Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!


Free. Coming of Age at the End of History
Lea Ypi
London: Allen Lane-Penguin Books, 2021.
313 pp.

Lea Ypi 2
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(I)

            Lea Ypi es una joven (nació en 1979) y brillante catedrática de teoría política en la London School of Economics. Su ámbito de trabajo es el de la teoría política normativa, en especial la teoría de la democracia y las teorías de la justicia. Tiene publicaciones muy relevantes sobre la justicia global, sobre el marxismo y la teoría crítica. Recientemente acaba de publicar un magnífico libro sobre la segunda parte de la Crítica de la Razón pura de Immanuel Kant, la doctrina del método, en donde presenta una muy original reconstrucción y crítica de las ideas cruciales de Kant sobre la unidad de la razón.Lea Ypi, The Architectonic of Reason. Purposiveness and Systematic Unity in Kant’s Critique of Pure Reason, Oxford: Oxford University Press, 2021.. Sin embargo, este texto está dedicado a otro de sus libros, también publicado en 2021. Se trata de una especie de biografía de la infancia y la adolescencia de la autora, en Albania, su país, hasta que lo abandonó a sus dieciocho años para estudiar filosofía y literatura en La Sapienza de Roma. Después se doctoró en el Instituto Universitario Europeo de Florencia y fue investigadora postdoctoral en la Universidad de Oxford.

            Se trata de un libro maravilloso, que deja al lector realmente asombrado y agradecido de haberlo leído. Está escrito con lirismo, con ironía algunas veces, con pasión. Ya se comprende que recomiendo su lectura fervientemente.

(II)

            Consta de dos partes. En la primera de ellas recorre sus primeros años de vida, su infancia, hasta el mes de diciembre de 1990, cuando el régimen comunista albanés colapsó. La segunda va desde ese momento hasta la guerra civil albanesa de 1997, que precipita su marcha a Italia para estudiar en La Sapienza, para nunca -según nos cuenta- regresar a Albania.

            La primera parte está contada de un modo especialmente perspicuo. La mirada de una niña avispada, sumamente inteligente, describe un mundo cerrado, pero ordenado, y muestra cómo ella creía todas las mentiras oficiales de la dictadura albanesa, mentiras aceptadas, no solo por ella, sino por todos los demás.

            A mí me ha recordado una inquietante obra de teatro de Antonio Buero Vallejo, La Fundación, que creo haber visto de muy joven en el programa Estudio 1 de televisión española (Wikipedia me recuerda que fue emitida en 1977). La obra de Buero había sido estrenada en Madrid en 1974. Comienza la historia con cinco personas trabajando en un lugar muy agradable y cómodo, solo una persona enferma y un mal olor persistente enturbian el ambiente, pero poco a poco nos damos cuenta de que se nos ofrece únicamente la percepción subjetiva de una de las personas. La verdad es que los cinco están en una cárcel en condiciones misérrimas, y esperan que se cumpla su condena a muerte.

            El primer capítulo del libro ya muestra esta duplicidad entre la percepción de Lea y la realidad. En medio de los disturbios de diciembre de 1990, la pequeña Lea regresa a su casa y ve a lo lejos la omnipresente estatua de Stalin, va hacia ella y, desconcertada, busca refugio en ella abrazándose a sus piernas. Mira hacia arriba en busca de su mano en el pecho, de su mostacho y de la sonrisa de sus ojos, pero se da cuenta de que le falta la cabeza: la han arrancado en los disturbios. Queda desconcertada. La maestra de Lea, Nora, decía que Stalin era tan grande como Napoleón. Y Napoleón era muy grande, su abuela Nini le había dicho que Hangel (que era como su maestra llamaba a Hegel, el maestro de Marx, tal vez una confusión entre Hegel y Engels) había descrito a Napoleón como el espíritu del mundo sobre un caballo.

            A partir de eso nos cuenta la historia de su familia con su mirada de niña. No podía comprender que todas las desgracias familiares fueran atribuidas a lo que en su casa llamaban biografía. Por ejemplo: el hecho de que su apellido fuese el mismo que el de Xhaferr Ypi, un anterior primer ministro en la Albania surgida de la destrucción del imperio otomano, antes del comunismo, un traidor para los ojos del régimen, era, le decían, una mera coincidencia. Después sabemos que, en realidad, se trataba del bisabuelo de Lea. Su hijo, el abuelo de Lea (al que ella no conoció), no compartía las ideas de su padre. Pero tuvo que soportar casi dos décadas de cárcel por eso, por su biografía. Esto hizo que su abuela Nini, un personaje fundamental a quien el libro está dedicado, no abandonara el país. Era una persona de la clase alta de Salónica, culta, que habló a menudo francés con Lea, y que había viajado con su marido antes de la Segunda Guerra Mundial por toda Europa.

