Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

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Hoy hace tres semanas que Rusia invadió Ucrania. El sufrimiento de la población ucraniana es indescriptible y todavía no ha terminado, por desgracia. La insania del régimen ruso no tiene límite, al parecer. Y si no hacen más daño es porque la incompetencia de sus cuadros militares, la mala condición de sus equipos y armas y la improvisación de sus cadenas logísticas reducen, quién sabe cuánto, su letalidad. Por encima de todo esto, muy por encima, está el heroísmo del pueblo ucraniano y de sus líderes, a cuya cabeza se encuentra Volodimir Zelenski.

No tenemos criterio para juzgar los aspectos estratégicos, diplomáticos, geopolíticos de esta cruel e injusta guerra, ¿verdad hermano? Pero sí el suficiente discernimiento para analizar, como lo hemos hecho en las dos anteriores entregas de Una Buena Sociedad, los posicionamientos básicos de unos y otros frente a esta gravísima situación, expresando, de paso, nuestro propio posicionamiento.

Estamos en las redes sociales, como todo el mundo. Y, según pensamos, vemos excelentes análisis que nos inspiran. Por lo general, los analistas que seguimos defienden con firmeza y determinación la oposición por todos los medios a los invasores y recomiendan la máxima prudencia para evitar una escalada incontenida de la agresión rusa. También vemos opiniones que van desde lo estrambótico hasta lo nauseabundo. Y, por fin, opiniones que navegan entre el «buenismo» y el posibilismo.

Destacan, en las incesantes manifestaciones de los participantes en estas «conversaciones», las referencias a las motivaciones del presidente ruso, Vladimir Putin, incluso desde posiciones que tratan de dar carta de naturaleza, cuando no justificar, las decisiones de aquel. Se argumenta mucho acerca de la arrogancia de la OTAN, la «insoportable» presión a la que Occidente ha sometido a la Rusia post soviética, o su falta de sensibilidad al no escuchar las advertencias del Sr. Putin acerca de la extensión de la frontera defensiva trazada por la pertenencia al pacto atlántico. Un «sí, pero» incesante, una tibia condena de Putin y su guerra que, nos parece, ¿no hermano?, que llega en ocasiones a la justificación de las criminales acciones de aquel.

Una de las narrativas que más nos ha llamado la atención es la mantiene que a Rusia se le había humillado en 1989 como los aliados humillaron a Alemania con el Tratado de Versalles en 1919, argumentando que el tratado fue abusivo para la derrotada Alemania, a la que se le impusieron onerosísimas compensaciones de guerra.

Esto es muy curioso y, a la vez, resume muy bien lo que está pasando en la batalla de la opinión pública sobre la guerra de Putin. Es decir, que este ha acabado invadiendo Ucrania por la frustración que le han causado los demás humillando a Rusia desde la caída del Telón de Acero, que se asimila a la derrota de Alemania en 1918, y sometiéndola a una especie de cerco ofensivo a través del expansionismo de la OTAN, que se ha ido tragando uno tras otro a todos los países de la órbita soviética, habiendo llegado a las mismísimas puertas de Rusia.

Las referencias a la Unión Soviética son ineludibles en este momento, porque el colapso de aquella dictadura y el inevitable reordenamiento del tablero europeo se encuentran en el origen de un relato victimista que viene muy bien para el batallón de añorantes de la URSS, que ahora se alinean indisimuladamente y justifican la criminal conducta de Putin como si fuera una rabieta fruto de no haber escuchado a Rusia durante las tres décadas transcurridas desde entonces.

Rusia no perdió una guerra en 1989

La Unión Soviética nunca entró en guerra con Occidente (EE. UU. y sus aliados europeos, para entendernos). Pero formó parte de un ineludible y peligroso abrazo del oso con la potencia rival durante las más de cuatro décadas que duró la guerra fría. Cuando se derrumbó el Telón de Acero, por lo tanto, Rusia emergió, y nunca mejor dicho, como la desheredada heredera de aquella criminal dictadura.

