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Cuando el padre Bosco observó que la aguja de la báscula marcaba ciento quince, sonrió con la alegría del alpinista que llega a la cima. Por primera vez, la aguja no alcanzaba su límite, manifestando su impaciencia por traspasarlo con unas pequeñas e inquietantes oscilaciones. Había perdido quince kilos. Era un gran logro, pero tendría que seguir bajando de peso. Su corazón ya había protestado, pegándole un susto y no quería pasar de nuevo por el hospital, soportando que el médico le amonestara por sus excesos culinarios. Tendría que continuar con la bicicleta estática, pedaleando cuarenta minutos al día. Con su metro noventa, tenía que descender al menos hasta los cien. Se había acercado de nuevo a Algar de las Peñas para pasar unos días en compañía del padre Juan, que seguía enredado en disputas con su obispo, don Aniceto, sumamente conservador y aficionado a recriminarle su actitud relajada en la liturgia. No le gustaba que el cesto con las hostias consagradas circulara por los bancos como si fuera un plato de mejillones, mientras sonaban canciones de Mercedes Sosa. Cada vez que visitaba al padre Juan, se encerraba con él en la sacristía y le manifestaba su malestar.

-A usted eso le parece muy moderno –protestaba el obispo, un hombre diminuto y con el pelo blanco que siempre desprendía un fuerte olor a colonia-, pero le aseguro que es algo muy antiguo. Se ha quedado usted en los sesenta, cuando el marxismo intentaba infiltrarse en la Iglesia.

El padre Juan respondía con evasivas, sin mostrar ningún interés en seguir sus consejos. De hecho, continuaba celebrando misa con el mismo procedimiento, lo cual escandalizaba a Consuelo, partidaria de las fórmulas tradicionales y gran admiradora de don Aniceto, cuyas declaraciones incendiarias sobre el aborto y el matrimonio homosexual sonaban como música celestial en sus oídos.

El padre Bosco no era especialmente conservador, pero prefería el canto gregoriano a las canciones de Mercedes Sosa. Sin embargo, celebraba la rebeldía del padre Juan. Don Aniceto siempre le había parecido un pelma con aires de grandeza. Cuando se encontraban, el contraste no podía ser más llamativo. Los dos llevaban alzacuello, pero el padre Bosco era más descuidado en su forma de vestir. La camisa salía por fuera del pantalón, el bolsillo de la chaqueta rebosaba lápices y bolígrafos, el pantalón tendía a caerse, dibujando pliegues en las rodillas, y su enorme mata de pelo blanco parecía un cristal de cuarzo, con protuberancias tan afiladas como arrecifes o cohetes. Por el contrario, don Aniceto cuidaba mucho su aspecto. Con la cruz obispal siempre colgada del pecho, su traje revelaba visitas asiduas al tinte, con la raya del pantalón perfectamente dibujada y la chaqueta cuidadosamente planchada. Su pelo blanco, que amarilleaba ligeramente por los excesos con la colonia, nunca se desordenaba gracias a unas pequeñas dosis de fijador. Las diferencias entre los dos sacerdotes se exacerbaba por los treinta centímetros y los casi cincuenta kilos que los separaban. Desde lejos, parecían un niño y un adulto. El padre Bosco compartía la fe del obispo, pero no su estilo polémico e intransigente. Discutían a menudo, aunque jamás se desviaban de una estricta cortesía.

-Hable con el padre Juan –pedía don Aniceto-. Es joven y está desorientado. Necesita que alguien aclare sus ideas y a usted le escuchará. Más que a mí, que soy su obispo.

-Hablaré con él –respondía el padre Bosco, sin ninguna intención de hacerle caso-. Piense que es muy joven.

-Será joven, pero tiene las ideas del Mayo del 68. Los sacerdotes jóvenes ya no piensan de ese modo. He oído que en su parroquia comulga todo el mundo: divorciados, gais, musulmanes. Un disparate.

El padre Bosco se bajó de la báscula con una sonrisa, pero su alegría duró poco. Unos enérgicos golpes en la puerta anunciaron que había sucedido algo grave. El padre Juan abrió y se topó con la pareja de la Guardia Civil. Yolanda, una joven agente que se había ganado el respeto de los vecinos por su entrega y cordialidad, entró con una expresión muy seria y pidió la ayuda de los sacerdotes, mientras su compañero, Juan Antonio, permanecía en segundo plano, ya que nunca había simpatizado con el clero.