            Se referían a los miembros de la familia y a los conocidos encarcelados como estudiantes universitarios que estaban a punto de graduarse en universidades que nombraban por su letra inicial. En realidad, aludían a cárceles del régimen en donde estaban presas personas desafectas por su biografía. La graduación era el eufemístico modo de nombrar su salida de la prisión.

            El padre y la madre de Lea, Xhaferr – Zafo- y Vjollca -Doli- ya eran personas vencidas, que obtuvieron realmente su título universitario en el régimen de Enver Hoxha, el dictador albanés hasta su muerte en 1985, que se había distanciado de la Unión Soviética después de Stalin, y más tarde también del régimen chino, quedándose aislado en el mundo. La autora nos cuenta, siempre con elegancia y delicadeza, las condiciones de máxima austeridad en las que vivía, las largas colas para comprar cualquier cosa, las cartillas de racionamiento, la televisión en blanco y negro, en la que a veces podía ver la televisión yugoslava o italiana. En un episodio especialmente hilarante (en el capítulo cinco) nos relata la disputa con unos vecinos por la posesión de una lata vacía de Coca-cola, un adorno para colocar encima del televisor. A mí, me recuerda lo que contaban mis padres de la España de los años cuarenta y cincuenta, un país también aislado internacionalmente, en el que ellos crecieron entre la austeridad y las mentiras oficiales.

            Para mostrar la delicadeza con la que Lea Ypi se refiere a estas circunstancias, transcribo aquí un pasaje en donde se refiere a su familia del siguiente modo (en el cap. 8, pp. 104-5):

Cuando mi padre hablaba de la revolución en general, se excitaba tanto como mi abuela cuando hablaba de la revolución francesa en particular. En mi familia, todos tenían una revolución favorita, del mismo modo que todos tenían una fruta veraniega favorita. La fruta favorita de mi madre era la sandía, y su revolución favorita era la inglesa. Mi padre insistía en que tenía simpatías por todas nuestras revoluciones pero que la suya favorita no había tenido lugar todavía. Su fruta favorita era el membrillo -aunque podía ahogarse cuando no estaba plenamente maduro, con lo cual solía ser reacio a comerlo-. Los dátiles eran la fruta favorita de mi abuela: eran difíciles de encontrar, pero ella los había disfrutado mucho cuando era niña. Su revolución favorita era obviamente la francesa, lo que siempre contrariaba a mi padre.

            El último capítulo de la primera parte, el capítulo 10, se titula «El fin de la historia» y cuenta el colapso del régimen, a finales del año 1990, cuando ya la Unión soviética había desaparecido como tal y la política balcánica se estaba convirtiendo en un polvorín.

(III)

            Al principio de la segunda parte narra cómo viajó por primera vez fuera de Albania, acompañando a su abuela Nini, en un viaje a Grecia, porque un pariente había escrito a su abuela diciendo que tal vez, con el esfuerzo conjunto, podían recuperar algunas de las propiedades en Salónica que habían pertenecido a su familia antes de la primera guerra mundial. Cuenta la sorpresa y admiración que le producía ver los comercios llenos de productos de tantas clases, productos que con su poco dinero no podía permitirse comprar. La abundancia siempre parece extraña al que vive en la austeridad. Nini, que debió de ser una mujer excepcional, la ayuda a situarse en un mundo distinto.

            Un mundo al que, a principios de los años noventa del siglo pasado, Albania quiso sumarse. Sus padres, que perdieron sus antiguos trabajos oficiales, de ingeniero forestal y de maestra respectivamente, fueron encontrando un hueco en la nueva situación albanesa de pluralismo democrático. Su padre, que terminó siendo un diputado del nuevo Partido Democrático, lo hizo de un modo más desencantado. Su madre, más entusiasta, se convirtió al credo neoliberal con entusiasmo y lideró diversas organizaciones de mujeres. Así se refiere a su posición su hija (al final del cap. 14, p. 198):

