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Tocqueville en la Argelia colonial

Tocqueville y el lado oscuro del liberalismo

María José Villaverde Rico

Guillermo Escolar, Madrid, 2023

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El libro de la profesora María José Villaverde llega a las librerías cuando todos los países con pasado imperial están revisando su dominio colonial. Se disponen incluso a devolver algunas obras que lucen en sus museos, lejos de donde se crearon. Queda mucho todavía por devolver. Y el pasado colonial de las potencias será largamente discutido. Lejos de ser una curiosidad histórica, las posiciones de Tocqueville sobre este asunto han levantado todo un debate político sobre el papel de Francia en Argelia. El periódico Le Monde dedicó a Tocqueville una editorial en abril de 2005 donde exageraba al punto de atribuirle ser «el inventor de la colonización en Francia». Además, las leyes Tabira de 21 de mayo de 2001 y de reconocimiento de los franceses repatriados (harkis) de 23 de febrero de 2005 reabrieron un debate en el que Tocqueville volvía a estar presente. Los más críticos señalaron que Francia estaba atravesada por la «fractura colonial», otros que el «inconsciente colonial» había construido unos nuevos «Indígenas de la República». Los más complacientes pretendieron una memoria más positiva: la colonización argelina no habría sido solo una empresa de dominación y explotación, sino de desarrollo y civilización. Incluso, la ley dedicada a los harkis prescribía a los historiadores enseñar «el rol positivo de la presencia francesa en ultramar». Se abrió una guerra de memorias con un replanteamiento del papel de la historia y los historiadores en el centro (Legros, 2007, pp. 115-133, 116-120). Y la figura de Tocqueville quedaba en el eje fundamental del debate. Para algunos, Tocqueville aportó raciocinio, entendimiento, el «interés bien entendido» para colonizados y colonos. Además, señalan estos, Tocqueville previno de la guerra que llevó a 132 años de presencia trágica de Francia en territorio argelino (Boukerche, 2018). Para otros, es el fundador de la colonización.

Tocqueville ha sido objeto de admiraciones, animadversiones, adhesiones, cuando no, también, de alianzas ajenas y espurias (Gouirand, 2013).

El contexto de sus escritos sobre la esclavitud y el colonialismo es minuciosamente analizado por la historiadora de las ideas María José Villaverde con una precisión y un rigor extremos. Al punto de salir ella absolutamente airosa en su debate con los numerosos críticos de Alexis de Tocqueville por su atribuida y supuesta posición imperialista, militarista, autoritaria respecto de la ocupación de Argelia por Francia del 5 de julio de 1830 y su anexión en 1848. Me parece que Tocqueville y el lado oscuro del liberalismo atañe a la historia de Francia y el legado liberador de la revolución del 1789, a las posibles contradicciones del liberalismo revolucionario con los imponderables y déficits democráticos del imperialismo del siglo XIX y, por lo menos, también a las posibles contradicciones de Tocqueville entre su defensa de la libertad en la «igualdad de condiciones» y su responsabilidad colonial. El fantástico libro de la profesora Villaverde tiene el valor de responder a múltiples críticos anticoloniales ―Todorov, Hereth, Héricord, Cesaire, Kahan, Duong, Pitts, Le Cour Grandmaison, Boulbina, Welch, Lawler, Pitkin, Wolin…― que, grosso modo, incluyen a Tocqueville en una visión eurocentrista. La profesora conoce a todos muy bien. Tocqueville suele aparecer, entre los críticos, como un limitado abolicionista que pretende conciliar lo inconciliable: el respeto a los filantrópicos principios revolucionarios con los intereses de las colonias; el trabajo libre con la rentabilidad de los ingenios azucareros; los intereses políticos y estratégicos de Francia con el fin de la esclavitud. Son intereses enfrentados y no armonizables para los críticos de Tocqueville (p. 67). El francés, que se habría limitado a analizar el sistema esclavista norteamericano desde una perspectiva pragmática ―económica y política―, habría llegado a justificar la esclavitud por el color de la piel. Y la desaconsejó, estrictamente, por la desintegración que ocasionaría en el naciente país. No habría formulado una crítica por razón de principios (pp. 43, 44).

