Historia de un anarquista

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Julián nació en 1946 en Algar de las Peñas, un pueblo de la sierra norte de Guadalajara. Sus padres eran gente sencilla. Apenas sabían leer y escribir. Vivían en una pequeña casa con dos estancias y un patio con un limonero que desafiaba a los inviernos con el auxilio de un plástico compasivo. El padre trabajaba como pastor y cuidaba un huerto, luchando contra una tierra escasamente fértil. Tenía gallinas y cerdos, pero las ovejas eran su principal fuente de sustento. Julián acudió a la escuela hasta los doce años, simultaneando los libros con el trabajo en el campo, pero a esa edad su vida cambió inesperadamente. Su padre murió alcanzado por un rayo cuando pastoreaba a las ovejas, ayudado por «Chispa», una perra mestiza de inteligencia muy aguda y temperamento estoico. No cometió ninguna imprudencia, como cobijarse bajo un árbol para protegerse de la lluvia. Solo los de ciudad hacían cosas así. Simplemente, se cubrió la cabeza con una manta, pero mientras lo hacía alzó el cayado, que estaba rematado con una punta metálica. Quizás fue eso lo que atrajo al rayo. Nunca se sabría. Una sacudida eléctrica recorrió todo su cuerpo, matándolo en el acto. La perra, que se había adelantado un poco, husmeó el cuerpo y lo empujó con la cabeza, extrañada de no obtener respuesta. Cuando comprendió la inutilidad de su gesto, se sentó al lado del cadáver, como si lo velara y no tuviera la intención de moverse de allí hasta que alguien se ocupara de los restos de su amo.

Varias horas después, la mujer del pastor, extrañada por su tardanza, salió a buscarlo. La perra seguía a su lado, con cierta expresión de desconcierto. Componían una imagen trágica: el cadáver encogido, como si fuera un bulto, el animal perplejo, sin saber qué vendría después, el cielo bajo y con la negrura de un mal año que deja un rastro de hambre y rabia.  La mujer, lejos de chillar, se arrodilló y permaneció unos instantes en silencio, con esa serenidad de las personas acostumbradas a las penalidades. Después, volvió a casa y le contó a Julián lo sucedido, pidiéndole que le ayudara a transportar el cadáver. No acudió a los vecinos, pues pensó que se trataba de algo muy íntimo y no quería compartirlo con nadie. Durante el entierro, ya vendrían los pésames con las palabras vacías que se utilizaban en esas ocasiones. Ahora le bastaba su hijo, que había recibido la noticia con entereza, como si no le sorprendiera que la desgracia llamara una vez más a la puerta. No era la primera vez que perdía a un ser querido. Con solo doce años, ya había visto morir a todos sus abuelos y a sus dos hermanos. Uno, por la tuberculosis. Otro, por una mala caída en el río. La muerte no era algo lejano, sino una fatalidad recurrente, como el granizo. Dolía como una aguja que hurgara la carne, pero no servía de nada quejarse. Solo cabía endurecerse, hacer que el alma se volviera piedra sabia, que sabe lidiar con el sol abrasador de agosto y el frío de los inviernos, manteniéndose incólume en su imperturbabilidad.

Madre e hijo caminaron hasta el lugar donde se hallaba el cuerpo y lo subieron a una carretilla. «Chispa» les observó con gesto muy serio, mostrando esa discreción de los perros acostumbrados a no recibir mucha atención y a soportar de vez en cuando un golpe o un grito. Julián no era un niño alto, pero su cuerpo ya parecía el de un adulto, con las espaldas anchas y los brazos musculados. Su mirada ya poseía la seriedad del que conoce muy bien la precariedad de la vida y la incertidumbre del mañana. Con la piel tostada por la intemperie y unos movimientos lentos, casi ceremoniosos, aparentaba más edad. Sus manos, vigorosas, estaban llenas de pequeñas cicatrices, el inevitable tributo que se pagaba cuando se trabajaba esquilando ovejas, ayudando en los partos, sacrificando corderos, abriendo surcos con el azadón para sembrar en una tierra dura, que solo se abría a base de golpes profundos y precisos. No le costó demasiado levantar el cuerpo de su padre y colocarlo en la carretilla. Su madre lo cubrió con una manta y emprendieron el camino de vuelta. La tormenta había dejado la tierra húmeda y esponjosa, impregnando el aire de un olor que evocaba el frescor del río, cuando llegaba la primavera y las aguas bajaban mansamente para anunciar que la vida había cobrado un nuevo impulso. En este caso, no era la vida, sino la muerte la que había renovado su marcha, ensanchando su cauce. Julián empujaba la carretilla, preguntándose por la edad de su padre, ese hombre huraño y reservado que prefería el silencio a la palabra. Ignoraba su fecha de nacimiento. Quizás ni él mismo la sabía con exactitud. Nunca habían hablado mucho, pero le había enseñado a cuidar el huerto, degollar a los corderos y poner lazos. También le había permitido disparar algunas veces con la escopeta, pero los cartuchos costaban demasiado caros y no había tenido oportunidad de afinar su puntería. Siempre acompañaba a su padre cuando salía a cazar. Ya no podría hacerlo más veces. Pensarlo le hizo comprender con nitidez lo que significaba la muerte, dibujando una mueca de dolor en su rostro. Notó que una lágrima corría por su mejilla. Su madre caminaba delante de él, con la cabeza cubierta por un mantón de tela basta y oscura. Como siempre vestía de negro, el luto no alteraría su aspecto. Tampoco sabía la edad de su madre. Parecía que había existido siempre, que tenía tantos años como la tierra, pero algún día la perdería. Se quitó la idea de la cabeza con una sacudida enérgica. Levantó la mirada y observó cómo el cielo, con su mezcla de púrpura, morado y amarillo, transitaba hacia el negro, apagándose lentamente, como si quisiera dejar al mundo definitivamente a oscuras.