Para ella, hallar la verdad acerca de la propiedad de la familia equivalía no sólo a rectificar la injusticia histórica sino también al modo de regular los derechos de propiedad. El único propósito del Estado, como ella lo veía, era facilitar tales transacciones y proteger los contratos necesarios para garantizar que todos podrían disfrutar de lo que habían ganado. Algo más, algo que fuese más allá de esto, propiciaba el aumento de parásitos que malgastaban el dinero y los recursos. Era el socialismo con otro nombre. El Estado era como el árbitro de un torneo de ajedrez, que aplicaba las reglas y controlaba siempre el reloj. Pero no podía dedicarse a dar propinas a los jugadores, ni a cambiar sus movimientos, ni a devolver piezas al tablero, ni a recuperar a un jugador descalificado. Habría sido una perversión de su papel. Al final, habría vencedores y vencidos. ¿Y qué? Todos lo sabían, todos habían prestado su consentimiento a las reglas. Era la naturaleza del juego. Después de todo, era una competición, aunque fuese próspera.

            Unos años después los albaneses, o bien se habían ido del país hacia Italia fundamentalmente, como la amiga de la autora, Eleona, que terminó practicando la prostitución allí, o bien habían caído en la costumbre de invertir todos sus ahorros en las nuevas empresas que aparecían por doquier en Albania. La avidez financiera causó un efecto pirámide y casi todos perdieron sus ahorros, incluidos sus padres. Hasta llegar al año 1997, cuando Lea cumplía sus dieciocho años, en que todo explotó y hubo una corta, pero violenta, guerra civil en el país. En el cap. 21, la autora transcribe el diario que llevaba durante esa época, con una tristeza y dolor inmensos, pero también con una parsimonia y clarividencia realmente excepcionales.

            Todo acaba con la huida de su madre, con su hermano, hacia Italia, aprovechando un barco al que consiguen subir y con la enorme tristeza del padre, que se queda con la abuela y muere poco tiempo después de un ataque del asma que padecía. Lea Ypi marcha también ese verano hacia Italia, para comenzar la brillantísima carrera académica a la que me refería al principio.

(IV)

Acabo con dos preciosas reflexiones que la autora nos deja en el epílogo del libro. La primera se refiere a cómo su experiencia personal le ha ayudado a comprender el ideal emancipatorio que hay detrás de la tradición del pensamiento socialista, la segunda es la radical relevancia de las experiencias personales, de los lazos personales, en la formación de nuestros caracteres, y también de nuestras ideas.

En la página 305 escribe:

Cada año, al comenzar mi curso sobre Marx en la London School of Economics digo a mis estudiantes que muchos piensan que el socialismo es una teoría de las relaciones materiales, de la lucha de clases o de la justicia económica pero que, en realidad, lo anima algo más fundamental. El socialismo, les digo, es antes que nada una teoría de la libertad humana, de cómo pensamos acerca del progreso en la historia, de cómo nos adaptamos a las circunstancias, pero también de cómo nos sobreponemos a ellas. La libertad no es solo sacrificada cuando otros nos dicen lo que hay que decir, dónde ir, cómo comportarnos. Una sociedad que pretende capacitar a las personas para realizar sus potencialidades, pero falla al cambiar las estructuras que impiden a todos florecer, es también una sociedad opresora. Y, con todo, a pesar de todas las limitaciones, nunca perdemos nuestra libertad más íntima: la libertad de hacer lo que es correcto.

            Y ya hacia el final (en la página 309) añade:

Este es el libro. Al principio, tenía que ser un libro de filosofía acerca de las ideas que se solapan sobre la libertad en las tradiciones liberal y socialista. Pero cuando comencé a escribirlo, igual que cuando comencé a leer Das Kapital, las ideas se convirtieron en personas, las personas que me hicieron lo que yo soy. Ellos amaron y lucharon entre sí, tenían diferentes concepciones de sí mismos, y de sus obligaciones con los demás. Eran, como Marx escribe, el producto de las relaciones sociales de las cuales no eran responsables, pero trataron de sobreponerse a ellas.             Bien, ya lo dije, se trata de un libro maravilloso. Termino con una confesión personal: aunque mi abuela paterna, Carme, no era, ni mucho menos, tan culta como Nini (murió sólo un año después que ella), en mi vida representó un papel muy semejante al de Nini en la vida de Lea. Vaya esta breve recensión en su recuerdo.

J.J. Moreso es catedrático de Filosofía del Derecho. Universidad Pompeu Fabra, Barcelona. Email: josejuan.moreso@upf.edu.

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