Metáforas para la crisis de la Historia

Key Metaphors for History. Mirrors of Time

Javier Fernández-Sebastián

Londres y Nueva York, Routledge, 2024

338 págs.

Para comprender el interés que tiene una obra como la presente ha de tenerse en mente el valor epistemológico que la metáfora ha ido cobrando en las últimas décadas. Si bien existen antecedentes a lo largo de toda la historia del pensamiento1, son muchos los que han mostrado la relevancia de esta figura retórica dentro del discurso teórico y la imposibilidad de sustituirla o eliminarla del lenguaje conceptual. Autores como Derrida, Ricoeur o Blumenberg pusieron la metáfora bajo una luz nueva señalando la importancia de su estudio, ya sea para incidir en el origen metafórico de los conceptos y analizar los sedimentos que acarrean desde dicha génesis o bien para señalar su capacidad de dotar de contenido a los términos más abstractos de la labor intelectual. De entre estos intentos, resulta central aquí la figura del antedicho Hans Blumenberg. No solo porque acuñara su metaforología en el seno de la Historia Conceptual, un campo de estudio al que el autor del libro reseñado ha dedicado gran parte de su trabajo2, sino porque fue quien incidió con mayor profundidad en la manera en que dicho tropo nos permite comprender cómo muchos conceptos han ido variando su sentido a lo largo del tiempo. En definitiva, como se puede ver en este libro, la metáfora es una herramienta privilegiada para lograr el principal objetivo de la historia conceptual: vincular la experiencia cotidiana con el discurso que sobre ella se produce.

Siguiendo esta perspectiva de análisis, podemos comprender qué quiere decir el profesor Fernández Sebastián cuando señala que su trabajo «no es una historia de las metáforas en general, sino, más exactamente, de las metáforas para la historia» (p. 4). El libro se centra en aquellas figuras que se han empleado para comprender y practicar la historia como disciplina a lo largo de su existencia. Lo que una perspectiva así puede ofrecer no es baladí, ya que habilita una reflexión sobre las formas y mutaciones del trabajo del historiador. Por consiguiente, lo que se presenta al lector es una invitación a la reflexión «sobre los beneficios cognitivos que resultan del estudio histórico de las metáforas en la historiografía» (p. 1). Una tarea encomiable que exige a quien la acomete una gran sensibilidad lectora y un especial rigor para controlar la compleja naturaleza polisémica de las figuras. Nuestro autor lleva a cabo esta tarea con solvencia, demostrando el conocimiento de la historia conceptual y la metaforología que se le presupone, así como una amplia cultura que le permite reconstruir el empleo de los tropos que analiza de forma concisa y rigurosa, pero sin olvidar los derroteros muchas veces caprichosos por los que nos conduce la complejidad semántica del lenguaje metafórico.

El libro se divide en dos partes. Una primera que se ocupa de los «tropos asociados a un repertorio limitado de conceptos básicos de naturaleza disciplinaria y temporal», es decir, conceptos como «historia» en general, la naturaleza de la sucesión temporal y la comprensión que los historiadores han desarrollado acerca del pasado, el presente y el futuro. En segundo lugar, la obra se centra en el estudio de términos técnicos como «proceso», «evento» o «tradición», así como de otros conceptos vinculados con la modernidad como pueden ser «revolución», «progreso», «decadencia» o «crisis» (p. 4). Son vocablos que se relacionan de forma íntima con la práctica de la historia en los últimos dos siglos, un margen temporal limitado pero que corresponde a grandes rasgos con el desarrollo de la historia como disciplina académica tal y como la comprendemos hoy en día.

Lo que este libro ofrece al lector «no es exactamente una taxonomía de los tipos de metáfora que se pueden encontrar en las obras historiográficas, sino más bien una búsqueda selectiva de aquellos tropos y encrucijadas metafóricas centrales donde convergen muchas discusiones y donde ocurre un intenso tráfico discursivo, particularmente en momentos de crisis epistémica» (p. 14).  Se puede decir que Key metaphors for History permite rastrear la historia de la historia hasta alcanzar un tiempo que puede ser el de su disolución o, cuanto menos, un momento de transición decisivo.