El cura no ignoraba que el difunto era un hombre descreído, aficionado a blasfemar con cualquier pretexto. No pisaba la iglesia casi nunca y cuando lo hacía, se abstenía de comulgar. Había muchos como él. Muchos que en el fondo de sus entrañas alentaban el deseo de quemar la iglesia, como había sucedido durante la guerra, cuando una partida de anarquistas había asaltado el pueblo, torturado y asesinado al párroco. Aunque los falangistas hicieron una buena limpia, aún quedaba mucha chusma, mucho rojo escondido que agachaba la cabeza por miedo, pero con el corazón henchido de odio. El difunto no era distinto. Por eso se limitó a decir unas cuantas frases hechas y acabó la ceremonia enseguida. Sabía que ganaría muy poco. Quizás nada. Se trataba de una familia muy pobre.

-Tendrás que dejar la escuela –dijo la viuda, dirigiéndose a su hijo-. Deberás ocuparte de las cosas que hacía tu padre.

El chaval se encogió de hombros. El maestro era un hombre bueno. No les pegaba demasiado y se empeñaba en que aprendieran. Utilizaba el Quijote como libro de texto, ponderando su estilo, que consideraba un ejemplo de limpieza y elegancia. Obligaba a sus alumnos a copiar párrafos y los utilizaba para explicar gramática y ortografía. Julián era inteligente. Sacaba buenas notas y destacaba en matemáticas. Le gustaba el Quijote. Su escena preferida era la liberación de los galeotes. La Santa Hermandad le recordaba a la Guardia Civil, que siempre le había inspirado una mezcla de miedo y antipatía. El maestro casi siempre le escogía para leer en voz alta, pues su dicción era bastante buena. Casi nunca se confundía y las frases fluían con musicalidad, evitando esa sensación de dispersión que surgía con otros alumnos, incapaces de leer sin trabucarse. El maestro había propuesto a sus padres que entrara en un seminario, pues sabía que no podían costearle los estudios, pero habían declinado la sugerencia. No querían ver a su hijo entre sotanas.

Julián dejó con pesar los libros y el cálculo. No le molestó cuidar las ovejas y trabajar en la huerta, pero echó de menos la experiencia de aprender. Afortunadamente, el maestro le prestó un ejemplar del Quijote y pudo seguir leyendo, especialmente cuando apacentaba las ovejas. Pegó algún tiro con la escopeta, pero utilizó los lazos para cazar, ya que era más económico y más seguro. Conocía la ruta de los conejos. Sabía dónde colocar las trampas. Se levantaba muy temprano, impaciente por comprobar si había tenido éxito. A veces, aparecía con dos o tres conejos, escondidos debajo de la camisa o en los bolsillos de los pantalones. De vez en cuando invadía el coto de caza. No le parecía bien que unos pocos se hubieran apoderado de tanta tierra. Cuando aparecían los señoritos, con sus escopetas de madera reluciente y sus criados, siempre dispuestos a cargar los cartuchos y supervisar el trabajo de los perros, sentía mucha rabia, pensando que él no podía permitirse disparar cuando le apeteciera. No esperaba que sus incursiones en el coto le costaran una terrible humillación. Una pareja de la Guardia Civil le dio el alto cuando volvía a casa, bordeando la carretera. Por entonces, ya había cumplido dieciséis años. No había crecido mucho, pero había ensanchado considerablemente. La perra aún vivía y cada vez estaba más apegada a él. Vio a los guardias de lejos, con sus tricornios, sus capas y sus escopetas colgadas al hombro. Nunca le habían gustado. A casi nadie les gustaban. Solo el cura les sonreía cuando se cruzaba con ellos, haciendo un alto para intercambiar unas palabras.

