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Dormir con vuestros ojos. Maquiavelo, Caterina Sforza, los Borgia… los hilos de una conspiración que dejó huella en la historia
La Esfera de los Libros, Madrid, 2021.
340 p.

Nicolás Maquiavelo (1469-1527) es un personaje real que, en sus cincuenta y ocho años de existencia, combinó la acción y la reflexión, pero que -punto muy diferencial- está entre quienes, como Bonaparte o De Gaulle, han dado lugar a un adjetivo: maquiavélico. Calificativo que, aplicado sobre individuos o conductas, se emplea a veces como un elogio (inteligente, astuto) y en otras ocasiones con ánimo de denostar o incluso descalificar, en el sentido de equivalente a ser alguien amoral, carente de escrúpulos o límites. Así las cosas, y con tanta literatura y tantísima valoración (buena o mala, se insiste, según el día y la hora), recuperar al individuo de carne y hueso que se embosca bajo todo ello -individualizarlo, es decir, ponerlo en su sazón- resulta complicado. Y más aún si esa sazón era la de los comienzos del siglo XVI en Florencia. A tal empresa, ciertamente nada sencilla, obedece este libro.

El tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna suele situarse convencionalmente en 1492, año -con óptica española- del descubrimiento de América y, dicho sea de carrerilla, la toma de Granada por los Reyes Católicos, el famoso dos de enero. Pero resulta notorio que la historia tiene que verse con arcos temporales más extensos -el mundo es redondo y no para de girar- y que si elegimos una fecha es solo por convencionalismo y para simplificar.

Tal vez no esté de más recordar algunos datos obvios, empezando por lo tecnológico y en particular lo que hoy llamaríamos los medios de comunicación. Primero, hacia 1440, un orfebre alemán llamado Johannes Gutenberg inventó la prensa de imprenta con tipos móviles, que puso en práctica con la Biblia de cuarenta y dos líneas. Pero la época tampoco se entiende -segundo- sin importantes cambios económicos, tales como la consolidación de las ciudades y de una nueva economía, comercial y también financiera, y enteramente distinta del sistema del feudalismo, en el que, en cuanto agrario, cada quien se mostraba en buena medida autosuficiente. Y eso sin contar -tercero- la consecuencia inevitable, la progresiva modificación de las mentalidades. Huizinga, en su libro El otoño de la Edad Media, con el subtítulo Estudios sobre la forma de la vida y del espíritu durante los siglos XIV y XV en Francia y los Países Bajos, publicado en 1919, lo explicó en términos muy conocidos (aunque discutibles, por supuesto), empleando como materia prima las manifestaciones pictóricas y en concreto las obras de los hermanos van Eyck y de los primitivos flamencos. No falta incluso quien, como recientemente nuestra Elvira Roca, ha remontado el origen de las cosas -en última instancia, lo que se conoce, de manera igualmente convencional, como el Renacimiento– a la peste negra de 1348. Y es que, como estamos viendo ahora con el COVID-19, la biología (y en general la naturaleza, que se muestra reacia a ser dominada del todo por la mano del hombre) explica, junto con los cambios en lo que se acaba de indicar, o sea, la tecnología, la economía y las mentalidades, mucho de lo que sucede.

A finales del siglo XV y comienzos del XVI (la época de Maquiavelo: el comienzo de la Edad Moderna), todos esos factores se acumularon y se aceleraron, produciendo esa reacción química que conocemos como cambio de época o crisis o incluso revolución: la gente -lo nuevo no beneficia a todos por igual y siempre los hay que se quedan en la estacada- deja de aceptar lo que había venido siendo pacíficamente admitido -que unos obedecen lo que otros mandan, que unos son pobres y otros ricos- y, para explicarlo en pocas palabras, se echa a la calle. Y las instituciones propenden a ponerse a la defensiva, aunque en algunas (contadas) ocasiones optan por dar un paso adelante y pretenden (a veces, con éxito transitorio) liderar el proceso. En cualquiera de los escenarios, nada es como había venido siendo.

