Franco. Biografía del mito
Antonio Cazorla
Madrid, Alianza, 2015
392 pp. 22 €

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El autor despeja las dudas rápidamente: Franco fue un asesino. No resulta, por tanto, sorprendente que reconozca que no siente la menor simpatía hacia él. Resulta muy difícil tenérsela si, a continuación, se afirma, además, que «fue un hombre cruel, egoísta, y un tirano que hizo mucho daño a millones de personas y al país». Esas palabras, que forman parte de un pasaje en el que el autor da cuenta de su relación con la figura de Francisco Franco, dejan las cartas sobre la mesa de una forma patente. Por supuesto que no se trata de una relación personal, sino de la imagen de Franco que pudo hacerse un niño nacido en Almería a comienzos de los años sesenta, en el seno de una familia trabajadora que había sufrido la represión de los vencedores, y en un «barrio medio obrero y medio marginal» de aquella capital andaluza.

Pocas personas más capacitadas para hacerlo, desde luego, porque Antonio Cazorla, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Trent (Canadá), tiene en su haber algo más de media docena de libros sobre el primer franquismo, aparte de muchos artículos sobre ese mismo período que le han permitido convertirse en una presencia habitual, como experto de la España reciente, en todas las revistas especializadas de lengua inglesa y española.

Pero el libro dista mucho de ser una simple biografía denigratoria, como ha habido tantas, sino que trata de ofrecernos una explicación de las razones del mito construido en torno al dictador de acuerdo con las tendencias actuales de la historia social y cultural, aquella que se reclama como la Nueva Historia Cultural. Una primera versión de este libroFranco. The Biography of the Myth, Londres, Routledge, 2014.  se publicó en el Reino Unido el pasado año. La que ahora nos ocupa es una versión corregida de esa edición inglesa, pero habría sido deseable que esta versión castellana hubiera ofrecido noticia de la edición en castellano de algunos títulos de libros que se citan en el original inglés, mientras que resultan algo superfluas algunas explicaciones que parecen destinadas a un lector no habituado a la experiencia política española de los años más recientes .

La oferta de biografías de Franco está muy lejos de decaer cuando están a punto de cumplirse cuarenta años de la muerte del dictador. A la que ofreció Paul Preston en 1993, que el autor considera la mejor de todas, ha venido a sumarse, muy recientemente, la biografía presentada por Stanley G. Payne y Jesús Palacios, más comprensiva hacia la figura del dictador, aunque no haya dejado satisfechos a los que sólo podrían contentarse con una abierta hagiografía. En el camino han quedado muchos textos: desde el muy contenido y equilibrado que ofreció Juan Pablo Fusi en 1985 a las visiones combativas y enfrentadas de Luis Suárez Fernández, Manuel Vázquez Montalbán, Enrique Moradiellos, Ángel Palomino, Bartolomé Bennassar, Brian Crozier, Enrique González Duro, Alberto Reig Tapia y algunos otros.

El autor deja bien claro que su libro está dedicado a la imagen que los españoles se hicieron del general Franco, que oscila desde quienes lo vieron como el Caudillo salvador de España hasta quienes se empeñaron en caricaturizarlo como un general bajito y sanguinario que, para mayor escarnio, se hacía oír con una voz aflautada que parecía sugerir una virilidad dudosa. Entre esas imágenes extremas circularían otras muchas que, además, no harían sino modificarse a lo largo de los casi cuarenta años que duró su gobierno sobre los españoles.

En todo caso, la construcción de la imagen del general que gobernaba en la España sublevada se empezaría a realizar muy pronto y, a ese efecto, resultan muy ilustrativas las diferentes portadas que el semanario neoyorquino Time dedicó al nuevo hombre fuerte de la España nacional. La primera en la que aparece Franco como único protagonistaEl número correspondiente al 24 de agosto de 1936 llevaba en la portada una foto de Manuel Azaña, flanqueada por las de los generales Mola y Franco. se publicó en el número correspondiente al 6 de septiembre de 1937. No se había cumplido un año desde su acceso al poder y Franco ya había quedado incorporado a la galería de las celebrities de aquel momento. La portada era decididamente aséptica, pues, debajo de un cuadro del general y de su nombre completo, sólo se incluía una frase ambigua y hasta cierto punto complaciente: «¡Silencio! Los oídos enemigos escuchan».