-¿De servicio? –preguntaba el párroco, con las manos cruzadas y la cabeza levemente inclinada, casi como si hiciera una reverencia.
-Sí, padre. Velando para que se cumpla la ley.
-Gracias por hacerlo. España necesita orden y mano dura. Somos un país que tiende a la anarquía. Lo llevamos en la sangre.

Julián había oído hablar de la anarquía. Así describían a los años previos a la Guerra Civil. Ahora había paz, pero esa paz se parecía más al miedo que a otra cosa. Los guardias que caminaban hacia él, lejos de infundirle tranquilidad, le provocaron el mismo malestar que una culebra enseñándole los dientes. Llevaba varios conejos colgando del cinturón, pero los había cazado fuera del coto, utilizando lazos.

-¿Adónde vas? –le preguntó uno.
-A casa.
-¿De dónde has sacado esos conejos?  -inquirió el otro.
-Los he cazado.
-¿Dónde?
-¿Dónde va a ser? En el campo.
-No mientas. Nos han dicho que te han visto en el coto.
-Eso es mentira.

Julián no esperaba recibir una bofetada que le hizo retroceder un paso. Se sintió más humillado que dolorido y tuvo que hacer un esfuerzo para no responder.

-Te vienes con nosotros al cuartelillo. Tienes muchos humos y hay que bajártelos.

Julián pasó la noche en un calabozo. De vez en cuando, lo sacaban de su encierro y le pegaban puñetazos y patadas. No se quejaba. Se limitaba a resoplar como un jabalí que soporta el acoso de los perros, parapetado entre los arbustos.

-¡Qué duro eres! –comentaban los guardias-. Otros ya estarían llorando.

Por la mañana, lo soltaron, con la amenaza de enviarlo a la cárcel si le pillaban cazando en el coto. Le quitaron los conejos y el rollo de alambre. Cuando les pidió permiso para lavarse la cara con una manguera del patio, recibió una bofetada y una sarta de insultos.

-Eres carne de presidio, chaval. Volveremos a verte pronto.

Se marchó, clavándose las uñas en las palmas de las manos y mordiéndose el labio. Pensó en volver con la escopeta, pero comprendió que era una barbaridad y se quitó la idea de la cabeza. «Chispa» le había esperado fuera del cuartelillo. Cuando lo introducían en el interior, intentó seguirlo, pero un guardia le dio un fuerte puntapié. Al igual que su dueño, aguantó el dolor sin lanzar un quejido. Ahora le seguía caminando a su paso. No se alejaba como otras veces, escrutando el campo por si aparecía un conejo. Notaba que había sucedido algo y observaba con mucha atención a Julián, que no reparaba en ella, pues un incendio le abrasaba las entrañas y solo pensaba en las vejaciones que había sufrido. Contó a su madre lo sucedido, anunciándole que se marchaba del pueblo.

-Aquí no hay futuro. Palos y miseria. Eso es todo.

Su madre no le reprochó su decisión. Otros jóvenes habían hecho lo mismo. Se iría a vivir con su hermana y su marido. Su cuñado también tenía ovejas y aceptaría de buen grado ampliar el rebaño con las suyas. Se despidieron con austeridad, sin caer en sentimentalismos que a los dos les habrían avergonzado. Julián acarició a «Chispa», algo poco habitual. Había sido una buena compañera y, dado que ya era vieja, presumía que no volvería a verla. Mientras se alejaba del pueblo en autobús, observó las casas de pizarra, negras y austeras, el río, con el agua siempre clara, mostrando las piedras del fondo, y las montañas, que azuleaban en la lejanía, recortándose contra un cielo salpicado de bondadosas nubes blancas, de esas que no arruinaban cosechas ni lanzaban rayos sobre las personas. Era el paisaje de su niñez y lo echaría de menos. ¿Cómo sería la ciudad? Algunos se quejaban de que en el pueblo no había nada, pero a él le gustaba esa quietud, ese silencio. Quizás tenía alma de viejo.

Puerta del Sol, cs. 1960.

