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Eldorado y Una Buena Sociedad

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Esta entrada, incomparable gemelo, marca el inicio del IV año de Una Buena Sociedad. Ciento treinta y una entradas por delante de esta han pavimentado un camino de fraternidad y complicidad con personas inteligentes y atentas en Revista de Libros y su amplio entorno. Quizá también, estos tres años han marcado una época y, en alguna medida, nos ha tocado la suerte de haber estado aquí para contarlo.

Una Buena Sociedad nació con, pero no de, la pandemia. Y aquí estamos todos, seguramente transformados porque estos tres años han sido profundamente transformadores en muchos planos en nuestro país y en el mundo.

Como tenemos una edad a la que, entre los flojos de espíritu, menudea eso de «cualquier tiempo pasado…», y puesto que la entrada de una semana de aniversario está obligada a alimentar la idea de Una Buena Sociedad, vamos a escribir sobre «Eldorado», como en un primer tiempo se conoció a lo que ya en pleno siglo XVII fue la Leyenda de El Dorado. Mejor dicho, vamos a hablar de un «El Dorado» de nuestros días. En nuestras sociedades actuales, avanzadas, por una parte, y a la vez semiparalizadas frente a los retos de la desigualdad, la tecnología, la demografía y el cambio climático. Vamos a hablar de una de las fantasías más peligrosa acerca de los recursos a nuestro alcance para superar estos retos. Una pócima universal de efectos secundarios devastadores.

Cuatro retos formidables a gestionar

Los cuatro retos a los que hacemos referencia en el párrafo anterior nos amilanan, dividen y enfrentan de mil maneras, sin que se atisbe un horizonte de consenso desde el que armar las estrategias racionales para afrontarlos.

La desigualdad aumenta e induce a los gobiernos a intervenciones que, paradójicamente, pueden acabar empeorándola si dichas intervenciones no se calibran bien, con el resultado de que exacerba el celo de los elementos igualitarios de la sociedad para sujetar fiscalmente a «los ricos» como sea. Fruto de esta orientación de las políticas igualitarias son los movimientos a favor de una redistribución radical de la renta y/o la riqueza (que son dos cosas distintas aunque vinculadas). Pero no está claro que la redistribución extrema de la renta o la riqueza, mediante prestaciones universales y/o garantizadas sea una solución sostenible si no se renuevan las fuentes primarias de la distribución de la renta nacional (el capital y el trabajo), la igualdad de oportunidades o el ascenso social. Las trampas de la pobreza son insidiosas y sus raíces profundas. El descuido de la calidad y extensión de los servicios públicos (directos o concesionados) que atienden al capital humano (educación y sanidad) durante su formación y más allá genera desigualdad y acaba provocando intervenciones de redistribución extrema incapaces de atajarla. Y si resuelve algo es a costa de una grave distorsión de las fuentes primarias de las que manan los recursos.

La tecnología da miedo sin que la esperanza que también suscita lo compense, por la sencilla razón de que el miedo lo llevan unos y la esperanza la tienen otros. Una circunstancia que evita que su compensación pueda hacerse como en una clearing house financiera. Es decepcionante que las compañías tecnológicas que se han fundado desde que Bill Gates y Paul Allen crearan Microsoft en aquel garaje de Alburquerque en 1975 (muchas de ellas dos décadas más tarde, alrededor del nacimiento del nuevo siglo) hayan resultado ser compañías muy innovadoras strictu sensu y, a la vez, odiosos monopolios convencionales. O que no hayan contribuido a crear un paradigma radicalmente nuevo de la participación del capital y trabajo en el siglo XXI.

La demografía, en opinión de muchos analistas no especializados (no nos referimos a científicos, sino a practitioners poco versados en la ciencia de la demografía), es un elefante de movimientos lentos y previsibles. Pero ya sabemos que da sorpresas más a menudo de lo que creemos, especialmente cuando no atendemos a las señales tempranas que nos envía. El ejemplo más clamoroso es el baby-boom, que todos estábamos viendo en su manifestación más palmaria, como es el exceso de nacimientos (en España) entre 1958 y 1977. Su ocurrencia pilló a nuestro país de continuo sin planificar las escuelas de primaria y secundaria, de hospitales y centros de salud, de espacio en las universidades; y con una productividad bajo mínimos en el terrible mercado de trabajo cuando la crisis del petróleo puso de rodillas a nuestra economía los años ochenta del siglo pasado.

Y solo ahora, en 2023, con los baby boomers empezando a jubilarse masivamente, se nos ocurre montar la hucha para afrontar el coste extra de su jubilación que será enorme y, por lo tanto, muy difícil de financiar sin el recurso a la deuda o a una imposición distorsionadora. El coste extra debido al baby-boom es sólo una fracción de su coste total, por supuesto. La mitad de los baby boomers acabarán contribuyendo a esa hucha. Suecia montó su hucha para afrontar el baby boom a mediados de los años sesenta del siglo pasado, apenas recién finalizado su particular baby boom, que se inició década y media antes que en España. La demografía no deja de exponer críticamente nuestra incapacidad para planificar a largo plazo. Hoy, todavía, carecemos de mecanismos, cultura y capacidad para aprovechar el ingente caudal de experiencia, espíritu de trabajo y formación de los baby boomers (posiblemente mayor que el de sus hijos, mutatis mutandis), quienes, por otra parte, si se les pregunta, responderán que desean jubilarse cuanto antes.