Los autores favorables a Tocqueville ―Benoit, Frederickson, Kohn, Janara―, en este punto, han asociado el antirracismo de Gustave de Beaumont ―su amigo y compañero en el viaje de 1831 a América, autor de Marie ou l’esclavage aux Etats-Unis (1835)― con el autor de La democracia en América (1835, 1840). Toda una corriente de sociólogos ―Delgado, Derrick, Bell…― siguen a Tocqueville al señalarle como pionero de la visión del racismo como una construcción social, ratificada por el sistema legal norteamericano, favorecedor de una democracia de blancos en detrimento de negros e indios (p. 44). Mélonio y Attanassow destacan entre los partidarios de este Tocqueville embajador de las ideas civilizadas francesas ―modernización, democratización y extensión de liberalismo― en los países juzgados entonces atrasados (p. 221). Francia tenía que postular el ideario de 1789, a sabiendas de que el vacío colonial que dejara sería inmediatamente ocupado por Inglaterra (pp. 189-210, 222). Para propiciar estas ideas entre los imperialistas que se sentaban en la Cámara de Diputados francesa, había que ser prudente y no abandonar nunca el realismo político.

La tesis de María José Villaverde, en estos puntos, es diáfana: Tocqueville fue cauto. Restringió el derecho de igualdad a los esclavos al negarles, provisionalmente, el derecho de propiedad. Sabía que el derecho de propiedad del colono colisionaba con el derecho de libertad del esclavo. El Estado debía conciliar «en la medida de lo posible» (subrayado en el libro) ambos derechos. Son criticables su consideración del derecho de propiedad del colono sobre el esclavo y su defensa de las indemnizaciones del Estado a los colonos caso de practicar la liberación de «sus» esclavos. Pero se trata de afirmaciones de Tocqueville, señala la profesora Villaverde, en la Cámara de Diputados para sacar adelante un proyecto de ley a favor de la abolición de la esclavitud. Tocqueville trataba de solucionar un problema real con soluciones reales pues las ideales hubieran fracasado. Los moralistas hubieran sido derrotados sin atraer adhesiones y no hubieran neutralizado a los políticos esclavistas (p. 70). «Que su proyecto abolicionista era insuficiente, Tocqueville era el primero en reconocerlo, pero era eso o nada», señala Villaverde (p. 70). Tocqueville encara un problema humano, ajeno a los políticos pusilánimes, sin descuidar criterios estratégicos favorables a Francia que impedían abandonar las colonias en un contexto internacional imperialista marcado por la competencia con Inglaterra (p. 71).

Indudablemente, Tocqueville estuvo en la tormenta del imperialismo de su época, que se revistió de los valores liberales de su tiempo hasta que los arrinconó para repeler las revueltas en las colonias y adoptó teorías racistas más violentas y rudas con los inferiores. La tesis de la profesora Villaverde es clara: «Mi tesis es que la colonización y el imperio suscitaron entre los ilustrados y liberales de los siglos XVIII y XIX posturas enfrentadas. Ambos bandos apelaron a razones económicas (los beneficios que aportaban las colonias compensaban, o no, los costes) y morales (la conquista y sometimiento de otros pueblos era injusta e inmoral porque ninguna nación estaba revestida con la autoridad moral para dominar a otras sociedades y porque iba acompañada de una violencia inadmisible, o bien aportaba la civilización y el progreso a los pueblos colonizados)» (p. 264).

Y prosigue más adelante:«Lo que, a mi juicio, demuestran estas contradicciones es […] que la igualdad y la libertad eran principios revolucionarios que, como todo nuevo paradigma, se abrieron paso con muchas dificultades entre la maraña de intereses y de ideas establecidas en la época» (265).

Tocqueville navegó dentro de estas corrientes sinuosas. El libro lo presenta como vertiente humana y civilizatoria del colonialismo. Apoyó el colonialismo por razones de emergencia sobrevenida por una invasión (embridó a la bestia desbocada) y, al mismo tiempo, defendió la libertad y la igualdad (p. 267). Ahí quedan sus abiertas críticas al gobierno colonial militar francés.

