Ignorar las señales. Dinero, ritual y pensamiento mítico en El gran Gatsby

El gran Gatsby

Francis Scott Fitzgerald

Austral, Editorial Planeta, Barcelona, 2021

Traducción de Miguel Temprano

224 págs.

La serpiente que ciñe el mar y es el mar,
el repetido remo de Jasón, la joven espada de Sigurd.
Solo perduran en el tiempo las cosas
que no fueron del tiempo.

Jorge Luis Borges

Contemplado desde cierto ángulo, el funcionamiento de lo social encierra algo de mágico: no está nada claro qué es lo que nos mantiene unidos, lo que nos impide matarnos entre nosotros ante la mínima frustración, lo que hace que confiemos en que el otro nos está entendiendo, lo que sostiene la eficacia de la norma, de la ley, de la escritura, del lenguaje mismo. Tal vez sea una convicción infundada, una ficción que adopta la forma de una dramaturgia, de un ritual. Podemos entender el ritual como una secuencia de actos estereotipada que no responde a un motivo racional, sino que obedece a alguna creencia más o menos sistematizada con implicaciones religiosas o mágicas. No parece aventurado entonces conectarlo con la superstición, aquello que para Kant constituía el mayor de los prejuicios: pensar que la naturaleza no está sometida a las leyes que el propio entendimiento le da. La pervivencia de rituales en nuestra sociedad sería un signo —otro más— de que tal vez nunca fuimos del todo modernos (o de que hay algo en el fondo de nuestra alma o de nuestro corazón que se resiste a ser integrado en un sistema de reglas, normas, leyes y cálculos).

El propio ejercicio de la escritura de libros y de su lectura tiene también algo de ritual, y tal vez la literatura haya sido siempre un acto ceremonial. Además del valor asociado al fetiche en que consiste ser un clásico, El gran Gatsby (1925) tiene interés porque promete ser un dispositivo que da acceso a una realidad distinta: es una ventana que nos permite ver la vida cotidiana de los ricos, participar de su mentalidad y de su cosmovisión. En general, las historias escritas por Francis Scott Fitzgerald tienen un poso autobiográfico, es difícil resistirse a la historia de un joven apuesto, que ve premiado su talento en una época en la que se podía vivir muy bien de escribir y que, tras gozar de un éxito y una fama rotundos e indiscutibles, se ve asediado por la locura de su pareja, por el decaer de su propia inspiración y emprende un sistemático ejercicio de autodestrucción, todo ello sin perder encanto ni elegancia. Su tiempo bajo los focos queda enmarcado por dos sentencias: durante unos pocos años fue the man of the hour, el hombre del momento, el chico maravilla de la escritura que todo lo convertía en oro, hasta que un buen día constató que su suerte y su talento le habían abandonado, como el mojo perdido por los músicos de blues, como un hechizo que se desvanece y, a partir de ese momento, se entregó a la crónica de aquella fiesta deslumbrante de la que fue inesperado protagonista, the party’s over.

Presentada de un modo esquemático, El gran Gatsby es una novela escrita y ambientada en los años veinte del pasado siglo que cuenta la historia de un tipo que intenta introducirse en la alta sociedad de la Costa Este de los Estados Unidos con el objetivo de recuperar un antiguo amor y, tal vez, ser aceptado en ese círculo social. Sus andanzas no son las de un arribista o un pícaro al uso, pues el tradicional objeto de deseo que alimenta esa tradición literaria no cumple aquí ninguna función: desde el mismo comienzo de la novela se constata que Jay Gatsby ya posee una fortuna. ¿Qué es lo que hay aquí en juego entonces?, ¿qué significa el dinero?, ¿cómo opera?

—Los ricos no son como nosotros, Hem.
—Es verdad, tienen más dinero.

