La Derechona

La Derechona

FRANCISCO UMBRAL

Planeta, Barcelona, 1997

262 págs.

Casi todos están de acuerdo, a un lado y a otro, en que el acíbar umbraliano es abundante y fecundo; cada secta, sin embargo, le achaca siempre que lo vierte más hacia ella misma que hacia las otras. También se le reprocha ser «demasiado visual», o adicto en exceso a los oropeles de la actualidad. Todo ello puede ser cierto, quizá, pero no es óbice para que, sea cual sea el origen de su escritura, o la trama sobre la que urde, el resultado sea el de la maestría. Puede ser que corresponda lo espurio de estas fuentes con el origen, en ocasiones igualmente falto de ejecutoria literaria, de los castellanos que incorpora. Umbral conoce perfectamente la gradación y la dosificación del neologismo, del casticismo, del barbarismo, incluso del idiotismo: hace de todo ello castellano, y nos propone su uso. En cada página de La Derechona hay por lo menos un hallazgo, una invención, un motivo, en suma, para el gozo del lector.

Reúne este libro una colección de columnas previamente publicadas en prensa, antecedidas de un prólogo, una relación de dramatis personae y dos comentarios originales. El titulado «Aznarín» es presentado por el mismo autor en el prólogo como la descripción de alguien «que no es exactamente el presidente del Gobierno, sino la contrafigura que nosotros hemos hecho de él». Astucia o no, he aquí la puerta abierta al mundo umbraliano: ni política, ni partidos, ni cotilleos, ni crónica periodística: simple y exclusivamente creación. Llama «derechona» a un vago pero vigoroso fenómeno que, al modo hegeliano, en ocasiones identifica con España (y se remonta en la mención, entre carcajadas lectoras, hasta nada menos que Favila), y en otros momentos ciñe a ser una esquemática relación de dimensiones agrarias y automovilísticas, las de las fincas y los coches de los que él adivina, o supone, o conoce caciques de nuestra situación. Juega con el término con todo el derecho que le asiste como padre, y lo rodea de multitud de hermanos. Con todo, la escritura podría quedarse en una ingeniosidad de gauche divine, o en simple greguería. Pero Umbral no se contenta con el exhibicionismo de chiste y el retruécano de salón. No quiere (se diría que no puede) detenerse y es entonces cuando alza el vuelo. Todo es nuevo y todo se comprende; el neologismo más violento es inmediatamente admitido, sin cuestión, por el lector, porque Umbral establece, desde la primera de sus líneas, la norma de su escritura: he aquí la maestría. Su prosa desencadenada se constituye en mundo completo, a menudo autorreferente, de sintaxis insólita. ¿Es posible que Umbral juegue todavía, con su premio Príncipe de Asturias, a heterodoxo? La insistencia en la expresión de sus fobias dificulta probablemente una mayor entrega del lector; los baremos que aplica para calificar el examen al que somete a sus personajes son de corta relación. ¿Ello neutraliza el hecho de que Francisco Umbral es, en la actualidad, uno de los pocos y auténticos vitalizadores de nuestro idioma?

Ficha técnica

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