Quizás Tocqueville sea un ejemplo avant la lettre de los dilemas entre las weberianas ética de la responsabilidad y ética de la convicción. No cabe duda de que, ya en su época, la política plutocrática del siglo XIX le insatisfacía, y confiaba en que la preparación de un nuevo político barrería a los indolentes, espurios y diletantes de las Cámaras. La sabiduría política de Tocqueville se sitúa sustancialmente, en mi opinión, entre Maquiavelo y Weber. No solo en el tiempo, sino en el acopio de responsabilidad política. Tocqueville se asemeja a un hombre político, que dispone los medios para sostener la grandeza y los intereses de Francia (p. 115). María José Villaverde observa esta dimensión política de Tocqueville en los términos más positivos. La actividad colonial razonable puede ser, para Tocqueville, y según la autora del libro, un revulsivo contra la pasividad política, un acicate para la acción pública. Pero no se trata de cualquier patriotismo, señala Villaverde, sino de uno liberal, en favor de la libertad individual inalienable, y no tanto de alguna forma de republicanismo (pp. 216-217). Desde luego, este tipo de político excelente, liberador y responsable, subyace, en mi opinión, a la narración seguida por la profesora Villaverde acerca de las decisiones de Tocqueville en su época. Los dos laboratorios sociales donde Tocqueville experimenta son Estados Unidos, con la esclavitud y el racismo como trasfondo, y Argelia, con los bastidores de la cooperación, la dominación y la construcción de una sociedad beneficiosa para dos culturas extrañas la una de la otra (p. 20).

Tocqueville y el lado oscuro del liberalismo subraya la capacidad empática del político francés de «ponerse en lugar de los vencidos», en sus propias palabras, inadvertidas intencionadamente por los historiadores críticos. Ningún nacionalista o imperialista mostraría semejante empatía. Tal aproximación era consciente de las barreras culturales existentes entre árabes y franceses, y era partidaria de conocerlas para acercarse con alguna probabilidad de superarlas. Prudencia, flexibilidad, tolerancia, no imposición de las ideas europeas, aun sin olvidar un ideal civilizatorio, debían regir una legislación diversa para diferentes (pp. 146-147). James Mill escribió los diez volúmenes de The History of British India (Londres, 1858), en colaboración con el mucho más explorador Horace Hayman Wilson, sin pisar la India; y Èmile Durkheim compendió la antropología de su época en Las formas elementales de la vida religiosa. El sistema totémico en Australia (1912), mucho después, sin realizar estudio de campo en isla alguna, grande o pequeña. Alexis de Tocqueville demostró, en cambio, una pionera preocupación por la objetivación de las experiencias del viaje, tan alejada de los civilizados ensimismados con su alta cultura, como de los orientalistas que huían de su civilización en busca de lo exótico. Coincido con la profesora Villaverde en destacar una empatía intercultural genuina en Tocqueville. En mi opinión, Tocqueville estaba en el camino de las ciencias sociales por acercar culturas, en la medida de lo posible ―establecer invariables culturales en tiempos y lugares, y diferencias insalvables― cuando los senderos de estas investigaciones estaban sin abrir todavía.

La profesora Villaverde sostiene que Tocqueville no defendió abiertamente la conquista de Argelia por Carlos X en 1830, ni compartió el fervor colonialista que se propagó entre los franceses (p. 208). Se vio ante un problema internacional que encaró como eje de su carrera política hasta ser nombrado ministro de Asuntos Exteriores (pp. 175, 209). Tocqueville no tuvo un sentimiento hostil con los colonizados, a sabiendas de que podían desatar violencia y de que más valía propiciar las sinergias económicas y sociales entre ambas poblaciones (p. 172). Aunque aspiró a corregir la política exterior, nefasta, mediante un cargo que le permitiera decidir lo correcto, no lo logró. Ni lo consiguió ni vio triunfar sus ideas. Su detestado Segundo Imperio plasmó la protección de los derechos de los nativos y él no pudo (p. 174). Según la profesora Villaverde, Tocqueville quiso perseverar como político con el fin práctico de ser elegido y lograr otra política colonial (pp. 174, 175). Tras diez años de activismo sobre la cuestión colonial, que incluyeron, entre otras cosas, dos viajes sobre el terreno (1841, 1846), intervenciones en la Cámara de Representantes y actividad prolífica en comisiones legislativas, Tocqueville dejó la política externa relativa a Argelia para centrarse en la política interior de Francia desde 1850. Entonces, entre la decepción y el convencimiento del desastre final de la política francesa en Argelia, inicia un extraño silencio sobre el que la profesora Villaverde ofrece algunas hipótesis (pp. 174, 175).