-Alguien ha disparado a Higinio –dijo Yolanda-. Está agonizando y pide un sacerdote. La ambulancia ya está en camino, pero no sé si aguantará. Tiene un boquete en el estómago.

-Ojalá lleguemos a tiempo para administrarle la extremaunción –dijo el padre Juan, mientras preparaba todo lo necesario-. Démonos prisa.

Higinio se encontraba en el patio trasero, con la cabeza apoyada en una almohada y una mano agarrada a la de su hermana Dominga, extrañamente serena. Sus ojos parecían los de una vaca en el matadero, con esa mezcla de horror e impotencia que produce el contacto con la muerte. Boqueaba, murmurando algo ininteligible. Una manta cubría su estómago, pero no había logrado ocultar la sangre, que había dibujado una mancha obscena. La pareja de la Guardia Civil dejó el campo libre a los sacerdotes.  Juan Antonio decidió quedarse en la calle, esperando la ambulancia. El padre Juan se arrodilló junto al moribundo, se puso la estola morada y dijo:

-La paz sea a esta casa y a todos los que habitan en ella.

Colocó el santo óleo sobre una mesa de plástico y presentó la cruz a Higinio, que la besó con dificultad. Después, roció con agua bendita el lugar y a los circunstantes, mientras recitaba los latines preceptivos. Pidió a Higinio que recitara el «yo pecador», pero como no pudo, lo hizo Dominga en su lugar, sin que le temblara la voz. Después, mojó el pulgar de la mano derecha en el óleo y ungió al agonizante, dibujando la cruz en el rostro y las distintas partes del cuerpo. Le acercó la estola para que la besara y le ofreció la cruz para que la sostuviera con las manos, pero comprendió que era inútil, pues su vida se apagaba y no le quedaban fuerzas. Finalmente, le bendijo:

-La bendición de Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ti y permanezca siempre. Amén.

No sin mucho esfuerzo, Higinio levantó la cabeza y dijo con claridad:

-Ha sido él. Ha sido ese cabrón. Él me ha matado.

Yolanda se adelantó, intentando no perderse la inesperada revelación.

-¿A quién te refieres? –preguntó el padre Juan.

-Ángel, mi hermano. Él lo hizo.

Después de decir estas palabras, sufrió un violento ataque de tos que se interrumpió bruscamente. Se escuchó un estertor y dobló la cabeza hacia un lado.

-Ha muerto –dijo el padre Bosco-. Que Dios lo acoja en su gloria.

En ese momento, se escuchó la sirena de la ambulancia, causando la frustración de las buenas noticias que llegan a destiempo, cuando ya solo suscitan indiferencia. Dominga pestañeó, pero no cayó ni una lágrima. Soltó la mano de Higinio y se puso de pie. Era menuda y fea, con los ojos pequeños y la frente baja. Sus manos delicadas, con los dedos largos y sin las asperezas de las mujeres del campo, delataba su profesión: profesora de música. Aunque ya se había jubilado, no había perdido el hábito de tocar el piano, adquirido durante su niñez, cuando su padre, un próspero agricultor, se empeñó en que se convirtiera en una mujer refinada.

Al día siguiente, los sacerdotes se cruzaron con la pareja de la Guardia Civil. Juan Antonio se limitó a esbozar una mueca, pero Yolanda les saludó afectuosamente, pero con la tensión en el rostro del que ha asumido una tarea desagradable.

-¿Qué sucede hija? –preguntó el padre Bosco.

-Estamos buscando a Ángel, el presunto asesino de Higinio. Es un hombre violento e imprevisible. Sabemos que está armado, pues han desaparecido sus escopetas, salvo una, la que supuestamente utilizó para matar a su hermano.

-¿Cree que fue él?

-Se llevaban muy mal. Discutían a todas horas. Sus gritos se oían desde la calle. Hemos encontrado el arma del crimen con sus huellas dactilares. Se encontraba en el patio, detrás de unos aperos de labranza.

-¿Y qué hacía allí?

-Pienso que Ángel disparó a su hermano en un arrebato de furia y luego arrojó el arma al suelo, quizás arrepentido o, simplemente, ofuscado. No fue algo premeditado.

