Siegmund Ginzberg nació en Estambul, en el seno de una familia judía que se trasladó al norte de Italia a finales de los años cincuenta, cuando el autor era todavía un niño. Escribidor de cientos de artículos para el diario L’Unitá, muchas veces con la mirada puesta en el auge actual de la extrema derecha ―que ya gobierna Italia, acecha a Europa y preside EE.UU.―, Ginzberg hace una impresionante alegoría sobre lo que pasó en 1933 en la Alemania de Weimar, y en el mundo, cuando Adolf Hitler subió al poder democrático, que no tardó en disolver.
Las fuerzas uniformadas del caporal austríaco habían iniciado una campaña en la que, con acuerdos de coalición insólitos para lo que se esperaba en Europa de las fuerzas conservadoras con sentido de Estado, y con una comunicación agresiva, plagada de insultos y provocaciones, apelaban a los más bajos sentimientos racistas (antes hacia los judíos, ahora hacia los migrantes de color): «Para el judío oriental, Occidente es la libertad, la oportunidad de trabajar y de expresar el propio talento, es la justicia… Pero no sabe lo que le espera».
Durante la década de los treinta, los nazis amenazaban a la prensa que no compartía sus ideas, y la menospreciaban siempre que podían, acusando a los políticos demócratas de traición al pueblo soberano (el mismo al que no tardarían en acallar), o manifestándose por las calles en contra de cualquiera disidente. Organizaron cazas de adversarios reales o ficticios con ocasión del incendio del Reichstag, del que se culpó a los comunistas, según ideó Goebbels. Lanzaron por doquier discursos de odio para conseguir adeptos que se radicalizaban cada vez más, destruyendo, de manera no muy sutil, las instituciones democráticas. Con todo esto, los nazis allanaron el camino para llegar como salvadores de la inoperancia de los partidos conservador, liberal, socialdemócrata y comunista, obteniendo en 1933 casi el 44% de los votos.
Ginzberg remarca ese año clave para el ascenso del nazismo, 1933, con una anécdota sobre George Simenon: a principios de 1933 el novelista francés, que acababa de publicar sus dos primeras novelas policíacas protagonizadas por el comisario Maigret, emprende un viaje por aquella Europa en crisis que describe en distintos artículos publicados en la revista Voilá. La serie se titulaba «Europa 33». Simenon cuenta que Europa está enferma. Y traza una parábola literaria: el médico se inclina sobre el paciente y acerca su oído al corazón que late con poca fuerza o se acelera de continuo: «Repita 33». Y el paciente repite: 33, 33, 33… El rostro del médico trasluce preocupación. Una preocupación que Simenon constató también cuando conversa con Trotsky en la isla turca de Prinkipos, donde el líder revolucionario se encontraba exiliado por orden de Stalin: «El fascismo, en particular el fascismo alemán, implica un indiscutible peligro de guerra en Europa (…) considero absolutamente inevitable ―señalaba León Trotsky― que la Alemania fascista provoque un estallido bélico». Una profecía señalada en 1933.
Adolf Hitler, definido por Ginzberg como un charlatán autoritario al que nadie se tomaba en serio pero que trabajaba veinticuatro horas al día, ganó las elecciones alemanas de la agotada República de Weimar apoyado económicamente por las fuerzas más poderosas y reaccionarias de la sociedad de aquella época: el gran capital, la Iglesia y el ejército; este último con alguna salvedad antes y después del ascenso nazi: por ejemplo, el general Von Schleicher, canciller antecesor de Hitler, asesinado en la noche de los cuchillos largos, al igual que su ayudante Von Bredow, por haber ambos pretendido que el ejército interviniera. Aquella noche, Hitler también se desembarazó del peligroso lugarteniente de las SA, Ernst Rohm. Tiempo más tarde, tras los desastres nazis en el frente oriental, se deshizo además de Claus von Stauffenberg, autor del atentado fallido contra el Führer en la Operación Valquiria de julio del 44, en la Guarida del Lobo. Otro implicado, el mariscal Erwin Rommel, encargado de la defensa occidental en Normandía, fue conminado a suicidarse en octubre de 1944 tras una controvertida acusación.
El fracaso del complot para eliminar al canciller supuso no sólo la permanencia en el poder de este, sino una ola de represión hacia la población alemana que no comulgaba con los nazis y los cuadros del ejército. Parece evidente que este fracaso conspirativo reforzó, todavía más, el papel preponderante de Göring, Goebbels, Himmler y Hess, que constituyeron un núcleo cerrado ante Hitler. Mientras tanto, el mensaje nacionalista y antipartidista del Führer iba calando en una población desencantada que veía cómo en los catorce años que iban de 1919 a 1933, habían tenido trece cancilleres y veintiún gobiernos que no lograban conseguirles la tan anhelada estabilidad social y económica.
Las élites económicas, religiosas y militares que alimentaban la economía y el poder de Hitler, consideraban que su figura les servía para detener a las fuerzas trabajadoras representadas en el Bundestag o a través de los sindicatos, pero creían, ingenuamente, que podrían prescindir de él en cuanto se lo propusieran. Visconti definió de forma clarividente esta actitud en su film La caída de los dioses.
