Es una frivolidad.
Envejecer es un laberinto erguido en medio de la nada, un cuchillo desafilado que va pudriendo nuestra carne, democráticamente. Es la gran certeza que nos acordona, que nos hermana a todos los seres humanos bajo un mismo yugo fatal.
La única y abominable verdad que existe.
Nos iremos de esta fiesta sin saber quién nos ha invitado y por qué lo hizo, por qué nos ofreció hasta la saciedad todas las delicias turcas del universo para luego echarnos endiabladamente de una patada, sin acaso preguntarnos si lo estábamos pasando bien, si queríamos otra copa.
Es la humillación del tiempo una bomba de relojería que siempre estalla, una orfandad.
Y la literatura es la venganza.
La gran venganza, sí, la gran redención.
Existe también la infancia, la juventud, ese espacio irreductible al que los hombres y las mujeres anhelamos volver constantemente en nuestra eterna búsqueda del esbozo que hubo de conformar el dibujo que ahora somos, nuestra caricatura. Ahí también somos inmortales. Y de hecho, si se pudiera ponderar la inmortalidad, si existiese una jerarquía, podríamos decir que ahí somos aún más inmortales, pues no existe el olvido, ni tampoco el fracaso o el remordimiento. Sólo la belleza, la ilusión, el futuro, el comienzo del relato.
El caso es que hay verdades matemáticas que duelen más que otras. Cumplir, por ejemplo, sesenta años. Los cálculos son tediosos, macabros: ya has consumido más de la mitad de tu vida. Ya no saldrás a pagar, sino a devolver. Pero, por primera vez, no querrás que te devuelvan, sino pagar hasta el infinito como un auténtico energúmeno hasta enfangarte de deudas, porque eso significa que estás vivo.
La juventud es una deuda constante para con la vida.
Sesenta años, sí. Una piedra angular que quisieras sacarte del zapato, un latigazo metafísico que no aceptas, pero que escuece.
La última novela de Manuel Vilas (Barbastro, 1962) estalla, se incendia, encuentra su desencadenante a partir, precisamente, de todas estas premisas: «Mañana cumplo sesenta años y no sé qué ha sido mi vida, corrió veloz como los conejos en el monte, sorteando obstáculos y zigzagueando entre las hierbas, las piedras y los árboles, sin que en modo alguno, bajo ninguna circunstancia, bajo ninguna mirada benévola y amable, pudiera apreciarse la construcción de un camino, porque los caminos exhiben y afirman un pasado y quienes serpenteamos llevamos en las manos una fantasía, la ilusión de que estuvimos vivos y que amamos y que fuimos amados, pero no hay camino detrás de nosotros» (p. 23).
Cuando uno abre por primera vez El mejor libro del mundo (Destino, 2024) —¡qué presión, Dios santo, con semejante título!— no sabe muy bien con qué se va a encontrar. A quienes somos lectores asiduos del Gran Vilas, acostumbrados a su socarronería, no nos sorprende en absoluto, pero sí genera en nosotros un interrogante: ¿será este el último recurso literario de Vilas?, ¿está pasando olímpicamente de la captatio benevolentiae?, ¿es todo una inmensa broma?
No, no es nada de eso, pero todo a la vez.
El mejor libro del mundo nace, pues, como un anhelo, como una necesidad: la de testimoniar una vida. Y lo que impulsa esta urgencia es, como ya he dicho, una fecha determinada: su sesenta cumpleaños, que provoca en Vilas un hondo sentimiento de adiós, de despedida —«la verdad es el adiós» (p. 155)—; hecho que se constata cuando acudimos al prólogo «póstumo» —«Una pequeña explicación»— que aparece bajo la firma de «M.», dejándose, así, entreabierta la puerta de la especulación.
