Las raíces étnicas del nacionalismo


Naciones. Una nueva historia del nacionalismo
Azar Gat y Alexander Yakobson
Barcelona, Crítica, 2014
496 pp. 32 €

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Hay que leer este libro si quiere entenderse por qué el nacionalismo enardece el corazón de los pueblos, les hace caminar por el filo que separa la gloria de la catástrofe y por qué, por más que algunos piensen que es una invención reciente traída por el avance de la modernidad, siempre estuvo ahí en alguna forma y va a acompañarnos mientras seamos humanos. Lo firman Azar Gat, profesor en el departamento de Historia de la Universidad de Tel Aviv y autor de los indispensables War in Human Civilization y Victorious and Vulnerable. Why Democracy Won in the 20th Century and How It Is Still Imperiled, y un coautor, Alexander Yakobson, historiador, activista y comentarista político, que se encarga del capítulo final de los seis que contiene un libro que posee todo lo necesario para provocar polémica en muchos países.

Naciones. Una nueva historia del nacionalismo desafía las teorías hegemónicas de los siglos XIX y XX y manifiesta que les falta razón de fondo, que son construcciones sin suficiente arraigo en la realidad y que han de ser revisadas sin temor al poder de los «grandes pensadores» que las convirtieron en un tótem. Esos intelectuales y politólogos de la «modernidad», en expresión del propio Gat, cuyos representantes más conspicuos son Eric Hobsbawm o Benedict Anderson, dictaminaron que la nación era una novedad fraguada en el último par de siglos y que sería mucho más un efecto de la consagración de los Estados-nación que su causa más profunda. Sin embargo, para Azar Gat, esta idea es sumamente insuficiente y no da cuenta del evidente potencial emotivo y sentimental que moviliza su existencia. Y nos propone descender a las profundidades de la naturaleza de los seres humanos, alumbrándonos con las aportaciones de las ciencias evolucionistas.

No es Azar Gat el primero ni el único en acudir a la biología para comprender los efectos de los deseos, impulsos y comportamientos en la interacción entre genes y cultura. Pero en su campo, la Historia, se ha convertido en uno de sus más brillantes adalides. Que los sentimientos de pertenencia a un grupo tienen efectos determinantes en nuestro comportamiento lo saben desde hace tiempo psicólogos y sociólogos. Pero debemos al último cuarto del siglo XX un significativo volumen de evidencia que sugiere que los humanos estamos más o menos cableados para exhibir gran preferencia por gente que se parece, habla y actúa como «nosotros» antes que por quienes consideramos «otros». De ahí su tesis de que el etnicismo y el nacionalismo hunden sus raíces en nuestro pasado evolutivo, anclándolo en las lealtades familiares y las alianzas entre grupos con un diverso grado de parentesco. Este profundo engarce es deudor de la necesidad de supervivencia de criaturas que no eran nada fuera de su grupo de solidaridad más cercano.

En esta búsqueda, Azar Gat se lanza a una amplia y ardua investigación a través del tiempo y del planeta para demostrarnos la potencia de la etnicidad como galvanizante político. Parafraseando a Benedict Anderson, nos dice que no «inventamos» la idea de nación, y que algo parecido a eso ya existía antes de que aparecieran los primeros Estados hace cinco mil años. La identidad étnica dio origen al Estado en igual medida que éste a aquella en un proceso recíproco y dialéctico, y existe una «íntima conexión» entre ambos. Gat considera con poca base la idea de «nacionalismo cívico» como alternativa al «nacionalismo étnico», pues en la historia se han dado pocos casos de naciones cuyos integrantes no compartieran afinidades culturales, lengua o cierto grado de parentesco. Al fin y al cabo, nos dice, si el nacionalismo no estuviera fundamentado en lo étnico, ¿por qué iba a tener como una de sus manifestaciones más distintivas la desintegración de imperios multiétnicos en lugar de la creación de Estados nacionales «panimperiales»?
No deja de lado Gat a las creencias y mitos religiosos como aglutinantes del grupo, que son para él los medios de comunicación de masas más poderosos y ubicuos de la «comunidad imaginada» premoderna. La religión, nos dice, más que precederla, se unió a la identidad etnonacional y contribuyó de manera relevante a esa cohesión, aunque su influencia sea menor que el de la lengua compartida y el asentamiento en un territorio. Para nuestro autor, comunidad étnica y comunidad lingüística son expresiones casi indistintas, porque la lengua es el marcador más importante del ámbito cultural de lo étnico y mantiene una correlación muy estrecha con la identidad nacional.

