Poesías completas
FERNANDO VILLALÓN
Edición de Jacques Issorel, Cátedra, Madrid
416 págs.

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Fernando Villalón (1881-1930) ha sido durante mucho tiempo un escritor ignorado, o recluido en el suburbio anecdótico y amistoso de la generación del 27. El mérito de su recuperación corresponde a su mejor conocedor, el profesor Jacques Issorel, que en 1985 dio a la imprenta la poesía inédita del autor, y dos años más tarde su obra reunida, ambos volúmenes en la editorial Trieste, que con tanto acierto y gusto fundó y dirigió Andrés Trapiello. A Villalón había dedicado Issorel su tesis de doctorado, publicada por la Universidad de Perpignan en 1988. En 1990 apareció en Estados Unidos el estudio de Pilar Moyano. Antes, la bibliografía concerniente a Villalón no era muy abundante: la edición de Cossío en 1944, el libro de Thérèse Poyas en 1963, el extraordinario de la revista Litoral en 1981, la recopilación de textos preparada por Jacobo Cortines y Alberto González Troyano en 1982.

Villalón fue un poeta de publicación tardía, aunque desde su juventud estuvo vinculado a la vanguardia española. La cría de toros bravos absorbió buena parte de su vida, y sólo la ruina y la venta de su ganadería al torero Juan Belmonte, en 1926, lo llevaron a un retiro íntegramente dedicado a la literatura. Fundó, en compañía de Adriano del Valle y Rogelio Buendía, la revista Papel de Aleluyas, y entró en contacto con los poetas del 27 gracias a Ignacio Sánchez Mejías. Sus tres libros de poemas (Andalucía la Baja, La Toriada,Romances del 800) aparecieron sucesivamente en 1927, 1928 y 1929, poco antes de su prematura muerte.

A pesar de la unidad que Andalucíala Baja pueda tener en razón de su temario, en términos de orientación literaria resulta, por heterogéneo, un anacronismo en la fecha de su publicación. Debió de ser escrito, en su mayor parte, en la década anterior, en la que no resultaría insólito como obra de transición a la vanguardia. Hay en él huellas del modernismo (léxico, métrica, ritmo) conviviendo con formas del acervo folclórico (romances de ciego, canciones infantiles) y de la novedad ultraísta (frase suelta prosaica, descuido métrico voluntario, humorismo, algún motivo del presente tecnológico). Por encima de esa diversidad, el tema de Andalucía se va desglosando en sus distintos registros: el pasado mítico (Fenicia, Gerión, Hércules) y el histórico (Reconquista, descubrimiento de América); la religiosidad barroca y teñida de espectacularidad (procesiones) y de familiaridad intimista; el paisaje, el cante y el pintoresquismo de las faenas agrícolas y los oficios y artesanías populares; los personajes rurales tradicionales, junto a los marginados y fuera de la ley (bandoleros, contrabandistas), presidido todo el repertorio por la figura del torero.

El popularismo está muy presente en el libro, tanto en forma de reflejo antropológico (incluyendo ejercicios de transcripción de la jerga «caló» y de la pronunciación andaluza del castellano) como de cita, glosa y recreación de formas poéticas tradicionales. Todo ello linda –si lo suponemos despojado de vocación descriptiva costumbrista-con el popularismo del 27, y enlaza con toda una tradición de andalucismo literario decimonónico que alcanza su más conocida manifestación en la obra de Salvador Rueda.

La Toriada corresponde al pasajero neogongorismo también generacional, y recibe de él la misma grandeza y limitación que los similares ejercicios de Gerardo Diego o Rafael Alberti. Issorel ha rastreado las otras fuentes del poema [Rubén Dario, otra vez Salvador Rueda, y El poema de los toros (1910) de Felipe Cortines Murube] y ha señalado su mensaje: una elegía al toro mítico esclavizado por el hombre y convertido en objeto de un espectáculo no carente por ello de grandeza, y a la degradación y destrucción de la naturaleza por obra del progreso y el maquinismo. El poema termina, en efecto, en un despliegue de locomotoras y aviones entre el cual caen talados los árboles y huyen los animales y las ninfas.

Romances del 800 despliega un abanico de estampas históricas ambientadas en distintos momentos históricos del XIX , evocados en sus personajes, sus costumbres y su indumentaria, y con recuperación de las líneas temáticas fundamentales de Andalucía la Baja.

La sección final de poemas varios, no coleccionados e inéditos ha sido un gran acierto del preparador de este volumen. Recoge textos aparecidos en revistas (Papel de Aleluyas, La Gaceta Literaria), en vida del autor o póstumamente, y recopilados en las mencionadas Inéditas de 1985. Muchos de ellos tienen un enorme interés histórico y un gran atractivo literario: «Maquinismo romántico», un diálogo amoroso entre una camioneta y un automóvil: «A una underwood», sobre el símbolo de la presencia de la técnica en la vida cotidiana, y del acceso de la mujer al trabajo, que es la máquina de escribir: «A la plaza», acerca del indicio de modernidad que es el desplazamiento de la calesa por el automóvil. En toda esta gama de motivos futuristas destaca «Cantares de un seis cilindros», collage de onomatopeyas mecánicas entreverado de las instrucciones que se recita a sí mismo un conductor bisoño, o que enuncia el instructor durante una clase práctica, junto a las imprecaciones que produce el sobresalto cuando se aproxima otro vehículo. Sin olvidar los experimentos de irracionalismo agrupados bajo el título genérico de «Kaos».

La historiografía y la crítica actuales sobre la generación del 27 se distinguen por haber ampliado el horizonte de su estudio en dos direcciones: considerarla orgánicamente enlazada al ultraísmo, y reivindicar el ineludible valor documental de los autores tradicionalmente llamados «menores». Desde ambos puntos de vista debe ser aplaudida esta edición, que pone al alcance del estudiante y del estudioso la obra, hasta ahora difícilmente accesible, de Fernando Villalón.

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