Madrid le pareció un lugar inhóspito desde el primer momento. Sin dinero, no tuvo otra alternativa que improvisar una chabola en un poblado miserable. Con unas chapas y unos cartones, levantó un refugio que le libró de dormir a la intemperie. Sus vecinos le miraron con desconfianza. En un escenario de escasez y precariedad, la hospitalidad es un despilfarro. De noche, escuchaba gritos y peleas. El poblado desprendía un hedor nauseabundo. Solo había un par de fuentes para conseguir agua. Era imposible asearse como Dios manda. Durante una semana, comió gracias a la caridad de un convento. Se acercó a varias obras, ofreciéndose como peón, pero no sabía nada de la construcción. Al principio, nadie quería contratarlo. Por fin, un capataz al que tal vez le inspiró lástima decidió darle una oportunidad tras examinarlo de arriba abajo y concluir que poseía la corpulencia necesaria para ser un buen trabajador. Un oficial de albañil le enseñó el oficio, explicándole cómo se mezclaba el cemento con la arena y se colocaban los ladrillos con una plomada para que las paredes subieran rectas. No fue lo único que le enseñó. El oficial, que se llamaba Mateo, le confesó que era anarquista al cabo de unos meses. El anticlericalismo de Julián y su antipatía hacia la Guardia Civil despejaron el camino, disipando el temor de que fuera un confidente de la policía.

-Hay que tener cuidado –comentó Mateo, mientras levantaba una pared con su ayuda-. El año pasado se cargaron a Delgado y Granados. No los fusilaron. Los ejecutaron como si fueran criminales, utilizando el garrote vil.

Mateo había cumplido cincuenta años. Durante la Guerra Civil, participó en la defensa de Madrid. Pensó que se había hartado de ver sangre, pero la posguerra fue peor. Condenado a muerte, pasó por penales durísimos. Hambre, malos tratos, miedo. Diez años entre rejas, sin otra inquietud que sobrevivir. Cuando quedó en libertad, afloraron las dudas que había reprimido para concentrar todas sus energías en vivir un día más. ¿Había merecido la pena tanto sufrimiento? ¿Era sensato continuar con la lucha política? La España triunfante de espadones y sotanas le convenció de que sí. Poco a poco, fue contactado por antiguos compañeros para participar en actividades clandestinas. Los grupos de activistas eran pequeños para dificultar la infiltración policial. La mayoría de las veces se limitaban a organizar reuniones, donde intercambiaban ideas y esbozaban pequeños planes de sabotaje, como colocar petardos en algún edificio oficial, pero casi nunca los llevaban a cabo. Imprimían pasquines y un periódico llamado Aurora roja, que circulaba de mano en mano, pues venderlo en la calle resultaba imposible. Mateo sabía que todo aquello tenía un valor simbólico que apenas dañaría al régimen, pero estimaba que contribuiría a fomentar la conciencia de clase, ahogada por la feroz represión. A finales de los cincuenta, el régimen abrió un poco la mano, subiendo los salarios y permitiendo una negociación más libre y fluida entre obreros y empresarios. En 1962, se pusieron en huelga los mineros de Asturias. La esperanza renació en Mateo. Un año después, los anarquistas, cada vez mejor organizados, cometieron cuarenta atentados. El más sonado fue la detonación de un explosivo en la Dirección General de Seguridad. Veinte personas resultaron heridas. La policía estaba furiosa y dispuesta a golpear con dureza. Se acusó sin pruebas a Granados y Delgado, dos anarquistas que preparaban un atentado contra Franco. Fueron interrogados, juzgados y ejecutados en diecisiete días, sin ninguna prueba salvo las confesiones obtenidas mediante la tortura.

-¿Te asustan estas cosas? –preguntó Mateo.
-No mucho –contestó Julián-, pero no sé si me interesa meterme en esos líos.

Con el primer sueldo como peón de albañil, Julián alquiló una habitación en una pensión. Los pocos meses que había pasado en el poblado de chabolas le habían dejado una huella muy profunda. Nunca había visto tanta miseria, ni al ser humano en un estado tan agudo de degradación. Los niños corrían desnudos entre la inmundicia, las mujeres lavaban harapos en barreños viejos, los hombres deambulaban entre las chabolas con la mirada sumida en la desesperación. Famélicos, los perros husmeaban por todos los rincones, buscando algo que aliviara su hambre. Las peleas eran frecuentes. Todos soñaban con salir de allí, pero algunos habían perdido la esperanza y explotaban por cualquier nimiedad, enzarzándose en disputas absurdas que a veces se resolvían a navajazos. Cerca de la chabola de Julián, se practicaban abortos clandestinos y cada semana moría una mujer, casi siempre muy jóvenes y a veces niñas de trece o catorce años. La policía aparecía de tarde en tarde, mostrando un absoluto desinterés por el bienestar de los que vivían allí. Se limitaban a perseguir a los delincuentes y a intentar que aquella burbuja de pobreza y desesperanza no explotara, contaminando a la ciudad. Cada vez que aparecía la policía, Julián recordaba la paliza que le había pegado la Guardia Civil. Se preguntaba cuándo llegaría la hora de los parias, cuándo se acabarían las humillaciones, el hambre, la precariedad y, sobre todo, el miedo, pues ser pobre significaba vivir asustado, pensando que en cualquier momento podías bajar un escalón más. La miseria era un pozo infinito. Nunca se tocaba fondo.