Un año y medio más tarde, en el número correspondiente al 27 de marzo de 1939 –el día anterior a la caída de Madrid–, la fotografía de un Franco sonriente llevaba ya el título de «Dictador Franco» y contenía una ominosa advertencia: «Sus dificultades no han hecho más que empezar». La crítica al dictador sería ya abierta en el número correspondiente al 18 de octubre de 1943, en el que un Franco tocado con la boina carlista, sobre el mapa de la península Ibérica, era presentado como «Franco de Iberia» y, en el subtítulo, se leía que un paso contra él era un paso contra Hitler. El dictador se había convertido en un gobernante inasimilable entre los regímenes democráticos y muy poco de fiar para el futuro inmediato. Franco acababa de retirar entonces la División Azul del frente ruso y había abandonado la situación de «no beligerancia», a la vez que proclamaba su «neutralidad». Todavía aparecería Franco en una nueva portada de Time el 18 de marzo de 1946. Esta vez se trataba de la caricatura de un Franco ridículo en la cuerda floja, mientras que la revista se preguntaba sobre la posibilidad de que fuera derribado de una vez. Franco significaba ya, como señala Cazorla, la «presencia molesta» de un pequeño dictador; una estridencia disonante en el momento triunfal de las democracias que se vivía en la Europa de la posguerra.

La sucesión de imágenes de Franco en las portadas de Time resultaría aún más variada y matizada si la prolongáramos en el tiempo, pero eso exigiría un excesivo espacio y tal vez deba quedar para el estudio de algún especialista. En todo caso, lo que Cazorla deja bien claro es que la elaboración de esa imagen había comenzado mucho antes de la sublevación militar de julio de 1936 y constituye el objeto de un primer capítulo, que abarca desde 1912 hasta 1936, en el que se estudia la fabricación de la imagen del «héroe militar». Esa sería una tarea en la que tendrían un destacado protagonismo figuras como el general Millán-Astray, que estuvo al frente de la oficina de propaganda de Franco en Salamanca, y de periodistas que habían tratado a Franco en las operaciones militares de Marruecos. Los más destacados serían Joaquín Arrarás, autor de la monumental Historia de la Cruzada española, Víctor Ruiz Albéniz («El Tebib Arrumi», que significaba «el médico cristiano») y el murciano Juan Pujol. Todos ellos contribuirían a perfilar la imagen de un héroe agigantado en el escenario marroquí por medio de la técnica de difuminar la actuación de otros personajes como el propio Millán-Astray, el general Cabanellas, el coronel Núñez de Prado o el general Sanjurjo.

Al proclamarse la República, Franco era ya un joven general, después de una meteórica carrera realizada con la protección del monarca, y estaba al frente de la Academia General Militar de Zaragoza. Desde allí tendría que colaborar en la derrota de la sublevación militar de Jaca, aunque él no formó parte del tribunal del Consejo de Guerra sumarísimo que condenó a muerte a los capitanes Galán y García Hernández. Los gobiernos del período republicano frenarían un tanto aquella carrera, aunque no fueron un obstáculo para su ascenso a general de división y el aumento de su ascendiente por la colaboración que prestó al ministro de la Guerra en el sofocamiento de la revolución de octubre de 1934. En febrero del siguiente año sería nombrado jefe superior de las fuerzas militares de Marruecos y, a mediados del mes de mayo, jefe del Estado Mayor Central del Ejército. Había llegado a la cúspide de su carrera militar y la expectación en torno a su persona no decayó cuando el Gobierno del Frente Popular lo destinó a Canarias en calidad de comandante militar del archipiélago.

Así lo advertiría el socialista Indalecio Prieto, en un discurso que pronunció en Cuenca, el 1 de mayo de 1936, con ocasión de la campaña electoral para la repetición de las elecciones en aquella provincia, en las que se había anunciado una candidatura de Franco que sería finalmente retirada: «El general Franco, por su juventud, por sus dotes, por la red de sus amistades en el Ejército, es hombre que, en un momento dado, puede acaudillar con el máximo de probabilidades –todas las que se derivan de su prestigio personal– un movimiento de este género»Indalecio Prieto, Convulsiones de España, Ciudad de México, Oasis, 1967.. La sublevación militar del 18 de julio siguiente demostraría lo acertado de aquel vaticinio y dio paso a una nueva situación, a la que Cazorla dedica el capítulo sobre la imagen del «Salvador de España, 1936-1939». Se trata, desde luego, de un período crucial en la forja de la imagen de Franco como Caudillo. Fue un proceso relativamente rápido en el que el uso del apelativo «caudillo» fue abriéndose paso durante aquellas semanas del verano de 1936, cuando la temprana desaparición de Sanjurjo en accidente de aviación, y el protagonismo del ejército que avanzaba hacia Madrid por las riberas del Tajo, pusieron en el candelero al jefe supremo de aquellas tropas. En esas circunstancias, la elección de Franco como jefe de Gobierno no presentó excesivas dificultades. El mito se consolidaba con una dimensión nueva, promocionada desde su propia oficina de prensa, a la que seguirían diversos escritos de carácter hagiográfico, como los de Víctor Zurita y, de nuevo, Joaquín Arrarás y Víctor Ruiz Albéniz.

