Ensayos RdL

Asomarse y sentir vértigo

Así comienza una película de King Vidor, The Crowd. Se estrenó en 1928: el crack –y no la prosperidad– estaba a la vuelta de la esquina. La cámara enfoca un rascacielos; el campo de visión se va concretando en una de las ventanas y penetra en una oficina interminable donde hormiguea un sinfín de contables, hasta dar con el protagonista, que observa con impaciencia el último minuto de la jornada laboral. ¿En el principio fue el verbo? ¿O la mirada? Cuando Vidor rodó esa escena faltaba poco para que el sueño americano se resquebrajara, muy poco para que un granadino, Federico García Lorca, compusiera un réquiem de versos como Poeta enNueva York… Años después, otro andaluz, Antonio Muñoz Molina, atraviesa

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En términos absolutos

Ya en su día, el maître à penser portugués, Eduardo Lourenço, señaló que la forma mentis del país luso se reflejaba en una creación literaria repleta de monólogos, como si no hubiera interlocutor posible; una característica que se haría evidente en la carencia secular de una tradición continua en materia teatral y novelesca. Lourenço lanzó esta hipótesis en el año 1977, lejos todavía de los éxitos internacionales de la narrativa de Saramago o Lobo Antunes, desde el convencimiento de que Portugal era, por encima de todo, un país de poetas. La novela que nos ocupa –En nombre de la tierra (1990) de Vergílio Ferreira (19161996)– podría ser una muestra de esta consideración tanto por lo que respecta a la utilización

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El hombre que vivía dos veces

Samuel Pepys nunca escribió poemas ni piezas teatrales, ni siquiera un cuento o los primeros capítulos de una novela. Era un hombre dotado de sensibilidad, desde luego, un lector y un melómano. Escribió algunas obras eruditas sobre la flota británica y un buen montón de informes burocráticos en los que a buen seguro despunta aquí y allá su genio. Sin embargo, un hombre de sus cualidades –enérgico, práctico, imaginativo– supo dar con la manera más profunda de dejar su huella sobre la tierra legando a la posteridad las páginas de un diario. Durante nueve años (de 1660 a 1669), los más jugosos de su vida y en cierto modo de su época, mientras Londres se convertía a fuerza de guerras

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