Es cierto que, de alguna manera, el autor de Ordesa (Alfaguara, 2018) ya había explorado en aquella novela las dimensiones trágicas del paso del tiempo, pero en otros términos muy distintos: los de la soledad, la orfandad y el desamparo que le quedan a un hijo cuando mueren sus padres: «Qué solo estoy yo, aquí, en la tierra»Manuel Vilas, Una sola vida, Barcelona, Lumen, 2022, p. 131 . Y no sin rehuir de aquello —pues lo conforma y lo confirma—, en El mejor libro del mundo se expande, se dilata ese sentir opresivo, focalizado, ahora, en un «yo» frágil, quebradizo, sexagenario a fin de cuentas.
Como decía al principio, me repito, la literatura es la gran venganza contra el tiempo. Una venganza de segunda, como ya sabéis, pero una venganza. Escribir es perdurar, y perdurar es vencer una batalla que se daba por perdida. Muchos escritores han intentado sobrevivir hasta la náusea a los violentos embates del tiempo.
Muchos han fracasado.
No sabemos siquiera el nombre de los que han fracasado.
El deseo de mantenerse en pie en la Historia es una auténtica obsesión. Y Manuel Vilas, en este sentido, no es un hijo díscolo de su tiempo: él quiere escribir el mejor libro del mundo, porque —cree— este le dará las llaves del paraíso de la trascendencia, aunque sepa que esa es una labor imposible: «Toda la aparente desilusión que hay en estas páginas sólo es amor no correspondido, llamadas a la puerta de la literatura, que está cerrada para mí, porque no voy a escribir el mejor libro del mundo» (pp. 333-334).
Vilas siente, entonces, que vive en una especie de farsa: él es escritor, él debería anhelar escribir el mejor libro del mundo, ese es su cometido: «Trabajar todos los días en esta oficina, esta oficina de fuego, en este minúsculo escritorio, este despacho enano, es mi obligación» (pp. 136-137). Sin embargo, sabe desde el principio que existe, en esa formulación, un error de planteamiento: no existe el mejor libro del mundo.
Es consciente de su fracaso, el cual está acrecentado, por cierto, por la crudísima comparación con otros escritores y escritoras: «Así que para no sufrir viendo que todas las novelas del mundo son mejores que las mías y que ya no voy a poder escribir el mejor libro del mundo me dedico a ver películas, porque por suerte no he tenido nada que ver profesionalmente con el cine en mi vida»Manuel Vilas, El mejor libro del mundo, Barcelona, Destino, 2024, p. 222..
Así pues, podríamos decir que es el libro de Vilas un «libro de Schrödinger»: es y no es, al mismo tiempo, El mejor libro del mundo, esa es la genialidad. Es el cuaderno de bitácora, la fe de vida de un hombre que padece, que se acompleja, que teme, que ama, que odia, que recuerda, que olvida.
En él caben todos: Kafka, Buñuel, Lou Reed, Cervantes, Gil de Biedma, Felipe VI, Góngora, John Lennon, Whitman, Nerval. Todos ellos se pasean por su nueva novela con un cometido: explicar quién es ese ser tan complejo, esa mezcolanza infinita que es Manuel Vilas.
Porque cuando Vilas habla de él, de su vida, habla también de la tuya, es el magnetismo de sus palabras. Te atrapan, las posees, son de tu propiedad. En su experiencia encuentras la universalidad, una santísima conciencia común que nos hermana a todos, sus lectores, como así el envejecer, que decía al principio.
Yo tampoco he escrito —ni escribiré— la mejor reseña del mundo.
Pero a quién le importa.
Lo que sí he hecho —y ustedes deben hacer lo mismo— es leer El mejor libro del mundo.
Es una fe de vida, una fe en la vida.
Una fe de Vilas.
Álvaro Alcaine Rueda (Barbastro, 2001) es poeta y profesor de secundaria. Con su poemario Todos los días veo una rotonda y pienso (Hiperión, 2024) obtuvo el XXVII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal. Sigue escribiendo, hasta nuevo aviso.