Dormir bajo techo ayudó a Julián a restablecer su autoestima, dañada por los meses en la chabola, sin poder asearse en condiciones ni dormir sin el acoso de las pulgas, las chinches y las cucarachas. En una ocasión se despertó con sensación de opresión en el pecho y descubrió que una rata, tal vez más hambrienta que él, se paseaba por su cuerpo, preguntándose si era comestible. La apartó de un manotazo y le lanzó un zapato, sabiendo que era un gesto inútil, pues eran muy rápidas y escurridizas. La pensión no era un lugar lujoso, pero al menos había limpieza, un baño y un suelo de baldosa. La patrona era una bruja que les preparaba unas lentejas con una pizca de chorizo y un aceite de mala muerte. Como apenas las limpiaba, siempre había piedrecitas que ponían en peligro la integridad de las muelas. Julián las detectaba enseguida, retirándolas de su boca con los dedos, pero otros las masticaban o se las tragaban, soltando una blasfemia. La patrona, que era muy beata, les recriminaba sus imprecaciones, pidiéndoles que no mezclaran a Dios en esas cosas.

Los compañeros de la obra solían visitar burdeles baratos para obtener un desahogo rápido y sin compromisos. Mateo nunca les acompañaba. Cuando Julián le pregunto por qué se abstenía de participar en aquellas juergas, contestó:

-Las chicas que hay en esos sitios son unas desgraciadas: muchachas de pueblo, criadas que fueron expulsadas del trabajo cuando se quedaron embarazadas, madres solteras. No seré yo quien abuse de su desgracia. No olvides que soy anarquista. Intento ser consecuente con mis ideas.

Julián se sumó una noche a las excursiones a los burdeles. No le gustó lo que vio allí. Mateo tenía razón. Solo había criaturas desdichadas que fingían agrado, pero con la tristeza flotando en la mirada como una hoja otoñal en una fuente de agua corrompida. Después de visitar dos prostíbulos con sus compañeros de obra, decidió marcharse, desperdiciando la oportunidad de estrenarse. Aún no había hecho el amor con una mujer, pero no quería que su primera vez estuviera asociada a la mala conciencia. Cuando le contó todo esto a Mateo, le respondió de una forma que le dejó muy pensativo:

-Tú eres anarquista. Aunque no lo sepas. Eres un hombre ético. Y un rebelde. Ya sabes lo que es sufrir la represión de la Guardia Civil.
-No pretendía rebelarme contra nada. Solo cazaba conejos.
-Pero te metiste en el coto. Eso es un acto revolucionario. Se parece a una expropiación.

Julián accedió a acompañar a Mateo a una de sus reuniones clandestinas. Se celebró en la trastienda de Alberto, un impresor que también restauraba libros viejos. Alberto estaba casado con Conchi. No tenían hijos. Su mujer compartía sus inquietudes políticas. Se trataba de un matrimonio sólido y bien avenido. Las heridas de la Guerra Civil habían acentuado la complicidad y el afecto. El padre de Alberto había sido fusilado por liberal. Médico rural en Herrera del Duque, no escondía su anticlericalismo y se había declarado partidario de Azaña. Se había ganado la antipatía de los terratenientes de la región, apoyando las reivindicaciones de los jornaleros. Un piquete de falangistas y requetés se lo llevó de noche, tras irrumpir en la casa con gritos y amenazas. Pensaban que sus restos se encontraban en una gigantesca fosa con varios centenares de represaliados. La columna del general Yagüe había dejado un rastro terrible en Extremadura, sembrando un terror que aún perduraba. El padre de Conchi no había sido más afortunado. Sindicalista de la UGT, había muerto de tuberculosis en un campo de concentración dos años después de terminada la guerra. Al menos, sus restos reposaban en un cementerio y podía llevar flores a su tumba. Por el taller se paseaba un enorme gato blanco al que llamaban «Baku», por Bakunin. Parecía que había interiorizado lo de que la propiedad es un robo, pues siempre que podía robaba algo de comida o escondía cualquier cosa, como una bufanda o unas llaves, provocando la indignación y las risas de las visitas.

