Ensayos RdL

Estambul, Constantinopla

Orhan Pamuk es una de las voces más originales y poderosas de la literatura internacional de los últimos años. Autor de seis novelas, ha recibido algunos de los premios literarios internacionales más importantes y ha sido traducido a más de veinte lenguas, entre ellas el español y el catalán. Su novela más conocida, titulada en castellano Mellamo Rojo (Madrid,Alfaguara, 2003), una historia de rivalidad y asesinato en el medio de los miniaturistas de la corte otomana, recibió el Prix du Meilleur Livre Étranger de Francia, el Grinzane Cavour italiano o el Internacional IMPAC Award de Dublín. Nieve es su última novela traducida en España. Recientemente acaba de recibir en la Feria del Libro de Fráncfort el Premio de la Paz

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Un caso Dreyfus permanente

Corría el año 1937 y en Valencia, capital de la República en guerra, se reunía el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, convocado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas. No fue tan lucida como se esperaba la presencia de escritores extranjeros, pero hubo ocasión de escuchar, entre otros, a André Malraux, a Stephen Spender y a Nicolás Guillén. También, desde el primer día, a Julien Benda, que unos años antes había publicado el libro que habría de catapultarlo a un lugar para siempre seguro en cualquier historia de intelectuales: La trahison des clercs, un alegato contra los intelectuales que, arrastrados por la pasión política, habían tomado partido por la nación y por los intereses de

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La extrañeza de un raro

Decir de un cuentista que tiene una trayectoria casi secreta resulta en la actualidad una observación redundante, pues la hegemonía de la novela en las mesas de novedades y la consiguiente preferencia de las editoriales por ese género vuelven invisible la narrativa breve a la mirada de los lectores, cada vez más proclive al extravío. Pero el caso de Hipólito G. Navarro no es tanto el de un autor oculto como el de un raro. Rara, en el sentido de singular, es su fidelidad casi exclusivista al cuento, con la que se distingue de tantos cuentistas ocasionales, para los que el género queda relegado al papel de trampolín para la novela o al de divertimento puntual y secundario. Pero, además,

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Las perlas del contable

Aburre repetirlo, pero hay que volver a decir que, pese a la complaciente industria editorial, la mayoría de las novelas avaladas con premio detentan una crisis de competencia literaria bastante alarmante. Bien es verdad que, si se quiere satisfacer a un público masivo, basta el alarde de algunas destrezas –metáforas más o menos impetuosas, giros imprevistos, personajes «entrañables»– y armar una historia de tensiones sentimentales. Los sentimientos, sobre todo los derivados del amor y la pasión, son hoy la verdad revelada que menos cuestiona el lector común, y su probada eficacia en la narrativa actual no parece que, por el momento, vaya a remitir. La tentación, en todo caso, se diría irresistible, a la vista de tantas novelas que mercadean

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Sudores épicos y susurros líricos

Esta frase, que extraigo de la propia novela de Luis Magrinyà, puede servir como síntesis expresiva del movimiento pendular que recorre el narrador de Intrusos y huéspedes, un hombre de mediana edad, famoso actor de televisión y ahora profesor en una academia de teatro, que de pronto ha de ocuparse –y convivir– con un hijo adolescente al que no ve desde hace muchos años debido a la «ridícula peregrinación mundial» que emprende la madre-esposa tras la separación matrimonial. Para describir el oscilante vaivén existencial que agita al protagonista podrían igualmente servir otras antinomias o parejas de opuestos tales como desesperación-felicidad, pensamiento-acción o la sugerida en el título mismo, ya que estamos ante una novela concebida como un díptico o medalla

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Dionisio Ridruejo, entre nosotros

Tiene razón Santos Juliá cuando en su reciente libro Historias de las dos Españas no solamente abomina del marbete de «falangistas liberales», sino que añade serias pegas a la hondura, al momento temporal elegido y a la legitimidad de sus presuntas conversiones. Pero tiene también razón Jordi Gracia (quizá porque, con veinte años menos que Juliá, ha escrito un libro tan maduro como La resistencia silenciosa) cuando se acerca, con cordialidad no exenta de exigencia política, al complejo mundo de quienes ganaron la guerra y perdieron la paz. Fueron muchos más de lo que parece: catalanistas conservadores, carlistas y carlistoides románticos, católicos que no eran ultramontanos, agnósticos que no eran comecuras, totalitarios ma non troppo, liberales que no eran demócratas…

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