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Pues, sí. Tuve la santa paciencia de tragarme la ceremonia del centenario de la fundación del Partido Comunista Chino el pasado 1 de julio en un reportaje provisto por CCTV, la televisión oficial del país. No han mejorado mucho estos comunistas chinos: ni los que montaron la zambra, ni sus protagonistas, ni los y las coristas, ni la entregada claque.  Mienten siempre -Liu Xiaobo: «China es un país que vive en la mentira»- pero cada vez se les nota más. Eso mató a la superproducción con la que Xi Jinping buscó embobarnos en tan grande ocasión.

La presidencia de la efeméride le correspondía a Xi por ser el secretario general del Partido y, por tanto, fue él el primero en lanzar la primera fábula ya desde los primeros párrafos de su discurso. No sería la única, como luego se dirá.

Allí estaba, pues, Xi Jinping ocupando el centro de la tribuna de autoridades, un amplio balcón a la entrada de la Ciudad Prohibida, en el lado norte de la plaza de Tiananmen y sobre un retrato de Mao Zedong, aún más gigantesco que el habitual. A los lados de Xi se agrupaban los seis miembros del buró político del Partido más el vicepresidente Wang Qishan, flanqueados por dos largas hileras de notables de menor cuantía. Era su gran día y allí no podía faltar ninguno. Y eso que su ausencia hubiera pasado desapercibida para los legos, tan vulgar es el protocolo personal y sartorio del neomandarinato: traje oscuro casi siempre gris marengo, camisa blanca y una corbata de saldo. La única excepción del día: el secretario general enfundado en un uniforme Zhongshan de color gris. Desde la época de Yan’an (1936-1945) hasta el final de la Gran Revolución Cultural Proletaria, esa guerrera fue tan ubicua entre los comunistas del país que hemos pasado a conocerla como la chaqueta Mao.

Nota pedante: el uniforme Zhongshan no hunde sus raíces en el maoísmo. La dinastía Qing (1644-1911) había impuesto a la etnia Han -la de la mayoría de los chinos- una serie de rígidas reglas de apariencia para distinguirlos nítidamente de sus nuevos señores. La mejor recordada será, sin duda, la obligación para los hombres de llevar rapada la mitad anterior de la cabeza y el resto del pelo, sin recortar, recogido en una coleta. Había otras, como la de vestir un changpao (hombres) o un qipao (mujeres). El changpao, una especie de sotana de largas mangas, se abotonaba al lado izquierdo. El qipao de las mujeres fue en sus principios muy parecido al changpao. Con el tiempo, sin embargo, se pegó al cuerpo y se adaptó a las curvas femeninas.

El descontento con su indumentaria entre los hombres chinos se tornó cada vez más visible desde antes de la caída de los Qing y, para distinguirse de sus señores, los intelectuales, los funcionarios y los financieros no manchús combinaron el changpao con un sombrero occidental. Tras la llegada de la república en 1912, empezó a imponerse entre las elites una casaca de origen militar acompañada de pantalones de corte igualmente marcial. Uno de los primeros en vestirla fue Sun Yatsen, el fundador del nuevo régimen, a quien en China conocen también como Sun Zhongshan, o Zhongshan a secas. De ahí que el nombre que dan los chinos a la chaqueta que nosotros bautizamos con el de Mao no sea otro que guerrera Zhongshan. En los años veinte y treinta del siglo pasado, su uso se hizo obligatorio para los funcionarios y se adaptó a las peculiaridades del ejército, pasando así a convertirse en parte del vestuario militar oficial. Otro símbolo de la nueva China, deseosa de romper con el pasado colonial y con su pobreza secular.

Pero volvamos a Tiananmen.

Desde finales de mayo, los antiguos hutong -nudos residenciales formados por casas de patio tradicionales- del centro de Pekín aparecieron engalanados con flores y enseñas patrióticas; en las semanas siguientes la policía peinó el distrito de Dongcheng, cercano a Tiananmen, comprobando los permisos de residencia de sus moradores; se prohibió la venta de artículos inflamables; se creó un sitio web donde los ciudadanos honrados podían denunciar a los nihilistas que tomaban a beneficio de inventario la historia oficial del Partido; hubo numerosas detenciones de sospechosos habituales.  