Por momentos parece que toda la carrera de Scott Fitzgerald girase en torno a este improbable diálogo con el que una vez fue su amigo en los años de París, Ernest Hemingway. A diferencia de este último, Scott Fitzgerald creía que un corte ontológico separaba a los ricos de todo lo demás: habría en ellos algo substancialmente privativo, esencialmente distinto y se empeñó en averiguarlo aprovechando la ocasión brindada por su efímera gloria. El gran Gatsby nos recuerda a un documental, a un informe etnográfico hecho por un observador participante: la historia está narrada por Nick Carraway, un joven de familia acomodada que viaja a Long Island para aprender a invertir en bolsa y allí empieza a oír hablar de un tal Gatsby cuyo palacete no está lejos de su casa, no dejan de llegarle noticias de sus fiestas y de la música y de las risas y de las luces encendidas hasta el amanecer.

La atmósfera en la que se desenvuelve la novela está presidida por lo que en otra tradición vendría a llamarse el spleen, el hastío vital que motivó aquellos poemas de Baudelaire y que según George Steiner alimentó la crisis europea que precedió a la Primera Guerra Mundial. Un vacío existencial circula por las mansiones de los Hamptons donde las cortinas ondean movidas por la brisa veraniega, los hombres se muestran satisfechos de sí mismos y las mujeres tratan de camuflar su desesperación bajo un manto de indolencia. Daisy es la mujer de la que está perdidamente enamorado Jay Gatsby, que se ha inventado una vida y ha amasado una fortuna con la esperanza de retomar el romance que una vez compartieron, pero han pasado los años —no muchos, los personajes de Fitzgerald son siempre jóvenes, hermosos y malditos— y Daisy está casada con un tipo al que no ama, un antiguo ídolo universitario y ahora hombre de negocios encantado de haberse conocido. El marco conceptual y moral de Daisy queda iluminado por una anécdota reveladora: cuando dio a luz y le dijeron que había tenido una niña deseó casi en voz alta que fuese tonta, «en este mundo lo mejor para una chica es ser guapa y tontita».

La contemporaneidad de El gran Gatsby reside en que nos sigue encantando asomarnos por una ventana al mundo de los ricos, un mundo caracterizado por el tedio, la lascivia y los flujos de poder y consumo. Lo que también sucede, ay, es que los ricos de los relatos de Fitzgerald parecen tener más fondo y más encanto que los que hoy nos saludan con una sonrisa profesional y diminutivos pretendidamente cómplices desde las redes sociales.

La novela de Fitzgerald participa del esquema provenzal del amor cortés en el que se canta una relación romántica e idealizada imposible de consumar debido a restricciones sociales; tradicionalmente la amada, que suele desempeñar un rol pasivo en tanto que mero objeto de inspiración y deseo, está casada con otro y/o pertenece a un estamento distinto y superior. Jay Gatsby conoció a Daisy cuando él era un joven oficial y ella la chica del vestido blanco que vivía en la mansión cercana al campamento militar y su teléfono no paraba de sonar y todos querían besarla a bordo de aquel descapotable que tenía. Gatsby vive convencido de que aquella chica del descapotable terminó rechazándole debido a su condición social, de modo que pone todo su empeño en introducirse en ese mundo de opulencia, en ser el mejor en ese juego para así seducirla de nuevo, esta vez para siempre.

Gatsby aparece cuando ya se llevan cincuenta páginas de la novela y lo hace de una manera magistral, se presenta en el ritual que más asociamos con los ricos, en una fiesta. Nick, el narrador a través de cuyos ojos somos testigos de esta tragedia americana, acude por fin a una de esas legendarias reuniones en casa de Gatsby y, en un momento dado, se pone a hablar con un tipo con el que al parecer coincidió en la misma unidad del ejército:

«Me parece una fiesta muy rara, ni siquiera he visto al anfitrión. Vivo por allí —señalé con mi mano hacia el seto invisible en la distancia— y este Gatsby me envió una invitación con su chofer.»
Durante un momento me miró como si no me comprendiese.
«Yo soy Gatsby», dijo de repente
«¡Qué!», exclamé. «Oh, le ruego que me perdone».
«Creí que lo sabías, colega. Me temo que no soy muy buen anfitrión.»
Sonrió con cercanía, con mucho más que cercanía. Era una de esas raras sonrisas que transmiten una especie de serenidad eterna, de esas que te encuentras cuatro o cinco veces en la vida.

