JIM SHERIDAN  The boxer

The boxer

JIM SHERIDAN

Película distribuida por U.I.P.

Si alguien me preguntase cuál es el sentido de este film yo le contestaría sin dudar que es una representación de la cultura del odio. También se podría contestar que se trata de una historia de amor en tiempos difíciles, y en cierto modo lo es, pero lo que resulta más interesante en el aspecto narrativo del film es ver cómo el escenario en que se desarrolla obliga de tal modo que, contara esta película la historia que contase (amor, amistad, familia, lucha por la vida…), de cualquiera de los personajes que aparecen en ella, el condicionante de todas ellas sería un dominante que las impregnaría de principio a fin: la cultura del odio.

Estamos en Belfast. El mundo cerrado del nacionalismo se parece mucho a un infierno del que, una vez que se ingresa en él, es imposible escapar, tanto moral como físicamente. Ese es el verdadero escenario de esta película. La anécdota la protagonizan, de una parte, una mujer, Maggie, hija de un líder del IRA y esposa de un miembro del IRA que se halla encarcelado, del que tiene un hijo adolescente. De la otra parte, Danny, un ex-boxeador encarcelado por militar en el IRA, en libertad tras catorce años de cárcel; fue novio de Maggie, la mujer a la que todavía ama. Pero ahora está casada y las mujeres de los presos son intocables. Ella también le recuerda con amor. Todo está, pues, dispuesto para que el drama eche a andar.

Maggie, en un momento del film, se encuentra en el ojo del huracán de la siguiente manera: su padre trabaja en la línea de una negociación que busca la exclusión de la violencia como solución al conflicto norirlandés; la sombra del marido encarcelado pesa sobre la posibilidad de relacionarse amorosamente con Danny, el boxeador; el hijo, necesariamente criado en los valores de la intolerancia, no tolera que, estando preso su padre, Danny pueda acercarse a su madre. Su situación es, con mucho, la más terrible de todas, pues se encuentra a merced de las normas dictadas por esa cultura del odio que se cierra sobre sus sentimientos desde tres generaciones de hombres de la familia.

Por su parte, Danny, cuando sale de la cárcel, vuelve a lo único que sabe hacer: boxear. Organiza un gimnasio con su antiguo entrenador. El gimnasio trata de recuperar, además, la vieja tradición de un club, TheHoly Family, varios de cuyos miembros, boxeadores adolescentes como lo era Danny en su momento, han muerto por militar en el IRA. Sin embargo, la tradición del club era la de no hacer distingos entre católicos y protestantes a la hora del deporte. Alrededor de ambos y de esta situación, se mueven los activistas del IRA, encabezados por un duro que representa la manipulación del odio para conseguir algo común a todas las organizaciones terroristas: que no pare nunca la violencia porque la violencia ha acabado siendo su modo de vida antes que su razón de ser.

Lo verdaderamente admirable de esta película es su concepción. La cultura del odio se convierte en la estructura dominante y, al desarrollarla, cada paso, cada secuencia se resuelve con una u otra forma de violencia, explícita o implícita. Una violencia tal que hasta las relaciones de cariño son tensas como cuerdas húmedas que seca el viento: atan y dañan incluso en el más sencillo abrazo. La modulación del odio la apoya Sheridan en la única fisura sentimental posible, en la única fragilidad posible entre tanta cultura machista de la violencia: la Maggie –frágil por la vivencia de su situación, pero no débil– atrapada entre las tres generaciones de hombres. Pero también se apoya en un Danny que, igualmente atrapado por ese odio, sólo consigue sentirse alguien a través del boxeo, es decir, de otra forma de violencia; él llega a decir que el único momento en que consigue sentirse vivo una vez que sale de la cárcel es al sentir el dolor, al volver a boxear.

La estructura de concepción del drama hace circular el odio con una eficiencia realmente admirable. El espectador asiste a una representación de una situación cerrada y brutal que no deja resquicio a la menor desviación. Esa estructura concentra todos los elementos y luego avanza hacia el corazón del odio ciego sin la menor vacilación. El escenario se construye así de manera magistral.

No tan magistral es el intento de solucionar la historia de amor. Ahí estamos en algo que se parece más a la eficacia que a la eficiencia. Las concesiones (con el padre, el hijo, el duro, el combate ante elegantes, el entrenador, etc.) que, finalmente, ha de hacer para que todas las piezas ajusten sentimentalmente responden a la necesidad de resolver una historia de amor en la que la moralina impera sobre el poder de la situación. Supongo que, de no hacerlo así, la película hubiera dejado literalmente aplastados a los espectadores en las butacas. Pero esos mismos espectadores, en España, saben perfectamente que Yoyes fue tiroteada en Ordizia ante los ojos de su hijo por intentar salir del infierno, así que puede uno fiarse de ellos. No se trata de que exijamos a la película que se apegue a la realidad sino de que exijamos al director que no tenga tantos remilgos con el espectador. Cuando se construye el infierno hay que aceptar que no se sale de él; y si eso le asusta, que no construya el infierno sino el purgatorio. Es un problema de coherencia narrativa, no de ideología.

Ficha técnica

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