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Suelen producirme gran curiosidad los textos que acompañan cada año sin falta las exposiciones de PHotoEspaña (incorporados en sus habituales trípticos amarillos alargados), como es lógico con tanta muestra de calidad y tantos críticos y comisarios dedicados a explicar (a explicarnos) qué vamos a ver. Llega junio, se inaugura PHotoEspaña y yo empiezo a coleccionar folletos amarillos y tomar notas sobre lo que voy viendo y leyendo en las exposiciones que pueblan Madrid.

De las muchas disciplinas de las artes, o de eso que llamamos cultura, la fotografía es la que más me inquieta y más cuestiones me hace plantearme de modo recurrente:

1) ¿Cuál es la relación de la fotografía con el arte contemporáneo? ¿Por qué este auge que se le da en los últimos años en medios artísticos dominados por lo conceptual? ¿Es la fotografía más apropiada para transmitir o reflejar un concepto que la pintura?

2) ¿Cuándo es arte la fotografía y cuándo simplemente fotoperiodismo, fotografía de moda, retrato comercial, fotos de aficionado o cualquier otra de las muchas maneras en que se produce?

3) ¿Por qué vemos fotografía? ¿Por qué vemos fotografía en exposiciones si ya la tenemos por todas partes (de los periódicos a Instagram)? ¿Por qué compramos fotografía como «pieza de arte»?

4) ¿Qué es una fotografía en cuanto objeto? ¿Qué es lo que vemos, qué tenemos entre las manos, qué compran quienes compran fotografía?

Me propongo ver a lo largo de algunas entradas de este blog si soy capaz de desgranar respuestas o consigo sólo generarme más dudas y preguntas. Y comienzo por la última: qué es una fotografía en cuanto objeto; qué vemos, qué tenemos entre las manos, qué compran quienes compran fotografía.

En la galería Fernández-Braso me encuentro por sorpresa con una exposición algo antológica de Ouka Leele con algunas de sus fotografías más populares nuevamente editadas o descartes muy parecidos a las que finalmente conocimos en su día. Es frecuente que los fotógrafos vayan más allá de sus series iniciales, con números limitados y determinados de copias, y sigan haciendo nuevas tiradas: que si en otro tamaño ahora, que si una edición de aniversario, que si descartes o tomas alternativas, que si esto si lo otro. ¿Cuántas copias habrá en el mercado de la célebre emigrante okie de Dorothea Lange, de El beso de Robert Doisneau o de esos retratos de artistas norteamericanos del cine y el rock hechos por fotógrafos de renombre para Time, Newsweek o Rolling Stone y de los que deben de seguir tirándose copias sin pudor alguno?

Y, sin embargo, qué más da, me digo, si de una foto se hace una nueva tirada o se imprimen tropecientas copias, si en definitiva seguirá siendo una, LA FOTO, sean cuantas sean las copias que se impriman o que quiera vender una galería, el artista o sus herederos y sean cuales sean su formato, las medidas, el tipo de papel…

¿Es la fotografía que vemos colgada en una galería más auténtica o más original –en el sentido que en el ámbito del arte se da a original como opuesto a copia– que esa misma fotografía impresa en el catálogo de la galería o la invitación a la exposición o recortada de una revista?

Tan reproducción es una, la publicada en el catálogo o en miles de números de una revista, como la que produce una galería predicando que sólo hay cinco, siete o veinte copias. Toda fotografía que vemos es ya una reproducción: copias las llamamos, aunque sea una sola copia única la que el fotógrafo ha hecho en su laboratorio. Copias con más razón aún si son varias, o hasta cientos hoy que podemos imprimir una fotografía digital cuantas veces queramos. Copias siempre de un original que no existe más que en negativo y no es la foto, por tanto, tampoco, sino algo previo que la predice y la anticipa como embrión o proyecto. Copias todas de una misma fotografía que sólo es, y está, una vez se tira y que a partir de ahí seguirá siendo siempre la misma tantas veces como se vuelva a tirar, a imprimir, a copiar, a reproducir.

La fotografía comparte con la composición musical, la literatura o el cine su naturaleza de creación reproducible: sólo si se reproduce –si se imprime, si se interpreta, si se tiran copias, si se proyecta– existe. La condición de original es algo abstracto, intangible, la obra en sí misma, pura creación que resulta de la inventiva de su autor, tal como define la Real Academia la acepción de la palabra que nos ocupa:

original

2. adj. Dicho de una obra científica, artística, literaria o de cualquier otro género: Que resulta de la inventiva de su autor. Escritura, cuadro original. U. t. c. s. m. El original de una escritura, de una estatua.