Las reuniones se celebraban con muchas precauciones, evitando las pistas que pudieran alertar a las autoridades. No se ponía nada por escrito y los conspiradores acudían por separado, entrando en el taller cada media hora. Nunca eran más de siete u ocho y todos se conocían desde hacía mucho. Mateo avaló a Julián, asegurando que era una persona digna de toda confianza. Las reuniones solían comenzar hacia las ocho de la tarde y se celebraban con las persianas bajadas. Alberto se sentaba en una banqueta, cerca de las torres de libros aún pendientes de encuadernación, acariciando a Baku, que solía subirse a sus rodillas. Con el pelo blanco, un mandil y unas gafas metálicas suspendidas sobre la punta de la nariz, transmitía una imagen de paz y equilibrio que mitigaba la sensación de peligro, creando la impresión de que el mundo exterior no podría penetrar en ese recinto.

Mateo solía llevar la voz cantante. Sabía que mantener alta la moral era esencial. Por eso se mostraba optimista hasta la insensatez, asegurando que la revolución era inminente. No se lo creía, pero fingía y argumentaba de forma convincente.

-La gente ha empezado a perder el miedo. Gracias a las acciones de este año…
-Cuarenta –interrumpió uno de los asistentes.
-Sí, cuarenta. Hemos demostrado que la dictadura no es indestructible. Puede ser derrotada. Aunque los periódicos silencian a veces los atentados, la sociedad se entera por lo que se comenta en las calles. Hay tres frentes abiertos: la huelga de mineros en Asturias, las protestas estudiantiles y los sabotajes. El panorama no puede ser más alentador. En dos o tres años, el general Franco caerá.
-Puede ser –comentó otro de los asistentes-, pero estamos pagando un precio muy alto. Detenciones, condenas de prisión durísimas, torturas, ejecuciones…
-Me han dicho que Delgado y Granados tuvieron una muerte horrible –intervino Alberto con gesto apenado-. Al parecer, el verdugo hizo una chapuza.
-Sí, eso he oído –asintió Mateo-, pero no debemos dejar que su sacrificio se convierta en motivo de desaliento. La lucha política implica olvidarse de uno mismo. Nosotros no somos importantes. Lo que cuenta es la idea que defendemos: pan, trabajo, libertad y dignidad para todos. Una sociedad libre, sin explotadores ni explotados.

Julián se identificó con esa idea, pensando que merecía la pena luchar por ella, pero no se veía poniendo bombas. Compartió sus dudas con Mateo, que no le reprochó nada:

-Te honra pensar así. Durante la guerra vi muchas cosas malas. En las milicias, había delincuentes que fingían ser anarquistas para robar y matar con impunidad. Eso no era tan horrible como presenciar la falta de humanidad de algunos compañeros. La guerra saca lo peor de las personas.
-¿A qué te refieres?
-A las represalias y las torturas. Había mucho odio. Odio de clase. En Madrid, todas las mañanas aparecían cadáveres. En la Ciudad Universitaria, a las puertas del Cementerio del Este. Arrojados como sacos de patatas. Algunos con disparos en la cara o los dedos cortados.
-¿Eso no te hizo dudar?
-¿De qué?
-De la idea, de la causa.
-No, en absoluto. El otro bando hacía lo mismo. En la guerra hay que tomar partido. El hombre no es malo, pero las injusticias lo convierten en una fiera. Unos quieren conservar lo que tienen, muchas veces obtenido de forma ilegítima; otros, anhelan lo que les falta y les corresponde por derecho. Cuando haya justicia, el hombre ya no será un lobo para el hombre. Hasta entonces, hay que tener fe.
-¿Fe?
-Fe en la idea. La idea es buena. No podemos tirarla a la basura porque algunos cometan barbaridades.
-¿Y no tendrá la culpa la idea? ¿No será ella la que empuje a matar, quemar, torturar?
-No, en absoluto. Es la injusticia. Por eso es tan importante acabar con ella.

Mateo no tenía familia. Permanecía soltero y vivía frugalmente, casi como un monje. Comía poco, no bebía alcohol, no frecuentaba los burdeles. Alto y con el vientre hundido, parecía un monje. Sus manos enormes y sus cejas espesas le imprimían aspecto de inquisidor, pero no se comportaba como un fanático, sino como un humanista que evitaba precipitarse en sus juicios y opiniones. Gracias a los ateneos libertarios de los años treinta, había adquirido cierta cultura y los libros le habían enseñado que las consignas no podían explicar la realidad. Se consideraba anarquista porque odiaba la desigualdad y la tiranía, pero sabía que sus ideas poseían un alto componente utópico. En cierto sentido, se parecía a un cura con una fe vacilante pero con la convicción de que la duda, lejos de mejorar la vida de los hombres, propagaba la infelicidad. Esa convicción le hacía optar siempre por la idea. Jamás inquietaría a los demás con sus dudas. ¿Quizás estaba equivocado? Ya se encargaría la historia de darle la razón o quitársela, pero no sería él quien fomentara ese escepticismo que hundía a los hombres en la apatía y la inmoralidad. Un hombre que no cree en nada es peligroso, pues no encuentra muchos motivos para apreciar la vida, ya sea la propia o la ajena.

