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La carne de los románticos

Magníficos rebeldes. Los primeros románticos y la invención del yo

Andrea Wulf

Madrid, Taurus, 2022

Traducción de Abraham Gragera

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Este es un libro excepcional. Después de décadas en que la historia del pensamiento se escribía sin importar las incoherencias ―donde los filósofos carecían de cuerpo y donde los muertos conversaban con los vivos― Wulf nos pone en la disposición de adentrarnos en una historia corporal de las ideas. Y cuando digo «corporal» lo digo literalmente. Aquí los conceptos no se presentan como formas ideales, sino que se vislumbran en la cárcel del cuerpo, en las sombras evanescentes de la historia. Al volver a colocar la carne en huesos tan mordisqueados como los de la filosofía, Wulf se burla taimadamente de quienes jamás se mancharon las manos con la obscenidad de las cosas o con el manoteo de los gestos. Y tiene razón: hay que buscar el sudor del pensamiento; hay que olfatear el rastro que han dejado las ideas en las baldosas de las universidades, pisoteadas por miles de estudiantes, allí donde lo sublime se mezcla con lo sórdido. También tiene razón al ofrecer una pieza de 400 páginas sobre la filosofía romántica que se lee como una novela. Este no es un libro para filósofos estúpidamente eruditos, sino para lectores que ya vienen sucios de casa. Después de todo, Wulf no tiene la culpa de que el perro que mordisquea una y otra vez el mismo hueso lo entierre luego en el jardín, como si fuera suyo. Tampoco tiene la culpa de que los historiadores de la filosofía de nuestro tiempo sean, en general, tan ridículamente cursis.

Wulf, por supuesto, juega con dos ventajas. La primera es que sus protagonistas no solo mantenían todo tipo de relaciones (también sexuales), entre ellos y con otros, sino que sus vidas desbordan sentimientos. La historia de estos románticos constituye una verdadera enciclopedia de las pasiones humanas: desde el amor a la envidia, o desde la ambición al miedo. Para hacer las cosas aún más sencillas, Wulf cuenta con innumerables cartas y diarios. También ha leído los libros de sus protagonistas y los ha completado con los testimonios de muchos otros testigos, ya sean estudiantes o taberneros, médicos o juristas. El resultado es lo que el erudito francés del siglo XVIII, Louis-Sébastien Mercier, hubiera llamado un tableau, una imagen completa de las costumbres morales y de los hábitos intelectuales de aquel tiempo. Como en los relatos de Tolstói, Wulf encuentra la distancia adecuada entre los grandes acontecimientos y la vida cotidiana; así que tan pronto escuchamos el ruido y la furia de la Revolución o los tambores de la Gran Armada como el bullir de un puchero puesto al fuego o los lamentos de una cura realizada con urgencia. La sombra alargada de Napoleón se extiende por los últimos capítulos, enfrentada muchas veces a los movimientos de lo que queda del Imperio austrohúngaro, o a la cortedad de miras de los príncipes de los estados alemanes.

Caroline Schlegel. Imagen: Wikipedia

En todo eso, el libro es un acierto. Es una historia bien escrita, bien documentada. Wulf ha robado a los filósofos su hueso mordisqueado y le ha agregado músculos, tendones, piel, sangre y fluidos, colores y texturas. Ahí no hay nada que objetar. Las dificultades comienzan desde el momento en que la autora pretende hacer pedagogía. Para empezar, muchos lectores encontrarán que el retrato global de algunos de los protagonistas de su historia, como el del propio Goethe, descrito como un diplomático oportunista o un académico aprovechado, resulta quizá algo impostado. Tampoco termina de resultar del todo convincente la posición preeminente que Wulf cree ver en la figura de Caroline Schlegel, a la que describe no solo como el epicentro del círculo de Jena (lo que sin duda fue), sino como la encarnación de la filosofía de Fichte y, por extensión, del ideal de la subjetividad libre sobre la que se construye, a su juicio, el entero movimiento romántico, lo que ya es más discutible. Puede ser políticamente correcto degradar a Goethe y ensalzar a Caroline, desde luego. Nada más propio de los tiempos que hacernos creer que el autor del Fausto era un pobre machirulo, que August Wilhelm Schlegel era un cornudo sumiso y que el romanticismo tuvo como protagonistas a dos mujeres: la mencionada Caroline Schlegel, más tarde esposa del filósofo Schelling, y madame de Stäel, que hace su aparición estelar al final del libro, tanto por la relación de servidumbre a la que somete al mayor de los Schlegel, anterior marido de Caroline, como porque Wulf pretende que fue esencialmente gracias a su pluma que el Círculo de Jena adquirió reconocimiento global.