Sólo hay un cuadro de Las meninas, el del Prado, un solo perro de Goya, un único Caballero de la mano en el pecho, y las láminas que los muestran, los grabados, las fotografías, solamente son reproducciones. 

El Quijote, en cambio, es el Quijote, o Cien años de soledad la misma novela de Gabo por muchas ediciones que se hagan y muchos ejemplares que se impriman. No lo son más un incunable, una primera edición dedicada o el manuscrito siquiera que una edición de bolsillo, y el valor especial, inconmensurable a veces, que pueden tener aquéllos es bibliográfico y no literario. Una cosa es el objeto-libro y el valor que alcance por las razones que sea, y otra la obra que contiene.

El Magnificat de Vivaldi es el Magnificat de Vivaldi, sea la partitura antigua o reciente y lo cante quien lo cante. Una partitura de época puede tener enorme valor para coleccionistas, pero no es más auténtica que una reciente, y hasta puede que ésta sea más precisa si ha sido fruto de una buena labor de investigación y fijación del texto. Nunca será mejor una versión mal cantada con partitura antigua que una espléndida leída con fotocopias. Una pieza de Steve Reich es la misma aunque no sea el Steve Reich Ensemble quien la toca.

Una copia nueva de El espíritu de la colmena es tan El espíritu de la colmena como una de época; o más aún si la de entonces está rayada, gastada o quemada y la de ahora es una impecable copia restaurada.

De la misma forma, dadas ciertas condiciones de calidad que aseguren que las características de la imagen (encuadre, proporción, color, nitidez, brillo…) son las que deben ser, cualquier copia de una fotografía es esa fotografía; y si yo tengo colgada en casa una buena reproducción de El beso de Doisneau, tengo la misma foto que la copia certificada que el más cuidadoso coleccionista haya comprado en una galería. La misma. La misma obra de arte, la misma pieza resultante de la inventiva de su autor. Ninguna es más original o más reproducción o copia que la otra. El coleccionista y yo tenemos la misma obra de arte en casa.

Que el papel y la calidad de impresión sean mejores, que se hayan tirado de esa edición cinco, o veinte o cien copias numeradas, que venga sellada por la galería o hasta firmada por el fotógrafo, son elementos que afectan al precio del objeto físico que contiene la fotografía, pero en nada cambia su sustancia y su valor artístico. Que el fotógrafo o su galerista decidan poner en el mercado un determinado número de copias, darles marchamo de autenticidad y acordar que esas copias valen tanto es una convención, un convenio entre el fotógrafo y el mercado que da valor a ese objeto físico, pero no convierte a una fotografía –una copia– en más auténtica o más original que su reproducción en la revista Exit.

Quien haya comprado la pieza en una galería, numerada, certificada, bendecida, tendrá asegurado el valor de cambio de ese objeto continente, pero no poseerá su contenido: la fotografía.

Tal vez antes, cuando las fotos eran un proceso fotoquímico, se podía pretender que la copia tirada directamente del negativo era más originalEn el séptimo sentido que da la Real Academia: 7. m. Objeto, frecuentemente artístico, que sirve de modelo para hacer otro u otros iguales a él. –aparente y dicente contradicción en los términos que tiene que ver con los diferentes significados de original y copia– que otra hecha a partir de esa inicial. Más todavía si el autor la había trabajado e impreso por sí mismo en el laboratorio o dirigido el proceso. Una copia vintage podrá tener un valor especial por su carácter de época, como pueden ser enormes el valor de mercado de la primera edición de un libro o de la partitura antigua de que hablábamos.

Pero, en definitiva, revelada cuando fue tomada o reproducida a partir de una copia original, copia vintage o impresa de nuevo hoy en día, edición numerada de galería y con producción high-tech y en papel exclusivo, o recortada de la portada de una revista, aseguradas esas condiciones de calidad, una fotografía es siempre esa fotografía y quien tenga colgado en casa el muy buen cartel que la Fundación ICO hizo hace unos años de la foto Migrant Mother de Dorothea Lange tiene la misma foto que quien posea una copia vintage o una de las nuevas reproducciones numeradas que estaba a la vez vendiendo una galería en MadridFoto.

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