La ceremonia final del centenario de la fundación del Partido rebosó de entusiasmo popular perfectamente coreografiado. Las masas presentes, unas 70.000 personas cuidadosamente seleccionadas, ocupaban alrededor de un tercio de la gigantesca plaza. Cada una de ellas en su sitio asignado y del que no se movían. De pie cuando tocaba, sentados más tarde, agitando banderas ahora, coreando himnos patrióticos luego, aplaudiendo a rabiar después al escuadrón de helicópteros que componía en el aire el número 100, escuchando siempre en silencio devoto las palabras de su nuevo líder supremo, el lingxiu tan ansiado desde que la muerte obligara a Mao a vacar el puesto. Un ensayo general ejecutado dos días antes en el antiguo estadio olímpico con 20.000 asistentes aseguró que no habría fallos y así fue. Ni Leni Riefenstahl, ni los documentalistas de la Gran Revolución Cultural Proletaria consiguieron retratar a sus sujetos en un grado paralelo de robotización. La espontaneidad maquinal de las masas de Tiananmen hubiera deslumbrado a Pavlov.

¿Podemos creer que esos setenta mil distinguidos golems que hicieron de extras en la superproducción representaban a los mil cuatrocientos millones de chinos? No tengo forma de responder a esa pregunta, pero creo que tampoco la tiene Xi. Por supuesto él dispone de un aparato de información ciclópeo, polivalente y muy eficaz mientras yo me limito a leer cosas de segunda mano. Pero hay algo que me escama. ¿Por qué tiene Xi que mentir de forma clara, alevosa y reiterada a sus súbditos y al resto de la población mundial?

Lo he dicho ya: el discurso del centenario fue un trenzado de fábulas. Ahí va la primera en el orden del discurso y también la más sencilla de desmantelar. «En esta ocasión especial es para mí un honor recordar en nombre del Partido y del pueblo que, gracias a los esfuerzos continuos de todo el Partido y de la nación, hemos alcanzado el objetivo del primer centenario: construir una sociedad moderadamente próspera […] dando solución definitiva al problema de la pobreza absoluta en China» .

Falso.

La expresión de Xi se apoya en una trampa estadística ya apuntada en estas páginas. El gobierno chino se siente razonablemente orgulloso de pertenecer al grupo de países con rentas medio-altas del Banco Mundial y ha conseguido una innegable y espectacular reducción del número de chinos en extrema pobreza durante los últimos treinta años.

¿Total, como la quiere Xi?

En ese grupo de rentas medio-altas se considera población en pobreza extrema a quienes cuentan con ingresos iguales o inferiores a $5,50 diarios. Pero China no respeta las reglas y coloca el listón en $2,25. Magia potagia: la pobreza extrema (casi) ha desaparecido en el país. Sin embargo, otros cálculos estiman que si el corte se produjese en $3,20 diarios ($0.95 por encima del que aplica China), en dólares constantes de 2011 y en PPP, el porcentaje de pobreza extrema en 2015 habría estado en el 7% de una población de 1.400 millones de habitantes, es decir, en torno a 98-100 millones de personas. Con un corte de $5,50, es decir, el que el Banco Mundial emplea en países del mismo nivel de renta que China, su porcentaje de pobreza extrema subiría al 27,2% o 378-380 millones, lo que no es precisamente una cifra trivial. Las cifras 2020 habrán mejorado, sin duda, pero de ninguna manera hasta el punto de haber hecho desaparecer la pobreza extrema.

¿Por qué tendría Xi que empezar su discurso por ahí, precisamente donde resulta más fácil pillarle en un renuncio?

A mi entender, todo remite a una sola palabra: legitimidad. Lamentablemente el DRAE no es de gran ayuda para entender su significado porque remite al vocablo legítimo que es a su vez definido como conforme a las leyes o, aún más vaporosamente, como justo. Tal vez valga más traducir legitimacy del inglés, de donde tendríamos que legitimidad es el conjunto de creencias ampliamente aceptadas por una población que permiten a una norma, a una institución o a un político imponer decisiones y/o leyes reconocidas y obedecidas de forma activa o pasiva y que, en caso de desobediencia individual o colectiva, permiten a esas instituciones y/o a esos líderes políticos imponer sanciones a los transgresores. Las creencias ocupan, pues, el lugar de cabecera en los procesos legitimadores.

¿Cómo articulan Xi y el Partido Comunista Chino de hoy su legitimidad?

Si el lector tuviese tiempo y paciencia podría ver cómo en la historia que narra el discurso conmemorativo del centenario aparecen todos y cada uno de los 31 narratemas que Vladimir Propp rastreó en su morfología de los cuentos populares rusos. Como hacerlo sería un ejercicio largo y posiblemente baldío, me conformaré con espigar algunos de sus elementos básicos jocandi animo, no porque profese en la escuela de Kristeva et alii ni tenga la menor fe en la ridícula idea de que todas las obras de ficción emplean idénticos elementos y situaciones, aunque diverjan en originalidad por el orden en que sus creadores los introducen en la combinatoria.

