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El fin de la economía. Ensayo sobre la perfección
Sergio Ricossa
Unión Editorial, 2022

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Dichosa edad y siglos dichosos aquellos
a quien los antiguos pusieron nombre de dorados,
y no porque en ellos el oro,
que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima,
se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna,
sino porque entonces los que en ella vivían
ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío.

Discurso de don Quijote a los cabreros.

Se ha publicado en español el libro inconforme de Sergio Ricossa El fin de la economía. Ensayo sobre la perfección (La fine dell’economia. Saggio sulla perfezione). Se entiende que «fin» en este libro significa «terminación» o «muerte» de la economía, no su empeño u objetivo. He aquí un ejemplo de los «falsos amigos» de los traductores: en italiano, el sustantivo masculino «il fine» es lo que se busca; y el femenino «la fine» es lo que deja de existir. Por eso digo que el título del libro debería haberse traducido al español como El final de la economía. En efecto, Ricossa cree que no son pocos los que abominan de la sociedad mercantil y de quienes la defendemos. Consideran que la libre economía, la espontánea formación de los precios, el cobro de interés, las pérdidas y ganancias de los empresarios, la especulación financiera, son todo muestras de la corrupción capitalista.

Contra el perfeccionismo

Ricossa, notable economista italiano, ya fallecido (1927-2016), eligió para su libro un título revelador: anuncia que es un escrito contra el perfeccionismo, contra los soñadores que no entienden que las sociedades humanas son inevitablemente imperfectas. Hoy como en el año mil hay quienes se ilusionan con la creencia de que volverá el Mesías a la Tierra y las sociedades humanas caminarán hacia un estado de perfección en el que la escasez de recursos, los conflictos de clase, y los enfrentamientos entre naciones habrán desaparecido. Creen posible una sociedad plena de amor, paz y justicia, en la que los individuos puedan cultivar sus capacidades sin la traba de la escasez natural. Dirigen el fuego de su retórica contra la doctrina económica burguesa, contra esa «lúgubre ciencia» que defiende el esfuerzo, el comercio, la propiedad, el dinero y la libertad de las personas de todas razas y lugares de «buscar la mejora de su condición», que decía Adam Smith.

La lúgubre ciencia

La apelación de «lúgubre ciencia» para caracterizar la ciencia económica fue acuñada por el escritor escocés Thomas Carlyle en un ensayo de 1849 sobre La cuestión de los negros. En él pedía que el Reino Unido restableciera la esclavitud en las Antillas. Los antiesclavistas británicos habían conseguido en 1807 que el Parlamento prohibiera el comercio de esclavos en el Atlántico. En 1833 obtuvieron que la Corona liberara los esclavos del Imperio, comprándoselos a los dueños. En ese ensayo, Carlyle, con la seductora retórica del gran escritor que era, sostuvo que los libertos negros vivían una vida de holganza y que había que forzarles a trabajar con el látigo. Indignado, su antiguo amigo el economista John Stuart Mill le criticó duramente, prediciendo que los esclavistas del Sur de los Estados difundirían esas páginas de Carlyle en defensa de la «peculiar institution». El enfrentamiento entre Mill y Carlyle se enconó cuando en 1865 Mill encabezó un grupo de liberales, que incluía a Charles Darwin y Herbert Spencer, en busca de la condena penal del gobernador de Jamaica John Eyre por haber reprimido una revuelta de libertos a sangre y fuego. Esas eran las circunstancias en que la economía política fue motejada de «lúgubre».

Contra la economía

Ricossa lamenta precisamente la inquina «contra la economía». La capacidad productiva del libre mercado tiene en sí un principio motor que fomenta e incentiva las libertades individuales. No hay que idealizar la historia del comercio y del libre mercado para comprender su papel en el avance de nuestra civilización. Los mercaderes apoyados por el poder a menudo fueron crueles y explotadores en su búsqueda del monopolio. Durante siglos y siguiendo la tradición de bandidaje señorial, se veía natural esclavizar a los enemigos derrotados y subastarlos en la plaza pública. Así se hizo tras la guerra de las Alpujarras en tiempo de Felipe II con los moriscos, por citar algo que nos toca más de cerca. Así ocurrió con el secuestro, transporte, subasta y explotación de los esclavos negros durante siglos.

Pero es notable que el propio mecanismo económico que había fomentado ese secuestro violento de los esclavos y normalizado su venta como bestias de labor fuera el que, con el avance de la civilización, ayudase a establecer el respeto de la humanidad de los así explotados. La economía libre, como muestra la historia, lleva en su seno la productividad que transforma los siervos de la gleba en trabajadores.

