Resulta desconcertante leer un libro como este, escrito por un catedrático de Estética y Teoría de las Artes. El objetivo y su planteamiento de la metodología resultan muy diferentes a los que se promueven generalmente en la actualidad desde las facultades de filosofía occidentales pues los proyectos de investigación filosóficos pretenden ser rigurosamente científicos y suelen evaluarse con criterios propios de disciplinas experimentales.
En estas doscientas cincuenta páginas, que recopilan artículos de diferentes planteamientos y estilos discursivos, hay una clara y rotunda reivindicación de la diversidad en el pensar, incluso dentro del mundo académico, lo cual parece una osadía en tiempos en que las agencias de evaluación universitaria intentan poner moldes únicos y estandarizados tanto sobre artículos como sobre libros y modos de trabajo. El punto de partida es declarar como imposible una filosofía concebida casi como ciencia positiva para disfrutar de su prestigio (objetividad, progreso, eficiencia, etc.). Esta pretensión, que ya aparece en Platón o Tomás de Aquino y se radicaliza a partir del Idealismo alemán o de autores como Comte es hoy la imperante, pero en este volumen se enciende una carga de dinamita que pretende reventarla. Mediante variados ejemplos y con escritores ―poetas o filósofos― de muy diferente calado, sus páginas muestran modos muy divergentes de pensar, con el presupuesto de que es posible hacer filosofía rigurosa y no solo de modo analítico o según otras escuelas de moda, sino también desde la literatura. Con este planteamiento el autor defiende una filosofía más como arte que como ciencia. La filosofía no se desarrollaría con el modelo de las ciencias experimentales que sirvieron a casi todas las asignaturas académicas (en especial las matemáticas y la física). En la concepción que aquí desarrolla Galán el arte mostraría una sabiduría o ciertos conocimientos que no solo son subjetivos y relativos, ya que pueden ser a la vez compartidos e incluso universales.
El autor intenta mostrar cómo buena parte de la producción filosófica en la tradición hispánica se desarrolla por medio de producciones artísticas, en forma de novela, poesía o teatro. Para ello desarrolla su argumentación mediante escogidos ejemplos que recorren la historia de la literatura desde el medioevo hasta nuestro tiempo. En el comienzo del libro nos dice que hay «muchas maneras hay de pensar y, por tanto, de hacer filosofía; de hecho, se suele olvidar que esta es “amor a la sabiduría” mucho más que un modo académico de analizar pensamientos, de erudición bizantina o de disputas pretendidamente lógicas y razonables, a veces simples entretenimientos o diatribas especializadas. No es la razón la clave, sino el saber profundo el que realmente importa y este requiere de la intuición» (p. 11).
Ya desde la introducción se señala que la sola razón no es capaz de alcanzar lo más profundo, es decir, lo que daría sentido a las posibles argumentaciones. Como el sistema lógico de razonamientos no es el único modo de conocer, se hace indispensable el complemento de la poesía, la narrativa o el teatro para vislumbrar lo que únicamente con supuestas demostraciones racionales parecería finalmente absurdo. Los límites entre filosofía y literatura no son exactos, así como tampoco es exacta la distinción entre el conocimiento y la imaginación, según el autor. Cada persona posee su manera de concebir lo ideal, lo fantástico o lo real. Solo una mirada múltiple parece adecuada para intentar sacar alguna conclusión a los problemas de fondo. Ahora bien, si la literatura puede ser filosofía en no pocas producciones de grandes poetas, dramaturgos o narradores, también ocurre de modo similar a la inversa: algunos textos catalogados como filosóficos pueden leerse como obras literarias, todo depende de dónde se pongan los límites para adherir una u otra etiqueta.
Ilia Galán elabora un análisis previo a partir de las historias de la filosofía española editadas en nuestro tiempo, como la de Abellán, donde se incluyen escritos marcadamente literarios como Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, La vida es sueño, de Calderón de la Barca, obras de San Juan de la Cruz o de Santa Teresa de Jesús, Espronceda y otros. Además, toma como ejemplo los trabajos de Jorge Santayana en su libro: Tres poetas filósofos, Lucrecio, Dante y Goethe. No en vano, este mismo filósofo, Santayana, se expresó por medio de la novela. De manera similar, Galán señala cómo un gran número de pensadores han utilizado de modo eminente gran variedad de formas literarias y a veces no solo como un mero vestido para divulgar de un modo más fácil su pensamiento, ya que juzgaron que así se percibían mejor muchos matices o que con la mera exposición discursiva-racional no serían verdaderamente comprensibles.