Esta superproducción de Xi comienza con la entrada de la princesa, seguida de cerca por el villano. «La nación china es una gran nación con una historia de más de 5.000 años. China ha hecho contribuciones indelebles al progreso de la civilización humana», pero a partir de la Guerra del Opio en 1840 «el país soportó enormes humillaciones, su pueblo pasó por grandes sufrimientos y la civilización china se sumió en las tinieblas».

La princesa, empero, no estaba sola. Sabía que su gran sueño de un rejuvenecimiento nacional lo habían compartido algunos movimientos políticos precursores del empujón que estaba al caer (los Taiping, los reformistas de 1898, los Yihetuan [Boxers], la revolución de 1911), valerosos campeones que combatieron bravamente, aunque no triunfaran en sus acometidas al maligno. Para salvar a la nación, China necesitaba algo más que arrebatos: nuevas ideas y, sobre todo, una nueva organización capaz de agrupar a todas las fuerzas revolucionarias.

Por fortuna pasaba por allí un donante. Venía de la Unión Soviética y ofrecía una ayuda esencial. «Con las salvas de la Revolución de Octubre en 1917, el marxismo-leninismo llegó a China» y, bajo su inspiración, emergió un héroe sin miedo dispuesto a la acción. «En 1921, al tiempo en que el pueblo y la nación china experimentaban su despertar y el marxismo-leninismo se integraba profundamente con el movimiento obrero chino, nació el Partido Comunista de Chiao. Su fundación marcó el inicio de un tiempo nuevo, cambió el curso de la historia nacional, transformó el futuro del pueblo y de la nación china y alteró el paisaje del desarrollo mundial».

Desde su nacimiento, el Partido hizo de la felicidad de los chinos y del rejuvenecimiento de la nación su empeño y su misión. Unió y dirigió la lucha popular y aseguró el triunfo de una inédita revolución democrática. China devino así más fuerte y más segura de sí misma.  «A la contrarrevolución armada» -Xi no se entretuvo en evocar nominalmente a los traidores, pero el espectro de Chiang Kai-shek y del Kuomintang flotaban en aquel momento sobre su audiencia- «la combatimos con la revolución en armas, desmochando las tres montañas del imperialismo, del feudalismo y del capitalismo burocrático para establecer la República Popular China. El pueblo se convirtió en el dueño de su propio país».

Esa epopeya  abría un camino hacia nuevas cumbres. Algunas se han alcanzado ya. «China ha dado un salto histórico: de ser un país con fuerzas productivas relativamente vetustas ha pasado a ser la segunda economía mundial y -otra transformación histórica- ha elevado el nivel de vida de su pueblo. De una economía de subsistencia ha pasado a otra caracterizada por una prosperidad moderada» y, tras ella, cuando llegue el centenario de la República Popular en 1949, habrá convertido esa prosperidad moderada en bienestar firme y cabal.  

Vuelta al héroe. «Todo cuanto hemos conseguido en los últimos cien años lo debemos al esfuerzo colectivo de los comunistas chinos, del pueblo chino y de la nación china. Los comunistas con los camaradas Mao Zedong, Deng Xiaoping, Jiang Zemin, and Hu Jintao al frente acometieron enormes e históricas empresas en pro del rejuvenecimiento de la nación […] Y aprovechemos también este momento para celebrar la memoria de los camaradas Mao Zedong, Zhou Enlai, Liu Shaoqi, Zhu De, Deng Xiaoping, Chen Yun y otros veteranos revolucionarios». Tras ellos, Xi extendía sus parabienes a los mártires de la revolución, a quienes dedicaron su vida a la modernización de China cuando el proceso de apertura y reforma y a los hombres y mujeres que lucharon en los tiempos modernos por la independencia y la liberación popular.  

Culminados así los momentos 26 (cumplimiento de la promesa) y 27 (reconocimiento de la obra) de la morfología de Propp, Xi podía ya dibujar el trayecto aún por recorrer bajo su mandato y desembocar en el 29 (transfiguración del héroe) para insistir en «la absoluta necesidad de un firme liderazgo del Partido […] sin el que no habrá ni una nueva China ni verdadero rejuvenecimiento nacional. Puesto que el Partido fue elegido por la historia y por el pueblo, […] tenemos que confiar en la ruta, en la teoría, en el sistema y en la cultura del socialismo de rasgos chinos».  

