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El suicidio y resurrección de Zilsel

Edgar Zilsel: Philosopher, Historian, Sociologist

Donata Romizi, Monika Wulz, Elisabeth Nemeth (eds.)

Springer, Nueva York, 2022

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Un 11 de marzo de 1944 Edgar Zilsel no regresó a casa, se quedó en su puesto de trabajo, se apoyó en su mesa y se tomó el veneno que acabó con su vida. De origen judío, había llegado a Nueva York cinco años antes, huyendo del auge del nacionalsocialismo y de la incomprensión intelectual y académica por parte de sus colegas de la Universidad de Viena. Había sido una vida tremendamente difícil en la que todos sus proyectos, pasiones y grandes esfuerzos intelectuales no habían merecido ni reconocimiento intelectual, ni colaboración, ni inclusión en los círculos académicos. Paradójicamente, solo unos meses antes de su suicido, algunos historiadores de la ciencia en Estados Unidos empezaban a valorar sus ideas, entre ellos el que se considera uno de los padres de la disciplina: George Sarton. Pero a Zilsel no le dio tiempo a verlo. Como no le dio tiempo a presenciar el gran giro que allá por los años sesenta dio la filosofía de la ciencia, cuando fundamentalmente gracias a la obra de Thomas S. Kuhn empezaron a tomarse muy en serio esos factores sociales, institucionales e históricos de la ciencia en cuya importancia él tanto había insistido.

Durante su corta pero intensa vida, Zilsel fue siempre un homeless, un outsider, un marginal, por emplear solo algunos de los calificativos con los que recientemente algunos estudiosos se han referido a él. Solo hace poco más de una década que su pensamiento ha empezado arescatarse del pozo del olvido, al principio tímidamente, tanto que parecía citársele sin mencionar su nombre, como en el maravilloso libro de Pamela Smith, The Body of the Artisan (2004), una incisiva, erudita y bien argumentada tesis sobre el papel fundamental desempeñado por los artesanos, los trabajadores manuales, en el nacimiento del moderno empirismo en el siglo XVI. La obra de Smith fue como una punta de lanza de toda una corriente historiográfica que durante las dos últimas décadas ha insistido en el necesario estudio de las prácticas de exploración y manipulación de la naturaleza para poder comprender el desarrollo y las transformaciones de la ciencia. La reciente historia de la ciencia ha estado marcada por la apología del valor de know-how frente al know why, por la disolución de la tradicional división entre los momentos teóricos y prácticos involucrados en la investigación de la naturaleza. Un giro de ciento ochenta grados respecto a la durante siglos consolidada primacía de un pensamiento teórico del que las prácticas eran solo una consecuencia, una aplicación.

Si bien es cierto que en no pocos casos los estudios que han seguido este enfoque ignoran, o parecen ignorar, las perspectivas filosóficas de las que nace su propia interpretación, también lo es que cada vez han ido apareciendo más voces que frente a esa aparente novedad de la historia de la ciencia, venían a decir: cuidado, que esto ya se venía defendiendo desde tiempos de Zilsel. Esa llamada de atención ha desencadenado un renovado interés por la obra y el pensamiento del austríaco. Si uno se fija en las fechas de publicación de los estudios sobre Zilsel, se observa que entre los años ochenta y noventa del pasado siglo salieron a la luz algunos artículos que en su gran mayoría estaban escritos en alemán y concentrados en las relaciones de Zilsel con el Círculo de Viena. Fue en los primeros años de este siglo cuando, coincidiendo con el interés de la Historia de la Ciencia por el saber artesanal y práctico, empezó realmente la recuperación de Zilsel. En 2003, D. Raven, W. Krohn y R. S. Cohen publicaron su Edgar Zilsel, The Social Origins of Modern Science, un volumen que contenía los trabajos de Zilsel redactados durante su exilio en América (1939-1944), acompañados de una interesante biografía intelectual. Henrique Leitão y Antonio Sánchez, que ya llevaban tiempo investigando los conocimientos artesanales en el ámbito de la navegación y los estudios atlánticos, han contribuido a que toda esta línea internacional de investigación tome conciencia de su deuda con Zilsel. Esta recuperación de la obra del austríaco ha quedado recientemente expresada con la publicación de Edgar Zilsel: Philosopher, Historian, Sociologist, un volumen colectivo que aborda prácticamente todos los aspectos del pensamiento de Zilsel, desde su trayectoria vital e intelectual, sus relaciones con el Círculo de Viena y el positivismo lógico, su aspiración a hacer de la historia y la sociología auténticas ciencias sujetas a las mismas leyes que operan en las ciencias naturales, su afinidad con el marxismo o su original análisis del desarrollo del concepto de «genio» en la cultura occidental.