-¿Y por qué ha desaparecido?

-Salvo Dominga, los «cabezones» siempre han actuado así. De forma brusca e irreflexiva. Por su sangre corre la locura.

Los «cabezones» era el apodo que los vecinos les habían asignado por sus cabezas poderosas, con unas matas de pelo que sobrevivían a los estragos del tiempo y unos rasgos faciales exóticos, casi orientales, donde sobresalían unos pómulos redondos y unas cejas puntiagudas y despeinadas. Dominga se depilaba, pero sus hermanos parecían dos guerreros tártaros con las mentes incendiadas por fantasías sangrientas.

Yolanda llevaba patrullando por el pueblo cinco años. Todo el mundo sabía que era lesbiana. De hecho, se había casado con una agente de la Policía Nacional. Eso no le impedía asistir a misa y comulgar. El padre Juan conocía sus circunstancias y no le ponía ninguna objeción. Al padre Bosco no le parecía mal. ¿Acaso Jesús no invitaba a todos a su mesa? Jamás escatimó el pan y el vino. La eucaristía no era un premio, sino un alimento espiritual y nadie debía ser privado de ese consuelo.

-¿No le extraña un poco la escenografía? –preguntó el padre Bosco.

-No le entiendo –dijo Yolanda-. ¿A qué se refiere?

-A que la escopeta se encontrara en el patio. Solo faltaba el nombre de su propietario y una confesión escrita.

-Usted debería saberlo –repuso la agente-. El ser humano no siempre obra de forma racional. Seguro que ha escuchado cosas absurdas en el confesionario. La mayoría de los crímenes son pasionales. Se producen después de una discusión, cuando la sangre está caliente y la cabeza, confundida.

El padre Bosco dibujó una mueca de perplejidad. Su mente lógica protestaba, clamando que allí había muchos cabos sueltos, muchas incongruencias.

Esa misma tarde, apareció Ángel, con una ristra de conejos, tres perros y la escopeta bajo el brazo. Como siempre, llevaba el ceño fruncido y su mirada despedía fastidio, dejando muy claro que no deseaba compañía. Su mata de pelo blanco contrastaba con sus cejas negrísimas.

La pareja de la Guardia Civil se dirigió a él, anunciándole que tenían orden de detenerlo por el presunto asesinato de su hermano. Ángel reaccionó con una mezcla de estupor y rabia, alzando la voz. Chilló que no sabía que Higinio hubiera muerto y aseguró que no le había matado él. Cuando le pidieron que entregara la escopeta y no opusiera resistencia, comenzó a lanzar maldiciones y agitó el puño que sostenía la escopeta. Yolanda le pegó un pisotón en el pie, lo cual provocó que abriera la mano, soltando el arma. Su compañero le dobló el brazo, obligándole a arrodillarse. Los perros ladraron, desconcertados. Los curas presenciaron todo desde la puerta de la parroquia. Esa noche, el padre Bosco expresó sus dudas sobre el crimen.

-Si mató a su hermano, ¿por qué volvió tranquilamente? Lo normal habría sido que se ocultara en el campo o se marchara a otra ciudad.

-Salvo Dominga, a la que el padre envió a un colegio de monjas y, luego, al conservatorio, los «cabezones» siempre han sido muy brutos. Se dejan llevar por los demonios. No piensan lo que hacen y creen que están por encima de la ley. Solo obedecen a sus impulsos. Ángel quizás se cansó de vagabundear por el campo.

-Perdone, padre, pero su argumento no me parece convincente. No aprecio una relación causal sólida. ¿Por qué se llevaban tan mal los hermanos?

-No se llevaban mal. Se odiaban a muerte. El padre redactó un testamento envenenado. Dejó la casa en usufructo a Dominga y repartió las propiedades de forma desigual. A Higinio le dejó la mejora y la libre disposición. A Ángel y a Dominga, solo la legítima. Higinio heredó más de dos terceras partes de las propiedades. Aparentemente, Dominga no le dio importancia, pero Ángel enloqueció. Insultaba a su hermano en el bar de Martín y juraba que algún día le metería un tiro en la barriga. Al final, lo ha hecho.

-Pese a todo, vivían juntos.

-Los dos estaban solteros y se habían acostumbrado a vivir así, peleándose como dos gatos rabiosos.