Carlyle es uno de los muchos pensadores que, en el marco de la defensa de las estructuras feudales y del empoderamiento de los grandes héroes, han querido volver a la economía señorial, en que cada uno estaba en su sitio y Dios en el de todos. Esos progresistas y regresistas detestan la ciencia o doctrina económica. Como dice Ricossa, es porque

lo económico, lo «material», con su cohorte de males, que van de la escasez al egoísmo, es quizá el obstáculo más molesto, más manifiesto, más intolerable, en el camino hacia la realización de un mundo perfecto para una humanidad perfecta. (párr.1)

La nota fundamental de lo económico es la escasez. Nuestros fines y deseos no tienen límite, los recursos a disposición para satisfacerlos son escasos. Esto obedece a una característica fundamental del universo en que vivimos. Estamos sometidos a la segunda ley de la termodinámica. Nuestras actividades buscan poner orden en un mundo aleatorio para organizarlo a nuestra conveniencia. Sin embargo, esa segunda ley nos dice que necesariamente, al crear orden para vivir y sobrevivir, aumentamos (infinitesimalmente, pobres de nosotros) el desorden (o entropía) del resto del Universo. Dicho en términos económicos, toda actividad productiva en esta Tierra tiene un coste. Un mundo perfecto en el que no haya costes es imposible.

El deseo de volver al Edén es fútil. El sueño de progresar hacia la transformación de nuestra sociedad en un Paraíso terrenal es incluso peligroso, pues la melancolía de un fracaso inevitable enfurece a los soñadores y los aboca a la violencia.

Contra la burguesía

El libro es un análisis del rechazo de la civilización burguesa por todos estos perfeccionistas. Ricossa lamenta el deseo de los burgueses del siglo XIX de ennoblecerse una vez que han conseguido fortuna. Así, ya en los siglos XVI y XVII, la familia de los banqueros Médici contó con tres papas, con numerosos cardenales, con el título de Gran Duque, y con una reina de Francia. Y así otras familias burguesas. No hay que ponerse estupendos. A los Médici mucho les será perdonado, vistos los escritores, artistas, científicos que protegieron, como Ficino, Botticelli, Buonarroti o Galileo. Los nuevos títulos nobiliarios, sobre todo en el s. XIX, eran una forma de condecoración cívica y en ese caso un desliz venial. Como historiador que soy creo que esta ambición nobiliaria por desgracia es un síntoma de algo más profundo y preocupante. Tras el asentamiento de la revolución industrial, empezó a notarse un cansancio entre los líderes intelectuales y las elites industriales ante el carácter renovador o destructor de intereses creados del sistema de libre mercado. A partir de la publicación en 1848 del libro de John Stuart Mill, Principios de economía política, con alguna de sus aplicaciones a la filosofía social, se empezó a echar agua al vino de la libertad económica. Como el subtítulo indica, trataba Mill de suavizar las severas conclusiones de la ciencia económica, al tiempo que emasculaba su potencial transformador y destructivo de instituciones y costumbres tradicionales.

Esta instrumentalización de lo económico para ponerlo al servicio del poder se reforzó a partir de la década de 1870 con las innovaciones del canciller Bismarck en Alemania. Ese notable político siguió un camino muy semejante al tomado por la Unión Europea un siglo más tarde. Primero, se apoyó en la unión aduanera del Zollverein para reforzar la unidad del mundo alemán. Luego aprovechó la cuantiosa indemnización pagada en oro por la Francia vencida en 1870 para crear un sólido Mark alemán. En 1879 renegó del librecambio con el arancel protector de los fabricantes de hierro de las tierras del Rhin y los productores de cebada de la fría Prusia. Luego se lanzó a instaurar lo que los críticos llamaron «socialismo de Estado», con las leyes de seguro de salud, de accidentes, de vejez e incapacidad – leyes sociales que gobiernos posteriores extendieron a nuevos campos-. Convocó la Conferencia de Berlín de 1884 en la que se repartió el África entre las potencias europeas. El Asia tropical ya estaba colonizada por Francia, Reino Unido, Países Bajos, y una España pronto desplazada por Estados Unidos. Los grandes liberales Cobden y Bright habían querido defender en la primera mitad del s. XIX la tradición anticolonialista de Adam Smith, pero con Napoleón III, Gladstone, Disraeli y Bismarck, las viejas ambiciones coloniales renacieron y se puso francamente la economía industrial al servicio del Estado. No hay, pues, razón para asombrarnos de la crueldad mecanizada de la primera guerra mundial. Mucho ha tardado la descolonización (con todos sus defectos) en corregir esa herejía imperialista del liberalismo. En el ámbito interior, sin embargo, esa deriva estatalista ha continuado sin remisión: el Estado de Bienestar toma fuerza como si fuera el monstruo del Dr. Frankenstein.

El ataque contra los pilares del orden económico liberal

Ricossa desmenuza los elementos en los que se basa la visión burguesa de la sociedad que los perfeccionistas quieren desechar. Parten de que el final de lo económico es condición necesaria para alcanzar la sociedad ideal.

