La república tecnológica: cuando el pasado se disfraza de futuro

La república tecnológica: Poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidente

Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska

Tenos, Barcelona, 2025

320 págs.

El subtítulo de este libro de Alexander C. Karp, director ejecutivo de Palantir Technologies, y Nicholas W. Zamiska, asesor y director de relaciones corporativas de la empresa, es muy llamativo. Esa referencia al poder duro, el pensamiento débil y el futuro de Occidente pretendería ser poco menos que un pequeño manual para entender el siglo XXI, según se lee en la solapa del libro. Sin embargo, no se nos debe escapar que la obra se publicó en Estados Unidos casi en coincidencia con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y precisamente por eso habría que preguntarse si el subtítulo más adecuado habría tenido que referirse al futuro de Estados Unidos. En efecto, con Trump —y probablemente con su sucesor— el concepto de Occidente, nacido después de la Segunda Guerra Mundial y consolidado en el establecimiento de la OTAN, se diluye a pasos agigantados en un mundo en el que parecen renacer los imperios y las esferas de influencia. Por eso, hablar del futuro de Occidente suena a grandilocuente. Con todo, Marco Rubio en su discurso en la Conferencia de Múnich (14 de febrero de 2026) aseguró que Estados Unidos y Europa son parte de una única civilización: la civilización occidental. Dijo también que el país norteamericano es, en muchos sentidos, un hijo de Europa, y que Washington no quiere aceptar pasivamente el declive moral y económico de Occidente y no quiere a unos europeos avergonzados de su cultura e historia. Cabe añadir que Rubio hizo en su discurso más geopoética que geopolítica, pues no abordó en ningún momento las preocupaciones de la seguridad de los aliados europeos, en especial las relacionadas con Rusia.

Contra Silicon Valley en defensa de la civilización occidental

El principal autor de La república tecnológica es Alexander C. Karp, al que podríamos calificar de «filosofo tecnológico», avalado por un doctorado en Alemania, pero con un papel preponderante ejecutivo y político empresarial. Este libro es, en gran manera, una requisitoria contra las empresas de Silicon Valley, a quienes se acusa de replegarse sobre sí mismas para dedicarse a una cultura del consumo trivial y efímero. Se les reprocha carecer de un proyecto social, hasta el punto de ser calificadas de «empresas colectivistas con metas individualistas» y se subraya que han olvidado que las tecnologías son un producto de la cultura. Al importarles más el mercado que el pueblo, no demuestran interés por el conjunto de la nación. El resultado es un utilitarismo vacío, que considera el Estado-nación un obstáculo para el progreso. Además, Karp acusa a estas empresas de nihilismo cultural, lo que conllevaría un desprecio por las creencias religiosas del pueblo. Las élites tecnológicas no son nada tolerantes, aunque profesen lo contrario, y su forma de entender la tolerancia equivale a no creer en nada. Según el autor, la actitud de Silicon Valley es el reflejo de un vacío en la sociedad estadounidense, a la que solo le importa el consumo. Pero también es un eco del postmodernismo y el relativismo, con lo que supone de desconcierto y pérdida de valores compartidos.

Para Karp, hay influencias consideradas nefastas como Orientalismo (1978) de Edward Said, que propagó la consigna de que todas las culturas son iguales y que es más importante la identidad de un orador que las palabras que pronuncia. El resultado conlleva un desprecio por la civilización occidental arraigado en las universidades estadounidenses, en las que apenas se lee a Platón, Dante, Stuart Mill o Marx. Denuncia Karp tanto esa ignorancia como un relativismo que lleva a considerar que en el mundo hay muchas historias posibles, aunque la consecuencia sea la negación de la propia historia de Estados Unidos.