Para Ginzberg, judío muy crítico con la actuación de Netanyahu en la masacre gazatí, los síntomas que está viviendo el mundo son tan inquietantes como los que hace cien años debieron vivirse en la casa de los Mann, de Bertolt Brecht, Stefan Zweig, Ana Frank, Marc Chagall, Walter Benjamin, Erich Maria Remarque, Hannah Arendt, Piet Mondrian, Robert Musil, Alma Mahler, Jorge Semprún, Primo Levi, Emil Ludwig y un muy largo y triste etcétera, de aquellos que fueron prohibidos, encarcelados, exiliados o, simplemente, asesinados. El pueblo alemán, junto a los países anexionados o sometidos, no supo reaccionar ante lo que se le vino encima, como escribió el teólogo luterano Martín Niemoller, temprano colaborador del nazismo y más tarde confinado en Dachau: «Primero vinieron por los socialistas, pero yo no dije nada porque no lo era. Luego, fueron por los judíos, pero tampoco dije nada porque era ario. Ahora, están llamando a la puerta…». Aquello era el preámbulo de la «solución final», genocidio encargado a Heydrich, ejecutado en varias etapas y que según algunas cifras documentadas significó el exterminio de unos seis millones de judíos, dos tercios de los que vivían en Europa en aquella época.
En 1933 se crearon los primeros campos de concentración, asignados a las SS de Himmler. Allí fueron a parar todos los que para el régimen no tenían hogar, como mendigos o vagabundos, incluidos los migrantes ilegales. Más tarde se llenaron con holgazanes, inútiles, parásitos, prostitutas y vándalos. Por último, se amplió la persecución a homosexuales y gitanos, animando a los ciudadanos a que los denunciaran. La población, según Ginzberg, se mostraba satisfecha de que los nazis cumplieran su promesa de «orden, disciplina, normas». La mano dura e incluso la brutalidad, lejos de dañar la reputación de Adolf Hitler, le otorgaban una amplia aceptación. El pueblo seguiría aplaudiendo cuando, junto a los demás, se llevaron a los judíos.
El lema «seamos alemanes y no judíos» pronto caló en una población alemana desesperada por las condiciones económicas y sociales derivadas del Tratado de Paz de Versalles tras la Gran Guerra de 1914-1918. Si unimos a esto el lenguaje agresivo de los nazis, podría entenderse el fenómeno de catarsis que se apoderó de una Alemania pobre y humillada. Y conviene recordar que algunos países europeos también eran firmemente antijudíos, como por ejemplo Francia, Rusia o Polonia.
Los socialdemócratas que durante tanto tiempo habían gobernado Alemania no parecían reaccionar, pues consideraban que la alianza entre reaccionarios y nazis no llevaba necesariamente a un régimen fascista; «el carnaval no durará», se decían. Craso error, como estamos viendo ahora en algunos gobiernos autonómicos de nuestro país, donde las libertades se recortan a pasos agigantados ante la pasividad de la derecha tradicional. En aquel entonces el Partido Comunista alemán dio la voz de alerta en cuanto Hitler fue nombrado canciller: «Atraco descarado a los salarios, terror sin límite por parte de la peste parda asesina, ataque a los últimos derechos de las clases trabajadoras, carrera hacia la guerra imperialista; esto es lo que nos depara el futuro inmediato». Sin duda, una visión profética.
Ginzberg ha estudiado de forma exhaustiva los periódicos de la época en que las tropas de Hitler amedrentaban a una población que dejaba hacer, muchos de ellos agentes que deberían velar por el orden público. A fin de cuentas, si rompían los cristales de establecimientos judíos, o se les deportaba sin que nadie volviera a saber de ellos, por algo sería, «algo habrían hecho». Especialmente significativo fue el papel que la justicia alemana desempeñó en aquella República de Weimar, con su pasividad, su tolerancia y colaboracionismo, como se recordaba en aquel film de Kramer, Vencedores o vencidos.
Como apunta el autor de este impresionante volumen, los nazis se mostraron desde el principio como campeones del insulto, de las groserías lanzadas contra los opositores, contra los judíos y contra cualquiera que osara poner en duda sus métodos violentos: «una violencia teatral», cargada de odio y prejuicio.
Este libro de Ginzberg, de poco más de doscientas páginas, resulta absolutamente imprescindible para los tiempos que estamos viviendo en el mundo, en Europa y en España. En él se analiza impecable y sistemáticamente cómo y por qué los nazis consiguieron llegar al poder sustituyendo a quienes el autor considera «los supuestos garantes de la democracia: las instituciones del Estado, la clase política, la prensa libre y la misma sociedad civil». Como indica al final del prólogo, «en el mundo entero, la política se encuentra en uno de sus momentos más bajos, exactamente igual que en la República de Weimar en 1933…», cuando Adolf Hitler al mando del partido nazi obtuvo más de diecisiete millones de votos.
El escritor hondureño exiliado en México, Augusto «Tito» Monterroso, nos alertaba de que, tras el sueño de su protagonista, el dinosaurio todavía seguía allí. Así, Ginzberg se pregunta: «¿Y si de repente, una pesadilla de la que habíamos despertado hace tiempo, que apenas recordábamos, arremetiera mortalmente contra nosotros?».
Emilio Soler es historiador, experto en libros de viajes.