Gatsby surge de la nada, es el centro ausente, el punto ciego en medio de una hoguera que deja su pasado en la penumbra. Nadie sabe de dónde han salido ni él ni su dinero y pronto empiezan a circular todo tipo de conjeturas incriminatorias. Gatsby responde al sueño de la autonomía absoluta del individuo: se da a sí mismo su propio nombre —hasta los diecisiete años se llamó James Gatz—, reescribe su biografía, se hace con un sitio en uno de los espacios más codiciados del país y, dueño como es de tanto dinero, cree poder apropiarse también del tiempo, dar la vuelta al reloj y quedarse a vivir para siempre en el amor verdadero, en el instante fugitivo de la pura pasión.

En cierto modo Gatsby condensa la mitología sobre la que se sostiene esa nación sin historia aunque cargada de porvenir: una sociedad que se cuenta a sí misma que no obedece a jerarquías heredadas, que cree en que cada uno puede ser el artífice absoluto de su propia vida y que afirma la movilidad social irrestricta. La novela se va transformando en una trama de infidelidades cruzadas, malentendidos, coches, armas y violencia que acaba en fatalidad; una combinación, por lo demás, que constituye toda una tradición en la literatura norteamericana y que en cierto modo enturbia e impugna el relato oficial y consensuado. Gatsby quiere averiguar si hay algo más poderoso que el dinero desde una posición curiosa, teniéndolo en exceso. Pero su desafío al tiempo y al orden establecido no sale como esperaba: a pesar de su dinero y de que en un primer momento Daisy parece encantada con el reencuentro, esta termina por rechazarle de nuevo. Como Edipo tras escuchar la profecía de la esfinge, también Gatsby se precipita a su destino tratando de conjurarlo: nuestro protagonista termina viajando en la noche en un descapotable junto a su antiguo amor, pero esa efímera aventura termina cuando atropellan precisamente a la amante de Tom, el marido al que Daisy no quiere abandonar. A pesar de que era Daisy la que conducía, Gatsby decide cargar con las culpas y acaba asesinado por el marido de la mujer muerta. El atractivo y desafiante advenedizo acaba convertido en el chivo expiatorio de aquellos que pertenecen a la estirpe de los que nunca salen perdiendo.

Tanto el Nick que sostiene la narración, como Gatsby o el propio Fitzgerald parecen exploradores de un territorio extraño, intrusos en vidas prestadas, invitados a una fiesta en la que temen que alguien descubra que carecen de la acreditación adecuada. En el informe que nos entregan dejan claro uno de los equívocos que más han perdurado en nuestra cultura, la estafa que consiste en confundir «plutocracia», gobierno de los ricos, con «aristocracia», gobierno de los mejores. Ello quizá derive en parte de otra superstición, una que, según Max Weber, anida en la mentalidad capitalista tan arraigada en Estados Unidos. A saber, entre los primeros colonos de aquel país abundaban los que profesaban creencias de origen calvinista que abogaban por la predestinación, una doctrina según la cual el número de almas dignas de salvación es finito y resulta conocido de antemano por la divinidad, con lo que el destino que nos espera tras la muerte no depende, por tanto, de las acciones que llevemos a cabo en esta vida; vistas así las cosas, con el fin de no caer en la desesperación, no es extraño que aquellos fieles buscasen de forma arrebatada alguna señal que les garantizase que integraban esa lista de elegidos. Se interpretó así que la prosperidad material en esta vida y en este mundo constituía un signo de salvación, una distinción que informaba de la superioridad de aquellas almas suntuosas que esquivarían la condenación eterna.

Pero lo que Fitzgerald nos enseña como resultado de su indagación es que el dinero no basta para ser admitido entre los favoritos, que no es, contra lo que cabría esperar, un rito de paso que garantice el ingreso en ese sector de la sociedad. En su incursión descubrimos que también importa el origen de ese dinero, que desde luego importa el pasado, que resulta crucial transmitir la impresión de que se es uno de ellos, que hay que demostrar que se comparte el mismo código de lealtades y perfidias, que se manejan los mismos sobreentendidos y que se es partícipe de los mismos protocolos transmitidos por herencia.

