La violencia es un término confuso, difícil de demarcar con precisión. Esta ambigüedad ha sido utilizada de manera estratégica por el Estado para justificar acciones de represión violenta, sobre todo hacia los colectivos de la población más vulnerables, haciendo más profundas las desigualdades sociales. En su obra, Judith Butler, filósofa y profesora de la Universidad de California (Berkeley), analiza esta realidad desde una perspectiva crítica, señalando cómo el monopolio de la violencia estatal se convierte en una herramienta que perpetúa la injusticia. Su propuesta es clara: debemos replantearnos la violencia desde una óptica que enfatice la interdependencia humana, con la no violencia como una fuerza poderosa de resistencia, capaz de ser afirmativa sin llegar a ser agresiva. Butler sostiene que la violencia no es un fenómeno aislado, sino una consecuencia de la desigual distribución del valor de las vidas humanas. Sólo algunas vidas son consideradas dignas de ser lloradas, mientras que otras se relegan al olvido. Este proceso, que decide quién merece vivir o morir, es legitimado por el Estado y normalizado en la sociedad. Además, esta violencia estructural está íntimamente ligada a imaginarios de raza y clase que refuerzan la desigualdad, lo que justifica la necesidad de pensar en una solución: la fuerza de la no violencia.
Entendida como manifestación o reivindicación física y pacífica —como un pacifismo militante—, la no violencia de Butler es lo que puede hacer frente a esa lógica bélica y violenta que a todos nos afecta, pues «la violencia contra el otro es violencia contra uno mismo» (p. 32), en tanto que lo que la violencia ataca es la interdependencia que nos constituye como seres sociales que somos. No es una postura pasiva o ingenua, sino una forma activa de confrontar las lógicas bélicas que justifican la represión estatal, especialmente en nombre de la seguridad, el nacionalismo o el neofascismo. En su obra, Butler se pregunta qué nos motiva a preservar la vida de los demás y plantea que necesitamos una estructura social que valore todas las vidas por igual. Sin embargo, también advierte sobre los peligros del paternalismo, que puede surgir cuando quienes ejercen poder sobre los más vulnerables lo hacen de manera autoritaria. En lugar de esto, propone medir el valor de una vida por su capacidad de ser llorada, sugiriendo que sólo distribuyendo esta capacidad de duelo de manera justa se puede alcanzar un reconocimiento real de la dignidad de las personas. Este planteamiento rompe con las jerarquías tradicionales, que deciden qué vidas son dignas de ser protegidas y cuáles se consideran prescindibles.
Retomando conceptos del psicoanálisis freudiano, Butler explora las fuerzas que impulsan a los seres humanos a cuidar de los demás. Según Freud, la psique humana alberga una tendencia destructiva, pero Butler argumenta que esta inclinación puede ser contrarrestada por una ética compartida que priorice la vida sobre la destrucción; una moral que enfrente la destructividad misma a través de la máxima de «asesina tus propios impulsos asesinos» (p. 89). En su análisis, la filósofa nos invita a reconocer que estamos profundamente conectados, que nuestras vidas están entrelazadas con las de los otros, y que es precisamente en esta interdependencia donde reside la clave para superar la violencia. Nos recuerda que la culpa, el amor al prójimo y la conciencia moral desempeñan un papel fundamental en nuestra responsabilidad hacia los demás. Así, la obra de Butler también plantea un desafío crucial (cómo conciliar las creencias sociales con los debates éticos y políticos); pone encima de la mesa la necesidad de un análisis que permita reflexionar sobre la protección de la vida de manera equitativa, reconociendo las brechas entre el discurso y la realidad; e insiste en que no puede haber un verdadero reconocimiento de la dignidad de ciertos grupos sin que esto se extienda de manera universal a todos los seres humanos, cuyas «obligaciones globales sean aplicables a todos los habitantes del mundo» (p. 49).
En su análisis, también recurre a la biopolítica de Michel Foucault para examinar cómo el poder define qué vidas son consideradas valiosas o vivibles. Señala que, antes de defender el derecho a la vida, debemos abordar las jerarquías que establecen qué vidas merecen protección, con el fin de dar voz a aquellas más silenciadas. Un ejemplo claro es el movimiento Black Lives Matter, que lucha precisamente por el reconocimiento y el duelo de las vidas que han sido marginadas o arrebatadas de manera violenta. Para Butler, este tipo de movimientos representan una resistencia vital frente a las estructuras de poder que deciden qué vidas importan y cuáles no. Además, en un diálogo con las reflexiones de Walter Benjamin, Butler también examina la violencia implícita en la coerción legal, ya que «no podemos aceptar fácilmente la idea de que la violencia se supera una vez que hemos hecho la transición de un violento conflicto extralegal a la vigencia de la ley» (p. 122). Para ella, la ley, al justificar ciertos fines, puede actuar como una forma de violencia legítima. Sin embargo, esto no implica un relativismo moral. Butler enfatiza la necesidad de distinguir claramente entre violencia y no violencia, señalando que algunos actos de resistencia, aunque considerados ilegales, pueden ser en realidad formas no violentas de lucha. En este contexto, la resistencia no violenta se convierte en una herramienta para cuestionar el poder y abrir un espacio para nuevas formas de justicia.