Pongamos sobre la mesa algunos datos de la época, principios del siglo XVI, que demuestran que no es nuestro tiempo, quinientos años más tarde, el único que va acelerado y no parece obedecer a un rumbo.

Empecemos por los dos poderes universales, o casi, la Iglesia Católica y el Sacro Imperio Romano Germánico. En la silla de Pedro estuvo, hasta 1503, Alejandro VI, Rodrigo de Borja, de la estirpe de Játiva que se hizo célebre (el segundo de los Borgia), de quien nadie está seguro que en su fuero interno albergara la menor creencia en la inmortalidad del alma. Su desempeño no se entiende sin el protagonismo de su belicoso hijo César, que sin embargo solo le sobrevivió cuatro años.

De la tiara siguiente, la de Julio II, Giuliano della Rovere (1503-1513), lo que más se recuerda es el empeño en reedificar la Basílica constantiniana, donde estaban enterrados los restos de San Pedro. Una empresa nada barata y para la que todo dinero era poco. De ahí que su sucesor, León X, Giovanni di Lorenzo de Medici -atención al apellido-, tuviera que poner en marcha el mecanismo recaudatorio que conocemos como las indulgencias, prometiendo a los donantes la vida eterna, dicho sea literalmente.

Maquiavelo

En el Imperio, por su lado, estuvieron Maximiliano I (1493-1519), casado con María de Borgoña -otro dato no menor- y luego, saltándose un eslabón -el de Felipe de Hermoso-, su nieto Carlos V (1519-1558). Y fue allí donde estalló la cosa. Primero con Juan Hus y luego, en 1517, cuando un agustino llamado Martín Lutero tuvo la ocurrencia de clavar en la puerta de la abadía de Wittenberg un papel -para eso estaba la imprenta- con noventa y cinco tesis no precisamente amables para con los métodos de allegar dinero a las arcas romanas. Lo que vino después es conocido: concordato de Worms en la primera mitad de 1521; guerra de los campesinos alemanes (1524-1525: también llamada, de manera muy expresiva, revolución del hombre común); adhesión de los privilegiados -con Felipe de Hesse, el famoso bígamo, en el que tanto se ha recreado la propia Elvira Roca, a la cabeza- a la tal revuelta; Interim de Augsburgo, por el nombre de la preciosa ciudad de Baviera donde casualmente tenían la sede los banqueros del emperador (1530); y, en fin, Pax de dicha ciudad (1555), que consagraría la famosa regla cuius regio, eius religio: la religión de cada territorio es la de su señor. El Imperio había dejado de ser monolítico desde el punto de vista ideológico.

Y eso sin contar con que, dentro de las propias filas católicas, se produjeron disensiones nunca vistas (y no solo puramente intelectuales, al modo de la querella de las investiduras de finales del siglo XI), que terminaron de estallar cuando, en su batalla contra la Liga de Cognac, y siendo Papa Clemente VII (otro Médici), Carlos empleó sus tropas –los lansquenetes– contra Roma para saquearla, el 6 de mayo de 1527. Apenas un mes antes de la muerte, el 21 de junio, de nuestro personaje mayor, Nicolás Maquiavelo. Una época -el primer tercio del siglo XVI, por seguir cayendo en el socorrido expediente de poner fechas, aunque ahora no sea un día único-, en efecto, en la que nadie ganaba para sobresaltos.

Pero eso mismo o más sucedía en el interior de cada uno de eso que ahora  llamamos los Estados. El propio Carlos se hizo cargo del trono de España en 1516 (aun cuando su madre, Juana la Loca, viviría hasta 1555: la historia de Tordesillas es conocida y no hará falta consumir espacio para recordarla) y sus inicios también estuvieron llenos de incidencias. Se empeñó en modernizar Castilla y para ello se trajo a paisanos suyos flamencos, lo que provocó una revuelta campesina -los comuneros: la batalla de Villalar fue en 1521, el 23 de abril-, mientras en México -el mundo estaba dejando de ser solo Europa- Hernán Cortés, con la conquista definitiva de Tenochtitlán el 13 de agosto del mismo 1521: un año verdaderamente aprovechado, fundaba una civilización mestiza llamada a ganar entidad propia, aunque durante casi tres siglos ondeara en ella el estandarte español.

