El socialismo de rasgos chinos

por Julio Aramberri

Un largo adiós

Transparencia y aceptación de responsabilidades no son normas de conducta fácilmente soportadas por las burocracias cuya general renuencia se eleva a límites insospechados en los partidos comunistas. Fue Lenin quien definió los rasgos fundamentales del centralismo democrático. La adopción de políticas en el seno del Partido puede ser objeto de discusiones internas, habitualmente soterradas en la medida de lo posible, pero, una vez decididas aquéllas, requieren que todos los militantes las acepten sin filtrar al exterior dudas o eventuales discrepancias. La fortaleza de los baluartes comunistas –piensan los convencidos– se muestra en su berroqueña unidad a la hora de defender la línea general y esa avenencia redunda en un aumento de su legitimidad. Es una certidumbre engañosa que, sin embargo, los fieles adoptan sin permitirse dudas mientras aspiran a la conquista del poder e imponen sin reservas una vez lo logran. Pero es, sin duda, una unidad violentada, pues jamás las decisiones importantes se toman siguiendo esa falsilla. Como el futuro está permanentemente abierto, en todas las colectividades se apuntan formas diversas, a menudo excluyentes, de cómo habérselas con él y toman así forma en su seno corrientes y facciones. Sin embargo, en las burocracias comunistas, esa necesaria división interna no debe trascender ni puede permitírsele al público decidir sobre la mejor opción. Si acaso, las luchas por el poder se conocen una vez acabadas.

Nada parecía tan pétreo en su cohesión como la decisión de imponer la ley marcial para reprimir a los manifestantes de Tiananmén en junio de 1989. Sin embargo, como después se supo, su adopción provocó la caída de Zhao Ziyang, a la sazón secretario general del Partido Comunista Chino. El 17 de mayo se celebró una reunión ampliada del Comité Permanente del Politburó (el órgano supremo de decisión del Partido), presidida por Deng, en la que se acordó la medida y, tras quedar en minoría su posición, Zhao resolvió renunciar a su cargo y al día siguiente participó de su decisión a sus colegas. Su dimisión, presentada posteriormente como una destituciónYang Shangkun, quien a la sazón desempeñaba el cargo de presidente de la República Popular, le pidió que retirara la carta de dimisión para evitar la impresión de que se había roto la unidad del Politburó. Deng, sin embargo, creía que la aparición de Zhao en Tiananmén ya había causado ese impacto y no quiso aceptar un encuentro con él. Ante las presiones, Zhao aceptó retirar la carta, pero se negó a presidir la reunión que decidiría la imposición de la ley marcial (véase Ezra Vogel, Deng Xiaoping and the Transformation of China, Londres y Cambridge, Harvard University Press, 2011, pp. 616 y ss.)., no empezó a ser conocida fuera de los órganos de dirección hasta el 28 de mayo, cuando fue sometido al arresto domiciliario, que duraría hasta su muerte en 2005. Al cabo, hasta el propio Zhao se creyó en la obligación de no romper públicamente y el 19 de mayo, a las cinco de la mañana, se dirigió a los estudiantes que ocupaban la plaza y les exhortó a abandonar su huelga de hambre. «La mayoría de vosotros tiene veinte años. Aunque estéis dispuestos a sacrificar vuestras vidas sin vacilar, ¿no podéis pararos a pensar? La situación es muy seria, lo sabéis. El Partido y la nación están tensos y nuestra sociedad, muy agitada»Philip P. Pan, Out of Mao’s Shadow. The Struggle for the Soul of a New China, Nueva York, Simon & Schuster, 2008.. Al mentar el eventual sacrificio de sus vidas, Zhao se refería a los eventuales resultados de una huelga de hambre llevada hasta el final, pero sus palabras también podían interpretarse como una premonición de lo que se cernía. Sin embargo, pese a saber que la suerte estaba echada, Zhao salvaba la cara a sus camaradas al recordar que el Gobierno «no cerrará la puerta al diálogo, jamás». No se dejan atrás así como así años de fe comunista.

Estudiantes chinos se manifiestan en la Plaza de Tiananmén, 4 de mayo de 1989

Tras la matanza de Tiananmén podía pensarse que la unidad del liderazgo comunista se había restaurado, pero la calma exterior disimulaba tensiones que venían de atrás. En realidad, aunque Deng hubiera mostrado desde un principio su determinación de salvar, por encima de todo, la hegemonía del Partido, y aunque hubiera sido él quien impulsara con denuedo la necesidad de dar un escarmiento duradero a los estudiantes y a sus apoyos intelectuales, su liderazgo estaba en horas bajas. Los dirigentes agrupados en torno a Chen Yun cargaban en su contra por haber permitido los excesos del ala más tolerante del Partido; por haber dejado que Hu Yaobang y Zhao Ziyang, «mis dos manos», como Deng los llamó en alguna ocasión, se le revolvieran; y, sobre todo, por haber tratado de imponer al galope el desarrollo del sector privado y la economía de mercado. No en balde, la revuelta de los estudiantes –decían– reflejaba la inquietud que consumía a los habitantes de las ciudades cuyos ingresos habían sufrido el zarandeo de la inflación de 1987 y 1988, y era una respuesta al intento de eliminar de un jalón los controles de precios de bienes de consumo.

