Fidel I de Cuba o el cristianismo encastrado en el marxismo

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Loris Zanatta, Fidel Castro. El último “rey católico”, trad. D. Bigongiari, Edhasa, Barcelona, 2021, 509 páginas.

Esta oportuna biografía sobre Fidel Castro Ruz, a cargo del profesor de Historia de América Latina en la Universidad de Bolonia, Loris Zanatta, ha debido afrontar dos dificultades principales, de las que el propio autor nos advierte en su introducción. En primer lugar, Zanatta ha debido conjurar los encantamientos de un orador tan persuasivo como Castro, a cuyo embrujo sucumbieron en su día (por citar solo dos auditorios llamativos) el New York Times (p. 72), pero también los estudiantes de Princeton (p. 108). En efecto, quizá porque no se limitó a vivir, sino que narró su propia vida hasta erigirse en el «primer historiador de sí mismo» (p. 19), Fidel Castro ha cautivado con su extremada personalidad a muchos de sus biógrafos hasta reducirlos a «ventrílocuos» (ibíd.). En segundo lugar, el profesor boloñés declara otra dificultad relativa, en cambio, a las fuentes. Se trata de una limitación más objetiva e insuperable hoy por hoy: no hay acceso a la correspondencia del dictador, salvo cuando el gobierno cubano así lo decide en previsión de un buen uso de tales fuentes (ibid.). Pese a los obstáculos, Zanatta no se ha arredrado y con el inteligente auxilio de su ironía ha culminado esta biografía, que refuta estereotipos hagiográficos, pero también ciertas ponderaciones absolutorias, a las que tantos académicos en todo el mundo han cedido gustosos.

            Y ciertamente durante mucho tiempo Fidel Castro se ha envuelto en un aire divino, que lo ha hecho inmune a una crítica seria particularmente entre muchos de nuestros biempensantes profesores universitarios, que siguen sin caerse del caballo («el caballo», uno de los sobrenombres de Fidel). Sin embargo, y precisamente por lo cercano de la propia experiencia que nos obsequió durante cuatro décadas nuestro propio dictador gallego, a cualquier malvado liberal siempre le ha parecido especialmente evidente que no está bien que un individuo se haga con el poder omnímodo de un Estado y lo ejerza a su antojo con total desprecio de los derechos, las garantías y las libertades de sus ciudadanos, convertidos en súbditos con la ayuda de los servicios secretos del G2 o de sus propios CDR. Para cualquier liberal, tampoco resulta explicable el presunto fervor de quienes durante décadas han sido sistemáticamente engañados, espiados, torturados, secuestrados, fusilados, perseguidos, confinados, extrañados, injuriados, calumniados, depurados, silenciados o muertos de hambre. Y esto es precisamente lo que nos cuenta abiertamente y con todo detalle Loris Zanatta a lo largo de su libro. Pero ya se sabe: ¿Qué sería del mundo sin las ideas y qué sería de la Universidad sin sus ideólogos? En el caso de Castro —como bien dice Zanatta—, «el dilema es sólo aparente, tan elevados eran sus fines morales que para alcanzarlos consideraba lícitos los medios más inmorales» (p. 91).

Grupo de revolucionarios a caballo en 1959, tras el triunfo de la revolución.

