Enigmas y transparencias

La orilla africana

RODRIGO REY ROSA

Seix Barral, Barcelona, 159 págs.

Avalado en sus inicios por Paul Bowles, Rodrigo Rey Rosa (1958) se ha convertido con toda justicia en uno de los escasos autores de culto de la nueva narrativa latinoamericana. Nacido y educado en Guatemala, estudiante de cinematografía en Nueva York, residió durante varios años en Marruecos. Desde sus primeras narraciones, pudo percibirse en su obra un timbre inusual, en modo alguno deudor del realismo mágico, pero siempre atento a lo misterioso y atávico. En Rey Rosa había también una clara inquietud política, una talla moral incuestionable que eludía las tentaciones de una literatura dogmática y cuyo compromiso se cimentaba en el acto mismo de escribir. Su producción ulterior, Lo que soñó Sebastián (1994), El cojo bueno (1996), Que me maten si… (1997) o Ningún lugar sagrado (1998), todas en Seix Barral, confirmaron la valía de su voz y lo rotundo de su talento. Testigo de la realidad contemporánea, Rey Rosa detectó pronto el conflicto entre etnias y culturas, el abismo que separa Latinoamérica, Estados Unidos, Europa o el norte de África. Gracias a ello, pudo captar las diferencias particulares, pero también ahondar en conductas de alcance universal. La rutina colombiana, por ejemplo, abunda en hechos aberrantes como el tráfico de niños, el asesinato político o la desaparición de ciudadanos. Pero el espíritu de la violencia acecha por todo el planeta.

En La orilla africana esta violencia se encuentra retenida, subyace a lo largo de la novela, y apenas aflora en un conato de agresión que acaso lo cambie todo. Rey Rosa rinde tributo así a una de sus viejas obsesiones, pero es una ligera concesión regresiva porque La orilla africana se mueve en términos de profundo lirismo y de ascesis. Hamsa es un joven árabe que cuida un rebaño a las afueras de Tánger. Figura solitaria de una costa sembrada de arrecifes, vigila sus ovejas, toca la lira y fuma kif. Cuando cae enfermo, es recogido por Madame Choiseul, una francesa que le cede temporalmente una casita en su jardín. La obsesión de Hamsa es capturar una lechuza, arrancarle los ojos y efectuar un sortilegio para ver mejor en la noche; sólo así podrá completar con éxito un encargo de su tío, contrabandista: vigilar los acantilados. Paralelamente, en la ciudad, un joven turista colombiano extravía su pasaporte y queda retenido en Tánger. Se inicia entonces una sutil metamorfosis en la que el extranjero irá olvidando sus compromisos profesionales y amorosos en Bogotá y, cautivo de la luz africana, comprará una lechuza, se instalará con ella en una pensión de la medina y decidirá quedarse en el país hasta inventarse un destino marroquí.

En La orilla africana no hay verdadera historia sino un mosaico de situaciones sin conexión aparente. A la sombra de la tradición oral, el autor se enfrenta al mayor enigma: el sentido final de la existencia humana, no como conjunto, sino como una sucesión de hechos dispersos que, en palabras del poeta Gimferrer, remiten a lo que Wittgenstein llamó «hechos atómicos» en el espacio. La plasmación de esta compleja realidad hecha de partículas se consigue, en cambio, mediante una asombrosa sencillez. Rey Rosa ha defendido siempre la naturalidad explosiva, la ausencia de artificio. Cuando aborda la vida elude toda grandilocuencia, y sus textos refulgen con una pureza diamantina. Su paso por el cine le ha transformado, además, en un maestro del montaje, un gran hacedor de «sombras» que interrumpen el hilo narrativo para crear una atmósfera desolada más próxima a Marguerite Duras. En La orilla africana es tan importante lo que vemos como lo que se hurta al ojo, lo que ocurre como una realidad esquiva e inquietante de la que casi nada se llegará a saber. Tampoco hay sentido último, como no sea cierta simetría de moneda en la que el pastor Hamsa seguirá fiel a su origen, mientras el colombiano romperá todo vínculo con su pasado y, a la manera bowlesiana, sucumbirá a las fuerzas de lo desconocido.

La orilla africana supone, pues, un compendio de las virtudes e intereses de Rey Rosa: el choque entre dos mundos, la violencia como latido, el poder del azar, la incertidumbre metafísica, todo ello con una prosa orientada a la percepción pura, una prosa desnuda, luminosa, poética, donde más que reflejar lo imprescindible, se diría que sólo hay cabida para lo inevitable.

Ficha técnica

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