Hacia la parte final de su obra, Butler amplía su reflexión psicoanalítica al ámbito político, explorando cómo una estructura política puede gestionar la destructividad inherente a la naturaleza de los vínculos sociales humanos. El amor y el cuidado que forman estos lazos sociales son esenciales para contener la violencia, pero, al mismo tiempo, esos mismos lazos pueden volverse destructivos. Butler subraya que la identificación con los demás es necesaria para la solidaridad, pero advierte que también puede generar fronteras entre el yo y los otros, reproduciendo dinámicas de exclusión y defensa. Aquí, Butler se adentra en un territorio más profundo: los lazos que nos unen como seres humanos pueden ser tanto la fuente de la violencia como su solución. Por un lado, las relaciones de interdependencia pueden engendrar exclusión, como fue mencionado anteriormente, al crear límites entre quienes pertenecen a un grupo más o menos privilegiado de raza o clase y quienes son percibidos como ajenos. Pero, por otro lado, son precisamente estos vínculos los que pueden servir de base para una ética de la no violencia. Para Butler, reconocer la relación de interdependencia que todos tenemos con los demás no es sólo una cuestión de conciencia social, sino una estrategia para desmantelar las jerarquías que sostienen la violencia estructural. Este enfoque implica un desafío constante a las normas que dividen a las personas en «dignas» o «indignas» de ser protegidas.
Otro aspecto interesante del enfoque de Butler es su insistencia en que la no violencia no es una renuncia a la fuerza o a la lucha. Al contrario que la visión común que asocia la no violencia con pasividad o debilidad, Butler la presenta como una forma de resistencia activa, cargada de poder transformador. De hecho, sostiene que la verdadera fuerza de la no violencia reside en su capacidad para confrontar y desestabilizar las estructuras de poder sin recurrir a la misma lógica violenta que estas utilizan. La no violencia, en su interpretación, es una forma de fuerza que se nutre de esa interdependencia o vulnerabilidad compartida, y que desafía directamente el uso de la violencia para imponer jerarquías. Lejos de ser una postura débil o pasiva, Butler presenta la no violencia como un acto de resistencia valiente y transformador. Para ella, la no violencia no es solo una elección ética, sino una fuerza revolucionaria capaz de desafiar el sistema que perpetúa las desigualdades a través de esquemas de racismo que distinguen «entre vidas que se registran como tales con mayor o menor énfasis» (p. 113). A través de la no violencia, Butler nos invita a abrazar nuestra vulnerabilidad como una fuente de poder, capaz de combatir las estructuras que oprimen y dividen. Así, la no violencia emerge no sólo como un acto de resistencia, sino como un motor de cambio profundo hacia un mundo más justo, donde la vida y la dignidad de todos sean innegociables.
En suma, Judith Butler plasma en su obra una reflexión tan contundente como esperanzadora: la auténtica fuerza de la no violencia no reside en una renuncia, sino en su capacidad para desmantelar los sistemas que sustentan la violencia, la opresión y las jerarquías. La no violencia se revela como una fuerza revolucionaria imparable, capaz de alterar el curso de la historia. Es una lucha contra las estructuras de poder que han moldeado el mundo; una resistencia que se niega a jugar bajo las reglas impuestas por la brutalidad y la injusticia. Butler no sólo nos invita a resistir, sino a reimaginar el tejido mismo de la sociedad, a erigir un nuevo paradigma donde la vida y la dignidad de cada ser humano no se negocien, se exijan. Así, la obra de Butler supone un estandarte de resistencia, que convoca a sus lectores a forjar un futuro donde la dignidad y la justicia florezcan como un derecho inalienable de toda humanidad. Se trata de un desafío valiente a las fuerzas que oprimen, un grito de esperanza que rechaza las fronteras y las exclusiones, alzándose como un llamado a construir un mundo donde todos puedan crecer y desarrollarse plenamente sin distinciones de raza, género o clase.
Roberto Del Duca Fernández es doctorando en la Universidad Autónoma de Madrid. El foco principal de su investigación gira en torno a la relación que guarda la filosofía del joven Nietzsche con la de Platón.