El volumen se abre con una introducción que prepara al lector a adentrarse en el carácter polifacético, a veces aparentemente contradictorio, del conjunto de la obra de Zilsel. El objetivo de estas páginas queda bien claro desde el principio: no se trata de una suma de temas, de investigaciones independientes, sino de un proyecto filosófico e histórico que engloba perspectivas que tradicionalmente se han encontrado en las antípodas de los marcos filosóficos, históricos e interpretativos. Friedrich Stadler, excelente conocedor del contexto intelectual, social y político en el que se gestó el Círculo de Viena, firma un capítulo que traza la trayectoria vital e intelectual de Zilsel desde sus años de juventud hasta su exilio en Estados Unidos. Stadler insiste en la compleja relación que mantuvo con las propuestas filosóficas del Círculo de Viena. Todavía hoy, como sucedió en su día, no deja de sorprender que un pensador afín al proyecto filosófico del positivismo lógico como fue Zilsel se lanzase a proyectar un análisis del desarrollo científico en el que los factores sociales, históricos, materiales y prácticos desempeñaban una función propulsora de las teorías científicas. En realidad, Zilsel quería llevar al extremo los postulados defendidos por los miembros del Círculo de Viena, en especial su proyecto de unificación de las ciencias. Para él, la filosofía debía entenderse como una teoría general, pero a diferencia de sus colegas analíticos no le tenía miedo a la metafísica, pues la unidad que buscaba no era puramente formal, lingüística y epistémica, sino que la concebía como un derivado de la unidad de la propia realidad, de la propia naturaleza. Fenómenos históricos, sociales y físicos, pensaba, pertenecen a una misma realidad y, por tanto, han de ser estudiados con el mismo método científico. Compartía con el positivismo su valoración de los hechos como elementos basilares del conocimiento científico; era un convencido empirista y, como tal, consideraba que tanto la historia como la sociología debían basarse en la observación y la comparación, cuando no en la experimentación, en una recopilación cuidadosa y completa de material fáctico. Pero esta intersección de empirismo, historia y sociología, teñida de influencias del marxismo, no fue en absoluto bien recibida por los jóvenes miembros del Círculo de Viena del cual Zilsel se sentía integrante. Cuando presentó su trabajo sobre el desarrollo del concepto de «genio» para conseguir la habilitación como profesor universitario, le objetaron que su trabajo no era filosófico e incluso Schlick le propuso que rehiciese el manuscrito desde un punto de vista más filosófico. Pero Zilsel ya creía que se trataba de un trabajo profundamente filosófico, pues consideraba que no hacía sino aplicar los métodos de las ciencias naturales a las humanidades y ver hasta qué punto había leyes naturales en la historia y en la sociedad: «Más bien he intentado desarrollar mi filosofía de la naturaleza y de la historia con la ayuda de material empírico físico e histórico, con la esperanza de servir a la filosofía mejor de lo que lo haría si la aislara del fructífero terreno de cada una de las ciencias», escribía en una carta al decano el 3 Noviembre 1924. Su intento de hacer una filosofía fundada en el estudio de la historia le granjeó un gran rechazo por parte de sus contemporáneos y más en concreto de los miembros del Círculo de Viena. Ellos, que habían querido hacer una epistemología de una ciencia «pasada a limpio», un análisis formal, exclusivamente lógico y lingüístico que nada debía tenía que ver con eso que ya antes se había denominado el «contexto de descubrimiento», es decir, los factores históricos, psicológicos o sociales, por mencionar solo algunos de ellos. En el fondo se trataba del histórico y pertinaz conflicto entre historia y filosofía, de la secular concepción de una historia que se dedica exclusivamente a la compilación de hechos, sin argumentación, interpretación, premisas filosóficas y de una filosofía que hace precisamente todo lo contrario: construir maravillosas telas de araña a las que se suele caracterizar como sistemas pero que muestran un gran desprecio por el examen de los hechos e ideas del pasado, de sus contextos y su gestación. Inevitable no recordar aquí a quien unos años después de la muerte de Zilsel emprendería, como él, una gran defensa de los orígenes artesanales de la idea de progreso: Paolo Rossi. Precisamente también él, salvando las distancias, abogaba por una historia filosófica, por un modo de hacer historia de la ciencia que según él era la mejor forma de hacer filosofía.