El primer capítulo se centra en las diferentes formas de comprensión de la historia, estudiando las metáforas que se han relacionado con ella. El recorrido por los usos de estas figuras muestra las implicaciones de la transformación producida en el siglo XVIII, desde una comprensión ejemplarizante de la historia, que buscaba en el pasado modelos para el presente, a una forma de concebirla que hace del pasado un tiempo heterogéneo, incidiendo más en la discontinuidad que en la constancia. En este periodo decae el ciceroniano motto de la historia magistra vitae y emergen nuevas figuras que hacen alusión a «su transformación en un singular colectivo que lo abarca todo» (p. 37). Como ejemplo del modus operandi del profesor Fernández Sebastián, se puede destacar el peso que se le confiere a las metáforas relativas a los ferrocarriles, que recorrerán la obra, porque en ellas se evidencia el proceso de cambio al que antes aludía. El hecho de que Clío, la musa de la historia, «la gentil doncella e imparcial maestra de antaño (…) se haya transformado en una furiosa máquina autopropulsada» (p. 38) no solo hace evidente el sentido de esta conversión, sino que también permite comprender la evolución de la idea unitaria de historia. El avance imparable del tren de la historia, que se identificaba con el progreso, se ha acelerado y su velocidad parece hoy incontrolada, de la misma forma que su destino final se presenta incierto. Esta situación engendra, a su vez, una serie de contrametáforas que señalan los peligros que estos ideales futurocéntricos habrían engendrado. Entre estas últimas el autor destaca el famoso Angelus Novus de Walter Benjamin como «un auténtico anti-Clío» (p. 50) que mira horrorizado hacia el pasado. Una mirada histórica influyente en la actualidad y que evidencia las tensiones a las que se enfrenta la disciplina.

El segundo capítulo pasa revista a las metáforas vinculadas con el tiempo, su discurrir y su memoria. En este apartado podemos destacar el interés dedicado a este último concepto, el de la memoria, central en nuestros días. Así, el autor realiza una crítica al uso que se hace de ciertas políticas de la memoria, asociadas a la creciente importancia de la identidad. Políticas que, en muchos casos, se presentan como «antagónicas a la historia» (p. 83) utilizándose no solo para la musealización y cancelación de pasados conflictivos, sino también para eliminar aquellos que contradicen agendas políticas presentes. Frente a estas «guerras de la memoria» (p. 86) tan actuales, Fernández Sebastián recuerda que, «a diferencia de la naturaleza esencialmente subjetiva y caprichosa de la memoria, la historia busca alcanzar un cierto grado de objetividad, imparcialidad y certeza» (p. 87). Un ideal que, si bien nunca se puede estar seguro de haber alcanzado, no debe olvidarse si se quiere que la historia mantenga alguna clase de valor de verdad y no se transforme en una mera herramienta al servicio de intereses actuales.   

El tercer capítulo se centra en «la tríada esencial» de la temporalidad histórica: las categorías de pasado, presente y futuro, así como las relaciones que pueden establecerse entre ellas. El vínculo entre las dos primeras ha sido concebido por medio de varios tipos de metáfora, entre las que destacaría la del pasado como «país extranjero», ya que, de nuevo, a través de este concepto doble podemos observar la variancia en la comprensión de la disciplina e, incluso, la crisis en la que antes la situábamos. La sustitución de esta imagen por otras metáforas que priman el valor presente de lo histórico, haciéndolo valer como un arma en conflictos culturales y políticos recientes, «representaría el fin de la historia tal como se ha entendido este esfuerzo intelectual durante los últimos doscientos años» (p. 108) al anular la distancia del historiador respecto a su objeto, implícita en la lejanía de dicho «país del pasado», y transformar su tarea en un espacio de lucha adaptado a las necesidades de intereses contemporáneos que no atienden a los contextos concretos en que sucedieron los acontecimientos de antaño.