            Se trata de ardides de vieja memoria para aplacar al pueblo cuando se da cuenta de que las cosas no funcionan: no solo de derechos humanos vive el hombre y la pobre espontaneidad de las gentes no suele alcanzarles para lograr la verdadera conciencia de su papel en la Historia (que tarde o temprano sabrá absolver a los justos). ¿Qué es ajusticiar sumariamente a un individuo cuando no usar el lenguaje inclusivo es una forma de violencia? ¿Acaso no es egoísta fijar la atención en el «caso aislado» (los «errores» que Castro reconoce) cuando se trata de garantizar giros históricos? Al fin y al cabo, el pueblo, que supuestamente no daría más de sí para alcanzar su verdadera conciencia, a lo sumo gozaría de «intuición de clase», en expresión del propio Castro. ¿Cómo extrañarse entonces de que el régimen cubano mereciera tamaña consideración entre tantos pensadores europeos, tan refinados ellos?: «Rawls lo defendería», se me llegó a decir (que ya es decir…) en alguna cena, que no por frugal estaría más al alcance de quienes velaron armas en la granjita de Siboney, ni entre los «barbudos» de Sierra Maestra; pero tampoco entre quienes se manifestaban recientemente por las calles de la Habana volviendo a gritar «¡Libertad!» a tantos años del «maleconazo». No olvidemos que en los primeros años noventa, la ingesta diaria per cápita de alimentos se redujo en Cuba hasta las 900 calorías (vid. p. 379), triste logro revolucionario cuando tenemos en cuenta que, justo antes de la revolución, en 1958, Cuba superaba la renta per cápita japonesa, igualaba la italiana y doblaba la española (p. 89).Y en efecto, el legado de Castro no parece en realidad muy prometedor para sus actuales súbditos, por más que agrade a tantos intelectuales europeos desde la confortable lejanía de un Estado liberal y próspero, que sí los respeta y los colma de mimos para que expresen su amor por una tiranía.

            Por todo ello, estamos ante una obra de lectura obligada para toda esa masa de profesores universitarios, periodistas y políticos más o menos instruidos, que van por el mundo porfiando en defender lo indefendible, maleando su conciencia en una viscosa y sanguinolenta gama de grises (grises que el daltonismo maniqueo de Castro nunca percibió, ni consintió). Es bien conocida la definición del intelectual orgánico como aquel que a la entrada del comité no solo se desprende de su sombrero, sino también de su cabeza; pero lo llamativo en España es que esa masa hegemónica de profesores universitarios no solo la componen intelectuales orgánicos (que tienen un pase por el bienestar de sus hijos y amigos, literalmente); sino también intelectuales totalmente inorgánicos, que pasarán sus vidas suspirando melancólicos por un Ministerio, una Subsecretaría, una Consejería o una Alcaldía que tanto se resiste y jamás llegará, pese al grave sacrificio de su integridad moral. Hacia el final de su libro, Loris Zanatta los califica inmejorablemente. Se trata de «los mejores apóstoles» de Fidel (p. 436) y entre ellos se incluyen muy especialmente artistas e intelectuales (la inefable «gente de la cultura» de nuestro país), que en vida del galaico dictador (el cubano, no el español) se daban de codazos por merecer su atención cuando «las entrevistas eran Hosannas» (ibíd.). Se trataba de una atmósfera que Zanatta ilustra (ibid.) con la entrevista a Castro de Mayor Zaragoza o con la tan elogiosa como prolija de Ignacio Ramonet (Fidel Castro. Biografía a dos voces, Penguin Random House, Barcelona, 2015).

            El libro de Loris Zanatta presenta una estructura que permite una lectura ágil, amena y aun placentera, a pesar de la tragedia que narra y que no es otra sino el sacrificio transgeneracional del pueblo cubano a costa de los ideales más o menos nobles de un solo individuo. En palabras de Zanatta, el castrismo «predicaba el amor, [pero] practicaba el odio para alcanzarlo» (p. 132) (¿Le suena esto al amable lector español cansado de ser requerido de más «amor» y «empatía» por parte de sus gobernantes?). Vertebrado en torno a ocho grandes capítulos (uno por arquetipo), estos se hilvanan cronológicamente en la biografía política y espiritual de Castro: el español, el revolucionario, el redentor, el sacerdote, el guerrero, el mantenido, el superviviente y el profeta. Cada uno de esos capítulos se desmenuza a su vez en decenas y decenas de epígrafes que, para mayor comodidad del lector, individualizan cada episodio relevante de la historia. La traducción a veces se antoja algo apegada al original italiano, lo cual tampoco es un problema insuperable; aunque quizá más desconcertante resulte el uso de las comillas (o su omisión, más propiamente), que puede dificultar entresacar la literalidad de los juicios del propio Castro y de otros testimonios citados. Prueba de ello es el siguiente texto, que merece consignación, porque, en passant, da buena idea del tono de la biografía y la condición del personaje:

Y él [Fidel] lo estaba de ellos [i.e. estaba orgulloso de los jesuitas orgullosos a su vez de Castro, pese al fusilamiento de tres hermanos que pidieron asilo en la Nunciatura en la Habana]: revaluó a los maestros de la juventud; me he formado en la religión católica, explicó; mi mundo moral se forjó con los jesuitas españoles; la fe política brotó con ellos. El Antiguo Testamento era fuente de inspiración, la parábola de los panes y los peces la favorita. Del cristianismo, como del comunismo, citaba a los mártires, pero removía a las víctimas. Lo repitió a todos: ¡a los obispos estadounidenses dijo haber realizado gran parte de la doctrina evangélica! Lo que usted hace, nosotros lo llamamos «el plan de Dios en la historia», le dijo Betto; ¡Fidel era Cristo! Y se sentía Cristo: «Si la Iglesia creara un Estado», dijo, «lo haría como el nuestro»; Cuba era un Estado confesional. El revival católico de Fidel generó un vaivén de religiosos: ¿querían reconducirlo a la Iglesia? Ilusos: estaba bien así; Cuba era el lugar más cristiano del mundo, pensaba (todo sic, p. 324).

Fidel Castro. El último «rey católico» es título que recuerda vagamente a la calificación de «último caballero español», que sugirió Ignacio Ramonet (op. cit., 24) en atención a la cortesía de Fidel, muy chapada a la antigua; pero que, sobre todo, condensa eficazmente el contenido del libro, puesto que sirve bien para presentarnos sus dos tesis fundamentales, a razón de una por sintagma.

            La primera tesis (Fidel Castro), ilustrada detalladamente a lo largo de la biografía, es relativa a la vida del dictador y sostiene llanamente que su acción ha significado una verdadera ruina económica, cultural, social, política y moral tanto en Cuba como en la escena internacional, allí donde intervino. La segunda (El último «rey católico») consiste en que Castro encarna tal arquetipo y que ello se debería al sustrato jesuítico de su formación en la Cuba oriental, donde se crio nutriéndose de ciertos ideales unanimistas. El unanimismo es (y no solo en esta obra) el factor antiliberal predilecto de Zanatta a la hora de explicar el populismo en general y el castrismo en particular. Consiste en la concepción orgánica del pueblo como un cuerpo ideológicamente homogéneo, compacto, y funcionalmente armónico, sin fisuras. Quizá algo vagamente, nuestro autor asocia tal vocación unanimista de Castro al arquetipo del «rey católico». Zanatta da en cierto modo por supuesto lo que el lector pueda entender por «rey católico» y sólo al final del libro, en sus conclusiones, especifica un poco más lo que entiende por ese modelo que se nos va insinuando a lo largo del libro.

Castro y Yuri Gagarin en 1961.

La primera tesis resulta ser, sin duda, la más empírica e incontestable, porque se funda en hechos respaldados por una investigación rigurosa. Con su mero discurrir, el relato de Zanatta somete a severo juicio al hombre público, fundamentalmente. En efecto, salvo en su reconstrucción del universo moral de su etapa de formación, el Castro que nos da a conocer Zanatta en su libro es el insurgente, el revolucionario, el gobernante y el dictador. Y no puede ser de otro modo. Pudores aparte, Castro no dejó gran espacio a una vida privada tal y como la entendería cualquier otro mortal. Desde joven, «a la vida prefería la historia; a las personas, el pueblo; a la familia, la humanidad» (p. 42) y ya en la Sierra «había desposado a la causa, no había espacio para afectos privados» (p. 77). A uno se le ocurre que, cesarismos aparte, la familiaridad pop de quienes se refieren a él como «Fidel» reproduce la cercanía implícita en el viejo modelo patriarcal de ejercicio del poder al que se refería clásicamente Filmer cuando asimilaba el gobernante al padre de toda una comunidad. Siglos después, no es fácil mantener estos resortes emocionales. Vázquez Montalbán (Y Dios entró en La Habana, Santillana, Madrid, 1998, p. 80) nos cuenta que «si empleas el apellido Castro, te miran como un agente de la CIA, pero si usas Fidel (…) te consideran un nostálgico, carne de bolero». Pues bien, puestos a elegir, quizá resulte más adecuado llamar Castro a quien gustó hacerse llamar Fidel, en la convicción de ser Fidel I de Cuba.