Tras desarrollar estas ideas en la introducción y el primer capítulo, busca las raíces del parentesco de las primeras comunidades en el segundo y el tercero, y nos explica cómo evolucionan hasta formar tribus en un proceso que puede desembocar en Estados. Para ello revisa lo que sabemos de este desarrollo no sólo en Europa y en algunas zonas de Oriente, sino en las menos estudiadas África y Sudamérica. En el cuarto analiza lo que llama «etnias premodernas», precursoras de las auténticas naciones, y en el quinto se centra especialmente en Europa, área clásica en los estudios sobre nacionalismo. Es en el sexto donde se abordan las naciones que se crearon y las que no pudieron llegar a ser, y las diferencias entre naciones «cívicas» y naciones «étnicas» –un tema que desarrolla Yakobson en un estilo más formal y legalista– con las consecuencias que eso produce en la globalización o la solidaridad extragrupal.

Como hemos dicho, Naciones constituye un reto a las ideas de teóricos consagrados como Benedict Anderson, que argumenta que para el despegue de un nacionalismo se necesitan elementos específicos del desarrollo moderno, como la alfabetización y la imprenta. A esto responde Gat que la importancia concedida a la alfabetización es engañosa, ya que las sociedades iletradas poseían sus propios y poderosos medios de transmisión cultural a gran escala (bardos ambulantes, poemas épicos, centros de culto y peregrinación, bailes, representaciones teatrales, juegos y fiestas). También nos recuerda que en algunas sociedades premodernas se hallaban presentes en grado variable instituciones como el servicio militar y la escuela, los grandes agentes de la nación moderna.

Siguiendo la estela de precursores como Walker Connor –que ya defendió la importancia de la cuestión étnica en el nacionalismo (a él debemos el término etnonacionalismo) y de sus efectos en los lazos de solidaridad de los grupos, actuales o no– o del etnógrafo británico Anthony D. Smith, Azar Gat resalta las raíces premodernas de la nación, pero nos recuerda que el nacionalismo no es comprensible solamente en el sentido del parentesco literal, sobre todo en naciones genéticamente diversas, como propone el primero, pero tampoco se apoya únicamente en mitos de tierras prometidas, virtudes únicas o enemigos eternos, como sugiere el segundo. Su propuesta es un planteamiento que recuerda de alguna manera al magnífico The Origins of Political Order, de Francis Fukuyama.

Sin embargo, a diferencia de Fukuyama, que sostiene que el triunfo de las formas modernas de estructuración social y económica superan la indiscutible huella de la organización patrimonial y tribal de la era premoderna, Azar Gat no acepta tan fácilmente que de ello surjan indefectiblemente marcos más amplios de colaboración supraétnica. Aunque reconoce que las naciones tienen un componente indiscutible de «invención» (él mismo define la etnia como una población que comparte cultura y «parentesco real o supuesto»), aparenta pensar que lo que vemos actualmente son expresiones con una línea de amarre en la etnia ancestral y, por tanto, con un carácter y una «identidad» cristalizadas casi para siempre. Por ello, contempla el auge de los nacionalismos en Europa como una consecuencia lógica de esa identidad imbatible y advierte de la inutilidad de poner palos a la rueda de la independencia de los territorios históricos escoceses o catalanes, a pesar de todas esas «invenciones» que no desconoce y del hecho nada desdeñable de que no sean sentimientos compartidos por una gran parte de la población.

Naciones dará buenos argumentos al independentismo. Sin embargo, aunque no sean tan aparentes, no son muy difíciles de hallar en su texto las claves para la creación y el mantenimiento de unidades más amplias de integración que las de los nacionalismos devenidos en regionales. Para quienes piensan que el auténtico desafío es el mantenimiento de la paz y la prosperidad en un mundo globalizado, las aportaciones de historiadores evolucionistas como Azar Gat ayudan a una mejor comprensión del porqué de los sentimientos nacionales y de su actual activación. Como nos recuerda él mismo, el parentesco nunca fue una garantía de paz y solidaridad, pues entre grupos étnicos cercanos se engrandecen las pequeñas diferencias y se dan frecuentes conflictos e, incluso, escisiones. Hasta entre los más próximos actúa el mecanismo de «nosotros contra los otros». Como dice el proverbio árabe: «Yo contra mi hermano, mi hermano y yo contra mi primo, y yo, mi hermano y mi primo contra el mundo».

Es ante el enemigo común como se impone el espíritu de cooperación. Antes fue el forastero quien otorgó al colectivo el epónimo étnico común. Ahora puede ser la necesidad de supervivencia planetaria y sus discursos asociados. Al fin y al cabo, en palabras del propio Gat, el nacionalismo es característico de cuando «el pueblo carecía de libertad individual y, por tanto, la meta de sus pugnas y sacrificios frente a la dominación ajena no podía ser otra que la libertad “colectiva”, es decir, la emancipación nacional». No estamos en ese momento.

María Teresa Giménez Barbat es antropóloga y escritora. Es autora de Polvo de estrellas (Barcelona, Kairós, 2003), Diari d’una escéptica (Barcelona, Tentadero, 2007) y Citileaks. Los españolistas de la plaza real (Málaga, Sepha, 2012).

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