La España despoblada. Crónicas de emigración, abandono y esperanza
Manuel Campo Vidal
Sagesse, Madrid, 2020.
304 p.

La España que abandonamos
Denis Escudero Muñoz
Círculo Rojo, 2020,
316 p.

La España en la que nunca pasa nada. Periferias, territorios intermedios y ciudades medianas y pequeñas
Sergio Andrés Cabello
Foca, Barcelona, 2021
256 p.

Los últimos. Voces de la Laponia española
Paco Cerdà
Pepitas de calabaza, 2017

Iberia vaciada. Despoblación, decrecimiento, colapso
Carlos Taibo
Los libros de la Catarata, Madrid, 2021
160 p.

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Sanabria

La España despoblada. Crónicas de emigración, abandono y esperanza es un digno trabajo del conocido periodista Manuel Campo Vidal (Sagesse, Madrid, 2020). En un prólogo que se titula precisamente «Vivencia de la despoblación», dice Manuel Castells que estamos ante «una crónica de la despoblación de una gran parte de nuestro país escrita en primera persona». En efecto, Campo Vidal toma como punto de partida sus vivencias infantiles y la experiencia emigratoria de su familia en los años sesenta para trazar luego un panorama general del problema que incluye referencias históricas, económicas, sociológicas y políticas. Se trata pues de un gran cuadro de conjunto, escrito con un vibrante pulso periodístico pero sin perder nunca de vista la «memoria histórica» de unas generaciones que sufrieron en sus carnes un desarraigo que ya nadie podrá reparar. Si es imprescindible acertar con «el diagnóstico», como se titula la segunda parte, más ardua es la tarea de encontrar «¿soluciones?», título moderadamente escéptico de la tercera. Sea como fuere, el autor quiere dejar constancia en los últimos capítulos de la concienciación, de las movilizaciones, de «la revuelta» en fin, enfatizando que, por encima de todo, o bien se arbitran medidas eficaces -no ya en el corto plazo, sino de manera inmediata-, o dentro de muy pocos años el proceso de despoblación se habrá consumado y el desequilibrio territorial será irreversible. Con todas las consecuencias que ello acarreará.

La España que abandonamos, de Denis Escudero Muñoz (Círculo Rojo, 2020) adopta desde el propio título, como puede apreciarse, una actitud más militante y hasta acusatoria. Nos interpela directamente, haciendo del abandono no un mero punto de partida sino algo de lo que somos responsables, por acción u omisión. No estamos sin embargo ante un alegato comprometido políticamente en sentido convencional sino ante una obra que trata de reflejar desapasionadamente una determinada realidad. Como suele ser habitual en los volúmenes que aquí estamos considerando, también se abre con una dedicatoria que muestra el fuerte vínculo emocional que subyace en sus autores: en este caso, el abuelo, un pueblo, un mundo que ya no existe, el paraíso perdido quizá… Pese al fondo común con la obra de Campo Vidal anteriormente citada, el objetivo de Escudero es muy distinto. La idea motriz es «recorrer España en busca de pueblos donde viviesen menos de veinte personas durante todo el año» para elaborar reportajes –ni «lastimeros ni melancólicos»- que resultaran puramente testimoniales, de manera que fuesen los propios vecinos «quienes contasen la historia del lugar (…) sin filtro ninguno». Bueno, como pueden comprender, esto de sin ningún filtro no se puede tomar al pie de la letra, pues el lector ve lo que Escudero decide mostrarle. Aun así, es verdad que el autor procura quedarse en la sombra –aunque también opina- para dejar el protagonismo a los hombres y mujeres, casi todos de avanzada edad, que dan cuenta con palabras sencillas de sus coordenadas vitales. Cada capítulo está dedicado a un pueblo, empezando por Trevejo, un encantador pueblo de la Sierra de Gata, al norte de la provincia de Cáceres. No hay subrayados ni, mucho menos, dramatismo impostado. La desesperanza, en todo caso, se lee entre líneas.