Recomponer su liderazgo en diversos frentes le llevó a Deng los dos años siguientes a Tiananmén. Ante todo, tenía que restaurar el buen funcionamiento de los órganos de dirección y el Cuarto PlenoLas actividades de los Comités Centrales elegidos en cada Congreso se cuentan ordinalmente por el número de sus sesiones plenarias, generalmente una o dos al año, hasta el Congreso siguiente. del XIII Congreso del Partido Comunista de China (23-24 de junio de 1989) se ocupó de ello. Con estudiada calma, para evitar la impresión de haberse visto forzado por los acontecimientos, Deng obtuvo el refrendo del Comité Central a las decisiones tomadas por él y el Comité Permanente del Politburó un mes antes. Zhao Ziyang quedaba relevado de todos sus puestos y Jiang Zemin se convertía en el nuevo secretario general del Partido. Junto a él, el nuevo equipo del Comité incluía una mayoría de adeptos de Deng. Más tarde, en el Quinto Pleno (7 de noviembre de 1989), Deng, que era persona práctica, decidió apartarse de la primera línea del poder para que su ejemplo cundiera entre los provectos dirigentes chinos. Deng traspasó a Jiang la presidencia de la Comisión Militar Central, es decir, la función de comandante en jefe, y a partir de ese momento se apartó teóricamente de todo cargo orgánico. En realidad, hasta poco antes de su muerte, su influencia siguió pesando con fuerza en las decisiones estratégicas de los nuevos dirigentes. Iba a ser el suyo un largo adiós.

Suele incluirse a Jiang Zemin en la tercera generación de dirigentes comunistas chinosEs una cuenta curiosa, porque en este caso la «generación» no sigue las pautas estrictamente cronológicas que suelen seguirse en otros (según el diccionario de la RAE, «generación» es el conjunto de personas que tienen aproximadamente la misma edad), sino que se calcula según el personaje, también conocido como el centro o corazón (core en inglés) en torno al cual gira o giró la dirección del Partido en diversos momentos de su historia. Como procede, en la primera generación se identifica como núcleo o centro a Mao Zedong (nacido en 1893) y, en la segunda, a Deng Xiaoping (1904), y a partir de ahí siguen la tercera (Jiang Zemin, 1926), la cuarta (Hu Jintao, 1942) y la quinta (Xi Jinping, 1953).. Dada su fecha de nacimiento (1926), Jiang no participó decisivamente en ninguna de las grandes efemérides revolucionarias, y su carrera, como la de la mayoría de los dirigentes posteriores a la segunda generación, se desarrolló en la burocracia del Partido. Se graduó en 1947 con un diploma de ingeniería eléctrica y realizó sus prácticas en la fábrica de automóviles Stalin de Moscú, conocida por aquellos macizos y atroces modelos ZiL en los que se desplazaba la crema de la nomenklatura. Tras varios años de trabajo técnico, en 1985 llegó a la alcaldía de Shanghái y en 1987 pasó a ser secretario del Partido en la ciudad, lo que lleva aparejado un puesto en el Politburó. En Shanghái, sin embargo, pasaba por ser poco más que un florero. Como tantos semicultos, Jiang gustaba de apabullar a sus audiencias con sus supuestamente amplísimos conocimientos, ya de lenguas (inglés, francés, japonés, ruso, rumano, portugués, lo que se terciase), ya de saberes irrelevantes. En diciembre de 1986 se enfrentó a un grupo de universitarios levantiscos que se manifestaban a favor de la democracia declamándoles de memoria, y en inglés, el Discurso de Gettysburg de Lincoln: dados los tiempos, pocos estudiantes hablaban inglés, así que no podía haber entre sus oponentes muchos capaces de juzgar la integridad de la retahíla del gerifalte. Esa añagaza le hizo ganar puntos entre sus jefes, pero su cotización política se disparó con motivo del cierre en abril de 1989 del World Economic Herald, un diario local que, entre otras deslealtades, abogaba por la rehabilitación política del difunto Hu Yaobang, aumentando así la desazón de las autoridades.

A un burócrata con tantas conchas como Jiang no se le ocultaba que la posición política de Deng se había tornado más débil desde Tiananmén y, aunque era a él a quien debía su ascenso, pronto se apuntó al bando de los tibios, muy cercano a los críticos de su política económica, que se agrupaban en torno a Chen Yun. Chen se resistía a reducir la importancia del sector público y de los organismos de planificación, y prefería avanzar hacia la liberalización económica a paso de carreta. En la jerga intrapartido de la época, eso le hacía merecedor de la etiqueta de izquierdista y su ortodoxia lo alejaba cada vez más de Deng, a quien no se le ocultaba la apuesta del pacto de sangre que había impuesto a los chinos: «¿Por qué nos apoya la gente? Porque nuestra economía se ha desarrollado en el último decenio [...], Si se estancase [...], ¿cuáles serían las consecuencias? Tendríamos un problema que no sería sólo económico, sino político»Conversación de Deng con Jiang Zemin, Yang Shangkun y Li Pen. Véase Ezra Vogel, op. cit., p. 633.. De ahí la meta de doblar la renta per cápita antes de que llegase el año 2000. Para Deng, la economía nunca dejaba de ser política. Sus admoniciones, empero, caían en saco roto. El Séptimo Pleno (25-30 de diciembre de 1990), en el que se adelantaron las grandes líneas del próximo plan quinquenal, siguió la senda marcada por los izquierdistas.

