Qué es la escritura sino una huella de la huella? Un libro no es más que una presencia que me sostiene y me proyecta, aunque quizá no me preserve. El caso es que la pregunta «¿Por qué Montaigne?» quizás tenga esta respuesta: porque Montaigne se hizo escribiendo en un diálogo silencioso con sus maestros elegidos. Así, en cierto modo, Malpartida.

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