El libro de Sergio Andrés Cabello La España en la que nunca pasa nada. Periferias, territorios intermedios y ciudades medianas y pequeñas (Foca, Barcelona, 2021) me resulta especialmente útil para lo que estoy desarrollando en este artículo porque plantea explícitamente el problema de las Españas, tal como lo bosquejaba al principio. Esa España «en la que nunca pasa nada» de la que habla el título, la España de las urbes provincianas, es también una «España invisible», pero no por ello menos real: desde este punto de vista, representa una «tercera España», en este caso entre la «España vaciada» y la «España metropolitana». Al ocupar dicho lugar intermedio, esta «tercera España» delata con su propia existencia la complejidad del problema que estamos exponiendo: la España de las pequeñas y medianas urbes es otra víctima de la despoblación, por cuanto sufre la diáspora de sus habitantes a las grandes ciudades, pero también es culpable de otra despoblación, la rural, por cuanto constituye un foco irresistible de atracción para la población de las aldeas cercanas (para estos en cierto modo es la capital). Ya desde el prólogo (de Esteban Hernández) se trazan en estas páginas dos paralelismos inquietantes: por un lado, la similitud entre la situación deprimente de esta tercera España provinciana y la crisis actual de las clases medias, como resultado de la globalización y las crisis económicas; por otro, el paralelismo entre el papel subordinado y menguante de la urbe provinciana en la España actual y la propia situación de nuestro país en su conjunto –como enclave turístico y poco más- en la configuración económica y política a escala internacional. No puedo dar cuenta aquí de todos los elementos que desgrana Andrés Cabello pero sí quiero mencionar que los desequilibrios territoriales no se reducen a una contraposición maniquea entre dos Españas, una vacía, vaciada o despoblada y otra que opera como polo de atracción, sino que hay otras muchas Españas que se confunden y se superponen, en un entramado no exento de singularidades y paradojas.

Un poco antes de los volúmenes que acabo de comentar, en 2017, aparecía Los últimos. Voces de la Laponia española, del periodista Paco Cerdà en la editorial Pepitas de calabaza. Aunque reconozco que esto puede ser subjetivo, se trata en mi opinión del libro que da una visión más lúgubre de la situación del interior peninsular. La España que se describe aquí como una «Laponia del sur» resulta ser «un territorio montañoso y frío con 1.355 pueblos que se extiende por las provincias de Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castelló [sic]. En su interior viven menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado. No hay un lugar tan extremo y vacío en toda Europa». Como apoyo a la catalogación que hice líneas arriba, déjenme citar las primeras frases con las que se encontrará el lector nada más abrir el libro: «El mayor desierto demográfico de Europa tras la zona ártica de Escandinavia. El territorio más desestructurado del Viejo Continente. El feudo español de la despoblación. El primer caso ibérico de demotanasia. Un éxodo humano transmutado en metástasis de la desolación. Un etnocidio silencioso. Una zona biológicamente muerta y condenada a su inmediata extinción. La Laponia del sur. El vacío». No quiero entrar aquí en si Cerdà carga las tintas o su narración se ajusta a la realidad que encontró, pero lo cierto es que su libro constituye una suerte de extenso retrato periodístico que cumple la función de poner delante de nosotros con toda su crudeza la soledad extrema de amplias zonas de la península. No se plantea el autor posibles soluciones. Se limita a pintar con detalle «un mundo que perece a espaldas de la civilización urbana».