Así que Deng dio el paso que tradicionalmente les queda a las minorías en los partidos, aunque lo tienen vedado en los comunistas: inició algo que los manuales comunistas suelen describir como un intento de escisión. Su primera salva fue una serie de artículos firmados con seudónimo en un periódico de segunda división de Shanghái, pues Deng no había conseguido que se los publicara el Diario del Pueblo, el órgano central del Partido. La serie giraba en torno a un argumento que Deng iba a repetir tercamente en los años siguientes. Los izquierdistas se empeñaban en levantar una gran muralla entre los mercados y el socialismo, pero se trataba de una muralla de papel. Los mercados y el plan no son más que herramientas al servicio de la economía y no se excluyen mutuamente. Capitalismo y socialismo se valen de ambos procedimientos para avanzar en lo que importa: el crecimiento económico.

Deng sabía que para avanzar sus posiciones tenía que despegarse de la atmósfera enrarecida de Pekín. Desde hacía tiempo venía insistiendo en la necesidad de apoyar que Shanghái recobrara el esplendor económico y financiero que había tenido antes de la revolución. Y allí dirigió sus primeros pasos. Deng mantenía buenas relaciones con los dirigentes locales, en especial con Zhu Rongji, que había sucedido a Jiang como alcalde en 1987. Zhu, que iba a ser el verdadero artífice de la política de reformas tras la retirada de Deng, se ganó su confianza y Deng consiguió ascenderlo al Gobierno central en 1991: «Los dirigentes de hoy no saben economía […]. Zhu Rongji es el único que la entiende»Laurence J. Brahm, Zhu Rongji and the Transformation of Modern China, Singapur, John Wiley, 2002., decía de él.

Pero Deng no se limitó al reclutamiento de nuevo personal, sino que ganó muchas otras voluntades con su apoyo a que Pudong, la zona al este del Huangpu, el río de Shanghái, se convirtiese en una Zona Económica Franca (SEZ, por sus siglas en inglés). Las SEZ son demarcaciones territoriales sometidas a regulación diferente de la del resto de un país y se crean generalmente para favorecer la inversión exterior mediante un régimen de baja imposición y tarifas favorables. En China, su creación fue una de las medidas señeras del Tercer Pleno de 1978, en el que se inició la etapa reformista de Deng. Las primeras SEZ chinas se crearon en Shenzhen, Zuhai y Shantou, en la provincia de Guangdong, y en Xiamen, en la de Fujian, con una fórmula extendida luego a otras muchas áreas del país, especialmente en las zonas costeras meridionales. Deng no ignoraba que era allí donde podría conseguir una base de apoyo entusiasta para su nuevo empujón reformista. Así se gestó su hoy famoso Viaje al Sur.

Entre enero y febrero de 1992, DengSigo la narración de Ezra Vogel, op. cit., pp. 661 y ss. partió sin advertir a sus colegas de Pekín. Era tradición para los jerarcas del Partido pasar unos días de vacaciones de invierno en el sur, lejos del tiempo inclemente del norte. Pero, en esta gira, Deng iba a dedicarse a algo distinto del descanso y del turismo. Con su viaje, el líder, ahora en apuros, se proponía ganar a amplios sectores de la burocracia comunista para sus propuestas económicas y desbaratar las resistencias de los izquierdistas: es decir, con los mismos términos que él hubiera aplicado a otros camaradas, perpetraba una maniobra facciosa. Ante los altos cuadros locales del Partido con que se reunió en Wuhan, en Changsha, en Cantón, remataba siempre sus palabras con la misma conclusión categórica: «Quien se oponga a nuevas reformas, debe dimitir». Al poco, desde Pekín, donde a Jiang acababan de llegarle las noticias de tan intranquilizadoras soflamas, el secretario general se tapaba aconsejando a los burócratas del Partido que pusieran el pie en el acelerador, reviviesen la política de apertura y redujesen el número de reuniones inútiles.

