La mirada del abismo

El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero

J. Benito Fernández

Barcelona, Anagrama, 2023

tanto, tanto desastre…

L.M.P.

En un tiempo de introspección y cautiverio, en un tiempo apocalíptico (de grandes y oscuras revelaciones), Carl Schmitt escribió desde su celda: «Nuestra obra […] produce surcos en nuestra vida». Era el verano de 1946. En otro ámbito —no en el Berlín destruido por la guerra, sino en el Madrid oscurecido por la larga sombra de un idéntico conflicto—, pero en el mismo tiempo en tensión, cargado de oscura(s) noticia(s),nacía bajo la presión de la autoridad poética de su padre Leopoldo María Panero (1948-2014). Del cruce trágico entre la vida y la obra del poeta, profundos surcos mediante, se hace cargo J. Benito Fernández en un excelente volumen: El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero, hoy revisado en edición ampliada y corregida respecto a la primitiva de 1999. Se trata, entonces, del estudio de contornos, surcos, líneas de vinculación y de aislamiento, de brechas profundas y hendiduras, trágicos signos denotados en la construcción de una obra y la destrucción de una vida, procesos acoplados ya definitivamente —y de manera legendaria— en la enigmática figura de este poeta de la Buena nueva del desastre (2002): Leopoldo María Panero, poeta novísimo (Castellet), último (Blesa), póstumo (Blesa).

El texto se consigna a esta leyenda de ultimidad y de fracaso, con información minuciosamente seleccionada y apoyatura adicional en la obra del escritor. En efecto, asistimos a la paradoja de que Panero se dedicó existencialmente y con intensidad total a la literatura a lo largo de su vida, pero también a que concibió esta entrega como fuente de dolores y desgracias, cuyas consecuencias fueron el aislamiento y la enfermedad mental. Es difícil, sin embargo, identificar a la literatura como patógeno impulsor de tanto, tanto desastre. Pero tal es el testimonio que la obra de Panero representa, y el sentido con el que —como el texto de Fernández apunta— él concibió su vida.En palabras del doctor Rafael Inglott, director del Hospital Psiquiátrico Insular durante la estancia de Panero en Las Palmas de Gran Canaria, y quien motivara el título del volumen Los señores del alma. Poemas del manicomio del Dr. Rafael Inglot (sic; 2002): «la existencia de Leopoldo no se volvió más confortable por el hecho de escribir, sino, en todo caso, al contrario: creo que la poesía lo empujaba, en mayor medida que a otros poetas, hacia un estado de dolorosa conciencia de su propio ser» (12). Y a continuación: «La literatura lo humanizaba y lo llevaba en la dirección contraria de la desestructuración y el aniquilamiento al que su enfermedad lo podía llevar» (12). Como registró Jaime Chávarri en su film El desencanto (1976), Panero consideraba y consideró siempre que «el fracaso es la más resplandeciente de las victorias», y es por ello que su obra está integralmente atravesada por una «invasión semántica de la ruina, el dolor y el desastre» (Blesa), en una poética —y / o política— intertextual (de Juan de Patmos a Scott Fitzgerald, de Catulo al trobar clus,de Nostradamus a Aleister Crowley, pasando por Dámaso Alonso, T. S. Eliot, Ezra Pound o e.e. cummings) de la desgracia y la destrucción.

El contorno del abismo expone en toda su crudeza la complexión de esta figura del señalado-y-excluido, del artista como ungido y marginado a un tiempo, y de su voz como poseída por una lengua de otro mundo (en el sentido heideggeriano, poético y político, de «los pocos-y-escogidos»), por mucho que Panero afirmara también, en relación con el carácter técnico de su poesía y su literal (manu)factura —en asociación con la estirpe, igualmente desgraciada, de Edgar Allan Poe, Stéphane Mallarmé o Lewis Carroll—: «No creo en la bestia de la inspiración, yo cultivo el espanto como una ciencia».

De la edición original queda casi todo, a excepción de algunas modificaciones estructurales: el añadido, de entrada, de tres capítulos finales, cobertura del periodo de la vida del autor no tratado por la biografía anterior, desde su traslado a la isla de Gran Canaria, en 1997, hasta 2014, año de su muerte e incineración. Y la eliminación de un paratexto del mayor interés: un prólogo contextual, autobiográfico y testimonial del poeta y memorialista Antonio Martínez Sarrión. Esto, dicho sea de paso, nos lleva a la siguiente e importante novedad: la actualización, en los agradecimientos presentes en 1999, de los fallecidos en el lapso entre la publicación de ambos libros, y la inclusión, en una breve y nueva introducción, fechada en marzo de 2023, de algunos de sus nombres. Esta fehaciente constatación de la muerte (por lo demás, tan paneriana), presente en la primera página del texto, es la que da al libro su índole de vestigio y retrato de un mundo ya perdido: «Han pasado veinticuatro años desde la primera edición de El contorno del abismo y han pasado nueve desde la muerte del poeta. También han muerto muchas otras personas. Murió Michi y murió Juan Luis. Murieron Marava, Alpasky, Luis Ripoll, Yolanda Forcada, Amparo Suárez-Bárcena, Jesús Ruiz Real, Oswaldo Muñoz, Eduardo Chamorro, Javier Barquín, Ricardo Franco, Terenci y Ana María Moix, Manuel Vázquez Montalbán, José María Valverde, Claudio Rodríguez, Jaime Salinas, Francisco Brines, Antonio Martínez Sarrión, Álvaro Delgado, Fernando Beorlegui, Luis Arencibia…». Y la conclusión inmediata: «Todo un mundo se ha derrumbado» (11).