A estas interpretaciones de los miembros del Círculo, hay que añadir también otras concesiones a los caprichos y las modas del siglo XXI. De manera bastante imperceptible, el libro se va adentrando en la zona cada vez más escabrosa del cotilleo malévolo, de modo que el idealismo, que siempre fue un hueso bastante manoseado, se reviste ahora de carne putrefacta. Eso gustará a los amantes de las moscas o a los lectores de Suetonio, pero no a quienes quieran entender de qué modo las vidas se relacionan con las obras. La circunstancia, por ejemplo, de que Hegel dejara embarazada a su criada quizá sirva, en otro mundo, para explicar cómo pudo escribir la Ciencia de la lógica, pero el lector no encontrará respuesta alguna en este libro.

Tiene toda la razón Wulf cuando reivindica el valor de lo minúsculo y lo desapercibido. Lo importante, sin embargo, es que esas singularidades adquieran relevancia a través de una trama, es decir: a través de un elemento aglutinador que dote de sentido a lo inconexo. Eso y no otra cosa es lo que permite distinguir al historiador de fuste del cotilla ocasional. Los chismes de este último solo producirán placer a los idiotas. Pero el oficio de historiador consiste en algo más que en coleccionar anécdotas para impresionar a los estultos. Y es, en este último punto, donde el libro de Wulf se muestra más precario. Después de todo, ¿de qué es el libro?, ¿de qué trata? ¿Cuál es la trama que permite poner en relación los tríos amorosos, las pasiones desatadas, las aventuras extramatrimoniales, los intentos de suicidio, las lágrimas, los besos, los suspiros, los odios y los amores, los enconos y las caricias, con las traducciones de Shakespeare, con los estudios sobre la Antigüedad grecolatina, con los dramas de Schiller o las novelas de Goethe? ¿Cómo se relacionan el idealismo subjetivo de Schelling con los Himnos a la Noche de Novalis? ¿En qué se parecen Hegel y Hölderlin? ¿Es relevante que Friedrich Schlegel se quiera beneficiar a la mujer de su hermano? ¿Le importa a alguien, en alguna parte, que Napoleón durmiera en la cama de Goethe?

August Wilhelm von Schlegel. Imagen: Wikipedia

El libro de Wulf da una respuesta a alguna de estas preguntas. Pero es una respuesta débil. Para empezar, a la hora de buscar el elemento aglutinante de su relato, la autora se guarda mucho de decir que lo que nosotros hoy conocemos como el Círculo de Jena fuera la antesala del movimiento romántico. Y no lo dice porque no sería verdad. O no sería toda la verdad. Wulf sabe muy bien que el romanticismo no solo se dio en los territorios alemanes, y que no solo estuvo integrado por intelectuales, dramaturgos o filósofos. Si este libro pretendiera explicar los orígenes intelectuales del romanticismo, aun en Alemania, tendría que haber añadido a no pocos músicos y pintores. La mención casi obligada de algunas de las grandes figuras de las bellas artes, casi al final del libro, no soluciona nada. Y la música, por su parte, está completamente desaparecida del relato. También lo está el romanticismo europeo. Las pocas referencias a algunos autores franceses no permiten tapar semejante grieta. Y eso incluso suponiendo que por «romanticismo» entendiéramos un movimiento intelectual o estilo artístico, lo que también sería discutible. Las ideas y las prácticas románticas no se dan en el vacío, como bien sabe Wulf, sino en el conjunto de los entresijos culturales, de ahí que hayamos podido hablar de una ciencia romántica (no solo la de Humboldt), tanto como de una guerra romántica, de una medicina romántica o de una política romántica. «Mi vida, exclamó Napoleón, ¡Vaya novela!».

Lo que permite dotar de contenido a la filosofía denominada «romántica» no es, por supuesto, las aventuras sentimentales de sus protagonistas, sino el modo en que sus vidas y sus obras están marcadas por la necesidad imperiosa del relato. Cuando digo que esta flor es bella, explicaba el filósofo Inmanuel Kant (referencia de todos los miembros del Círculo, por más que en el libro de Wulf aparezca de manera tangencial, a propósito, sobre todo, de la recepción de la obra de Fichte), no digo en realidad nada de la rosa; no predico ninguna cualidad objetiva de ese objeto, sino que narro una historia de lo que a mí me pasa: hablo de mí, de mis cualidades sensibles y de mis disposiciones morales. Así comienza precisamente el Enrique de Ofterdingen, la novela inacabada de Novalis. Que la subjetividad sea el elemento aglutinante de la historia, de cualquier relato que merezca ese nombre, también lo sabía perfectamente Goethe (no Caroline Schlegel), de ahí que escribiera el primer gran ejemplo de novela formativa. Eso sí, para Goethe, como más tarde para Hegel, esa subjetividad no se da de una vez y para siempre (como predicaba Kant), sino que se desenvuelve a través de las vicisitudes del tiempo y la conciencia. Dicho de otra manera, solo sabemos quiénes somos después de escribir nuestra biografía. Pero no antes.