A Julián le sorprendía que Mateo no se hubiera casado:

-¿Por qué te has quedado soltero? ¿No echas de menos tener una familia?
-La guerra me pilló muy joven. Y, en esas circunstancias, no me parecía sensato echarme novia. Durante los bombardeos de Madrid, vi a muchas personas destrozadas por perder a sus seres queridos. No quería que me sucediera lo mismo. Luego, me tragué diez años de cárcel. Cuando salí, me había acostumbrado a vivir a mi aire, sin lazos de ninguna clase. No sé si soportaría compartir techo con alguien. Siempre he sido un poco hurón.

Julián entendía ese sentimiento, pues a él también le gustaba la soledad, pero no desperdiciaba la ocasión de visitar a Alberto y Conchi, buscando algo de calor familiar. Siempre que lo hacía, le agasajaban con algo de salchichón o chorizo, celebrando su presencia. «Baku», el gato, era pegajoso. No se parecía a su perra, «Chispa», que se limitaba a sentarse a su lado, sin esperar ninguna caricia. Alguna vez, había pagado sus frustraciones con ella, pegándole un puntapié. Ahora que «Baku» se subía a sus rodillas, implorando caricias con gestos que despertaban su simpatía, se preguntaba si no había sido injusto.

-¿No sientes nostalgia de tu pueblo? –le preguntaba Conchi, cortando un trozo de salchichón tras otro y acercándole el pan. Sin hijos, aquel chico joven le hacía fantasear con una maternidad que ya no conocería, pues ya había cumplido los cincuenta.
-Un poco. No me gustan las ciudades, pero en Algar de las Peñas no hay nada. Allí no puedes prosperar. No quería pasarme toda la vida con las ovejas.

Julián se sentía hipnotizado por los libros. Además de las obras que imprimía o restauraba con la ayuda de su mujer y dos operarios, Alberto había reunido una biblioteca considerable. Quizás mil volúmenes. La biblioteca de su padre había ardido en el patio. Los falangistas que lo fusilaron habían entrado en la casa, destrozándolo todo. Tal vez les había parecido poco fusilar al médico que votaba a Azaña y apoyaba las reivindicaciones de los jornaleros. Quemar sus libros y papeles era una forma de escupir sobre su memoria. Alberto tenía entonces quince años. Estuvieron a punto de llevárselo para darle el mismo tratamiento que a su padre, pero un oficial dijo que aún era un niño y le dejaron en paz. Tuvo que abandonar la escuela y ponerse a trabajar. Un tío le enseñó la profesión de impresor y ahora se estaba formando como encuadernador artesano y restaurador. Su biblioteca, fruto de muchos años de adquisiciones en librerías de ocasión, era su bien más preciado y una especie de homenaje a su padre. Cuando advirtió el interés de Julián por los libros, le animó a coger prestados algunos títulos:

-¿Has leído el Quijote?
-Algunos capítulos. En la escuela. El maestro me dejaba un ejemplar para que lo leyera mientras cuidaba las ovejas.
-Puedo regalarte uno. Tengo al menos una docena. Cervantes fue el primer anarquista, ¿lo sabías?
-¿En serio?
-Don Quijote libera a los galeotes, salva a un criado al que está azotando su amo, protege a las mujeres, sufre las burlas de unos aristócratas. ¿Necesitas más pruebas?
-Es cierto. El episodio de los galeotes me encantaba. Lo he leído muchas veces. ¿Por qué te hiciste anarquista? No pareces un obrero.
-Mateo, tampoco.
-Es verdad.
-Es por la idea, ¿sabes? Los anarquistas tenemos una filosofía de la vida. Pensamos. Eso nos hace diferentes, pero no mejores. No somos una élite. Somos trabajadores, pero con conciencia de clase.
-No me has contestado a la pregunta.
-¿Qué por qué me hice anarquista? Mi padre era liberal. Un médico rural que atendía a todo el mundo. Nunca dejó de visitar a un enfermo porque no pudiera pagarle. Era un hombre bueno. Votaba a Azaña. Nunca hizo mal a nadie. No le perdonaron que apoyara a los jornaleros, explotados por propietarios sin conciencia. Cuando se acercaban las tropas de Yagüe le aconsejaron que huyera, pero se negó, alegando que no había hecho nada. Fue de los primeros en ser fusilados. Ni siquiera pudimos enterrarlo. Está en una fosa, con otros desdichados. Después de eso, pensé que el liberalismo era ingenuo. Las grandes injusticias solo pueden combatirse con métodos revolucionarios. Por eso me hice anarquista.