Tampoco faltaron contribuciones desde fuera de España, donde no tardarían en aparecer los estereotipos más rancios sobre la realidad española, estereotipos que marcaron aquellos años treinta. Tom Wingfield, el personaje principal de El zoo de cristal, de Tennessee Williams, evocaba el mundo exterior con la simple, pero suficiente, alusión a Guernica. El final de la Guerra Civil y, sobre todo, el de la Segunda Guerra Mundial dejaron a Franco en la triste situación de cerro testigo de los totalitarismos de anteguerra. Las simpatías hacia las potencias del Eje, apenas difuminadas por los virajes diplomáticos de finales de 1943 –cuando España abandona la no beligerancia para volver a la neutralidad–, no aliviaron el aislamiento del régimen, pero marcan el inicio de la evolución de la imagen de Franco hacia la figura de un dictador conservador abiertamente anticomunista y, por eso mismo, un aliado útil en la guerra fría que se perfiló desde el discurso de Churchill en Fulton (Misuri) en marzo de 1946.

Para explicar esa tarea de descontaminación del franquismo de su pasado totalitario, Cazorla plantea una brillante utilización de la documentación diplomática norteamericana, la cual se ve ratificada por las noticias que brindó la prensa española del momento. El 15 de julio de 1951, el diario madrileño ABC informaba, con gran relieve tipográfico, de la visita que hizo a Franco una comisión de senadores norteamericanos, miembros del Comité de Relaciones Exteriores y, tres días más tarde, daba la noticia de que el almirante Forrest P. Sherman, jefe del Alto Estado Mayor de la Armada norteamericana, había visitado también al dictador español. Las dos visitas serían interpretadas como un anuncio de un próximo convenio entre España y los Estados Unidos. La desventurada circunstancia de que el almirante estadounidense muriera seis días después de entrevistarse con Franco no ensombreció tan halagüeñas perspectivas.

A partir de 1947, Franco era ya el «gobernante prudente» al que Cazorla dedica otro de los capítulos de su libro. A quienes antes se habían mostrado críticos con el régimen, les parecería ya oportuno ver en Franco a un dictador, pero un dictador que resultaba beneficioso para los españoles y, por su declarado anticomunismo, también beneficioso para Estados Unidos y para los países del entorno europeo. El acuerdo de cooperación entre España y Estados Unidos y el Concordato con la Santa Sede, firmados ambos a finales del verano de 1953, terminarían por consolidar a un régimen que, sólo unos meses antes, había tenido que apechugar con la mirada socarrona de Luis García Berlanga en Bienvenido Mr. Marshall.

El volumen se cierra con un capítulo dedicado al Franco «modernizador» (1961-1975) y una reflexión final dedicada a la memoria del dictador en la España posterior a la fecha de su muerte. Para entonces, las cartas ya estaban todas echadas y el anciano dictador es presentado –sobre todo a partir de sus mensajes navideños– como un gobernante paternalista que se beneficia de los indudables avances económicos y sociales que experimentó el país en los últimos quince años de su gobierno. No tiene nada de extraño que, tras su muerte, la sociedad española iniciara una decidida marcha hacia la recuperación de las instituciones democráticas, una evolución que resultaría difícil de entender sin una profunda comprensión de los años del régimen franquista. «Sería absurdo alegar, como han hecho algunos –escribiría en 1994 el recién desaparecido Raymond Carr–, que Franco fue el padre de la democracia: fue contrario a ella hasta el final. Pero la sociedad que se había formado bajo su gobierno no podía tener ningún otro acomodo»El rostro cambiante de Clío. Ensayos, Madrid, Fundación Ortega y Gasset, 2005, p. 233.. Una gestión de gobierno y unos cambios sociales que se enriquecen extraordinariamente con este estudio de aquel niño almeriense que todavía vislumbramos en el profesor Cazorla.

Octavio Ruiz-Manjón es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense. Es autor de Fernando de los Ríos. Un intelectual en el PSOE (Madrid, Síntesis, 2007) y coeditor, con Alicia Langa, de Los significados del 98. La sociedad española en la génesis del siglo XX (Madrid, Biblioteca Nueva, 1999).

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