-Hablaré con Dominga. Hay algo que no encaja. En estos crímenes, el asesino suele entregarse o se suicida. No se marcha tranquilamente y vuelve a los dos días como si nada. Y no deja el arma tirada al lado del cadáver.

Dominga recibió al padre Bosco con esa timidez de las personas inseguras, acostumbradas a ser ignoradas y maltratadas. El padre Juan le había contado que sus hermanos solían humillarla con comentarios despectivos y nunca contaban con ella para adoptar decisiones. Con una rebeca gris, una falda negra y el pelo blanco, parecía una mujer de otra época. Se notaba que era una mujer desgraciada y, en el fondo de sus ojos, se advertía el brillo del resentimiento, esa frustración que parpadea en la mirada de los que se consideran agraviados por la vida. No era hermosa, no tenía marido ni hijos y vivía en una casa que no era de su propiedad.

-¿Qué pasó el día anterior a la desgracia? –preguntó el padre Bosco.

-Discutieron –dijo Dominga-, pero lo hacían siempre y no le di importancia. Pensaban salir a cazar de madrugada. Aunque no hacían buenas migas, cada uno valoraba la destreza del otro para seguir el rastro de los conejos y las perdices.

-¿Por qué discutieron?

-Por lo de siempre. Por la herencia. Yo me preguntaba por qué se enfadaban tanto, pues ninguno tiene hijos y quién sabe lo que sucederá con la casa y las tierras. Que se lo lleve todo el diablo. Ay, perdón.

-No se preocupe. El diablo se lleva todo lo que puede. Es codicioso e insaciable. ¿Había sucedido algo en las últimas semanas?  ¿Alguna novedad digna de ser mencionada?

-No, nada especial.

El padre Bosco examinó el salón con la mirada y descubrió un piano de pared. Se levantó y pulsó las teclas con una sonrisa. De niño, estudió tres años en el conservatorio y aún era capaz de esbozar alguna melodía. Le sorprendió escuchar unos sonidos extraños.

-Se debe haber roto una cuerda –dijo Dominga-. Sé repararla, pero no tengo fuerzas para nada.

-Si me permite, puedo ayudarla. Yo también sé hacerlo. ¿Puedo echar un vistazo?

-Adelante. 

El padre Bosco levantó la tapa del piano e inspeccionó el interior con la mirada. No tardó en descubrir que faltaba una cuerda. Pensó que se habría desprendido y estaría en el fondo, pero tras inspeccionarlo con cuidado, no halló nada. Cuando se lo comentó a Dominga, se extrañó mucho.

-No creo que se la haya comido una rata.

-¿Hay muchas en el pueblo?

-Sí, por desgracia. Los perros matan muchas en el patio.

-¿Dónde se encontraba usted cuando se produjo el hecho?

-¿No sospechará de mí?

-Claro que no, pero siempre conviene aclarar las cosas.

-Ese día madrugué tanto como mis hermanos. Tenía cita en el hospital.

-¿Le sucede algo?

-Hace años tuve cáncer. Me extirparon un trozo del colon. Ahora estoy bien, pero cada cierto tiempo acudo a revisión. Unas exploraciones muy desagradables. Ya sabe usted.

-¿Ninguno de sus hermanos se ofreció a acompañarla?

-No suelen tener esos gestos. Solo piensan en sí mismos.

-¿Vio a sus hermanos antes de partir hacia Guadalajara?

-Sí, estaban en el patio, con los perros y las armas. Se estaba preparando para salir al campo, aprovechando la media veda.

-¿Dijeron algo?

-Mis hermanos son de pocas palabras.

-¿A qué hora volvió al pueblo?

-Más o menos, a las seis de la tarde.

-¿Salió bien la prueba?

-No quisieron hacérmela. Me dijeron que tenía que haber acudido acompañada, que era peligroso dejar que me marchara sin que alguien se ocupara de mí después de la exploración.

-Vaya. ¿Por qué no acudió al padre Juan?

-No me gusta pedir favores.

-Pues la próxima vez, pídaselo a él o a mí, que la acompañaré encantado.

El padre Bosco carraspeó y, respirando hondo, preguntó:

-¿Puede contarme qué vio al llegar a casa?

Dominga contestó de mala gana:

-A mi hermano en el patio, con un tiro en el estómago.