De Francia, ¡qué decir! Carlos VIII (1483-1498) se hizo célebre por sus incursiones en la península italiana –donde hubo de habérselas con el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba- y por haber fallecido de un cabezazo. Le sucedió su primo, el duque de Orleans, con el nombre de Luis XII (1498-1515), el padre del pueblo. Y luego, su yerno, Francisco I, ya con un mandato más extenso (1515-1547), aunque también lleno de idas y venidas: no en vano se le designa, entre otras cosas, como el Rey guerrero. Eran malos tiempos para la lírica.

De Florencia, mejor no entrar en detalles. Una revuelta popular de 1494 había expulsado a los Médici y de la ciudad se hizo cargo Girolamo Savonarola, religioso dominico que quería purificarlo todo: los objetos que no respondieran a las costumbres sencillas se arrojaron al fuego –la hoguera de las vanidades: de ahí viene el término- y, como suele suceder en esos casos, quien acabó ardiendo en la pira, el 23 de mayo de 1498, no fue sino el propio Savonarola. Se abrió un período de libertad (bajo tutela francesa, para decirlo todo) y en 1512 volvieron los Médici, con quienes Maquiavelo no tuvo precisamente buenas relaciones. El libro que lo ha hecho inmortal, El príncipe, se escribió en 1513, aunque solo se publicó post mortem, en 1531.

En resumidas cuentas, que la vida de nuestro protagonista, en los cincuenta y ocho años transcurridos entre 1469 y 1527, coincidió con un período bien lleno de avatares, tanto en su ciudad, Florencia, como en Italia (lo que hoy llamamos Italia) y en Europa o incluso más allá. Lo dicho: las  cosas  están siempre cambiando –tenía razón Darwin-, pero hay momentos en que se junta todo (la tecnología, la economía, las mentalidades y hasta la biología) para dar lugar a esos procesos termodinámicos en los cuales las sustancias, o sea, los reactivos, alteran su estructura molecular y sus enlaces: eso son justo las reacciones químicas. A las autoridades les suele sorprender con el pie cambiado y todo lo que parecía estable pasa de pronto a saltar. La vida misma.

El libro de Gabriel Albiac se presenta como la transcripción de los recuerdos que iba teniendo Maquiavelo en las últimas horas de su vida, el citado 21 de junio de 1527. El autor pretende sobre todo humanizar al protagonista, por cuya cabeza va pasando la gente a la que había conocido y tratado. En la primera parte son mujeres y en particular Caterina Sforza, condesa de Forlì –una ciudad cercana a Florencia, aunque hoy en la región de Emilia Romagna-, pero se conoce que Maquiavelo llevó una existencia afectiva con mucho trajín, incluso cuando ya había entrado en la madurez. En la segunda parte, el libro pasa a poner el foco en hombres, todos ellos muy  celebrados como un Piero Soderini (1450-1522), el gonfaloniere del tiempo intermedio ente Savonarola y el retorno de los Médici; un Georges d’Amboise (1460-1510), eminencia de la corte de Luis XII en Francia y buen conocedor de la cultura del renacimiento italiano; y, para no hacer la lista interminable, un Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), que entró en el estrellato a los veintitrés añitos con su Oratio de hominis dignitate, considerado uno de los textos fundacionales del renacimiento. Un elenco humano de primer orden y cuyas relaciones cruzadas arrojan un cuadro mucho más entretenido que, por poner un ejemplo, el mejor episodio de la serie Juego de tronos.