Cuanto más se ambicione revolucionar el mundo de raíz, instantáneamente y a cualquier precio, tanto más se necesita tener como enemigo una gran causa maléfica, la peor, la mayor, posiblemente la única que cuenta, una vez erradicada la cual el mundo se vuelve verdaderamente otro: un mundo perfecto. (Párr. 107)

Tiene especial interés para los economistas profesionales cómo critica Ricossa la optimización bajo restricciones como método conducente a una situación de equilibrio. Ese, para algunos, es un principio central de la ciencia económica. Pero se trata de un método de análisis para situaciones parciales, no de una explicación del crecimiento económico.

Quizá fuera ironía el que Cervantes pusiese en boca de don Quijote que la propiedad privada, el hablar de «lo tuyo y lo mío», fuera la raíz de los males de la «edad de hierro». Pero sin una sonrisa lo mantenían Marx y Engels. Y es verdad que la propiedad privada es la base de la sociedad mercantil (para bien). Dice con acierto Ricossa en el párrafo 45: «La propiedad privada supuso […] la disgregación de la solidaridad tribal». Vale la pena notar que, en la primera de las utopías propuestas en el Renacimiento, la de Tomás Moro (1516), no había ni dinero ni propiedad privada, y en eso concurría don Quijote cuando ensalzó la edad de oro.

En el mundo señorial, el trabajo se ve como un castigo bíblico por el pecado de querer saber que cometieron Eva y Adán. Al contrario, esa condena debería interpretarse como un reconocimiento del necesario carácter laboral de las sociedades humanas. Se reserva el nombre de «artes liberales» para las actividades humanas que no implican trabajo físico, mientras los «oficios» son las actividades no espirituales necesarias para la supervivencia de los humanos o para el goce de los aristócratas y los que aspiran a serlo.

En el mundo feudal y nobiliario la retribución en especie, dice Ricossa, atendía a las necesidades del trabajador, mientras que la remuneración en dinero del mundo mercantil estaba ligada a su productividad. El dinero en el concepto de los enemigos de la sociedad comercial estaba en el origen de todos los males. El dinero era estéril pues no creaba nada tangible como el pan, el aceite o la lana. Es posible que el discurso a los cabreros que encabeza este ensayo sea una invención ambigua, pues no sabemos si Cervantes lo escribe como otra muestra de la locura de su caballero andante o si Cervantes, el de la atribulada vida, verdaderamente deseaba abandonar la edad de hierro en la que tanto había sufrido para encontrar refugio en la mítica vida natural del Edén. Al menos, en esas líneas se deploraba la existencia de dinero. Esa condescendencia nobiliaria se aplicaba con aún más severidad al préstamo con interés denominado «usura». Como intuía don Quijote ante los cabreros, era paradójico y revelador que, en la edad de oro, el oro no se estimara como en la edad de hierro contra la que se insurgía el Caballero de la Triste Figura.

El ideal aristotélico era el de una sociedad de agricultores autosuficientes que todo lo más recurrían al trueque para conseguir lo que no podían producir. Para la sociedad aristocrática el comercio es una actividad ambigua. Los reyes y nobles gustaban de lo exquisito y raro, de productos traídos de lejanas tierras por audaces comerciantes como Marco Polo. Cuando el comercio lo ejercían en sus dominios mercaderes ambulantes o se concentraba en ciudades y ferias, escapando así a la autoridad de los gremios, era una actividad que el rey privilegiaba como algo poco respetable pero útil.

Los beneficios obtenidos con la producción masiva son característicos de un mundo de consumo vulgar. La sociedad fabril, se decía, produce y vende bienes masivos de mala calidad destinados a trabajadores. Cita Ricossa una reveladora carta de Flaubert sobre el consumo popular:

Debemos clamar contra los guantes baratos, contra los sillones de oficina, contra el mackintosh, contra la estufa económica, contra los tejidos de imitación, contra el falso lujo… ¡La industria ha desarrollado la fealdad en proporciones gigantescas! (párr.8, n.1)

De utopía y otras ilusiones

El ensueño del buen salvaje tiene un poderoso atractivo. Así se explica la preeminencia de Rousseau en el santoral de los enemigos de la sociedad mercantil. El hombre natural habitaba en un mundo de cazadores y pastores – y digo «hombre» a sabiendas, porque las recolectoras y cuidadoras de la prole eran las mujeres-. Recuérdese por ejemplo que, hasta el siglo XX, no podían acudir mujeres a los concejos abiertos del cantón de Uri, porque era necesario portar espada para poder votar. No quiere decirse que la democracia directa a través de los referendos no tenga papel que desempeñar en la democracia liberal, pero sí que una «voluntad general» a la Rousseau ha mantenido paradójicamente su atractivo para los populistas de toda laya.

