Dos pensadores conversan

Equality, What it means and Why it matters

Thomas Piketty y Michael Sandel

En estos días, se publica con formato de libro una muy fructífera conversación habida entre dos de los más grandes pensadores de nuestro tiempo: el historiador económico francés, Thomas Piketty y el filósofo político norteamericano, Michael Sandel. Se trata de un diálogo en torno al significado, las implicaciones y las dificultades que enfrenta la idea de igualdad, y que fuera llevado a cabo el 20 de mayo de 2024, en la Escuela de Economía de París.

En Equality, Sandel conduce la conversación, e introduce las principales preguntas, en general de un modo muy deferente hacia Piketty, a quien interroga sobre cuestiones de interés compartido. A lo largo del texto, ambos pensadores se complementan y ayudan en las respuestas, tratando de reconocer la importante base de acuerdos que los reúne, pero dejando en claro, a la vez, algunas de las severas diferencias que los separan. Parte de lo mejor del libro se concentra en sus páginas introductorias, cuando ambos autores ponen sobre la mesa algunos presupuestos compartidos, a la vez que definen el contorno de los problemas que hoy afectan a la igualdad, y sobre los que van a centrarse en las páginas siguientes.

Piketty deja en claro, desde el comienzo, que los supuestos de los que parte son los «ideales de democracia y autogobierno», que ocuparon siempre un papel central en la concepción republicana de Sandel (algo particularmente visible en el libro Democracy’s Discontent, escrito por el norteamericano). Inmediatamente después, los autores enumeran las tres dimensiones de la igualdad que van a examinar durante su diálogo (pp. 4, 114): la económica (iguales bienes básicos para todos); la política (voz, poder, participación); y la relacionada con la dignidad, que Sandel considera «la más potente» en términos políticos y morales (p. 114).

De modo particularmente atractivo, y ya desde su misma primera intervención, Piketty muestra, a través de un recorrido por la historia moderna, la presencia de un impulso imparable hacia la igualdad, impulso que, según ilustra, ha implicado la paulatina ampliación del acceso a ciertos bienes fundamentales, como la educación, la salud, o el derecho al voto. Se trata de un avance que ―agrega― aún no se ha detenido, y en donde funda sus esperanzas para el futuro, aún en el marco de esta época «regresiva». De modo todavía más interesante, Piketty señala que la fuerza que guía y motiva esa búsqueda de igualdad se asienta en «el apetito por la participación y el autogobierno democrático».

Sandel, por su parte, introduce su intervención con una reflexión sobre el valor de la «decomodificación de la vida económica y social», así como sobre la importancia de alcanzar ese objetivo «de forma tal que el dinero importe cada vez menos». Piketty reafirma esta idea, que considera recurrentemente perseguida, y muchas veces alcanzada, en la historia de occidente. El francés nos recuerda entonces el fracaso de la predicción de Friedrich Hayek («quien apoyó a Pinochet en los 70»), cuando este economista impugnó el Estado de Bienestar británico y sueco, como si fuera inevitable que las políticas del bienestar aplicadas en ambos países fueran a conducir hacia la dictadura a través de un «camino de servidumbre» (p. 13).

Junto con los particulares aportes hechos por Sandel y Piketty a la discusión común, destacan otros dos temas sobre los que el economista y el filósofo confluyen ―entusiastas― durante su diálogo. Pienso en dos cuestiones que han ocupado un lugar central dentro de los trabajos publicados por Sandel en las últimas décadas y que, durante la conversación, Piketty retoma y subraya de manera enfática. Una de dichas cuestiones es la que se refiere a los «límites morales del mercado», objeto del libro What Money Can’t Buy, del profesor de Harvard. Durante su conversación, ambos autores coinciden en sostener que no todos los bienes deben considerarse «a la venta» (pensemos, por caso, en el derecho de polucionar el medio ambiente; o en la posibilidad de pagar por las calificaciones y honores, dentro de la escuela). La idea de «ponerle un precio a todo ―enfatizan ambos― corrompe y degrada el significado de los bienes» (p. 19).

El otro tema que genera un fuerte acuerdo entre ambos autores, también relacionado con los escritos previos de Sandel, es el referido a la meritocracia. Sandel había analizado la cuestión, de manera muy crítica, en uno de sus últimos libros, The Tyranny of Merit. En este libro conjunto, el filósofo norteamericano vuelve a dedicar un espacio importante a la reflexión sobre la meritocracia ―práctica a la que presenta como «corrosiva del bien común»―. En Equality, Sandel aúna sus esfuerzos con los de Piketty para describir las implicaciones negativas de la cultura meritocrática. Entre las consecuencias perniciosas a las que se refieren ambos autores, destaca la siguiente: el mérito le permite creer, a quien es exitoso, que sus triunfos se deben a su propia labor. De ese modo ―destacan ambos― el triunfador tiende a olvidar tanto el papel que siempre juegan «la suerte y la buena fortuna», como la «deuda que dicha persona tiene hacia todos aquellos que contribuyeron a hacer posible el resultado obtenido» (p. 49).

Estas significativas coincidencias entre los dos autores se acompañan también, y en ocasiones, con algunos desacuerdos importantes. En particular, y sobre todo en las últimas secciones del libro, Piketty desafía ciertos dichos de Sandel, y polemiza con él acerca del modo en que implementar, en la práctica, los compromisos que ambos expresan en favor de la idea de igualdad. Menciono a continuación algunos de esos desencuentros.