El cambio climático, por fin, nos estalla en la cara sin que el «negacionismo práctico», que es el importante, haya desaparecido. El negacionismo práctico consiste en decir que nos preocupa el cambio climático y seguir actuando como si tal amenaza no existiera. El agua es hoy el foco de este cinismo sideral y ejemplifica muy bien lo que está pasando. No paramos de lamentarnos por la sequía, probablemente una consecuencia más del cambio climático. Pero escasean las advertencias sobre el consumo excesivo de agua, las acciones para contener los escapes en la red de distribución y, especialmente, las políticas para limitar el consumo. Si el agua es el campo de debate del cambio climático hoy en España, Doñana es su epicentro. Tras décadas de absoluta negligencia sobre el abuso de los acuíferos de la comarca en la que se asienta este emblemático Parque Nacional, se centra el foco en la reciente normativa autonómica que regula el uso de este recurso a la que parecen asociárseles las nefastas consecuencias de la tolerancia pasada.

Pues bien, el debate nacional se polariza y nadie se acuerda de que durante décadas en las que se debería haber regulado la convivencia entre el parque y las explotaciones hortofrutícolas, que han permitido elevar el nivel de vida de la población de la comarca, no se hizo nada. Hoy las opciones parecen ser solamente dos: cargarse el Parque Nacional para que prosperen las explotaciones o cargarse las explotaciones para que viva el parque. Una solución intermedia, dadas la escala descomunal de las explotaciones y la delicada situación del Parque, sería reducir drásticamente tanto la escala de las actividades hortofrutícolas (mientras no se encontrasen recursos hídricos adicionales y sostenibles) como reducir también la extensión del humedal dentro del Parque (si es que esto fuera posible). En suma contraer el empleo y la actividad en el sector y reducir el valor natural y económico del Parque. En cualquier caso, malas noticias para la comarca que son el resultado de la falta de planificación y que van a tener una muy mala (o muy cara) solución de compromiso.

En busca de El Dorado

Afrontar los retos que suponen la desigualdad, la tecnología, la demografía y el cambio climático requiere el cumplimiento de una serie de requisitos: avisos tempranos, planificación (y gobernanza) a largo plazo y creación no distorsionante (en el tiempo) de fuentes de recursos y reservas adecuadas. Cuando estos requisitos no se cumplen llegan las alarmas inminentes y las soluciones en catastrophe. Eso o ir en busca de El Dorado.

La búsqueda de una fuente de recursos inagotables que sin esfuerzo dieran al gobierno la capacidad de satisfacer todas las necesidades de los ciudadanos es el sueño de muchos gobernantes. Su hallazgo sería como la fusión fría de la física moderna, o la piedra filosofal de la antigua alquimia.

Algunos economistas han descubierto al parecer que esa fuente es la creación de dinero sin límites por parte de un banco central soberano. Más concretamente los seguidores de la denominada Teoría Monetaria Moderna (TMM, o Modern Monetary Theory, MMT, en sus siglas en inglés).

Cuando estos economistas explican su truco, que no teoría, lo hacen con una aparente simplicidad argumental. Dicen que la deuda pública es fastidiosa porque expulsa a familias y empresas del mercado de crédito productivo, obligan a estas a ahorrar para afrontar el pago futuro de impuestos que tarde o temprano aumentarían para pagar la deuda y obligan al estado al pago de intereses de la deuda que puede acabar llevándole a la insolvencia por un efecto de bola de nieve. Todo esto, por cierto, es correcto en algunos casos, aunque también es cierto que hay deuda pública buena y deuda privada mala. Ante semejante panorama, lo que hay que hacer, dicen los modernos teóricos monetarios en un alarde de memoria histórica, es imprimir dinero, mejor que tomarlo prestado de los particulares y empresas. Imprimir todo el dinero que sea necesario.

Sorprende que el cuidado que se toman estos teóricos en la explicación de los males de la deuda, no lo tengan a la hora de explicar los males de la máquina de imprimir dinero. Nadie aceptaría papeles firmados sin respaldo por acreedores que no tienen otra capacidad que la de seguir firmando papeles sin respaldo alguno para pagar los que firmaron cuando se endeudaron por primera vez. Si, según estos teóricos, el dinero hace innecesaria la deuda uno se pregunta por qué diablos hay tanta gente, empresas y gobiernos endeudados.