Como muchos de los críticos de Tocqueville están hoy más ocupados en sus promociones universitarias, en su número de seguidores en las redes, en las experiencias viajeras con los colegas en tierras ignotas o en capitales culturales del mundo, o en el nivel de impacto de sus publicaciones entre sus conocidos, que de arreglar los problemas de su país, no puede ser comparable la sensibilidad del normando con la de un universitario del siglo XXI. Tocqueville no solo es un elemento de su época, desafió, también, las costumbres de su tiempo matrimoniando con una inglesa, se permitió licencias extraconyugales, admitió una estrecha correspondencia de su desanimada mujer con uno de sus dos mejores amigos con detalles cálidos, aprovechó un permiso de trabajo de juez para hacer el viaje más eficaz que nunca un pensador social hizo a Estados Unidos, se pasó media vida intentando cuadrar las cuentas de la producción agropecuaria de su gélido castillo con su costosa y necesaria rehabilitación, y tuvo pocos amigos, entre los que se encontraban Louis de Kergolay y Gustave de Beaumont. Sin duda, la profesora Villaverde admira a Tocqueville ―como yo― y conoce su centralidad en la historia del pensamiento político. Por ello, logra salvarlo de la malla de absurdas retroproyecciones de sus críticos. Este normando con fuerte querencia de Luciano de Somósata no se permitía contemplaciones con su época. Decía lo que pensaba alto y claro como el parresiastes. Si bien era consciente de que las convicciones debían conjugarse con las responsabilidades.

Uno de los aciertos de Tocqueville y el lado oscuro del liberalismo es encontrar semejanzas y diferencias con personajes de su época, con quienes contrastar su figura, en vez de hacerlo con concepciones políticas actuales. Solo se da la excepción de Jürgen Habermas, que sale innecesariamente a relucir al final del libro (p. 270). Entre estos, y algunos otros actores más secundarios, hay una tensión dramática marcada por unas coordenadas políticas y sociales determinantes. Todos actúan en un Theatrum Mundi barroco, cuyos hilos mueven decisivamente el imperialismo y las relaciones coloniales (Andrès, 2004). Bugeaud, Abd-el-Kader, Gobineau, Desjobert, Blanc y J. S. Mill son, en el libro de la profesora Villaverde, un juego de espejos a través del cual se pueden ver no solo las posiciones políticas de Tocqueville, sino una serie de contrapuntos para observar al personaje que se desenvuelve moralmente en su época. El «gran teatro del mundo» en el que todos vivimos va cambiando indefectiblemente en el tiempo, de forma que nadie puede ser juzgado fuera de la escena y el escenario que le tocó vivir.

En las tablas de la representación, Thomas Robert Bugeaud interpreta al militar ambicioso que alimenta innecesariamente la guerra y no pone límites ni a sus medios ni a la extensión de la conquista. A Tocqueville le parece más apropiada la conquista comercial ―facilitar en vez de obstaculizar el establecimiento de los colonos― que cualquier guerra de exterminio. El normando tenía muy claro que «el que siembra vientos recoge tempestades», como ocurrió con los indios en Norteamérica (p. 159). Había que ser prudente sin ser idealista. Pretender una convivencia pacífica e integrada de todos era, por otra parte, un sueño (pp. 163, 166, 167). Abd-el-Kader era el jefe tribal en quien, equivocadamente, Francia había confiado. Reúnía el ser jefe militar y proceder de familia religiosa. Tanto es jefe guerrero como morabito. Traicionó al país colonizador para asegurarse su jefatura dentro de la fragmentación tribal del poder militar autóctono. Hombre hábil que fracasa en su intento de aliarse con Marruecos, Abd-el-Kader es el enemigo a abatir (p. 142, 143, 165). Amédée Desjobert representa al diputado de izquierdas miembro de la Société française pour l´abolition de l´esclavage. Se opone a la colonización de Argelia. Es el antiimperialista empero etnocentrista que pretende recibir a los argelinos de buena familia en Francia para que estudien y se conviertan en élites europeas para su país. Cabeza visible de opositores a la guerra parcial o total, encabeza a los idealistas que no habían pisado Argelia, a los bienintencionados ciegos a la realidad. Tocqueville no era tan soñador como ellos (pp. 149, 156). Louis Blanc encarna al grupo declaradamente progresista ―liberales, republicanos y socialistas― y abiertamente colonialista. Le sirve a la profesora Villaverde para demostrar plausiblemente que el espíritu de conquista y colonización era el espíritu de la época, sin distinción de ideologías (Gutiérrez, 2023). La «misión civilizadora» a la que Francia estaba llamada para el mundo requería una armada robusta y un nacionalismo extenso en su época, al que Proudhon no era, ni mucho menos, ajeno. Querían fomentar una fraternidad universal sobre bayonetas (pp. 135, 137-141). El espíritu de civilización contaba con el brazo armado del espíritu de conquista, si recordamos a Benjamin Constant (2008). John Stuart Mill materializa al amigo y confidente de Tocqueville frente a un poder social y político ilimitado ya en el siglo XIX. Pero también es el amigo al que se sacrifica, si es necesario sobreponer el orgullo y el nacionalismo a cualquier relación personal con competidores políticos ingleses (pp. 189-197).