Wulf, sin embargo, sí parece que ya sabía quiénes eran los protagonistas de su historia incluso antes de escribir la primera línea. Quizá demasiado influenciada por la lectura de madame de Staël, no se ve en la obligación de explicar el mérito de nadie. La información contenida en cartas y diarios de sus investigados no arroja luz sobre sus obras publicadas. Más bien al contrario: a veces las ensombrece. La fama, la reputación y logros de los miembros del Círculo son cosa probada, así que Wulf ni los descubre ni los explica. Simplemente los acepta o los matiza. De ahí que no le preocupe demasiado que las palomas de lo irrelevante echen un poco de mierda sobre, digamos, la escultura de Goethe. Un poco de esa basura quizá no sea suficiente para afear el bronce que sirvió para resumir, no hace demasiado tiempo, la historia entera de Alemania.

Pero el problema es otro. El problema es saber cómo se relacionan lo pequeño y lo grande, de qué modo las vidas de aquellos intelectuales cambiaron nuestras ideas de la subjetividad, de qué forma contribuyeron a forjar un nuevo espacio de libertad en donde las preferencias personales se pusieran por delante, o por encima, de las convenciones morales o de las leyes sociales.

Novalis. Imagen: Wikipedia

Este es, sin duda, el segundo elemento vertebrador del libro de Wulf: ya que no podemos hablar de los orígenes intelectuales del Romanticismo, al menos hablemos de los orígenes alemanes de la subjetividad. Nuestra autora se sirve de una frase de Fichte para centrar su posición: «Uno debe tomar las riendas de sí mismo y no dejarse influir por nada externo». Y nadie mejor, a su juicio, que Caroline Schlegel para encarnar ese ideario del triunfo de la subjetivad del que todavía nos servimos y con el que todavía nos pensamos. Joven, madre y viuda, encarcelada por sus simpatías jacobinas, esposa primero de August Wilhelm Schlegel, amante primero y esposa después del filósofo Schelling, tiene razón Wulf en dar protagonismo a esta mujer de tanto carácter. Traductora, junto con su marido, de las obras de Shakespeare al alemán, responsable, en buena medida, de la romantización del medioevo, en la casa de Caroline, o a través de ella, se tejieron alianzas y complicidades. Pretender, sin embargo, que en la vida de Caroline se dan cita las líneas maestras de la subjetividad romántica; pretender que Caroline era la «encarnación del yo libre y dueño de su potencial» (313), no deja de ser una exageración que puede predicarse no solo de todos los miembros del Círculo de Jena, sino también de otros muchos de sus contemporáneos y predecesores. Y esto es así porque el gran descubrimiento del movimiento romántico no fue la reivindicación de la subjetividad frente a las amenazas de la ley o las convenciones de la moral. La subjetividad moderna ya estaba más que inventada desde los tiempos de Montaigne, de Descartes o de Cervantes. Esto lo sabían perfectamente figuras tan importantes del movimiento romántico como Chateaubriand o Alfred de Musset. Lo que este último denominó «le mal du siècle» era resultado de la condición oscilante entre los acontecimientos de la vida y la necesidad de narrarlos. Andrea Wulf parece olvidar que tan importante es lo primero como lo segundo. El romanticismo no descubre la subjetividad, sino la historia. El modelo es la confesión, la biografía, el diario, las memorias que, en muchas ocasiones, aparecen bajo otros formatos y estilos. Esto también lo sabía Caroline Schlegel. Wulf nos cuenta sus intentos, tristemente fracasados, por transformar, como sí había hecho Goethe, como hizo Novalis, su vida en un relato.

Magníficos Rebeldes. Los primeros románticos y la invención del yo es un libro excelente. Es una intrahistoria de las vicisitudes de los miembros del Círculo de Jena, tal y como fueron descritos por madame de Staël, y tal como los conocemos hoy en día. El libro acierta a la hora de rastrear en los archivos las circunstancias personales de los protagonistas. Fracasa, sin embargo, a la hora de explicar por qué esos fueron «los primeros románticos» y por qué cabe atribuirles nada menos que «la invención del yo».

Javier Moscoso es director de Revista de Libros y Profesor de Investigación del Instituto de Historia del CSIC. Su último libro es Historia del columpio. Taurus, 2021.

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Ficha técnica

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