Y he aquí la segunda tesis fundamental del libro, de naturaleza, por así decir, psico-política. Castro no es, a juicio de Zanatta, sino un «rey católico; antes que nada jesuita, después revolucionario, finalmente marxista» (p. 29). Esta enumeración de calidades no parece descubrirnos aquí un orden cronológico (aunque, en efecto, Castro se educa primero con los jesuitas tras un breve periodo en La Salle y también entre unas tétricas institutrices que lo matan de hambre), sino más bien una prelación jerárquica o axiológica: Fidel I habría sido, ante todo, un cristiano que habría encastrado (en el doble sentido que aquí ello admite) su pensamiento cristiano en el ideal marxista, el cual, a su vez, le habría dotado de los instrumentos para erigirse en «rey católico»: «poco materialismo científico, mucha catolicidad hispánica» (p. 80). En suma, «el espectro del comunismo no provenía de las estepas asiáticas, sino del vientre de la cristiandad», en palabras de Zanatta (p. 82), quien nos informa de que cuando el primer emisario de la URSS, A. Alexeyev, visitó a Castro recién instalado en el poder, le resultó sorprendente (y no es para menos) que «aquel hombre que citaba a Lenin (…) tenía a la Virgen colgada en la pared» (p. 119). Ignacio Ramonet (op. cit., 164) ya se lo insinuaba así en su larga entrevista:

Ramonet: En el fondo, usted es un gran cristiano.

Castro: No hace mucho yo le decía a Chávez, el presidente de Venezuela —porque Hugo Chávez es cristiano creyente y habla mucho de eso—: «Si me llaman cristiano, no desde el punto de vista religioso, pero sí desde el punto de vista social, afirmo que yo también soy cristiano», a partir de las convicciones y los objetivos que sustento.
    Fue la primera doctrina que surge en aquella época, en aquellos tiempos, que son tiempos bárbaros, y brota de ella un conjunto de preceptos muy humanos. No hay que ser cristiano, en el sentido religioso para comprender los valores éticos y de la justicia social que aportó aquel pensamiento.
   Claro, yo soy socialista, soy marxista y soy leninista, no he dejado, ni dejaré de serlo nunca.

Ramonet: Y martiano también, claro…

Castro: Por supuesto, primero fui martiano y después fui martiano, marxista y leninista.

A lo largo de todo el volumen, Zanatta insiste en hallar en el ideario político de Fidel Castro el producto de su formación entre aquellos jesuitas, que le habrían transmitido el ideal del monje guerrero. «Más que comunista —afirma Zanatta—, Fidel era un típico antiliberal latino, nacionalista y católico» (p. 77). Con él no hay «debate sino liturgia. Fidel la oficiaba» (p. 113). ¿Pero cuál es la relevancia y el alcance de esta explicación psico-política del pensamiento y la acción de Castro? Al lector le cumplirá evaluarlo y sin duda es importante estudiarlo, pero personalmente me resulta inquietante leer que el «surco de la tradición hispánica» (p. 114) trazado por los «valores comunes, hispánicos y católicos» (p. 123), lo «hispánico» en definitiva, constituya (de nuevo) la causa última de tanto desatino. Zanatta halla incluso en la Inquisición española (p. 126) el precedente de las maneras totalitarias del régimen cubano. Sé que se trata ya de otro debate muy distinto, pero una duda le asalta a este lector español, dada la abundancia de precedentes: ¿Acaso a Zanatta Hispania non placet?

Alfonso García Figueroa
Catedrático de Filosofía del Derecho
Universidad de Castilla-La Mancha

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