El personaje de contraste al que la profesora Villaverde tiene que dedicar más espacio y dar más importancia es Joseph Arthur de Gobineau. Así es por la estrecha relación que tuvo con Tocqueville este auspiciador de las teorías racistas que llegan en línea franco-germana directamente hasta Adolf Hitler (Capítulo 3, «Encuentros y desencuentros con Gobineau», pp. 73-118). La profesora Villaverde sitúa a Gobineau en la historia del «racialismo», entre sus inicios en el francés François Bernier en 1684, con la primera clasificación de las razas, y sus secuelas en el pasado siglo XX. Deslinda a Tocqueville de cualquier adscripción racial o biológica de raza y ello a pesar de utilizar un lenguaje impregnado de la cultura del siglo XIX. Muy al contrario, Tocqueville fue un defensor del mestizaje, subraya el libro, entre árabes y franceses en los primeros años de la colonización. El encuentro y colaboración entre ambos comenzó en los años 1842 y 1843. Las diferencias entre el racismo de uno y el antirracismo del otro fueron claras; en 1848, la colaboración se rompió, aunque serían amigos hasta la muerte de Tocqueville. Entre ellos queda una correspondencia de ochenta y dos cartas, entre 1843 y 1859, marcada por las diferencias teóricas (el determinismo racial chocaba con el libre desarrollo liberal) y la admiración de Tocqueville por la capacidad de trabajo de su amigo y su dominio directo de las fuentes filosóficas alemanas. Gobineau era un nostálgico del pasado y Tocqueville un moderno, en cualquier caso. Tocqueville mostró un vivo e irónico rechazo a las tesis de su amigo, contenidas en el Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853, 1855) (p. 102). Las diferencias entre Gobineau y Tocqueville en materia religiosa también fueron muchas. Tocqueville y el lado oscuro del liberalismo diferencia, en cualquier caso, las tesis de Gobineau sobre la «higiene racial», de la «solución racial». A pesar de subrayar la superioridad de la raza aria y la inferioridad judía, los nazis tuvieron que expurgar su defensa de un declive civilizatorio de la cultura aria y su desprecio por los alemanes del siglo XIX. Las asociaciones alemanas partidarias de Gobineau se encargaron de realizar inicuos usos del escritor con justificada base «racialista» del Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas. Todos estos contrastes de Tocqueville con esta panoplia de personajes relevantes de su contexto decimonónico sirven para delimitar eficazmente los perfiles morales y políticos del autor, en materia de esclavitud y colonialismo, en Tocqueville y el lado oscuro del liberalismo.