«China tiene que estar vigilante ante la derecha, pero sobre todo ante la izquierda», repetía Deng

La apoteosis se produjo con la llegada de Deng a Shenzhen. Lo que durante siglos había sido una aletargada aldea de pescadores en el estuario del río de las Perlas, justo al noroeste de Hong Kong, era ya en 1992, doce años después de su designación como SEZ, una de las grandes urbes del país y un imán para la gente joven y las ideas innovadoras. Sus habitantes sabían a quién tenían que agradecérselo: «El desarrollo y la experiencia de Shenzhen prueban que nuestra política de establecimiento de SEZ era la correcta», resumía Deng entre el entusiasmo de su audiencia. Y los dignatarios locales remachaban que, en 1984, la renta per cápita en la ciudad estaba en seiscientos yuanes, que habían ascendido a dos mil en 1992. Acabados los actos oficiales, en la intimidad de la banquetes y pequeñas reuniones, Deng no cejaba en sus acometidas contra la política izquierdista, cuyas consecuencias, decía, podían incluso acarrear el fin del socialismo: «China tiene que estar vigilante ante la derecha, pero sobre todo ante la izquierda», repetía Deng.

Pese a las precauciones, la gira de Deng no podía pasar inadvertida. Tan pronto se supo de su presencia en Shenzhen, periodistas y fotógrafos de Hong Kong empezaron a cubrirla y la televisión de la colonia, que llegaba sin censura a los hogares de millones de residentes en Guangdong, se hacía eco de sus aires de fronda. En Zuhai, una ciudad próxima a Macao, la reunión se dedicó a cuestiones militares y tuvo especial relevancia por sus participantes, entre otros Qiao Shi, miembro del Comité Permanente del Politburó; Yang Shangkun, presidente de la República Popular y vicepresidente de la Comisión Militar Central; y varios generales prominentes que se comprometieron con la reforma económica. Esta reunión parece haber sido crítica para convencer a Jiang de la necesidad de abandonar sus vacilaciones y pasarse al reformismo con armas y bagajes. El burócrata en jefe, lapso y relapso, no necesitaba de sus amplios conocimientos de idiomas para traducir al chino la advertencia, tan sencilla, del líder supremo: o vas por mi calle, o te vas a la calle.

Al llegar de vuelta a Pekín el 21 de febrero, Deng se encontró, pues, con un editorial del Diario del Pueblo titulado «Seamos más audaces para reformar». Al poco, se hizo circular entre los altos cuadros una versión edulcorada de uno de los discursos pronunciados en su gira meridional (conocido como Documento núm. 2). En la siguiente reunión del Politburó (9-10 de marzo), el presidente Yang Shangkun mostró su total apoyo a sus ideas y Jiang Zemin hizo exactamente otro tanto. El Documento núm. 2 pasó, pues, a convertirse en la guía para la nueva etapa de reformas. Finalmente, Xinghua (la agencia oficial de noticias) y el Diario del Pueblo se dieron por enterados y dedicaron varios reportajes elogiosos a su viaje al Sur.

El XIV Congreso del Partido Comunista de China rubricó el nuevo clima sin regatear elogios a Deng. Jiang lo saludó como el arquitecto de la reforma y la apertura de China, y elevó sus ideas al escalón superior del podio ideológico. La Teoría de Deng Xiaoping se sumaba a las decisivas aportaciones a la humanidad de Marx, Engels, Lenin, Stalin y al pensamiento de Mao Zedong. En definitiva, Jiang consagraba algo bastante menos épico: la virtud de cruzar el río apoyándose en las piedras, o la práctica como único faro de la acción. La vieja discusión entre socialismo y capitalismo dejaba de tener sentido. El sector público seguiría desempeñando un papel fundamental en competencia con los negocios del sector privado: «Las sociedades por acciones iban a tener su oportunidad de forma experimental y los mercados no sólo de bienes de consumo, sino también de capitales, tecnología, trabajo, información y vivienda, tendrían un papel más destacado. Ciencia y tecnología dejarían de ser una más de las fuerzas productivas para convertirse en la fuerza productiva esencial»Ezra Vogel, op. cit., p. 684..

Había nacido el socialismo de rasgos chinos, también conocido como la economía socialista de mercado y –no conviene olvidarse del dogma– la primera fase del socialismo. Toda una sopa de letras con un sabor único: el de la aceptación del capitalismo según los intereses cambiantes del Partido Comunista en diversas coyunturas.

La hora del triunfo final le llegó a Deng a los ochenta y ocho años. Aún viviría otros cinco más, pero ahora podía apartarse por fin de la primera línea. El Partido se había reagrupado, esta vez sin fisuras perdurables, bajo la bandera del crecimiento económico, la apertura a la economía internacional y el bienestar que Deng había enarbolado a lo largo de su complicadísima vida política. Como el de tantos comunistas, chinos o no, el suyo había sido en realidad un viaje a ninguna parte. Convencidos de poder acabar con el atraso de China, él y sus camaradas identificaron la recuperación de la independencia económica y política de la nación con la aniquilación del naciente capitalismo a favor de una utopía inicialmente agraria, más tarde de industrialización vertiginosa, para acabar redescubriendo el capitalismo. Pero de eso preferían no enterarse. A la sociedad eficiente y justa de sus sueños, tan esquiva con sus antecesores del movimiento del 4 de Mayo, con Sun Yatsen, con los nacionalistas del Kuomintang, le había faltado –decían– no sólo una correcta comprensión de los mecanismos de la evolución social; también, sobre todo, un aparato político, un operador disciplinado y eficaz: el Partido Comunista que ellos habían forjado. A Deng no le cabían dudas sobre sus limitaciones, pero hasta el final de sus días vio en sus dogmas la mejor solución a los problemas del país y, en su hegemonía, el único instrumento capaz de resolverlosEn su entrevista con Oriana Fallaci, cuando la periodista italiana le pedía en varias ocasiones su juicio sobre la figura de Mao Zedong, Deng se refería a sus dos grandes aportaciones: la fundación del Partido Comunista de China y la creación de la República Popular, siempre por ese orden (véase Orville Schell y David Shambaugh (eds.), The China Reader. The Reform Era, Nueva York. Vintage Books, 1999, loc. 708 ss.).. Por ella estaba dispuesto a morir y, sobre todo, a matar. Al cabo, desde su primera juventud, Deng se había convertido a la fe verdadera y se mantuvo siempre dentro de ella. Nunca se le pasó por las mientes el obstáculo que suponía un partido totalitario, su partido, para la transición de China hacia una sociedad estable, abierta y libre.