Los BC no emiten dinero caprichosamente, sino por tres motivos: (i) hacer posible una cadena continua, que no puede colapsar, de pagos por compraventas cuya contrapartida es el dinero, (ii) acomodar el crecimiento de la economía sin estrangularlo ni recalentarlo y (iii) facilitar la financiación a plazo para proyectos empresariales productivos. Ninguna de estas operaciones es trivial ni puede descontrolarse. Además, los BC solo suministran una pequeña fracción de la liquidez necesaria para todo lo anterior, el resto de la liquidez se genera con una precisión asombrosa, la verdad, dentro del sistema crediticio comercial, gracias a la permanente supervisión de conjunto por parte de los BC. De la misma forma que un banco comercial no puede aumentar sus préstamos a prestatarios sin solvencia, un BC no puede imprimir dinero fuera de las restricciones que imponen las tareas descritas en este párrafo.

Los BC no pueden, salvo en condiciones muy excepcionales y de manera temporal, exceder dichos límites. Las llamadas a que aquellos envíen cheques sin contrapartida a gobiernos, empresas y hogares según estos los requieran son de una irresponsabilidad sideral. Repetimos: si-de-ral. Los defensores de la TMM creen que El Dorado existe. Peor aún, creen que no hay que hacer ningún esfuerzo para llegar hasta él y hacer que fluya el preciado metal. A los aventureros de finales del siglo XVI y siguientes les salía un poco más caro acercarse a la ciudad perdida. Que se lo pregunten a Aguirre-la-cólera-de-Dios, ¿no, incomparable gemelo?

El Dorado no existe

Hasta que el naturalista Alexander von Humboldt declaró que El Dorado no existía, no dejaron de creer que sí existía todo tipo de aventureros y arbitristas en los siglos precedentes. La búsqueda de la ciudad, la laguna o el río del oro consumió vidas, esfuerzos y recursos ingentes. Pero lo cierto es que el Nuevo Mundo encerraba enormes cantidades de metales preciosos que los españoles de los siglos XVII y XVIII supieron explotar y que inundaron la economía española provocando una enorme inflación de precios y la postración de la economía española durante mucho tiempo. A cambio, florecieron las letras.

Hoy, se podrían explotar a lo bestia nichos como los de la fiscalidad de la rentas altas o la riqueza extrema, o las promesas de rentas garantizadas, la expropiación de viviendas vacías y la emisión ilimitada de deuda pública. No sin severas consecuencias. Pero, según los defensores de la TMM, nada de esto sería necesario, evitándose además engorrosos montajes de extracción y control. Porque, adviertan benéficos lectores, solo bastaría con crear el dinero necesario para lograr que todo el mundo tuviera trabajo y acceso a una gama de bienes y servicios adecuada para la satisfacción de todas sus necesidades.

Por lo visto, el fracaso sistemático de todos los intentos históricos de la humanidad para encontrar la fuente de la eterna prosperidad, la armonía y el «hombre nuevo» no es prueba suficiente para disuadir a los proponentes de estas fantasías de su puesta en marcha.

Se puede ir más allá en materia de imposición, déficit o deuda. También se puede ir más allá en la expansión de medios de pago y crédito. Pero es cuestión de poco tiempo que aparezcan límites cuando se cruzan umbrales muchas veces desconocidos. Los impuestos excesivos distorsionan y hacen a las economías menos productivas; las deudas hay que devolverlas por lo que más vale contraerlas solo si es para producir un valor superior porque imprimir dinero para pagarlas es, simplemente, cambiar la forma de la deuda.

El Dorado que nos propone la TMM es un espejismo que alimenta nuestra fantasía al tiempo que nos aleja de los nacederos de la productividad mientras buscamos la ciudad perdida. Más vale que la TMM no cunda fuera de su ámbito natural, que son los pseudo-economistas que hoy las proponen. Algunos de ellos confunden el whatever it takes«draghiniano» con un cheque en blanco para procurar la felicidad del pueblo y se equivocan. Las operaciones de suministro masivo de liquidez de los Bancos Centrales (BC) deben evitarse en la medida de lo posible, y siempre se hacen con contrapartida. Un BC no produce bienes y servicios, pero su dinero sí puede ayudar a aumentar la oferta de aquellos por la vía de una expansión controlada del crédito dirigido a los agentes productivos y a los hogares solventes en una economía con capacidad para aumentar su actividad productiva.

Las buenas sociedades no pierden el tiempo buscando El Dorado. Sus gobiernos y bancos centrales saben que el edificio reputacional y de confianza sobre el que descansa su capacidad de gobernar no puede verse comprometido por abusar del crédito, el dinero o los impuestos. Se pueden entender las revoluciones que estallan frente a la explotación de clase o la dictadura, o las revueltas contra la presión fiscal excesiva para luchar contra la desigualdad cuando un gobierno es incapaz de planificar a largo plazo para fomentar la ascensión social de los desfavorecidos y no encuentra mejores políticas para lograrlo. Pero la historia no ha perdonado a los gobiernos que han forzado a su banco central a imprimir dinero como si no hubiera un mañana. Siempre hay un mañana y puede ser muy malo y largo si no se hacen las cosas bien.

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Ficha técnica

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