-¿Podría decirme por qué le mató?

-¿Cómo?

-Fue usted quien disparó. Imagino que por la herencia. No creo que se sintiera menos humillada que Ángel por el injusto reparto. Los dos anhelaban vengarse, pero, a diferencia de su hermano, decidió ser prudente y no manifestar su odio. Ya se había hecho esa prueba otras veces y sabía que no se la realizarían si acudía sola. Utilizó la cita médica como coartada.

-Solo dice disparates. ¿Ha olvidado que han encontrado el arma con las huellas de Ángel?

-Sus hermanos tienen varias escopetas. Se cercioró de que Ángel dejaba dejara las huellas en el arma y la escondió.

-Y si yo disparé, ¿por qué no están mis huellas?

-Utilizó la cuerda de piano. Probablemente, empleó uno de los trípodes de caza de sus hermanos. Colocó la escopeta sobre una mesa, ató la cuerda al gatillo y esperó. Cuando apareció, disparó y luego tiró el arma al suelo, agarrándola con un paño para no dejar sus huellas.

Dominga no dijo nada. Parapetada en un silencio espeso, dejó que el odio que temblaba en el fondo de su mirada emergiera con toda su rabia, imprimiendo en su mirada una ferocidad largamente reprimida.

-¿Cómo lo supo? –preguntó Yolanda unas semanas más tarde.

A su lado, Juan Antonio, su compañero, mostraba por primera vez respeto por el clero. Había que admitir que aquel cura gigantesco era sagaz e inteligente.

-Noté su profunda infelicidad –respondió el padre Bosco-. Un alma desgraciada casi siempre alberga un fondo oscuro. Si me hubieran contado que había protestado por la herencia, no habría pensado en ella, pero su silencio no me pareció fruto de la conformidad, sino de un rencor ciego que buscaba un desagüe para liberar su carga de frustración. La cuerda de piano me dio la clave. En cuanto a Ángel, nadie comete un crimen, deja el arma con sus huellas al lado del cadáver y vuelve al escenario del delito.

Esa noche, cenaron con don Aniceto, que despedía un olor a colonia más intenso de lo habitual. El padre Bosco se mareó un poco con el aroma, pero su cortesía le impidió decir nada. El obispo celebraría la misa al día siguiente y ambos sacerdotes temblaban, pensando en sus interminables homilías, salpicadas de citas de san Agustín y el padre Pío. Por supuesto, esta vez no sonaría Mercedes Sosa y la hostia se depositaría en la boca de los feligreses con la máxima solemnidad.

-¡Qué historia más terrible! –dijo don Aniceto, aludiendo al asesinato de Higinio, que se había convertido en un culebrón televisivo. Decenas de periodistas habían acudido a Algar de las Peñas para cubrir la noticia-. El demonio siempre está detrás de estas cosas.

Después de terminar la cena, los tres sacerdotes se sentaron alrededor de la vieja chimenea, observando las cabriolas del fuego.

-Hay algo que no entiendo –dijo el obispo-. ¿Por qué Higinio intentó incriminar a Ángel, cuando en realidad le había disparado su hermana?

-No quería dejar este mundo sin ajustar cuentas. No le hizo gracia que Dominga le disparara, pero odiaba más a Ángel y quiso hacerle daño.

-Es cierto –intervino el padre Juan-. Cuando repartieron las tierras, discutieron por las lindes. Ángel le amenazó, echándose la escopeta a la cara. No llegó a disparar, pero el otro creyó que había llegado su hora. Nunca se lo perdonó.

-La sombra de Caín –suspiró el obispo-. Nunca dejará de pasearse por la tierra.

-Tiene razón –dijo el padre Bosco-, pero aquí también ha intervenido el amor.

-¿Amor?

-Sí, por Dominga. Higinio perdonó a su asesina. El ser humano es así: un animal paradójico.

-Animal no, hijo de Dios.

-Claro, señor obispo. Somos seres espirituales, no mera biología. Durante unos minutos, solo se escuchó el fuego, haciendo gemir a la madera y dibujando pequeñas sombras que parecían danzar sobre las llamas. Después, el padre Bosco sirvió un poco de vino y los tres comenzaron a adormecerse, pensando que el mundo, a pesar de sus imperfecciones, no era un lugar tan malo.

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