El último libro que quiero comentar es un breve volumen –tan solo 128 páginas- del profesor Carlos Taibo, que lleva el título de Iberia vaciada. Despoblación, decrecimiento, colapso (Los libros de la Catarata, Madrid, 2021). Antes que nada, es inevitable que mencione que la elección del adjetivo vaciada, lejos de ser casual o anecdótica, resulta ser, como argumenta el autor, una toma de postura que anticipa algunos de los planteamientos que luego se desarrollan. Dice Taibo que prefiere emplear vaciada a vacía porque el primer término retrata «un proceso que merece consideración crítica» por lo que tiene de intencionado y nocivo, en tanto el segundo se presta a una visión más aséptica. Sin embargo, no pone el autor el foco en la despoblación propiamente dicha pues, aun reconociéndola como parte fundamental del problema, considera que este es más complejo y tiene múltiples vertientes. Habría que considerar en su opinión «un abanico de hechos» que van desde el envejecimiento, la emigración juvenil y la baja natalidad y alta mortalidad hasta los «exiguos niveles de renta», las «lacerantes desigualdades», los «precarios sistemas de transporte y comunicación», las carencias sanitarias y educativas, etc. Todo ello está interrelacionado, por supuesto. Ninguno de los elementos citados –y otros muchos aledaños- admiten solución sin una visión de conjunto. Este es quizá el leit-motiv del análisis de Taibo, que no habla solo de España sino de la península en su conjunto –de ahí el concepto de Iberia que aparece en el propio título-, porque varias zonas del interior portugués tienen características asimilables a la Meseta central. Lo que puede resultar más discutible es el paquete de medidas que propone el autor, básicamente porque lo hace desde la perspectiva explícita de una ideología progresista que se confiesa no ya solo anticapitalista sino directamente anarquista. Dicho de otra manera, aunque, en el mejor de los casos, dichas medidas suenen bien y hasta puedan resultar atractivas para muchos, resulta complicada –y eso, por decirlo suavemente- su viabilidad en este escenario geopolítico en que vivimos, un mundo en el que nadie escapa a las contracciones económicas y humanas de la globalización.

*          *          *

¿Se pueden sacar conclusiones de obras tan variopintas y en ocasiones hasta dispares? Incluso teniendo en cuenta la heterogeneidad señalada y sin forzar las cosas, la respuesta tendría que ser claramente afirmativa, pero mucho me temo igualmente que si no pongo límite estricto a mis reflexiones a estas alturas, este artículo, ya bastante extenso, amenaza con convertirse en literalmente interminable. Así que trataré de ser sintético y me limitaré a soltar una serie de pistas que los lectores interesados utilizarán como punto de partida para llegar a consideraciones más enjundiosas que las mías.

La primera apreciación que se me ocurre trasciende a las propias obras aquí comentadas y se refiere al debate en sí -acerca de la «España vacía», o sus equivalentes- en los foros políticos, medios periodísticos y redes sociales. No quisiera que la generalización inevitable que me dispongo a hacer derivase en calificación injusta, pero tendrán que reconocer conmigo, si han seguido mínimamente los vericuetos de la controversia, que ha habido mucho más ruido que nueces. Sobre la «España vacía» se considera capaz de dar su opinión hasta el último mono, por decirlo mal y pronto, hasta el punto de que hemos visto y oído a los más diversos especímenes entrar a saco en el tema como si tuvieran un máster en territorios despoblados o las manos encallecidas de tanto arar la tierra. Me recuerda lo que sucede en este ámbito a lo que viene aconteciendo desde tiempo inmemorial en el asunto de la enseñanza, que creo conocer bien por llevar cerca de cuarenta años en la profesión: sobre el aprendizaje, planes de estudio y problemas en general del sistema educativo todo el mundo se cree con derecho y conocimiento a pontificar, pero al último que se le pide su opinión es al profesor que se encierra todos los días en el aula durante cinco o seis horas con treinta y cinco alumnos.