Que Rusia sufriera una humillación a manos de Occidente no se sostiene. Ni siquiera Occidente era plenamente consciente entonces de lo que estaba pasando en la URSS. La situación creada por el estrepitoso colapso del comunismo creaba un enorme vacío geopolítico en el continente antiguamente llamado Eurasia. Solamente la reunificación de Alemania suscitaba en todas las cancillerías europeas más inquietud que esperanza.

Quienes, hoy, asimilan la caída del Telón de Acero a una derrota militar (humillante en sí misma para el derrotado) seguida de una paz humillante, como la de 1918, se equivocan de cabo a rabo. Putin tendrá sus razones para hacer lo que hace. Todas torcidas y malsanas, quizá inconfesables, pero no tiene ninguna razón que aluda a agresiones de ningún tipo por parte de Occidente.

El problema de Rusia, desde entonces, ha sido cómo volver a las andadas…

Ha llovido mucho desde Pedro el Grande

Volver a las andadas… Pedro I Alekséievich (Románov), también conocido como Pedro el Grande, ascendió al título imperial a los 10 años, en 1682 (junto a su medio hermano Iván V hasta 1696, este Iván no era muy terrible, por lo visto), actuando de regente de facto su hermana Sofía Alekséievna. Pedro I falleció en 1725, tras cuatro décadas en el trono.

Con Pedro el Grande, Rusia inauguró una época de reformas mirando a las potencias europeas, con las que aquel trató de establecer alianzas cambiantes. Incluso con el Imperio Otomano, en general hostil al expansionismo ruso. Modernizó el ejercito y buscó denodadamente la salida de Rusia al mar, limitada entonces al mar Blanco (mares Báltico y Negro, dominados respectivamente por suecos y otomanos). Libró, con tal motivo, guerras con Suecia, frente a la que sufrió derrotas marcadas por su clara inferioridad militar, arriesgando la toma de Moscú y con cuyo reino también firmó acuerdos de paz y alianzas. Junto al reino de Polonia, atenazó a Kiev, interviniendo en Ucrania, entonces bajo la influencia otomana. Para Pedro I, no obstante, el occidente europeo (Francia y el Imperio Austrohúngaro) era el espejo en el que mirarse.

Desde la creación del Imperio Ruso, justamente con Iván IV (este sí, apodado el Terrible), quien en 1547 instauró el Zarato en Rusia, Pedro I prefirió siempre la denominación de Emperador. El principado de Moscú/Rusia, paso a reclamarse, incluso, heredero del Imperio Bizantino, en contraposición al todavía vigente en la época, Sacro Imperio Romano de Occidente (subrayamos, hermano).

El expansionismo ruso ha sido una constante desde hace más de medio siglo. Y, a pesar de la deseada occidentalización de sus gobernantes, estos nunca abandonaron una característica casi genética de todo gobernante ruso, muy propia de lo peor del Antiguo Régimen y definitoria de la institución del Zarato: la autocracia y la acumulación de un enorme poder. La voz Zar desciende del latín Caesar, como Káiser, por cierto.

Aquellos polvos y las muchas lluvias acaecidas en los últimos quinientos años han acabado produciendo un inmenso lodazal que se expresó en toda su magnitud cuando cayó el Telón de Acero y en el que todavía hozan los líderes rusos.

La Unión Soviética nunca existió

Para desgracia de Rusia, la Unión Soviética sí existió. No se dejen engañar por el titular de esta sección pacientes lectores. Menos aún por quienes ahora van desde los que parecen ignorar su existencia hasta quienes la reivindican. De hecho, bajo nuevas formas, esta feroz dictadura totalitaria acabó instaurando un régimen de servidumbre que nada tenía que envidiar al de los zares, tras unos pocos y turbulentos años de ensayos constitucionales, en 1917.