El volumen da, pues, detallada cuenta del ocaso de aquel mundo contado a través del derrumbe de un hombre. Con la particularidad, ya dicha, de que a esta caída acompaña una pulsión constructiva: la impresionante obra del poeta, tan presente y gratamente atendida por lo demás en el texto.

De los hitos de esta última, de la obra devenida en presencia póstuma del poeta de la vida derruida, destaca un hito infantil, dos poemas precoces, dictados a su madre en los alrededores de 1953 (a la edad de cinco años):

«Entonces dije yo, es mi padre
dejadme y la gente pasaba
y los borrachos pasaban
yo me hallaba en la tumba
echado con las piedras, yo
decía
Sacadme de la tumba pero
allí me dejaron con los habitantes
de las cosas destruidas
que no eran ya más que
cuatro mil esqueletos»

«Y mi corazón temblaba
pero era un sueño
que mi corazón lo soñaba
y fueron muriendo muchos soldados
de la guardia del Rey
pero mi corazón estaba temblando» (53)

Y de los signos de la vida, puesta por la obra en trance existencial, sobresale también otro episodio ejemplar. Se trata de uno de los acontecimientos definitivos de la biografía, auténtico detonante lírico en el trabajo de Leopoldo María Panero: tras la muerte del padre, omnipresente figura cernida también en su ausencia sobre la vida del hijo —cf. «Glosa a un epitafio (Carta al padre)», de Narciso en el acorde último de las flautas, 1979: «Solos tú y yo, e irremediablemente / unidos por la muerte […]»—, la muerte de la madre como constitución de la orfandad definitiva y fraternidad herida del poeta. En palabras de Fernández: «El 30 de octubre de 1990, después de comer, la viuda de Panero [padre] fallece en el hospital a los setenta y siete años de edad. Sus tres hijos […] se personaron inmediatamente». Leopoldo, disertando entonces “«sobre muerte biológica y muerte clínica, intenta “resucitar”’ a su madre mediante el boca a boca, como el hindú Secundra con el cadáver del heredero en El señor de Ballantrae. Michi lo sacó de allí de inmediato» (370). Tres años antes, en 1987, el poema «A mi madre (reivindicación de una hermosura)» —de la colección Poemas del manicomio de Mondragón— rezaba: «tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos / y un manojo de flores llevas en la mano / para esperar a la Muerte / que cae de su corcel, herida / por un caballero que la apresa con sus labios brillantes / y llora por las noches pensando que le amabas […]», en una delicada figuración anticipada del encuentro de la madre con la muerte. Sin el amparo de la poesía, Panero declaraba ya definitiva y desesperadamente, en un mensaje sin recepción ni retorno: «A Felicidad Blanc, viuda de Panero, rogando me perdone el monstruo que fui […]. A Felicidad Blanc que acaba de irse» (Aviso a los civilizados, 1990).

El caso es elocuente: representa un esfuerzo inútil, un intento errado, un acto desesperado, un protocolo adverso. La escena no sólo es literaria, sino que es literatura —y la literatura era para Panero un peligro, «la literatura considerada como una tauromaquia» (El último hombre, 1984)—: un intento de magia, una fracasada alquimia, un cruce fatal entre la omnipotente voluntad de la infancia y los horrores absolutos del relato de terror. Ahí la vida y la obra de Leopoldo María Panero son indiferenciables. Ese es el contorno del abismo. Debemos celebrar que J. Benito Fernández lo haya acotado con tal exactitud, nuevamente: podemos así (ad)mirar al abismo y, sosteniendo la mirada, que el abismo nos la devuelva al fin.

César López Rodríguez es graduado en Filosofía por la Universidad del País Vasco (2017). Máster en Filosofía de la Historia: Democracia y Orden Mundial por la Universidad Autónoma de Madrid (2018). Sus intereses son la filosofía de la historia y la historia conceptual, dedicándose principalmente a la filosofía política.

Felicidad Blanc en un fotograma de "El desencanto"
Felicidad Blanc en un fotograma de "El desencanto"

Ficha técnica

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