No se trata tan solo de que predomine la cháchara -y empleo el término para darle el sentido más peyorativo posible- y que el debate esté a menudo polarizado por ignorantes y demagogos, sino que la consecuencia casi inevitable de ese estado de cosas es que el nivel de palabrería vacua es inversamente proporcional a la implementación de iniciativas concretas y medidas eficaces. Por decirlo sin ambages, se habla mucho y se hace poco o incluso muy poco. No incurriré yo en el mismo pecado que acabo de señalar: cualquier diagnóstico serio debe empezar por reconocer que el asunto es muy complejo y no admite propuestas elementales o soluciones fáciles. Como he querido destacar en los párrafos anteriores, muchos autores llaman incluso la atención sobre la tendencia a simplificar con un marchamo común de vacío, vaciado o despoblado lo que en sí es una realidad multiforme que no es susceptible de ser englobada en una denominación genérica. Sea como fuere, también habría que argüir que la aludida complejidad no debe conducir necesariamente al desánimo. No estamos ante una dinámica inevitable o, incluso, aunque según algunos pueda haber algo de esto –el camino inexorable hacia un mundo globalizado y tecnificado-, se pueden arbitrar medidas, si no para revertir el proceso, sí al menos para frenarlo o paliar sus consecuencias más lesivas. Como en tantos aspectos de la vida, individual y comunitaria, lo que se necesita es la voluntad firme y decidida de hacer algo efectivo. En términos políticos, simplemente querer.

Pero ¿hay realmente voluntad política? Permítanme que lo dude. A los gobernantes y a los partidos políticos tradicionales el tema no les interesa más allá de la referencia demagógica cuando llegan elecciones. Y no les interesa por dos motivos fundamentales: primero, porque todo intento de solución que merezca tal nombre está sujeto a la ley de hierro del medio-largo plazo. Es imposible hacer nada efectivo, no ya, como suele decirse, de la noche a la mañana sino en el transcurso de una legislatura, por tomar la referencia más convencional. Difícilmente un dirigente o partido que arbitre un paquete de medidas efectivas va a poder beneficiarse electoralmente de sus resultados, porque estos se harán de rogar. El segundo motivo deriva de las propias características del territorio vacío o despoblado: una minúscula cantidad de gente dispersa en un espacio amplísimo constituye la antítesis de la rentabilidad política. En este caladero hay poco que pescar, electoralmente hablando. Desde el punto de vista de la inversión de tiempo, dinero y esfuerzo, el político al uso siempre optará por las grandes concentraciones humanas en zonas urbanizadas e industriales.

Reconozco que tienen razón los economistas Fernando Collantes y Vicente Pinilla (véase el artículo anterior) cuando denuncian las proclamas vocingleras y, en general, la demagogia mediática que se ha enseñoreado del debate casi desde sus inicios. Admito que no se debe caer en el arbitrismo y que la solicitud de medidas políticas inmediatas está muchas veces guiada por una mentalidad condescendiente o paternalista, en el mejor de los casos. No les sigo, en cambio, cuando concluyen que debe ser el mercado, y no la política, el que ponga remedio a la tendencia despobladora y los desequilibrios comarcales. Por supuesto que se debe tener en cuenta como punto de partida -y de llegada- la desnuda realidad económica, pues empeñarse en luchar contra ella sería tentativa inútil a la larga, pero esta constatación casi obvia no debe llevar, por lo menos desde mi punto de vista, a minusvalorar las iniciativas que debían acometerse desde las administraciones públicas.

Queda el esfuerzo de la sociedad civil, de los movimientos desde abajo potenciados  hoy en día por el uso de las redes sociales. En buena parte de los países europeos, entre ellos España, se están produciendo este tipo de fenómenos, con resultado desigual. En mi opinión, se trata de movilizaciones necesarias para concienciar a la población en su conjunto y coordinar a los afectados, pero que si no tienen un soporte político tradicional difícilmente van a poder cumplir sus objetivos, que son, no lo olvidemos, a largo plazo. Sin un entramado organizativo, una estructura sólida y una dirección definida, estos movimientos están llamados a espasmos de protesta, como los chalecos amarillos en Francia, pero a una lenta consunción en el tiempo, porque no se pueden mantener en movilización permanente de manera indefinida. Por otro lado, en estos movimientos anida latente el peligro de la radicalidad y el maximalismo, por cuanto solo adquieren visibilidad mediática con medidas espectaculares de protesta. La trampa o tentación en este sentido es la búsqueda de atajos, propuestas utópicas que pueden resultar muy atractivas –recuérdese lo dicho al comentar el libro de Taibo- pero que se despegan por ello mismo de la realidad y del tiempo que vivimos. No podemos volver al pasado. La mitificación rural está siempre ahí, como el paraíso perdido, pero debemos ser conscientes de que eso ya nunca volverá (si es que en algún momento fue).