El cuarto capítulo inaugura la segunda parte de la obra, donde se pone el foco sobre términos empleados para la escritura de la historia moderna y contemporánea y ya no sobre aquellos que determinan la propia idiosincrasia de la materia. El autor comienza estudiando los conceptos de «fuentes», «eventos» y «procesos» como algunos de los más determinantes de la práctica historiográfica. En estas páginas se hacen patentes las variaciones en las formas de estudiar la disciplina de forma más concreta de lo que se hacía en la primera parte, cuyo objeto era, por así decirlo, más generalista. Por ejemplo, la noción de «fuentes» estaba vinculada para los historiadores que la empleaban con una comprensión centrada en el documento que presentaba desde su inicio numerosas dificultades. Su consagración dependía de un «fetichismo de los documentos» (p. 136) que el positivismo no aceptaba de buen grado apelando a los hechos depurados del añadido de significado que conlleva el pasarlos a escrito. Por otra parte, las nuevas formas de tratar los documentos históricos parten de la conciencia de su falta de transparencia, una característica a la que aludía de forma implícita la metáfora acuática de las fuentes. Por ello, algunos autores han querido sustituirla por otras figuras como «trazos» o «restos». Para Fernández Sebastián, esta sustitución «representó un importante cambio epistemológico respecto del imaginario anterior» (p. 139). De manera semejante, la noción de «evento» como «materia bruta de la narrativa» (p. 141) histórica ha resultado insuficiente para muchos, en especial a raíz de la aparición del estructuralismo y la escuela de los Annales. Así, Braudel remarcaba la insuficiencia del evento aislado para comprender los procesos de largo alcance a los que debía dirigirse el historiador (p. 141). Esta crítica a la historia «événementielle» coincide con la «difuminación de la diferencia entre evento y proceso» (p. 150) que caracteriza a la historiografía reciente. El evento en sí no es significativo, sino que se enmarca en una serie de transformaciones vinculadas entre sí.

 El penúltimo capítulo se ocupa de tres términos que suelen aparecer interconectados en la escritura de la historia contemporánea: «revolución», «crisis» y «modernidad», los cuales nos remiten a nuestro pasado más inmediato evidenciando su condición cambiante e inestable. Se trata de un tiempo en el que «el lenguaje figurativo es un recurso cognitivo esencial» (p. 165), en tanto lo viejo queda destruido y de lo nuevo apenas se atisban perfiles difusos. La era de las revoluciones supone el comienzo de un periodo histórico en el cual el afán por alcanzar el futuro se torna acuciante, por lo que «un gran número de metáforas forjadas durante la era de las revoluciones están relacionadas con el movimiento, la velocidad y, en particular, la aceleración» (p. 169). En ellas se ve cómo el optimismo revolucionario se deja pronto de lado, presentando la revolución como una fuerza incontrolada de consecuencias imprevisibles. Aparejado al concepto de revolución, el de crisis aparece como «tal vez, la metáfora absoluta de nuestra era» (p. 184). La proliferación de usos de este último término en diversos sentidos hace pensar que se ha convertido en «una condición casi permanente» (p. 186). En última instancia, la noción de crisis nos permite cumplimentar «el imperativo de la continuidad dentro de la discontinuidad» (p. 189) que debe buscar el historiador y señala la idiosincrasia de la época postilustrada, ya que «habiendo desplazado al concepto de progreso, está jugando actualmente un papel fundamental, difícil de sustituir, como instrumento para sincronizar temporalidades a escala global» (p. 191). Una afirmación que expone la clase de transformación que, como decíamos, se refleja en este libro.

El último capítulo, «Progreso, declive, transición», se adentra en conceptos centrales acerca del cambio, así como en sus metáforas espaciales dominantes (p. 218). La resemantización de carácter temporal de estos términos es el producto del proceso de consagración del futuro que Koselleck situase en su Sattelzeit3. Una transformación relevante ya que con ella «el tiempo histórico no solo deviene medible, sino también significativo» (p. 220). De nuevo, aquí aparecen las metáforas ferroviarias (p. 226 y ss.) con sus específicas transvaloraciones que comentaba a colación del primer capítulo. La interrelación de conceptos y sus metáforas muestra esa decepción progresiva con las ilusiones de la modernidad, un cambio que comenzó con el desengaño que supuso la Primero Guerra Mundial y que implicó el fin de la percepción de una historia con sentido y dirección. Así, la historia se vuelca en el estudio de la transición no como un paso hacia un estado ideal sino como «navegación en un océano sin orillas» (p. 247). Puede decirse que el estudio de estas metáforas nos conduce al diagnóstico del presente que se afirma en las últimas líneas del capítulo y que ya hemos ido apuntando a lo largo de esta reseña. La reconstrucción permite comprender en qué direcciones se está experimentando el cambio, pero la actitud del verdadero historiador ante él debe ser más bien escéptica o, al menos, cautelosa:

¿El virus Covid-19 nos ha traído un cambio trascendental? ¿Y la invasión de Ucrania? Estos y otros acontecimientos importantes han desencadenado cambios importantes que podrían conceptualizarse como la entrada a un nuevo período histórico. Sin embargo, es demasiado pronto para dar una respuesta categórica a estas preguntas. La sensación de vivir en una época de innovaciones trascendentales y de crisis paroxísticas no es razón suficiente para responder afirmativamente. (pp. 250-251).