Julián se marchó a casa con un ejemplar del Quijote. Era una edición barata con algunas hojas sueltas. Lo leía por las noches, hurtándole horas al sueño. A veces se reía a carcajadas. Otras, experimentaba melancolía. Los protagonistas eran dos pobres diablos, escarnecidos y vapuleados por un mundo que no comprendía sus sueños. Se preguntaba si el pequeño grupo de conspiradores del que formaba parte no cometía las mismas locuras, atacando a molinos que les dejarían molidos los huesos. Pronto se cumplieron sus temores. Una mañana, mientras se acercaba a la obra, se quedó paralizado al toparse con varios coches de policía. Los transeúntes aceleraban el paso, sin atreverse a mirar. Todo el mundo sabía que en esas ocasiones convenía ser discreto, procurando no llamar la atención. Los agentes recorrían la calle con cara de pocos amigos, sosteniendo las metralletas en actitud de alerta. Julián alzó la cabeza y vio a Mateo esposado. El edificio, aún sin terminar, tenía las tripas al aire, mostrando sus vigas y pilares. Bajaba las escaleras, custodiado por dos policías. Todos los obreros contemplaban la escena con expresión de impotencia, pero sin decir nada. Nadie quería meterse líos.

-Corre, chaval –gritó Mateo al verlo-. Corre.

Aunque no lo dijo, Julián dedujo que también habían acudido a detenerlo a él. Probablemente, habían torturado a alguien del grupo y los había delatado a todos. No se lo reprochaba. Por lo que le habían contado, todos hablaban. Solo era una cuestión de tiempo. El cuerpo y la mente se derrumbaban después de varias horas de violencia y amenazas. Julián echó a correr con todas sus fuerzas. La policía le dio el alto, haciendo sonar sus silbatos, pero él no se detuvo, abriéndose paso a empujones. Sus piernas no eran muy largas, pero sí muy fuertes. Evitó las calles anchas y las plazas, callejeando como si fuera una liebre haciendo requiebros entre las jaras. Sabía que esta vez no se contentarían con darle puñetazos y patadas. Pensó en Mateo, chillando de dolor. Se avergonzó de que esa imagen le suscitara miedo y no compasión. Miedo de pasar por lo mismo. En apenas quince minutos, logró escabullirse, doblando esquinas y cambiando constantemente de dirección. Oyó las sirenas de los coches, cada vez más lejanas. No dejó de correr. El aire se metía en sus ojos, arrancándole lágrimas que bajaban por las mejillas y se colaban en la boca con su sabor salado, algo que acentuaba su inquietud. Imaginó que los berridos de un ser humano torturado no debían ser muy distintos de los de un gorrino en mitad de la matanza. El terror le hizo correr con más fuerza. Volvía la cabeza y ya no distinguía a nadie, salvo a transeúntes que le miraban con perplejidad. Todo indicaba que habían desistido. Cuando llegó a un descampado, se detuvo, luchando por no desmayarse. Había traspasado los límites de la ciudad, acercándose sin pretenderlo al poblado de chabolas donde había vivido unos meses. Sentía que el corazón le iba a explotar y casi no podía respirar. Ya no le perseguían. Probablemente, habían dejado de hacerlo hacía bastante rato. Tosió varias veces y sufrió varias arcadas. Había exigido demasiado a su cuerpo.

No podía volver a su pensión. Tampoco podía refugiarse en casa de Alberto y Conchi. Probablemente, ya los habrían detenido. Solo le quedaba esconderse en el poblado. Levantaría otra chabola y esperaría. Tendría que mendigar comida otra vez en el convento de monjas. Hasta que se olvidaran de él, no podría volver a trabajar en una obra. No le buscarían con mucha insistencia. No era más que un donnadie. Cuando entró en el poblado, el sol derramaba una lumbre roja que incendiaba los tejados de uralita. Un humo blanco subía por las improvisadas chimeneas. La basura se acumulaba en todas partes, como una mala hierba que prospera sin esfuerzo. Contrastaba la miseria de aquel lugar con aquella mañana alta, ancha y luminosa. A pesar del silencio, Julián sintió que un grito subía de aquella podredumbre, reclamando una vida menos indigna. Al fin sabía que era anarquista.

Se acercó lentamente al poblado, mezclándose con un grupo de niños que jugaban con una pelota de trapo. Pensó con tristeza en su ejemplar del Quijote. Sin él, la sensación de soledad y desamparo sería mucho más amarga.

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