La Unión Soviética, al parecer, estuvo a punto de ganar la carrera espacial a los EE. UU. Aunque algún día quizá se establezca que esto es otro de los muchos mitos que Occidente ha aguantado, incluso creído, «Potenkim Villages» construidas por los serviles asistentes del zar de turno para su solazSe conoce como «Aldeas Potemkin» al montaje de escenarios materiales o conceptuales ficticios que se presentan a los autócratas (o estos presentan al pueblo o a visitantes extranjeros) para que crean que todo va bien cuando no es así. El origen de esta expresión se vincula, según una versión popular, escasamente soportada por la historiografía, en las fachadas de falsa apariencia real que se montaron durante un viaje de Catalina II a Crimea en 1787, en plena época de tensiones entre los imperios Ruso y Otomano, para dar una falsa apariencia de orden y progreso en la región. El promotor de este engaño fue el gobernador de la región, Grigory Potemkin, a la sazón amante de la Zarina.. Si alguna vez, cualquiera de estas dictaduras totalitarias, ha ganado o siquiera amenazado a la potencia occidental, ha sido contra el bienestar de sus siervos. Dedicando recursos desproporcionados que la población necesitaba para su supervivenciaEn la URSS, la colectivización de la agricultura promovida por «El gran giro» de Stalin (que acabó con la Nueva Política Económica de Lenin) produjo, en la campaña 1932-33, más de 4 millones de víctimas por inanición entre el campesinado ucranio, afectando también severamente a sur de Rusia (véase https://en.wikipedia.org/wiki/Great_Break_(USSR)#cite_note-:0-2). En China, en 1958, Mao adoptó la política del «Gran Paso Adelante» con el objeto de desarrollar rápidamente la agricultura y la industria siguiendo el modelo soviético, que fracasó estrepitosamente estimándose en unos veinte millones las víctimas de inanición en todo el país entre 1959 y 1962 (véase https://www.britannica.com/event/Great-Leap-Forward).. O Chernóbil, en suelo ucraniano, en abril de 1986, el peor desastre nuclear civil de la historiaPara el accidente de Chernóbil véase https://es.wikipedia.org/wiki/Accidente_de_Chern%C3%B3bil. El accidente causó 31 muertos directos y miles de fallecidos por cáncer con los años. Provocó la relocalización de cientos de miles de personas fuera del área de exclusión que hoy continúa despoblada.. Es bien sabido que el mayor desastre nuclear militar de la historia lo causaron los EE. UU.Sobre las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki (agosto de 1945), que causaron unas 260 mil víctimas mortales en ambas ciudades y en el tiempo, véase https://es.wikipedia.org/wiki/Bombardeos_atómicos_de_Hiroshima_y_Nagasaki. Al mes de los bombardeos, Hiro Hito, emperador de Japón, rindió incondicionalmente a su país, pero pidió seguir en el trono imperial. La URSS había declarado la guerra a Japón poco antes y la combinación de estos dos elementos acabó siendo un poderoso factor disuasorio. El país fue ocupado por fuerzas mayoritariamente estadounidenses, se desmanteló su ejército y se le impuso la prohibición de fabricar, almacenar o adquirir armas nucleares. A pesar de la conmoción mundial que causaron las explosiones nucleares y su terrible saldo de muertes y desolación, los estrategas militares estadounidenses estaban convencidos de que se habrían producido muchas más víctimas mortales y destrucción de infraestructuras si se hubiese tenido que doblegar a Japón con bombardeos convencionales masivos.

Sorprende en estos episodios cómo los burócratas, ungidos de su sentido de la impunidad, anotan minuciosamente los detalles de estas catástrofes para los archivos secretos. Que, casi siempre, se acaban abriendo a los investigadores décadas más tarde. Lo que no sorprende es el relato que trasladan a quienes los investigan. Un relato de corrupción, abuso de poder, desprecio de la vida y la suerte de millones de personas inocentes a quienes deberían servir y anulación directa de los testigos y oponentes incomodos.