Tanto Marx como Keynes soñaban con un mundo feliz de rentistas. Ese espejismo concordaba plenamente con el que seducía a Marx y Engels en La ideología alemana. Desaparecida la propiedad privada de los medios de producción, la maquinaria [ex-capitalista] de la producción funcionaría sola sin que nadie tuviese que dirigirla. En ese mundo feliz, decían, me sería posible «cazar por la mañana, pescar por la tarde, pastorear ganado al caer el día y criticar después de la cena, como me venga en gana, sin convertirme nunca en cazador, pescador, ganadero o crítico». Lenin definía el comunismo como «el poder para los soviets más energía eléctrica», en visión que concurría plenamente con el ensueño de Marx y Engels.

Keynes era en apariencia un enemigo de los rentistas. En la Teoría general (1936) habló de «la eutanasia de los rentistas» (cap. 24) gracias a la abundante acumulación de capital y la consiguiente reducción de los tipos de interés. Pero más enemigo aún era de los empresarios, cuyo afán por acumular dinero consideraba próximo a una enfermedad mental. En el conjunto de su filosofía, podemos decir que el ideal para Keynes era una comunidad cuasi-estacionaria, con pleno empleo y aumentos de población limitados (cap. 16, iv). Incluso participó en la moda eugenésica tan extendida en aquel tiempo. En 1930 Keynes pronunció una conferencia titulada «Las posibilidades económicas de nuestros nietos», que repitió en una visita a Madrid, en la que meditaba sobre la vida de los humanos una vez que hubiesen resuelto el «problema económico», como él lo llamaba – es decir, el problema de la escasez-. Lo importante era «cómo ocupar el tiempo libre que traerán la ciencia y el interés compuesto, para vivir sabia y agradablemente, y bien». He aquí otra vez lo que dijeron Marx y Engels. Esos tres profetas predecían más la eutanasia de la economía que la del rentista.

En realidad, esas utopías no son completas mientras vivan en ellas humanos de sangre y hueso, que nacen, sufren y mueren, son de diverso sexo, gozan de distintos dones y cualidades –todo ello fuente de desigualdades escandalosas-. De ahí viene que las utopías igualen los trajes o uniformes de sus miembros. Añadió acertadamente Ricossa que, una vez alcanzada la utopía, que prudentemente Moro decía que no estaba en ningún sitio, el perfeccionismo niega la muerte y congela el progreso. La muerte de los primeros revolucionarios podría dar al traste con la memoria y construcción del paraíso. De ahí la obsesión de los perfeccionistas con la historia, que debe reescribirse continuamente como en la distopía 1984 de Orwell. El Estado de Bienestar es una avanzadilla de la victoria, prometida por los utópicos, sobre la incertidumbre.

El libro de Ricossa dibuja a grandes trazos los materiales de construcción de la utopía, ese lugar que en ningún lado está y al que buscan trasladarnos los perfeccionistas.

En resumen, la aceptación de lo imperfecto

El discurso de don Quijote a los cabreros nos recuerda el poder de atracción de las utopías, que nos hacen añorar o desear un mundo perfecto muy diferente del imperfecto en el que por fuerza hemos de bregar. La época renacentista fue sin duda un tiempo de cambios, de guerras, de herejías y ortodoxias, de navegaciones y descubrimientos. Fue la época en que granó una cosecha de utopías – la más famosa, precisamente la de Tomás Moro, el título de cuyo libro dio el nombre a toda esa literatura filosófica-.

El libro de Ricossa es el antídoto que nos obliga a mirar de frente la imposibilidad de esas utopías de agobiante virtud y monástica disciplina. Hemos de aceptar la imperfección, no solo como realidad dolorosa sino también como oportunidad de mejora. Solo si aceptamos que el mal es inevitable, que las necesidades se colman con trabajo, que todo tiene un coste, que en cualquier actividad se corre un riesgo, que la diversidad es un motor de progreso, que la apelación al bien común es engañosa, y que la discordia siempre hará su aparición en los asuntos humanos, entonces podremos mejorar nuestras vidas personales y conseguir un mejor funcionamiento de las sociedades en que vivimos.

Los defectos de esta edición

El libro de Ricossa es una navaja de Occam de filo muy cortante, pero mellado en su edición española. El texto está plagado de erratas, incluso con errores de paginación del índice. El italiano a veces se transparenta a través del español. La bibliografía está mayormente en italiano, incluso la Ricchezza delle nazioni, sin ningún esfuerzo sistemático por buscar las correspondientes fuentes originales en inglés, francés, alemán y español. La revisora técnica, doctora María Blanco, se me ha quejado de que muchas de las correcciones que hizo en pruebas no se han trasladado a la versión final. Nada de esto es conforme a la tradición de Unión Editorial, cuyas ediciones solían ser de alta calidad.

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