Entre las muchas loas a la civilización occidental, en el libro se encuentra una breve evocación de un famoso discurso de Winston Churchill en la Universidad de Bristol el 2 de julio de 1938, en el que señalaba que por civilización no hay que entender el progreso tecnológico sino los valores encarnados por la libertad individual, el imperio de la ley, la tolerancia, el debate parlamentario y la libertad de expresión. Con todo, si buscamos en el libro de Karp una firme defensa de la civilización occidental, tendremos que llegar a la conclusión de que su concepto de Occidente es un tanto difuso.

No sabemos si se refiere a la geografía, la historia, los valores o las instituciones, pero conforme avanzamos en la lectura nos damos cuenta de que se refiere, ante todo, a la superioridad estratégica y, por tanto, viene a ser una justificación de la hegemonía: la hegemonía global estadounidense. Defender a Occidente no equivale, por tanto, a defender la democracia liberal, aunque esta haya tenido su origen en Occidente. La presidencia de Trump ha representado un abrupto recordatorio de esta realidad. Resulta claro que para Karp no es suficiente con el compromiso con el capitalismo y los derechos individuales. En algunos aspectos, navega en las coordenadas del posliberalismo, aunque no ha renunciado al liberalismo dado su estatus de líder empresarial. Sin embargo, se puede llegar a la conclusión de que importa más la democracia nacional, en concreto la estadounidense, que la democracia liberal. Resulta significativa una referencia a Alemania, en la que evoca el «vaciado» de este país por las potencias vencedoras en la posguerra. Karp no simpatiza en absoluto con el nazismo, pero la historia reciente alemana le sirve para hacer una comparación con Estados Unidos: «Puede que fuera justo y necesario desmantelar el viejo orden, pero ahora debemos construir alguno juntos en su lugar». Con este tipo de razonamientos, no es extraño que el autor cultive un discurso sobre la decadencia manifestado en expresiones del tipo de «la caída de los imperios viene del abandono de la búsqueda y el cultivo de la virtud», que tiene ecos de Salustio.

Palantir y la nostalgia del Proyecto Manhattan

El libro es una curiosa mezcla de filosofía política y tecnología. A la vez, es la afirmación de que la tecnología para la defensa, inteligencia, policía, vigilancia y control de fronteras salvará a Occidente, por no decir a Estados Unidos. Es algo que no se puede dejar en manos de sus adversarios, especialmente de China. Hay que combatirles con sus mismas armas. Pero ¿quién encarna la tecnología? Ciertamente, no el Estado sino determinadas empresas. Una de ellas es Palantir Technologies, empresa fundada por Peter Thiel y Alexander C. Karp en 2003, y que toma su nombre de El señor de los anillos de J. R. Tolkien, donde los palantir son unas piedras que permiten ver a distancia y obtener información. Se trata de una lograda metáfora de la labor de la empresa para descubrir patrones ocultos en datos, aunque no importan tanto los datos sino la capacidad de darles un sentido.

La obra de Karp no deja de ser una apología de Palantir, un ejemplo de cómo la industria del software ha sabido establecer una relación con el Estado. Aboga por un proyecto de alcance nacional, en contraste con otras empresas tecnológicas reacias a entrar en los debates sociales y culturales de nuestro tiempo. Karp recuerda en diversas ocasiones que, a mediados del siglo XX, se produjo una estrecha colaboración entre las empresas y el gobierno estadounidense. 

Se explican así los elogios de Karp al físico J. Robert Oppenheimer y al Proyecto Manhattan, calificado como «un ejemplo de propósito, acción y tecnología». Se alaba también al premio Nobel de Física, Percy Williams Bridgman, profesor del padre de la bomba nuclear. Bridgman afirmaba que los científicos no son los responsables de los hechos que se producen en la naturaleza. No cree que exista ningún pecado ni maldad en descubrir esos hechos. Tan solo es parte de su trabajo. No cabe duda de que Oppenheimer se sintió responsable de su terrible descubrimiento, pero a la vez creyó que ponerlo en práctica era históricamente inevitable. Para aquel científico, definir algo implicaba construirlo. Se diría que Karp da un paso más adelante al señalar que lo que se ha construido, alguien lo tendrá que usar. En consecuencia, su dilema ético es elegir quién lo va a usar y para qué. La tecnología puede influir en la política internacional del mundo y en los planes militares. «No debes rehuir la construcción de herramientas por miedo a que se vuelvan contra nosotros». Los sistemas de armamento con software de IA son, para Karp, una confirmación de que la era nuclear ha llegado a su fin y ha comenzado la era de la inteligencia artificial. Es sabido que Palantir ha estado detrás de los ataques a Irán, tras identificar cientos de objetivos gracias a la IA, y se atribuye a Karp la frase de que «Occidente debe ser la fuerza más letal del mundo».