La Unión Soviética fue un larguísimo episodio de transformación radical de una sociedad feudal en una economía industrializada moderna. Lo que, al fin y al cabo, se consiguió en medio de una pésima asignación de recursos que acabó hundiendo todo el aparato burocrático y político de la dictadura. Hoy Rusia no es una economía avanzada. Ni siquiera industrializada, para los estándares actuales. Es una economía dotada de ingentes recursos naturales que extrae con el único objetivo de obtener divisas y rentas masivas de las que se apropian las clases dirigentes. El empleo lo proporcionan la burocracia, los comercios locales y las industrias básicas, además de las franquicias de los miles de empresas multinacionales que se han establecido en el país.

Conviene, pues, repetirlo una vez más: 1989 no fue el final de una guerra que perdió Rusia y a la que se hubiera humillado con un acuerdo de paz abusivo. Fue el resultado, tantas veces constatado, de la tiranía, la corrupción y la incompetencia del Zarato, un liderazgo vertical, encabezado siempre por autócratas con un inmenso poder que ha caracterizado a este país desde su creación y que hoy caracteriza a la Rusia de Putin que ha invadido Ucrania.

La OTAN no ha atacado a Rusia

También conviene reiterar esto: la OTAN nunca ha atacado a Rusia de ninguna manera (ni a nadie, en primera instancia, por cierto). Napoleón sí, y Hitler también. Las lecciones de estos hechos históricos están bien incrustadas en el ADN de Occidente, de manera que nadie en su sano juicio iniciaría una guerra contra Rusia. La OTAN nació como una asociación política de países occidentales aliados en 1949, meses después de que la URSS impulsara la creación del COMECON (una asociación de ayuda económica mutua, respuesta al Plan Marshall) pero fue convirtiéndose en una asociación defensiva con motivo de la Guerra de Corea (1950-1953), la Guerra Fría (que se inició en 1947) y la creación del Pacto de Varsovia (en 1955).

El Artículo 5 del Tratado dice textualmente: Las partes convienen en que un ataque armado contra una o contra varias de ellas, acaecido en Europa o en América del Norte, se considerará como un ataque dirigido contra todas ellas y, en consecuencia, acuerdan que si tal ataque se produce, cada una de ellas, en ejercicio del derecho de legítima defensa individual o colectiva, reconocido por el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, asistirá a la Parte o Partes así atacadas, adoptando seguidamente, individualmente y de acuerdo con las otras Partes, las medidas que juzgue necesarias, incluso el empleo de la fuerza armada, para restablecer y mantener la seguridad en la región del Atlántico Norte.

El Artículo 5 del Tratado se ha invocado solamente una vez en sus más de setenta años de existencia. Ello sucedió con motivo de los ataques del 11 de septiembre de 2001 a los EE. UU., que inmediatamente invocaron el apoyo de la organización. Solo en cuatro ocasiones ha intervenido la Alianza directamente: por primera vez en su historia, en Bosnia (1991-1995) y posteriormente en Kosovo (1999), Afganistán (2001) y Libia (2011). En todos estos casos se mezclan consideraciones diversas que van desde la cercanía del conflicto al perímetro de la Asociación (Bosnia), razones humanitarias (Kosovo), un mandato de la ONU (Afganistán) o, como podría interpretarse en el caso de Libia, la defensa de intereses económicos esenciales de sus miembros Véase http://www.inquiriesjournal.com/articles/1591/to-intervene-or-not-to-intervene-the-role-of-humanitarianism-un-approval-and-economic-incentives-in-determning-nato-military-intervention-in-conflict para un interesante análisis de las intervenciones armadas de la OTAN.

Rusia haría muy bien en conformarse con lo que tiene y acabar con su Zarato, pero no debe ser fácil de hacer esto cuando se tiene una genética imperial tan compleja. Ningún país debería volver a cometer el error de enseñar democracia a otro, tras el fiasco de los EE. UU. en Iraq, pero el mundo necesita mantener a raya a los países que invaden a otros. Por eso la OTAN es necesaria y si no se hubiese expandido, como manifiesta sabiamente el catedrático de historia contemporánea de la Universidad de Princeton, Stephen Kotkin, hoy estaríamos bastante peorVéase https://www.newyorker.com/news/q-and-a/stephen-kotkin-putin-russia-ukraine-stalin.

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