El equilibrio inestable pero sostenido

El socialismo de rasgos chinos fungía como un imposible, algo a préstamo de un bestiario local, como esos qilin del Palacio de Verano que combinan las fauces del león, un cuerpo de pez y la cornamenta que gastan los ciervos. Carecía, pues, de sitio posible en el nomenclátor de Linneo y resultaba ser nada más que otro prodigio de la razón dialéctica. Ponerle música –la misión que Deng había reservado para sus sucesores– resultaba un empeño muy difícil, aunque tal vez no imposible por un tiempo.

Deng tenía razón cuando señalaba que en muchas sociedades capitalistas de su tiempo se recurría a la planificación para corregir eventuales yerros del mercado, pero olvidaba que se trataba de una planificación mayormente indicativa y limitada por el protagonismo del sector privado. No era eso lo que él tenía en la cabeza. No iba a caer en la ingenuidad de debatir las ventajas teóricas de la amplitud de radio para las actividades dejadas a los mercados: se trataba de algo más práctico. Para él, la política económica no podía quedar al albur de las acciones imprevisibles de inversores y consumidores independientes, sino que su determinación tenía que responder a la decisión de un grupo ilustrado y resuelto, el aparato del Partido Comunista.

Ese principio irrenunciable de Deng ha sido, es y será, al tiempo, una garantía de eficacia y una receta para perderla. Mientras la economía china se mantuviese por debajo de su potencial productivo, el sector estatal podría activar decisivamente el crecimiento decidiendo en qué y cómo invertir, y qué espacio permitir a la inversión privada. Deng tenía razón al subrayar frente a los izquierdistas que ésa era precisamente la coyuntura en que se encontraba el país y que iba a mantenerse en ella durante un largo período, por lo que era menester apretar el acelerador. Así fue, y haber sabido definirla resultó su gran mérito como líder. Sin embargo, a Deng ni siquiera se le pasaba por las mientes que esas políticas exitosas pudiesen dejar de serlo cuando el desarrollo y el consumo desbordasen la capacidad de gestión del Partido Comunista, convirtiéndolo en un obstáculo para la necesaria transición a una economía y a una sociedad más complejas y necesariamente más libres. Llegada a ese punto, la economía china tendría que transitar hacia otro modelo dominado por los mercados, no por la iniciativa burocrática.

Escultura en el Palacio de Verano, Pekín

Pero eso estaba aún lejos y  quedaba para sus sucesores. La tarea urgente tras el congreso de 1992 era más elemental y más urgente: sentar las bases para el desarrollo de los mercados, empezando por el de trabajo. Hasta las reformas económicas de 1978, todas las empresas chinas habían sido estatales, aquellos famosos danwei a los que se adscribía de por vida a todos los chinos y chinas de medios urbanos y en edad de trabajar. Eran de propiedad pública y formaban un conjunto de empresas estatales, propiedad del Gobierno central, provincial o local. Eran también las únicas cuya existencia legal estaba permitida. A partir de 1978, el recién tolerado sector privado empezó a generar rápidamente gran cantidad de empresas que pronto superaron en número a las estatales. En 1997 había en total casi ocho millones de empresas industriales, de las cuales sólo unas cien mil, es decir, un 1,25%, eran empresas estatales. Pese a la diferencia en número, las empresas estatales seguían contando con el 25% de la producción industrial, el 63% de activos fijos y el 65% de todos los empleos. Su reforma, pues, iba a ser la misión principal de Zhu Rongji, quien, inicialmente como viceprimer ministro y, después del XV Congreso del Partido Comunista, (1997) como primer ministro, fue el impulsor de las reformas económicas que marcaron la etapa de Jiang Zemin (1989-2002).