Karp parece olvidar que la historia nunca se repite. No existen unas leyes de la historia, tal y como afirmaron algunos filósofos alemanes del siglo XIX. Las condiciones históricas son irrepetibles y el Proyecto Manhattan no es precisamente un paraíso perdido. La Segunda Guerra Mundial para Estados Unidos representó un cúmulo de circunstancias excepcionales, si bien no pueden aplicarse en conjunto a las democracias occidentales de nuestra época. Menos todavía, con las dificultades para el mantenimiento del vínculo trasatlántico puesto a prueba por la Administración Trump. Karp utiliza mucho los ejemplos de la cooperación entre los sectores público y privado durante la guerra y la posguerra. El problema es que esa nostalgia omite costes, abusos y condiciones históricas irrepetibles. Por eso, en algunas críticas al libro, se lo califica de romanticismo peligroso porque convierte momentos excepcionales de movilización total de las sociedades durante la Segunda Guerra Mundial en norma deseable para sociedades democráticas normales.

¿República tecnológica o complejo militar-tecnológico?

Hay quien asegura que este libro es una defensa del mundo occidental en la era de la IA, aunque no es seguro que sea una defensa del mundo democrático occidental. Lo que está claro es que la obra derrocha grandes dosis de emotivismo, empezando por la dedicatoria inicial: «A los que buscan conocer el corazón de los demás y conocer el propio». Quizás Karp y Zamiska, al publicar este libro en Estados Unidos a finales de 2024, podrían decirnos que una de sus tesis es que hay que poner la IA al servicio de las democracias occidentales frente a sus adversarios autoritarios. Pero el problema es que, con la llegada de Trump a la presidencia, el Occidente al que se refieren, parece haber cambiado de campo.

En cualquier caso, estamos ante una obra sobre el poder. Por un lado, parece un elogio de la república, y esa palabra nos recuerda una serie de valores de la república norteamericana de los que no se habla precisamente en estas páginas. Los cinéfilos, sin ir más lejos, podríamos recordar un célebre discurso escrito por el guionista James Edward Grant para la película El Álamo (1960) de John Wayne, en el que Davy Crockett defiende la república como un sistema en el que la gente puede vivir libre bajo la ley, no bajo el látigo, y en el que la ley está por encima del poder arbitrario. Es el mismo ideal de los padres fundadores de Estados Unidos, como Thomas Jefferson o James Madison. Sin embargo, al añadir Karp a la república el adjetivo de tecnológica, todo el contexto sufre una especie de aceleración, aunque se revista de tonos filosóficos. Es la aceleración de una ideología que se fundamenta en la propaganda tecnológica.

A lo largo de la obra se insiste en que las democracias occidentales no comprenden que hay que hacer la guerra tecnológica contra sus adversarios, pues ellos no reparan en medios para hacerla como es el caso de China. Esas democracias no han sabido compaginar el crecimiento económico con la seguridad. No son conscientes de que la rivalidad tecnológica está relacionada con la defensa de la civilización occidental. Pero podríamos añadir que combatir al enemigo implica necesariamente una carrera de armamentos. Cada parte se rearma digitalmente y la otra reacciona a continuación. Esto guarda una cierta analogía con la paz armada que precedió a la Primera Guerra Mundial, pero si aquella época no estuvo exenta de crisis puntuales y localizadas, tampoco la actual se libra de la guerra híbrida o asimétrica.