Y llegado al 30 resumió el castigo ejemplar que esperaba al maligno. «No aceptaremos las prédicas santurronas de quienes creen tener el derecho de aleccionarnos. […] Nosotros, los chinos, defendemos la justicia y no nos sentimos intimidados por las amenazas violentas. […] Nunca hemos abusado, oprimido o subyugado a los pueblos de otros países y no lo haremos nunca. […] Quien intente hacerlo con nosotros se enfrentará con una gran muralla de acero forjada por 1.400 millones de chinos». En este punto, al parecer, Xi fue más explícito con su audiencia china y advirtió a quienes lo intenten que «saldrán con una brecha ensangrentada en la cabeza». Y por si era menester explicarlo, al final de su discurso, Xi se extendió sobre el inexorable mantenimiento de la seguridad en Hong Kong y Macao, la reunificación con Taiwán y el papel del Ejército Popular de Liberación en las tareas de rejuvenecimiento de la nación y de construcción de una comunidad humana con un futuro común, sea eso lo que fuere.

Fue éste de la superproducción un discurso épico y de grandes trazos que apoyaba la axiomática legitimidad de su Partido para seguir al frente del pueblo chino en dos soportes imaginarios. Uno, la pretendida infalibilidad de ese intelectual colectivo en la elección a largo plazo de los mejores objetivos (económicos, políticos, culturales) para su pueblo; el otro, la capacidad ilimitada de éste para saltar hacia ellos tirando exclusivamente de los cordones de sus propios zapatos. Una errática fusión, en fin, del socialismo de rasgos chinos con un nacionalismo fanático.

Dudo de que, reunido con sus confidentes después de la función y tras unas libaciones de maotai, Xi se tomase en serio semejante enormidad retórica. En cualquier caso, los demás no tenemos por qué hacerlo.

A lo largo de su historia el Partido ha sido cualquier cosa menos un centro de reflexión académica o esa sociedad económica de amigos del país que se ha sacado de la manga Xi. El  Partido realmente existente ha cometido errores sin cuento y ha perpetrado atrocidades como el Gran Salto Adelante o la Gran Revolución Cultural Proletaria que dejaron a su paso millones de muertes precoces; ha sido el escenario de grandes y sangrientas purgas algunas de las cuales alcanzaron a alguno de los héroes que Xi celebraba como Liu Shaoqi; ha silenciado el papel central de Mao Zedong y sus acólitos izquierdistas en la miseria material y moral que anegó a China hasta la hora de su muerte; ha sido incapaz de acomodar los deseos de libertad y democracia de una parte importante de la sociedad china a la que ha condenado al silencio o a la cárcel tras la matanza de Tiananmen en 1989 y en otras muchas instancias menores pero mejor encubiertas bajo Deng, bajo Jiang, bajo Hu y, por supuesto, bajo Xi.

Xi mentía también respecto al otro batiente de su legitimidad. Los éxitos económicos de los últimos cuarenta años no se deben exclusivamente al trabajo callado de los chinos. Lo que allí suele conocerse como la etapa de las reformas, de la apertura y de la modernización socialista no hubiera sido posible sin una coincidencia cronológica con el proceso de mundialización. Los chinos han sido tenidos tradicionalmente por muy trabajadores y ahorrativos pero esos rasgos les sirvieron de muy poco durante siglos… porque no podían aprovechar productivamente su principal ventaja comparativa: una fuerza de trabajo superabundante y de bajo coste pero que operaba localmente con tecnologías obsoletas para producir bienes y servicios de escaso valor añadido.

Eso cambió radicalmente a partir de los 1980s gracias a la revolución de los transportes y a las nuevas tecnologías de comunicación. Cada vez más segmentos de un mismo proceso productivo se deslocalizaron desde países tecnológicamente avanzados y de altos salarios a otros en desarrollo donde esas cadenas globales de valor combinaban traspasos tecnológicos limitados con una fuerza de trabajo local de mucho menor coste. Así ha operado en buena medida el proceso de veloz crecimiento económico de China que Xi -con intención mendaz- atribuía en exclusiva a la capacidad de trabajo y de sacrificio de su población.

Si de algo me ha servido aguantar estoicamente la superproducción de Xi ha sido para dotar de cierto interés, así sea un ardite, a la intuición de Propp. Es cierto: los cuentos populares rusos tienen exactamente la misma estructura morfológica que los cuentos de los comunistas chinos.

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