Fue una reforma de grandes dimensiones, que afectaría a casi todas las instituciones económicas de China. Hasta entonces, los danwei no eran sólo unidades de producción, sino señoríos asistenciales que proporcionaban a sus miembros y a sus familias trabajo, vivienda, servicios sociales (salud, educación, pensiones) y de ocio, más adoctrinamiento y control político. Fuera de los danwei y de las comunas agrarias, los chinos no podían vivir más que a salto de mata y al margen de la ley. Reformar el mercado de trabajo suponía, pues, prescindir de buena parte de las funciones de las empresas estatales, pasándolas a otros proveedores (las pensiones, por ejemplo, a nuevas instituciones de previsión social) o a otros mercados (vivienda, salud, educación). Por su parte, muchas de las empresas estatales trabajaban en pérdidas, disminuyendo los ingresos fiscales del Estado y creando serios problemas financieros a los bancos que las mantenían a flote. Finalmente, el mantenimiento de las empresas estatales precisaba de amplísimos servicios burocráticos, que cargaban sobre la ya de por sí excesiva burocracia estatal, provincial y local. Reformar todo el sistema era imprescindible para lograr los avances económicos previstos por el Partido. Con la afición china por las etiquetas, ese proceso fue designado como el de las Tres Reformas (de las empresas estatales, del sistema financiero y de la burocracia estatal).

Desde 1978 hasta mediados de los años noventa, al paso del incremento demográfico, las empresas estatales habían crecido enormemente en número de trabajadores, pasando de 58 a 75 millonesLos datos que siguen están tomados de Barry Naughton, The Chinese Economy. Transitions and Growth, Cambridge y Londres, The MIT Press, 2007, pp. 183 y ss.. A partir de ese momento, impulsadas por el aumento de la competencia del sector privado y por la política gubernamental, las empresas estatales empezaron a desprenderse de su excedente de trabajadores. Entre 1993 y 2003, casi cincuenta millones de trabajadores (más de la población actual de España) perdieron sus empleos en ellas. Entre 1996 y 1999 se produjo una reducción media de siete millones de puestos de trabajo anuales. El eventual impacto social de esa oleada de despidos se controló con la creación de centros de recolocación, que ofrecían cursos de reciclaje y ayuda en la búsqueda de nuevos empleos. Al tiempo, los centros mantenían el pago de sus cotizaciones a la Seguridad Social y a otras instituciones preventivas, y aseguraban a los parados un estipendio –de cuantía variable, según las ciudades– durante tres años o menos si encontraban un nuevo empleo. Al final de ese período, quienes no lo habían conseguido podían apuntarse a ayudas al desempleo. Muchos trabajadores se acogieron a procesos de jubilación anticipada (que se rebajó hasta los cincuenta años para los hombres y cuarenta para las mujeres).

Aunque las fuentes oficiales mantienen que tres cuartas partes de los despedidos se recolocaron, se trata de una estimación optimista, porque el número de empleos urbanos disminuyó durante el período. Gran parte de los despedidos encontró al final su única salida en la economía informal. En general, todos ellos experimentaron grandes reducciones en su nivel de vida. En Shanghái, donde, debido a la concentración industrial, el Gobierno se preocupó de mantener altas las ayudas a los parados, éstos llegaron a recibir, en diversas formas de compensación, alrededor del 43% del salario medio en el conjunto de las empresas estatales. En la provincia nororiental de Heilongjiang, por el contrario, llegaban sólo al 6% y, como es de imaginar, allí se produjeron protestas masivas y a veces violentas, que obligaron al Gobierno central a asegurar las pensiones que no podía afrontar el provincial.

Pero no eran sus plantillas sobrecargadas y su baja productividad («ellos hacen como que nos pagan y nosotros como que trabajamos», decían en la Unión Soviética) los únicos desajustes de los que adolecían las empresas estatales: casi la mitad estaba en pérdidas. En 1978, éstas afectaban sólo a un 24% del total; veinte años después, habían ascendido al 44%. La relación entre pérdidas y beneficios totales del sector, que se situaba en el 10% en 1978, pasó al 127% en 1991 y al 205% en 1997.

El plan consistía en reducir su número desde las cien mil de 1997 a tan solo unas diez mil (dos mil trescientas empresas industriales estratégicas más otras ocho mil grandes y medianas consideradas importantes para la seguridad y el desarrollo del país), que serían recapitalizadas en el curso de los tres años siguientes. «Abandonar a las débiles y reforzar a las fuertes», como resumía el eslogan político. El 90% débil se liquidó generalmente mediante su conversión en sociedades por acciones bajo diversas fórmulas (privatización abierta; venta de activos a sus gestores) o liquidación por quiebra. Para las fuertes, por el contrario, la fórmula habitual era la consolidación (fusión con otras más débiles). En algunas de éstas últimas, se ofrecía a suscripción por el capital privado, los bancos u otras empresas estatales un porcentaje variable de su capital. Mientras el sector público mantuviese al menos el 51%, no podía considerarse que se hubieran privatizado, y el Estado mantendría el control de sus actividades, se jactaba Jiang Zemin en su informe ante el XV Congreso del Partido.