De este modo, exhibe el autor variados ejemplos en las diferentes modalidades literarias. El diálogo, como teatro de las ideas, lo usan numerosos pensadores en diferentes épocas: Platón, Séneca, San Agustín, Boecio, Pedro Abelardo, Nicolás de Cusa, Giordano Bruno, Galileo, León Hebreo, Luis Vives, a Leibniz, Berkeley, Voltaire, Diderot, Lessing, Hume o Schelling, entre otros. Hallamos dramaturgia o teatro escénico en sentido estricto y tramoya en Séneca, Diderot o Lessing. Aforismos, proverbios o similares fórmulas expresivas leemos en Marco Aurelio, Epicteto, Boecio, Pascal, Diderot, Goethe, Nietzsche, Schopenhauer, Kierkegaard, Wittgenstein, Cioran, Eugenio Trías… Memorias, como un modo muy señalado de mostrar aspectos sociológicos, psicológicos, antropológicos, políticos y hasta metafísicos o de teoría del conocimiento las encontramos en autores tan reconocidos como Agustín de Hipona, J. J. Rousseau o Kierkegaard. Diderot, Goethe, Unamuno, Sartre, Camus, Ionesco, Blanchot, Umberto Eco, Gabriel Albiac, Fernando Savater, Félix de Azúa destacan por sus novelas. Heráclito o Parménides, Boecio, Llull, Santob de Carrión o bien hoy José Jiménez o Rafael Argullol practican la poesía. Hay asimismo casos que parecen redactar en todos los registros literarios, como Ignacio Gómez de Liaño. Galán incluye como modo literario-filosófico incluso los artículos periodísticos que muchos pensadores publican desde el siglo XVIII hasta nuestros días. No resulta así extraño que algunos hayan recibido el Premio Nobel de Literatura, como Bergson, Sartre o Russell.
El primer capítulo analiza los escritos de una peculiar monja medieval que fue canonizada, poeta, bióloga, mística y compositora, Hildegard von Bingen, relacionando su pensamiento con la dramaturga dieciochesca María de Rosa Gálvez, exponentes ambas de un pensamiento híbrido o interdisciplinar. Von Bingen nos sorprende en sus obras incluso con un alegato que podría ser entendido como agnosticismo al modo kantiano: «Dios no puede ser escrutado ni examinado según el hombre» (p. 37).
A este análisis le sigue la extensa revisión de un libro clave para la historia de la humanidad, el Corán, por la importancia que cobra en el pensamiento de millones de personas durante siglos y su enorme impacto hoy presente sobre todo en la cultura del Norte de África y Oriente Medio. Galán estudia los distintos modos de interpretarlo en diversas épocas y retoma la perspectiva de Averroes, que lo consideraba desde un punto de vista literario, así no serían viables las opciones extremas o fanáticas, al pie de la letra.