Para Karp, la defensa de la civilización occidental es una causa de héroes, unos héroes creadores. Estos son los empresarios tecnológicos, con una cierta mentalidad simbolizada en la novela La rebelión de Atlas de Ayn Rand, donde se expresa la idea de que son los empresarios los que sostienen el mundo y que toda innovación tecnológica y económica proviene de la mente individual. Ni que decir tiene que Karp y Zamiska formarían parte de esa élite estratégica. La principal diferencia con las ideas de Ayn Rand es el rechazo del individualismo empresarial y la defensa de la cooperación con el Estado para una supuesta defensa de la civilización occidental.

En consecuencia, el libro está abogando por la implantación de un complejo militar-tecnológico. Tiene su lógica, por tanto, la respuesta de Peter Thiel, fundador de Palantir, durante una conferencia. Le preguntaban si la CIA había influido en la creación de la empresa, pero la respuesta de Thiel era, por el contrario, que Palantir estaba influyendo en la CIA. De ahí que no sea muy difícil sacar la conclusión de que la visión del mundo de Karp beneficia directamente a su propio negocio. Su cliente es la Administración norteamericana y en teoría las otras democracias occidentales, pero cabe sospechar que su potencial cliente será todo aquel que tenga un enemigo y esté dispuesto a pagar por hacerle frente. Es la dialéctica amigo-enemigo, tomada de Carl Schmitt, no la de democracia contra totalitarismo. La síntesis perfecta entre filosofía política y estrategia de negocio. Palantir quiere ser a la vez una marca cultural y un estilo de vida, tal y como pretenden demostrar sus gorras, camisetas o shorts. 

El libro omite la aplicación de la tecnología en el ámbito civil, donde existe el riesgo de normalizar la vigilancia y erosionar las libertades públicas. Tal es el caso de las actividades de Palantir relacionadas con el ICE, encargado de rastrear a los sin papeles, y otros aparatos de la seguridad del Estado. Se diría que el país de leyes necesita reforzarse con la tecnología. Por eso, no es extraño que en el libro se elogie a Singapur por haber sabido construir una identidad nacional gracias a la intervención del Estado en ese pequeño país creado por Lee Kuan Yew en 1965 tras independizarse de Malasia. Ha sido el paradigma de un elevado desarrollo económico combinado con un régimen político autoritario. Hay quien asegura que Deng Xiaoping se inspiró en el modelo de Singapur para la transformación de la China comunista.

El proyecto de unidad nacional de Karp pasa por un propósito compartido, pero cae en la categoría de mito al pensar en una unidad similar a la experimentada durante la Segunda Guerra Mundial. Se convierte así en un ejercicio de nostalgia. No es un realismo que mira hacia el futuro, sino la nostalgia de un pasado que nunca existió realmente. Sin la apelación a los valores occidentales, aunque estos sean difusos, Palantir solo sería una empresa de supervigilancia.

Antonio Rubio Plo es escritor y columnista. Analista de política internacional y pluma invitada en el Real Instituto Elcano. Doctor en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Zaragoza. Profesor de Ciencia Política, y de Geografía e Historia.

El Superordenador MareNostrum del BSC está instalado en el interior de una antigua capilla desacralizada.
El Superordenador MareNostrum del BSC está instalado en el interior de una antigua capilla desacralizada.

Ficha técnica

9 '
0

Compartir

También de interés.

Cien cuyes y ni uno más

Cien cuyes, la novela que ganó el más reciente Premio Alfaguara, trata ante todo…

Estado y artesanía en la última dinastía china

State and Crafts in the Qing Dynasty (1644-1911), de la doctora Christine Moll-Murata, publicado…

Lo afortunadamente inalcanzable

Menudos fueron los años noventa para los amantes de lo desconocido. Veníamos de no…

Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.