La mala situación económica de tantas empresas estatales tenía peligrosas consecuencias para los bancos que las financiaban y la Segunda Reforma de Zhu Rongji se proponía atajar ese problema con la reforma del sistema financiero. Aunque la cifra era disputada por fuentes oficiales, se consideraba que los créditos morosos de los cuatro bancos comerciales estatalesAgricultural Bank of China, Industry and Commerce Bank of China, Bank of China y Construction Bank of China, que fueron los precursores del sistema bancario actual. En los años noventa, tenían una participación del 70% en el crédito total y un 70% de los depósitos bancarios. que a la sazón existían en el país rondaban el 20% del total. Como el 90% de esos créditos se habían concedido a las empresas estatales, parecía evidente que ellas eran las causantes de esa mala situación, un rasgo muy específico de la situación china. Resulta innecesario describir aquí los detalles del complejo proceso de recapitalización bancaria que pueden resumirse en una conclusión palmaria: absorción de sus créditos morosos por cuatro compañías de gestión de activos, los llamados «bancos malos», a los que se encomendó su recuperación total o, en su mayoría, parcial. Cuando no resultase posible, el Ministerio de Hacienda se haría finalmente cargo de ellos. Es decir, la mala gestión de las empresas estatales y de sus bancos prestamistas acababa por recaer sobre los hombros de todos los contribuyentes chinos.

El tríptico tenía que rematarse con una reforma de la burocracia pública, cuyos niveles superiores nombraban, inspeccionaban y promovían o castigaban a los gestores de las empresas estatales y de la banca pública. Al igual que esas instituciones, la burocracia tenía un exceso de efectivos que Zhu se propuso recortar con su Tercera Reforma. Entre 1998 y 2002, el Gobierno anunció un recorte de 1,15 millones de funcionarios a escala nacional; exigió a los dirigentes provinciales y locales que no empleasen a más empleados que a los efectivamente autorizados por sus plantillas; redujo el número de ministerios de cuarenta a veintinueve, y prescindió de doscientos departamentos; impuso a los gobiernos provinciales una reducción del 48% de sus efectivos y otra del 19% a los organismos locales. Son cifras impresionantes, cuyo impacto, sin embargo, no se reflejaba en el número total de funcionarios. Es difícil, en esas condiciones, creer que la propaganda oficial cumplió con las expectativas que sus dirigentes proponían y exaltaban.

Los costes de las reformas de Zhu Rongji recayeron sobre la gran mayoría de los chinos, mientras que el Partido se mantuvo sustancialmente íntegro

En resumen, los costes de las reformas de Zhu Rongji, a las que seguramente Deng habría otorgado su bendición, recayeron sobre la gran mayoría de los chinos, mientras que el Partido y sus instrumentos de poder (empresas estatales, banca estatal y burocracia pública) se mantuvieron sustancialmente íntegros. Es decir, se reprodujo el equilibrio inestable que está en la base de lo que la jerga marxista llamaría «contradicciones internas» del sistema chino: admitir tanto capitalismo y libertad de iniciativa cuanto sea compatible en cada momento con el mantenimiento de la hegemonía del Partido Comunista. Es un equilibrio muy difícil de mantener, pero no es menos cierto que se ha dilatado en el tiempo mucho más de lo que la mayoría de sus observadores esperaban.

Tal vez la más osada de las decisiones reformistas de Jiang Zemin y Zhu Rongji fuese el acceso de China a la Organización Mundial del Comercio. Establecida en 1995, se autodefine como la única organización internacional que se ocupa de las reglas globales de comercio entre las naciones y cuya principal función consiste en asegurar que el comercio fluya de forma tan suave, predecible y libre como sea posible.China se convirtió en su miembro número 143 en diciembre de 2001. Ese paso, que suponía la aceptación de los tratados de comercio internacional acordados por sus socios a lo largo de los años, representaba una clara ruptura con los principios leninistas sobre el comercio internacional. En el catón soviético, luego seguido en China, el sector exterior de la economía nacional, incluyendo la política cambiaria, es patrimonio exclusivo del Gobierno revolucionario. Los intercambios con el resto del mundo sólo podrán hacerse por su voluntad y deberán someterse a los intereses nacionales definidos por él. Participar en un organismo internacional y respetar los acuerdos establecidos suponía, pues, una limitación de su poder («de la soberanía nacional», llegaban a decir los adversarios de la participación en la OMC) y una cesión a los impulsos globalizadores que, por definición, juegan a favor de los países imperialistas. Dejar a un lado toda esa bazofia intelectual fue un paso decisivo para que China pudiese ampliar exponencialmente su estrategia de un desarrollo basado en la exportación y beneficiarse de tarifas reducidas en los intercambios con sus principales socios comerciales. En este aspecto, no era más que la continuación lógica de la apertura al exterior que había sido de antiguo una obsesión de Deng Xiaoping.

Al neomandarinato le resultaba, por supuesto, más sencillo aceptar reformas que se redujesen al sistema económico y redundasen en mejoras del nivel de vida de los chinos y, de paso, en impulsar su conformidad con el pacto de sangre post-Tiananmén. Sin embargo, cualquier intento de autoorganización de la sociedad civil que se hiciese no ya en contra, sino tan solo de espaldas a los límites permitidos, iba a ser sañudamente perseguida. Ahí está el caso de Falun Gong.