La obra se cierra con unas interesantes «Reflexiones finales». En ellas, el profesor Fernández Sebastián nos indica que «esta obra puede considerarse a la vez una monografía de historia intelectual sui generis y una contribución a la historia de la historiografía (…) que también puede ser una contribución a una teoría crítica de la historia» (p. 280). Como hemos ido mostrando a lo largo de estas líneas, uno de los valores principales que aporta la obra es el de permitirnos comprender el estado de cosas en el que se encuentra la propia disciplina historiográfica ya que, según indica el autor, «podríamos estar al borde de una enorme expansión o en vísperas de un colapso o al menos de una transformación radical de la disciplina» (p. 281). Un estado de cosas que se describe en uno de los pasajes más hermosos del libro, en el cual se exhibe el potencial descriptivo de la metaforología:

El otrora majestuoso río del tiempo se ha transformado en los últimos tiempos en un torrente turbulento y caótico con múltiples ramificaciones, lleno de rápidos y remolinos, en el que, para colmo, se nos pide saber nadar contra corriente si realmente queremos innovar. El desorden y la agitación también se han instalado en el aire: los vientos de la historia se han desdoblado en vorágines, huracanes y tornados erráticos. (p. 279)

En definitiva, la obra que nos ocupa es relevante en un momento en que el análisis historiográfico de las metáforas ha devenido un tema de peso. Los ejemplos que hemos mencionado anteriormente, si bien no agotan el valor epistemológico y crítico de la obra, nos permiten atisbar los derroteros y la profundidad de un análisis como el que realiza aquí el profesor Fernández Sebastián. Si bien la presentación tipológica que se hace de las figuras puede hacer la lectura un tanto compleja, esta dificultad queda suplida con la pericia del autor a la hora de dotarla de cohesión y coherencia. Por otra parte, esto permite invitar al lector a profundizar en muchas de las figuras, lo que no deja de ser la pretensión principal de este libro. Sin embargo, su mayor valor es mostrar cómo, a través de las metáforas, se puede reconstruir el devenir de la historia como práctica académica, así como su situación actual. Por ello, nos encontramos ante una obra que, cumpliendo con los requerimientos de una introducción académica, plantea problemas y situaciones presentes que inducen a una reflexión más profunda. En ese sentido, es una obra que permite tanto al conocedor como al lego comprender mejor el estado de la historia como disciplina y atisbar los caminos que puede seguir en un futuro.  

Pedro García-Durán es doctor en filosofía por la Universitat de València. Ha publicado El camino filosófico de Hans Blumenberg (Alfons el Magnànim) y ha coeditado volúmenes colectivos como Hans Blumenberg: historia in/conceptual, antropología y modernidad (Pre-Textos) o Mitologías políticas (Plaza y Valdés).

  1. Para una mejor comprensión de los estudios referentes a las metáforas puede verse García-Durán, Pedro, «Metáfora/ Metaforología» en Tena, Alberto, Rodríguez, Jaime y Arango, Andrés (eds.), Barranquilla, Metodologías y prácticas para la historia intelectual Editorial Universidad del Norte, 2024, pp. 253-264.   ↩︎
  2. Esto es patente en el proyecto de investigación Iberconceptos, culminado con los once volúmenes del Diccionario político y social del mundo iberoamericano. A su vez, su interés por la metáfora se concretó, antes de este libro, en el colectivo Metafóricas espacio-temporales para la historia (València, Pre-Textos, 2021) que coeditaría junto a Faustino Oncina Coves. ↩︎
  3. Con esta metáfora, Koselleck se refiere al periodo entre 170 y 1850, cuando muchos conceptos espaciales pasan a tener un sentido temporal. Al respecto, Koselleck, Reinhart, «Über die Theoriebedürftigkeit der Geschichtswissenschaft», en Conze, Werner (ed.): Theorie der Geschichtswissenschaft und Praxis des Geschichtsunterrichts, Stuttgart , Klett-Cotta, 1972, pp. 10-28. ↩︎
Ruinas del templo de Angkor Wat devoradas por la selva (Camboya)
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Ficha técnica

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