Ensayos RdL

El hombre que vivía dos veces

Samuel Pepys nunca escribió poemas ni piezas teatrales, ni siquiera un cuento o los primeros capítulos de una novela. Era un hombre dotado de sensibilidad, desde luego, un lector y un melómano. Escribió algunas obras eruditas sobre la flota británica y un buen montón de informes burocráticos en los que a buen seguro despunta aquí y allá su genio. Sin embargo, un hombre de sus cualidades –enérgico, práctico, imaginativo– supo dar con la manera más profunda de dejar su huella sobre la tierra legando a la posteridad las páginas de un diario. Durante nueve años (de 1660 a 1669), los más jugosos de su vida y en cierto modo de su época, mientras Londres se convertía a fuerza de guerras

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Ludopatías

Como novelista, Chesterton se esmeró en la construcción de artefactos narrativos ingeniosos, ocurrentes, ricos en aventura y misterio detectivesco, maquinarias chispeantes de un humor acelerado muy cercano al nonsense del Sombrerero Loco bajo los cuales, sin embargo, latían hondas preocupaciones filosóficas y una lucidez en cierto modo desesperada. Novelas como El hombreque fue jueves y el ciclo de relatos del Padre Brown, son buena muestra de ello. Chesterton fue un hombre desbordante y apasionado, lo cual desdice el tópico de la frialdad británica. Fue un periodista polémico, un católico militante con cierta tendencia al proselitismo (su imagen central es el signo de la cruz), un trotamundos, un fabulador incansable y genial que abarcó todos los géneros, una gran fábrica de

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Lo Fonseca, si breve, más Fonseca

Este libro es como un desfile de carnaval en Río, pero el día del Juicio Final, y ya de tardecita. Es como si El jardín de los cerezos tuviese lugar en Ipanema, debajo de las palmeras. Y es como tomar un baño de sol en la Antártida. Con el tiempo, además, creo que llegará a ser un clásico. Uno de esos libros que nos devuelven el placer de la lectura, uno de esos libros que ponen de relieve –de altorrelieve– la egregia categoría de un género tan ninguneado: el cuento. A propósito del cuento debo decir que durante mucho tiempo comulgué con aquello que dijo el gran cuentista que fue Cortázar, echando mano del léxico del boxeo, de que la

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Un clásico y un moderno magiares

Sendas dictaduras de posguerra dilatadas a lo largo de cuatro décadas, el aislamiento del pequeño país magiar tras el telón de acero y la subrayada extrañeza de un idioma minoritario se sumaron, contribuyendo así a nuestro alejamiento de la literatura húngara del siglo XX, roto tan sólo por algún best seller añejo de kiosco, a menudo llegado a través de lenguas interpuestas. El exitoso descubrimiento entre los lectores de la obra de Sándor Márai y el Nobel de 2002 a Imre Kertész han tirado de otros autores, que han ido siendo recibidos con interés por el mercado editorial. A ello ha contribuido no poco la labor profesional de Judit Xantus, recientemente fallecida, que con su traducción directa del original e

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La dictadura de las matrioshkas

Las novelas de Pennac suelen arrastrar al lector en su gozoso y desconcertante revoltijo. Hasta hoy era la pintoresca familia Malaussène la que, desde el parisino barrio de Belleville, nos enredaba en aventuras desternillantes y sazonadas por un lenguaje tan multicolor como los propios personajes. Ahora, con El dictador y la hamaca, Pennac nos apunta a una excursión por territorios brasileños, con breves escapadas a Hollywood, Chicago y París. Pero el viaje tiene sorpresa: la peripecia geográfica esconde otra que atañe a la materia real de la escritura novelesca; y, aunque el narrador anuncia ya desde el principio que su historia se asemeja a las muñecas rusas, el lector no puede ni sospechar la proliferación de matrioshkas que se le

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