También de cierta envergadura es el estudio sobre el Marqués de Santillana, Íñigo López de Mendoza, centrándose fundamentalmente en sus escritos sapienciales ―poemas de sabiduría práctica― dedicados principalmente al pensamiento político: «Quien gobierna bien, al hacer lo que quieren y necesitan los súbditos, logrará ser amado y, de este modo, amando a su pueblo, conseguirá más y más fácilmente cuanto se proponga. Pero si el monarca obra con violencia o busca ser temido, no podrá dejar de temer una rebelión» (p. 84). Galán explica cómo el Marqués de Santillana practicaba el arte de la política con una clara defensa del pueblo frente a cualquier tiranía, a la manera de un poeta social, si bien en tiempos renacentistas, adelantándose a Gabriel Celaya o los poetas comprometidos del siglo XX. Entre sus versos leemos cómo para resolver una situación con duradera justicia y paz hay que convocar a los tres estados, a la totalidad de los gobernantes y gobernados, a fin de lograr el bien común, de modo pacífico, unidos por la misma bandera y sin imponerse unos sobre otros. El Marqués de Santillana admite incluso la revuelta como opción legítima para hacer frente a la tiranía. Esta filosofía política está penetrada de una ética de raíz cristiana y estoica, donde si la humildad es esencial también lo es la libertad. Esa libertad habría de lograrse incluso por la fuerza. En el análisis de sus versos, Galán lo relaciona también con un pensador hebreo, Santob de Carrión, precedente de algunos de estos pensamientos, expresados mediante aforismos o estrofas, y sobre el que el autor ya publicó una monografía en 2003, con renovada y ampliada edición en 2013: Orígenes de la filosofía en español (Actualidad del pensamiento hebreo de Santob). De esta manera Galán desgrana una de las obras más célebres del Marqués de Santillana, Los proverbios, compuestos a petición del rey para educar al príncipe don Enrique, texto donde desvela una pedagogía del gobernante como la que desarrollará más tarde y con amplitud Castiglione. La importancia de inducir a la virtud, el valor de la autocrítica y el cuidado de la fantasía para conocer la realidad, son algunos de sus puntos clave. Ilia Galán compara estas consideraciones y llega a la conclusión de que a veces parecen sumamente actuales, como cuando critican la pena de muerte, recordándonos la Utopía de Tomás Moro. Sus obras les desvelan como humanistas que pretenden alcanzar a muchos con sus letras y no solo con discursos o reflexiones para académicos.
Del poeta político y moral da un salto en el tercer capítulo a uno de los más célebres místicos universales, Juan de Yepes (San Juan de la Cruz), para realizar nuevo análisis filosófico y literario a partir de uno de sus poemas, a modo de ejemplo de lo que podría hacerse con los demás. Ahí desarrolla una especie de filosofía del absurdo, donde asume la falta de sentido del mundo, aunque no desde la perspectiva de Beckett o Ionesco, sino desde los presupuestos clásicos, es decir, desde los límites del propio conocimiento racional. Estos versos renacentistas recogen, no obstante, bajo una forma original, buena parte de la herencia medieval teológica. En este caso se trata de una filosofía del amor que retoma la tradición que llega con Dante, pero llevada al extremo.
El libro continúa con un breve extracto sobre El Quijote: unas consideraciones a partir «De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza», centrado en teorías sobre el buen gobierno, cuando Sancho va por fin a hacerse cargo de una ínsula. Cervantes destaca de modo explícito los pensamientos o la cosmovisión que tienen sus protagonistas, pues ahí declaran que no es posible gobernar bien sin el autodominio, a lo que luego se ha de añadir el cuidado exterior, la apariencia del político y su modo de tratar a los demás… Desarrollan así las claves políticas y humanistas del Renacimiento.
En el epígrafe VI, Galán revisa la visión de la infancia en distintos contextos a partir de algunos clásicos de nuestras letras; de nuevo se basa en El Quijote, pero incluye además las enseñanzas que surgen en El Lazarillo de Tormes, en el Buscón de Quevedo y todo elloa fin de contemplar cómo evoluciona el pensamiento hasta Baroja con Shanti Andía, para finalizar en nuestros días, con Alfanhuí, del recientemente fallecido Sánchez Ferlosio, extrayendo conclusiones de algunos de sus más reconocidos textos. De este modo se contempla cómo una concepción positiva del mundo infantil ha ido creciendo en consideración a partir del Romanticismo, cuando la fantasía se convierte en tema central: «La literatura muestra las perspectivas posibles desde una sociedad en una determinada época y en ella se traslucen mitos y fobias que en otros periodos y épocas no son posibles» (p. 162).
El autor del libro descubre aquí múltiples modos de entender la forma literaria preñada de filosofía, desarrollada como mito o poesía, a modo de comunicación primigenia de la humanidad, la primera fuente de saber de la que parten las diversas culturas (consideraciones que ya hallamos de un modo incipiente en Vico o Schelling).
El paso al Romanticismo llega por medio del fragmentario Novalis, pensador de lo inacabado que se proyecta hacia la Totalidad divina, un poeta-filósofo y, en cierto modo, también místico. El texto sobre Novalis parece centrarse en la búsqueda de una compresión total que incluye todas las ramas del saber, incluidas las ciencias naturales, desde la forma literaria-filosófica, con una proclamación de algo similar a lo que Rafael Argullol propone como «transversalidad». Ese modo transversal de leer la realidad desde diferentes disciplinas es bien visible en la obra de Novalis, en cuanto se complementa con notas o fragmentos, narraciones o versos. Aquí se proclama la posibilidad de una existencia plena por medio de un vivir poético, «poetizante», que dotarían de sentido a las acciones humanas (p. 181).