A lo largo de la novela abundan las referencias al verde, a una extraña luminosidad de ese color que, en diversos momentos de la trama, desde el otro lado del malecón lanza sus destellos como advirtiendo de algún peligro. Al final Gatsby acaba cosido a balazos en su piscina, con un entierro casi anónimo tras un funeral desangelado y dejando una casa vacía sin ningún rastro de todas aquellas fiestas, de todo aquel simulacro de pertenencia. Resulta muy enigmático el hecho de que Fitzgerald fuese capaz de avisarnos de tantas cosas en su libro, que fuese capaz de crear un personaje como Gatsby, pero también un testigo como Nick que asiste a su reinado y también a su infortunio, que se compadece, aprende y finalmente se retira. Resulta muy enigmático que escribiese esa novela y acabase desoyendo su propio vaticinio. Pero tal vez una novela sea un dispositivo que no pertenece tanto a su autor como a sus lectores. La literatura quizá funcione como un sismógrafo que avisa de las oscilaciones antes de que se produzcan y las deja registradas para que un lector futuro sepa interpretarlas, quizá sea una especie de conjuro que ilumina la realidad como un relámpago, pero que no garantiza la salvación de nadie, tampoco, como decíamos, la de su presunto artífice.

Francis Scott Fitzgerald bautizó la época que le tocó vivir como «la era del jazz», una música que, antes de erigirse como signo de distinción, había sido la banda sonora de una juventud que invitaba a la celebración del presente y a la desinhibición sexual frente a una cultura anquilosada y a un orden social asfixiante. Quizá también le gustaba el jazz porque intuyó que podía ser un vehículo para la movilidad social, no en vano, a mediados de los años treinta, la orquesta de Benny Goodman, el rey del swing, fue la primera en contar de forma pública y estable con músicos de raza negra, desafiando la segregación racial en uno de los países más clasistas del mundo.

En fin, para Fitzgerald hubo un momento fugaz en el que todo parecía posible, pero poco después las aguas volvieron a su cauce, la juventud y el talento se desvanecieron y solo quedó el eco de aquella fiesta legendaria. Nick Carraway, el narrador de El gran Gatsby, se monta en un tren en el que trata de dejar atrás la atmósfera de corrupción que ha descubierto en las luces de la gran ciudad para volver al Medio Oeste del que procede, tal vez a Saint Paul, Minnesota, la ciudad natal del propio Scott Fitzgerald. Pero, a diferencia de su personaje, Fitzgerald siguió fascinado por aquellas luces verdes y continuó viaje aún más al oeste, hacia las colinas doradas de Hollywood, quizá la mayor industria productora de mitos y rituales.

Francis Scott Fitzgerald fue encontrado muerto en el apartamento de la escritora Sheilah Graham en West Hollywood, Los Ángeles, California, el veintiuno de diciembre de 1940, tenía cuarenta y cuatro años. Así acabaron sus días, aplazando la escritura de guiones, dejando novelas a medias, decepcionando a todo aquel que había confiado en él, entregado al amor, pero, sobre todo, al alcohol y a la crónica de su propia destrucción. Mientras tanto, si el sortilegio de la literatura funciona, tal vez Nick siga todavía en aquel tren rumbo a Minnesota, cantando a quien quiera escuchar la balada de los que reman a contracorriente.

David Sánchez Usanos es profesor de filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid y coordinador de investigación en la escuela SUR del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Compagina su actividad docente e investigadora con la traducción y la crítica literaria y musical. Entre sus últimas publicaciones destaca el libro A tres versos del final. Filosofía y literatura (Siglo XXI).

La bailarina Violet Romer con un vestido estilo flapper, ca. 1915
La bailarina Violet Romer con un vestido estilo flapper, ca. 1915

Ficha técnica

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