Volvamos para concluir ya, al titular que encabeza este artículo. Dije al principio que lo utilizaba, no por convicción, sino como reflejo de un extendido planteamiento que me resisto a admitir. No hay «otra España» por dos motivos. Primero, porque me parece erróneo el reduccionismo esencialista que supone la distinción entre una supuesta autenticidad y una heterodoxia, sea del tipo que sea, aparte de que -incluso en este caso- habría que hablar no en singular sino en plural, porque cabría distinguir varias Españas alternativas. Pero en segundo lugar y lo que es verdaderamente importante, esas «otras Españas» no son otras en ningún sentido, porque son también España y si no lo entendemos así estaremos abocados a un desastre desde múltiples puntos de vista. No se trataría tan solo de un problema de solidaridad interterritorial sino de algo más profundo, pues una España sin esos otros ámbitos que no salen en los periódicos, las televisiones y los grandes medios sería una España amputada. No se puede construir el futuro de un país ni hablar de solidaridad efectiva si el único futuro a la vista son unos enclaves privilegiados flotando en un páramo desierto. Esto sí que sería un país invertebrado, no solo en el aspecto político sino en el más profundo sentido del término, carente de la articulación necesaria para su supervivencia como comunidad nacional.

Referencias por orden alfabético:

-Andrés Cabello, Sergio: La España en la que nunca pasa nada. Periferias, territorios intermedios y ciudades medianas y pequeñas, Foca, Barcelona, 2021.

-Campo Vidal, Manuel: La España despoblada. Crónicas de emigración, abandono y esperanza, Sagesse, Madrid, 2020.

-Cerdà, Paco: Los últimos. Voces de la Laponia española, Pepitas de calabaza, 2017.

-Collantes, Fernando y Pinilla, Vicente: ¿Lugares que no importan? La despoblación de la España rural desde 1900 hasta el presente, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2019.

-Collantes, Fernando y Pinilla, Vicente: «Cuatro cosas que no se cuentan sobre la despoblación rural», Nada es gratis (nadaesgratis.es), 5 de diciembre de 2019.

-Escudero Muñoz, Denis: La España que abandonamos, Círculo Rojo, 2020.

-Gascón, Daniel: Un hipster en la España vacía, Random House, Barcelona, 2020.

-Gascón, Daniel: La muerte del hipster, Random House, Barcelona, 2021.

-Gómez Mendoza, Josefina: “Por favor, no la llamen España vacía”, El País, 11 de octubre de 2019.

-Molino, Sergio del: La España vacía. Viaje por un país que nunca fue, Turner, Madrid, 2016.

-Molino, Sergio del: Lugares fuera de sitio. Viaje por las fronteras insólitas de España, Espasa, Barcelona, 2018.

-Molino, Sergio del: Contra la España vacía, Alfaguara, Barcelona, 2021.

-Pozuelo Pozuelo, Pilar: Recetas de la España vaciada, Espasa, Barcelona, 2021.

-Ribes Gegúndez, Francesc Francesc: Rutas para descubrir la España vacía, Anaya Touring, Madrid, 2020.

-Taibo, Carlos: Iberia vaciada. Despoblación, decrecimiento, colapso, Los libros de la Catarata, Madrid, 2021.

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