Klaus Taschwer examina en este volumen las causas de que en 1924 Zilsel no consiguiese en Viena la habilitación que le habría permitido pasar a formar parte oficialmente del mundo académico. En aquella exclusión fueron determinantes las cuestiones políticas y el antisemitismo que ya empezaba a hacerse fuerte en Austria y Alemania. Monika Wulz dedica precisamente un interesante capítulo de este volumen al análisis de las relaciones entre la vida intelectual y política de Zilsel, entre sus argumentos epistemológicos y metodológicos y su pensamiento político, desde finales de la Primera Guerra Mundial hasta los años 30 en Viena. La sección sobre la trayectoria intelectual de Zilsel se cierra con unas páginas de Christian Fleck sobre las aventuras y desventuras de Zilsel durante su exilio en Estados Unidos, donde si bien no llegó a conseguir una posición académica estable, sí mantuvo una intensa colaboración y correspondencia con los historiadores americanos de la ciencia que por entonces lideraban la disciplina, como fue el caso de George Sarton. Una interesante pregunta que Fleck plantea y deja abierta es la de hasta qué punto las ideas de Zilsel calaron en una, por entonces, jovencísima historia de la ciencia.

Los cuatro capítulos siguientes, firmados por Johannes Lenhard y Wolfgang Krohn, Donata Romizi, Robert Frühstückl y Clemens Jabloner examinan, desde diferentes puntos de vista, las ideas de Zilsel sobre el concepto de «ley científica», un auténtico hilo rojo desde sus años vieneses hasta sus últimos escritos americanos. Había empezado a trabajar en ello en 1916, cuando publicó su primera obra, El problema de la aplicación (Das Anwendungsproblem). En ella se intentaba dar una solución al difícil problema de aplicar la racionalidad matemática, y más en concreto los análisis estadísticos, a una naturaleza aparentemente irracional. Zilsel optó por una epistemología probabilista en la que según él el protagonismo en la formación de las leyes científicas debía corresponder a la recolección de datos empíricos. Pero pronto empezó a tomar en consideración una concepción relativista de las leyes científicas, del propio concepto de «ley científica», en este caso derivada de su enfoque histórico y sociológico de la ciencia moderna. Estaba cada vez más convencido de que el concepto mismo de ley científica, así como su protagonismo en la ciencia moderna, habían sido el resultado de un complejo entramado de condiciones sociales que él aspiraba a reconstruir. Los autores de estos capítulos subrayan algo fundamental sobre lo que ya habían insistido Wolfgang Krohn y Diederick Raven: que el estudio de Zilsel sobre los orígenes sociales de la ciencia moderna es inseparable de su proyecto de demostrar que hay leyes históricas. Si esto es así, se plantea un serio problema para los contemporáneos historiadores de la ciencia que proponen a Zilsel como fundador de una historiografía «artesanal» del desarrollo científico, pues muy pocos de ellos, por no decir ninguno, estarían dispuestos a defender la existencia de leyes históricas y sociales de las que el nacimiento de la ciencia moderna sería solo un caso concreto.