Respecto a los asuntos centrales del libro, la tarea de la profesora Villaverde es ardua, pues no existe una voz uniforme, una posición unívoca sobre el colonialismo en Tocqueville. En general, se suele distinguir entre dos etapas. Antes de 1840, Tocqueville defiende una «civilización paternalista»que confía en la evolución de los indígenas hacia su propia civilización. La sedentarización posibilitaría que avanzara el gusto por la riqueza y el bienestar propio de las democracias. Desde la «Segunda carta sobre Argelia» (1837), Tocqueville desconfía de la unión pues muchos factores separan a los pueblos autóctonos de los que llegaron. La propia política de conquista acució las diferencias y llevó a la guerra (Boukerche, 2018, pp. 233-235). Sí es abiertamente antiesclavista. Pero no obvia buenos y malos resultados de la emancipación: el avance de la población negra hacia la instrucción y las buenas costumbres y, por contrapartida, el aumento de los salarios y la dificultad y la ruina de los colonos (Tocqueville, 2009, p. 21). Siempre prevé medidas indemnizatorias para los propietarios de esclavos y, de esta forma, amortiguar los daños de la abolición (2009, p. 35). En materia de colonialismo, es más ambivalente que en materia de esclavitud. Las circunstancias por las que atraviesa Francia en el mapa de los imperios mandan para Tocqueville. Tocqueville busca siempre las mejores soluciones con el mayor estudio y la máxima responsabilidad para una circunstancia indisponible y sobrevenida en su época: el imperialismo y la Argelia colonizada. Siempre considera lo que se hizo en Argelia y lo que debiera haberse hecho para no cometer los errores habidos (2009, pp. 56-57). Le parece claro que Francia puede vencer, pero no dominar mediante la ley y el bienestar de las diversas poblaciones a medida que avanza y madura su experiencia (2009, pp. 58-59). Los árabes son más indómitos y los cabileños son más gobernables. Así que la «dominación total» sobre unos y otros debiera ser un medio para la «colonización parcial» (2009, p. 78). Su conocimiento de la situación argelina le sitúa en el realismo político: «(…) si queremos lograr una colonización de cierta extensión, no habrá más remedio que tomar medidas no solo violentas, sino manifiestamente inicuas» (2009, p. 99).

Tocqueville tenía muy claro que en África no existía una «sociedad» en el sentido europeo: «existen los hombres, pero no el cuerpo social» (2009, p. 127). De forma que se debiera construir este cuerpo social facilitando la llegada de colonos que extendieran el bienestar y las sinergias colaboradoras entre las poblaciones diferentes. Gentes autóctonas muy diversas, que conocía muy bien, y poblaciones llegadas de la metrópoli debían cooperar. Hacía falta una organización institucional, con cierto grado de adaptación a las circunstancias e inspiración occidental. También, se requería la guerra total, llegados al extremo inevitable, aunque sus críticas a la soldadesca y sus medios fueron aceradas. Tocqueville no es sombrío. Es iluminador, a pesar de las limitaciones de justicia propias de su época (Esser dos Reis, 2020). La colonización argelina nos proyecta ―como señala la profesora María Luisa Sánchez-Mejía en su estupendo estudio «Los intereses de Francia: Tocqueville y la cuestión colonial»― el «Tocqueville político», el «diputado en la Asamblea», el «defensor de los intereses de Francia» (2009, p. XI). ¿Resta un ápice de interés este Tocqueville político al Tocqueville teórico liberal (Sauca, 1995)? De ninguna manera. Animo a que lo vean.

Andrès, C. (2004). La metáfora del ‘theatrum mundi’ en Pierre Boaistuau y Calderón (en La vida es sueño y El gran teatro del mundo). Criticón, 91, pp. 67-78.

Boukerche, A. (2018). L’Algérie de Tocqueville, chronique d’une colonisation ratée. Éditions Apogée.

Esser dos Reis, H. (Ed.). (2020). Democracia e miseria. Discurso editorial.

Gouirand, P. (2013). Tocqueville et l’Action française. Editions Apopsix.

Gutiérrez, R. (2023). Tocqueville y el lado oscuro del liberalismo. Las Torres de Lucca. Revista internacional de filosofía política, 12 (2), pp. 311-312.

Legros, M. (2007). Tocqueville face à l’esclavage et au colonialisme. Cahiers de philosophie de l’université de Caen, 44, pp. 115-133.

Sánchez-Mejía, M. L. (2009). Los intereses de Francia: Tocqueville y la cuestión colonial, en A. de Tocqueville, Escritos sobre la esclavitud y el colonialismo (pp. XIII-XLVI). Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

Sauca, J. M. (1995). La ciencia de la asociación de Tocqueville. Presupuestos metodológicos para una teoría liberal de la vertebración social. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

Strauss, L. (1996). Persecución y arte de escribir. Edicions Alfons El Magnànim.

Tocqueville, A. de. (2009). Escritos sobre la esclavitud y el colonialismo. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

Julián Sauquillo es catedrático de Filosofía del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Alexis de Tocqueville, por Theodore Chasseriau. Imagen: Wikipedia.
Alexis de Tocqueville, por Theodore Chasseriau. Imagen: Wikipedia.

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