El capítulo intitulado «La filosofía como literatura y la literatura como filosofía en lengua española» tiene una íntima conexión con su prólogo, ya que aquí vuelve a mostrar dentro de la cultura hispánica la costumbre de escribir literatura de alcances hondamente filosóficos y, a la vez, considerar la filosofía como una rama a veces más pesada y densa de la literatura. Sin embargo, el pensamiento académico muchas veces no será ni más rigurosamente racional ni más claro que el redactado en forma literaria. Galán defiende que esta tipología es especialmente común en la filosofía española, tanto del lado de obras profundamente filosóficas, siendo literarias, como algunas de Calderón o Cervantes, como del lado de filósofos que cuidan su forma de expresión y llegan a hacer literatura en la exposición de sus contenidos, a veces incluso con pretensiones de un cierto sistema de pensamiento, tal y como se manifiesta en Ortega y Gasset o Unamuno.
En cambio, el contenido del epígrafe «Filosofía de la memoria contra memorias olvidadas» viene a ser casi una divagación al estilo de las desarrolladas por Benjamin o Deleuze, a partir de citas extraídas de algunos escritores memorables como Omar Khayyam, Alexandre Dumas, Albert Camus, Miguel Hernández o Miguel Sánchez-Ostiz, en un conjunto que pretendería ser una especie palimpsesto y a la vez de prosa poética con el fin de reflexionar en torno a la memoria y el tiempo. Este texto parece un juego reflexivo que pretende más estimular o provocar sugerencias que declarar unas propuestas concretas.
En «Algunos caminos literarios actuales dentro del Camino de Santiago» se trata del conocido fenómeno religioso y cultural que ha gestado un reguero de textos narrativos o poéticos durante un milenio, convirtiéndose en algo mítico. Aquí aparece este caminar en relación con las novelas de formación originadas sobre todo en Alemania desde el siglo XVIII hasta la actualidad, donde el caminar viene a ser un símbolo de la vida, una escuela que va enseñando a través de lo que sucede en el recorrido, donde a la par que entender el mundo exterior, uno se iría comprendiendo a sí mismo, pero esto ocurre en diálogo con otros caminantes, que van recorriendo también caminos para al final, en la clásica búsqueda de la sabiduría, contemplar el mundo desde lo eterno, como ya decía Spinoza: sub specie aeternitatis (p. 221).
Con un salto en el tiempo, el capítulo denominado «La Obra de Tomas Tranströmer antes y después de la enfermedad, ¿evolución o continuidad?» indaga en la trayectoria poética completa de este Premio Nobel antes y después de su parálisis, provocada por un ictus, para intentar descubrir de qué modo influyó la enfermedad en su escritura. Se trata de un trabajo en colaboración con neurólogos, a partir de las investigaciones teóricas desarrolladas en el campo de la neuroestética del profesor Galán.
En resumen, este conjunto de muestras textuales exhibe un atrevido empeño que reelabora en parte lo que Philip Sidney proclama con su Defensa de la poesía, cuando la considera como la forma expresiva más eminente del pensar. No en vano, Ilia Galán, siendo profesor de filosofía, es también conocido por sus libros editados de poesía, dramaturgia o novela, de modo que lo escrito no parte solo desde la teoría, ya que incluye al mismo tiempo su práctica personal, a la vez filosófica y literaria.
En estos planteamientos se echa de menos una cierta unidad formal, un estilo unificado, pero ya el autor se proclama desde su prefacio como abanderado de una diversidad que no acepta los moldes convencionales, tampoco en los modos de narrar o pensar. Sugerente, más que buscando demostraciones, se presenta aquí con estos ejemplos de muy diverso enfoque en un curioso ejercicio de la dispersión como forma artística del pensamiento.
Marta M. Mora es licenciada en Humanidades, máster en Teoría Literaria, ha sido agente en la Agencia Literaria Carmen Balcells y coordinadora en museografía dentro de Magma Cultura para Fundació La Caixa en CosmoCaixa Barcelona. Actualmente trabaja como escritora y editora.