Zilsel también intentó aplicar el mismo modelo explicativo en su análisis del concepto de «genio», uno de los temas a los que volvió una y otra vez a lo largo de su vida. Ya en 1918 publicó La religión del genio. Un estudio crítico del moderno ideal de personalidad (Die Geniereligion. Ein kritischer Versuch über das moderne Persönlichkeitsideal) y unos años más tarde, en 1926 lo amplió en El desarrollo del concepto de genio: Una contribución a la historia conceptual de la Antigüedad y los orígenes del capitalismo (Die Entstehung des Geniebegriffes. Ein Beitrag zur Ideengeschichte der Antike unddes Frühkapitalismus). En ambos trabajos, Zilsel se propuso estudiar en qué condiciones socioeconómicas e institucionales se pudo desarrollar el concepto de «genio», realizando una gran crítica a la admiración entusiasta de las personalidades consideradas raras o excepcionales y al culto al genio, que según él se había convertido en la modernidad en una pseudo religión que constituía una real amenaza para la filosofía y la comprensión de la historia. Para Zilsel, en suma, el genio no era sino el resultado ―como también lo fue la ciencia moderna― de un entramado de factores socioculturales. Tres capítulos de este volumen colectivo están dedicados precisamente a este aspecto de la obra de Zilsel. Elisabeth Nemeth y Bernadette Reisinger abordan la interpretación del fenómeno sociológico de la veneración del genio, mientras que el de Julia Barbara Köhne hace un análisis comparativo de las ideas de Zilsel sobre esta cuestión con las tesis de Julian Hirsch, el cual durante muchos años ha gozado de mucho más reconocimiento que Zilsel, a pesar de mantener ambos ideas muy similares.

Tratándose de Zilsel, no podían faltar en este volumen algunos capítulos especialmente dedicados a la historia de la ciencia. En uno de ellos Mauro L. Condé hace un repaso por la dicotomía entre externismo e internismo, la cual si bien en la actualidad está en buena medida superada ha desempeñado sin duda un papel fundamental en los debates historiográficos del siglo XX. En este caso se enfrentan, casi como si fuesen paradigmáticos de ambos extremos, Zilsel y Koyré, pero objetando que el primero haya sido encasillado ―y a veces menospreciado por ello― como puro externista, defensor de una tesis exclusivamente sociológica del desarrollo científico, sin tener en cuenta el marco epistemológico en el que como hemos mencionado se basa ese enfoque. Henrique Leitão y Antonio Sánchez se hacen eco de sus propias investigaciones sobre el conocimiento de los prácticos en el mundo marítimo y la ciencia atlántica para intentar dar respuesta a lo que se ha considerado una deficiencia del relato de Zilsel sobre los orígenes de la ciencia moderna: la falta de explicación de cómo y por qué, en torno a 1600, se rompieron las barreras que separaban a los artesanos de los eruditos. Poniendo el foco en el mundo marítimo, en el trabajo de constructores de naves, de cosmógrafos, matemáticos o pilotos, los autores muestran cómo la colaboración entre los mundos académico y artesanal, hasta entonces social y culturalmente separados, no fue casual, sino que respondió a un proyecto diseñado e impulsado por los gobiernos ibéricos. La aplicación de la tesis de Zilsel a un contexto muy diferente corre a cargo de Klaus Robering, que dedica sus páginas al desarrollo de las primeras computadoras en la Alemania de los años 30 y 40 del siglo XX. Según Robering, la colaboración entre Konrad Zuse, el constructor de la máquina de Turing, y la Escuela de lógicos de Münster llevaron a estos últimos a desarrollar su interés por los problemas de la computación.

La segunda parte del libro es mucho más breve y está fundamentalmente dedicada a cuestiones filosóficas relacionadas con el Círculo de Viena y solo muy tangencialmente se refieren a Zilsel, al igual que las revisiones bibliográficas que componen la tercera parte del volumen. Reconociendo el interés de los temas abordados en estas páginas, quizá hubiese sido mejor opción incluirlas en otro volumen.
Las historias de la filosofía de la ciencia rarísima vez mencionan a Zilsel y es muy común que su obra y su persona resulten absolutamente desconocidas no solo a estudiantes de filosofía y de historia, sino incluso a reputados académicos. Esperemos que este volumen contribuya a remedar este olvido, a que los filósofos analíticos amplíen sus horizontes y que los historiadores se hagan más conscientes de las premisas y consecuencias epistemológicas de sus investigaciones.

Susana Gómez López es Catedrática de Historia de la Ciencia en la Universidad Complutense de Madrid.

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