Falun Gong (cuya traducción significa algo así como «Práctica de la Rueda del Dharma», donde dharma se refiere al orden cósmico) nació como un retoño del movimiento qigong («logro de la energía vital» o, simplemente, «aprender a respirar»), que se extendió por China desde el triunfo de la revolución en 1949. El qigong, en parte un movimiento cultural nacionalista opuesto a la occidentalización de China, en parte un conjunto de técnicas respiratorias y de salud basadas en saberes esotéricos, se extendió rápidamente por el país y conoció su apogeo en los años ochenta, cuando cientos de miles de chinos y chinas se reunían cada mañana en los parques para practicar ejercicios de respiración y estiramientos, así como meditar. Semejante movimiento masivo hizo aparecer pronto a numerosos «maestros» que enseñaban su práctica a los neófitos, daban clase a los creyentes y cobraban jugosas sumas por compartir su sabiduría. Pronto fundó el Gobierno una Sociedad para la Investigación Científica del Qigong (CQRS, por sus siglas en inglés) para organizar cursos, conferencias y seminarios; para administrar y controlar el movimiento y, de paso, llevarse una parte de los emolumentos de los «maestros» a los que deba su respaldo.

El movimiento de Falun Gong lo inició en 1992 Li Hongzhi, un hombre de cuarenta años, que había desempeñado numerosos trabajos en la economía informal y fue inicialmente adoptado por la elite de los «maestros». La novedad de sus enseñanzas estribaba en el rechazo a toda clase de cultos y el repudio de jerarquías en el seno del movimiento. Su qigong ayudaba a mejorar la salud física, pero ésta –decía– no puede darse sin rectitud moral y sin la práctica de la virtud. Era una filosofía sencilla y coherente, que proveía a sus millones de seguidores de una explicación del cosmos y del lugar que ocupaban en él los humanos.

Tan pronto como empezó su éxito, Li fue cooptado por el CQRS, que lo convirtió en una estrella del movimiento qigong. Se mostraba así la buena disposición de las autoridades, que apreciaban sus llamamientos a sus seguidores para que se convirtiesen en trabajadores modélicos, honestos, incorruptibles y, sobre todo, ajenos a al debate político y social. Pronto el CQRS lo animó a participar en un esfuerzo conjunto en el que Falun Gong se dotase de estructura organizativa, estableciese reglas de asociación, cargase tasas a sus miembros (a compartir entre el CQRS y Li) y, por supuesto, se incluyese en los mecanismos del Partido y el Gobierno. Inicialmente, Li integró a su movimiento, pero decidió apartarse del CQRS en 1996.

Tras la salida del CQRS, comenzaron en los medios oficiales ataques cada vez más feroces. Al tiempo, se produjo una escalada de incidentes entre las autoridades y el movimiento que culminaron en una manifestación pacífica de entre diez y veinte mil de sus seguidores cerca de Zhongnanhai, la sede del Gobierno central en Pekín, el 25 de abril de 1999. Esa misma noche, Jiang Zemin decidió erradicar a Falun Gong de la sociedad china y el 22 de julio se prohibió su práctica. En un editorial (25 de julio de 1999), el Diario del Pueblo sentenciaba que «si las teorías heréticas de Li Hongzhi se extienden, hasta los fundamentos del Partido sufrirían una sacudida que minaría esta gran causa». A partir de ese momento se inició una cacería de sus dirigentes y una amplia represión de sus miembros. Falun Gong, decían las autoridades, era un culto que lavaba el cerebro de sus afiliados y constituía el mayor desafío habido en los cincuenta años de dominio comunista. La consigna de desterrar de la historia a todos aquellos que se opusiesen a su control, de negar hasta la existencia misma de la rebelión de Tiananmén, podía llevar a estos extremos enloquecedores.

En deferencia al emperador, solía decirse en la China tradicional que no había suficiente espacio en el firmamento para albergar a dos soles. La desgracia de Falun Gong amplió el alcance del proverbio. Ni siquiera a una pequeña luna podía permitírsele eclipsar el resplandor del Partido Comunista Chino en la sociedad civilHe seguido en esta sucinta historia del movimiento Falun Gong la tesis de Caylan Ford (Tradition and Dissent in China. The Tuidang Movement and its Challenge to the Communist Party), defendida en la Universidad George Washington el 11 de junio de 2011, y me resultaría difícil discrepar de su apreciación de conjunto: «Falun Gong carecía por completo de ambiciones políticas […], a pesar de lo cual representaba sin saberlo un amplio desafío a las raíces básicas de la autoridad del Partido Comunista de China […]. Ofrecía una verdad alternativa a la ideología oficial, aparentemente más atractiva para muchos ciudadanos, incluyendo a los muchos miembros del Partido que nutrían sus filas. Ofrecía una versión diferente de benevolencia, basada en la rectitud moral, y aportaba una versión de la estabilidad social que desafiaba la necesidad de un rígido control social y un imponente aparato de seguridad doméstica. Negaba la narrativa de progreso del Partido, se reía de la persecución de riquezas y era así, a diferencia del Partido, más auténticamente chino» (p. 19)..

01/04/2016

 
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