En primer término, Piketty impugna la aproximación algo descuidada y poco precisa que ―en su opinión― exhibe Sandel ante el hoy fatigado concepto de «populismo». A resultas de esa definición tan imprecisa del término, Sandel termina por agrupar, bajo la idea de «populismo», tanto a figuras de la derecha del espectro político (Donald Trump) como de la izquierda (Bernie Sanders). Piketty, en cambio, se niega a reunir a esos grupos antagónicos bajo la misma etiqueta. Por el contrario, él reivindica, a lo largo de todo el libro, una postura abiertamente socialista, dentro de la que incluye a políticos como el citado Sanders o como Elizabeth Warren. En segundo lugar, Piketty objeta el hecho de que el filósofo norteamericano no abrace, de una manera mucho más directa y resuelta, políticas redistributivas que el francés considera necesarias y factibles. De forma similar, y en relación con los problemas propios de la (in)justicia global, el economista llama la atención sobre un deje conservador que advierte en posturas como las de Sandel. En particular, Piketty se muestra impaciente, frente a su colega, cuando el norteamericano insiste en la necesidad de alcanzar «algún acuerdo internacional» sobre la aplicación, a escala global, de impuestos sobre la circulación de bienes y capitales (p. 107). Para Piketty, la celebración de un convenio tan ambicioso como el citado no debiera convertirse en una condición necesaria y excluyente ―finalmente, en un obstáculo― para la adopción de otras medidas posibles, localizadas y urgentes.

Finalmente, y a la hora de analizar las razones del ascenso de las figuras más irritantes de la derecha política (ellos se refieren a casos como el de Trump, en EEUU; o el de los Le Pen, en Francia), Sandel y Piketty también muestran disensos significativos. Así, y tratando de explicar el preocupante crecimiento de la derecha, Sandel pone el acento en las «políticas de identidad» (que ―en su opinión― la izquierda no atinó a desafiar de manera contundente), y en el «menosprecio» que, típicamente, han mostrado ciertas elites progresistas hacia la clase trabajadora. Para él, estas actitudes arrogantes y erradas han terminado por generar una reacción (anti-woke, podríamos denominar hoy) de la que se ha beneficiado la derecha. Piketty, en cambio, cuestiona a Sandel por enfocarse en cuestiones fundamentalmente discursivas (por ejemplo, en la retórica antiinmigratoria) en lugar de centrar su atención en asuntos «materiales», como los relacionados con el impacto negativo generado por las políticas económicas antiproteccionistas y de libre mercado; o las pérdidas de puestos de trabajo que siguieran a la aplicación de tales políticas librecambistas (p. 111).

La conversación que recoge este libro es sustanciosa, sencilla de entender y, a la vez, iluminadora. Nos ayuda a acerarnos mejor, y con buenas herramientas, a algunos de los principales problemas de lo que Sandel denominara la filosofía pública de nuestro tiempo. De todos modos, de las propias virtudes del libro se derivan algunas de sus principales limitaciones. Ante todo, y dado que el texto se propone explorar tantos temas, tan diferentes y a la vez tan complejos (como por ejemplo, igualdad, populismo, meritocracia, libre mercado, inmigración, globalización, el futuro de la izquierda), a algunos lectores puede saberles «a poco». Ocurre que ninguno de los temas que se examinan en el libro resulta finalmente indagado con la merecida profundidad. En particular, este déficit puede afectar el interés de quienes han venido siguiendo la obra de ambos autores, y que aquí acceden a una conversación inteligente y amable, sí, pero referida a temas y posturas que ya se conocen, de parte de quienes dialogan.

Asimismo, la bienvenida brevedad del libro exalta, por una parte, la riqueza de la obra, pero, a la vez, estimula una cantidad de preguntas cruciales que el escrito no alcanza siquiera a plantear. Pienso, en particular, en cuestiones relacionadas con la teoría democrática y la teoría del derecho. Por ejemplo: ¿cómo compatibilizar los valores y propuestas definidas en esta conversación, con la deliberación democrática a la que reiteradamente se alude en el libro? ¿Cuál debería ser el contenido y objeto de dicho diálogo democrático? O también, ¿por qué el libro omite toda consideración ―crítica o propositiva― sobre los procedimientos del constitucionalismo democrático, hoy en crisis? Y, ¿de qué modo se podrían vincular las políticas redistributivas y de igualdad social, defendidas en la obra, con la protección de los derechos de las minorías desaventajadas? De manera similar, ¿qué personas o qué instituciones deberían quedar a cargo de la protección de tales derechos, y a través de qué medios? Estas son solamente algunas de las muchas preguntas que la lectura del libro nos estimula a abordar, a partir de las tantas respuestas que nos ofrece.

En definitiva, y más allá de sus limitaciones, nos encontramos aquí frente a una pequeña joya editorial, que merece ser leída y estudiada con detenimiento. Se trata de un diálogo cooperativo entre dos de los intelectuales más lúcidos y comprometidos de la época, una iniciativa que se agradece de manera muy especial en este momento tan gris y amenazante de nuestra historia.

Roberto Gargarella es doctor en Derecho por la Universidad de Chicago y la Universidad de Buenos Aires; investigador del CONICET; y profesor visitante de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona.

Sinhogar. Imagen de Mark Williams
Sinhogar. Imagen de Mark Williams

Ficha técnica

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