Pero el libro de Albiac tiene, materialmente hablando, hechuras de novela de suspense. En la contraportada se explica con palabras que merecen verse reproducidas: «Un pasaje, que (el moribundo Maquiavelo) no logra descifrar, lo atormenta. En aquella confusa aventura, que empezó en 1499, se anudaron los tres nombres decisivos en su vida: la condesa de Forlì, Caterina Sforza, el papa Alejandro VI y su hijo César Borgia. Y un turbio regalo que llegó tarde a su destinatario: el retrato nupcial de Bianca Sforza, sobrina de Caterina, muerta demasiado joven. ¿Por qué era tan importante aquel encargo? ¿Qué destino de muerte habitaba ese exquisito retrato del maestro Leonardo que el canciller Maquivello entregó demasiado tarde?». Sin descubrir ahora ninguna baza, sí se puede anticipar que el misterio se oculta en un sobre (o, mejor, en el dibujo contenido en un sobre) que se encarga de abrir una tal Yilka, personaje –ahora sí- enteramente de ficción.

El libro ha dado pie a varias reseñas, todas ellas elogiosas. Por ejemplo, José Ángel Juristo en ABC Cultural: «Gabriel Albiac nos muestra la verdad de las mentiras»; «El filósofo y escritos nos regala una intensa novela, ambientada en una Florencia por la que desfilan Maquiavelo y los Borgia»; «Refleja un mundo guiado por la corrupción, la intriga y la creatividad». O Luis Alberto de Cuenca en ABC, con una Tercera bajo el título de Habla Maquiavelo: «La imagen que del autor de El príncipe nos ofrece Gabriel Albiac en su espléndida novela es la de alguien que, en su condición de florentino ilustre, certifica el papel principalísimo que jugó la ciudad en la historia de Europa. Una historia que asoma en las páginas de Dormir con vuestros ojos con el despliegue de la maraña de contiendas domésticas que hicieron de Italia un tablero de ajedrez donde se dirimían las querellas, dictadas por la ambición, de grandes potencias como España y Francia y de ciudades-estado italianas como Milán, Venecia, Génova o Siena».

Ese mundo de hace cinco centurias es, sí, el que ha querido recrear, con técnicas de escritor de ficción, Gabriel Albiac. Pero el lector es de 2021 y lo que tiene en la cabeza es lo que está sucediendo ahora mismo y también lo que ha ocurrido en ese largo período intermedio, en particular a partir del proceso de unificación italiana de 1849-1870. Cada quien tendrá su opinión sobre aquel país, amado y denostado a partes iguales, pero tal vez no exagere quien piense que seguimos estando ante el laboratorio del mundo. Cuando, en los debates intelectuales (no solo en las campañas electorales), alguien quiere descalificar al otro por no ser un demócrata, no le llama nazi, comunista o estalinista, sino fascista: una palabra (hoy, en rigor, un grave insulto, y en cuanto tal con un contenido poco o nada preciso) cuyo origen histórico y geográfico está donde está: no precisamente en Alemania o en los países anglosajones. De la partitocracia a la española, entendida como reparto de puestos de jueces y demás trapicheos de los políticos para, con las maneras que son propias de los tratantes de ganado, o sea, negociando por cabezas, dar acomodo a sus cuates, resulta indiscutible que igualmente constituye un invento italiano, la famosa lottizzazione de la época posterior a 1945. Y, por último, (para no agotar el elenco): muchos piensan que el populismo lo encarna el hiperventilado Trump, pero se nos olvida que antes, y proveniente de la sofisticada Milán, tuvimos a Berlusconi. La copia no se entiende sin el original.

Moraleja: Italia, pese a su crisis crónica y tantos otros defectos imperdonables, continúa siendo, para mal y en otras muchas ocasiones para bien, como sucede con la ópera, los preciosos coches Lancia -no sabe uno si era más bonito el Aurelia o el Flaminia- y tantas otras cosas, el laboratorio del mundo. Donde los productos se elaboran y ensayan antes de que el planeta los acabe haciendo suyos. El gran exportador, mucho más que la mismísima China. En eso, todo sigue siendo como hace medio milenio, en la época de Nicolás Maquiavelo. Como si el tiempo, que tan acelerado parece, no hubiese pasado.

Y ocurre que las reacciones químicas -al cabo, un movimiento de moléculas- se suelen producir precisamente en los laboratorios: no entremos a discernir si se trata de una relación de causalidad o es solo una correlación.

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