A una estancia de veinte días en el manicomio militar de Melilla le debemos que Vila-Matas empezara a escribir. El escritor iba para director de cine —para entonces ya había rodado un par de cortometrajes— pero un buen día, ciertamente desesperado y bajo los efectos de algunas sustancias psicotrópicas, hizo que su fusil volara bien alto en plena instrucción militar. Aunque su fingida enajenación no engañó a los psiquiatras por mucho tiempo, aquella estancia cambió su vida para siempre. Fue entonces cuando reparó por primera vez «en conductas humanas que podía contar por escrito». Sus compañeros, «grandes desequilibrados», eran una fuente de inspiración a tener en cuenta. Aquella experiencia manicomial acabó posteriormente volcada en relatos como «Todos conocemos Hong Kong» o «El hijo del columpio». De aquellos días cuartelarios saldría también su primera novela, Mujer en el espejo contemplando el paisaje, más tarde titulada En un lugar solitario.
Como cabía esperar, para Vila-Matas la locura es más un concepto literario que clínico. Prueba de ello son estas Cinco miradas sobre la locura, un compendio de textos sobre la insania en diferentes formas y momentos de la historia. Hay que señalar que los textos seleccionados y presentados por el escritor son fragmentos, no relatos o libros completos. En ese sentido, se trata solo de una pequeña muestra, necesariamente limitada, de un tema de gran importancia histórica y cultural.
Más que los locos en sí, a Vila-Matas le interesa su lenguaje. En una entrevista concedida a raíz de la publicación de Doctor Pasavento, reconoció que le apasiona el lenguaje de la locura porque permite decir cosas distintas y su estructura interna es la libertad misma. Esta atracción por el lenguaje del loco se muestra en el primer texto elegido, un extracto de «El pabellón número seis» de Chéjov. El habla de Iván Dmítrich, uno de los pacientes ingresados en el pabellón, es descrita como «un revoltijo desordenado e inconexo de canciones viejas pero todavía no acabadas de cantar». El discurso de Dmítrich no siempre es comprensible, pero en él se adivina una misteriosa sabiduría. De hecho, el doctor que lo trata se da cuenta enseguida de que, pese a estar encerrado, es dueño de un pensamiento libre y profundo, y pronto empezará a preferir su conversación a la de otros internos.
La misma fascinación por el discurso del loco la encontramos en el fragmento de El licenciado Vidriera incluido en el libro. El curioso decir del licenciado, de cuya boca solo parecen salir certeros aforismos, tiene encandilado a todo aquel que lo escucha. Ni un gremio se libra de su afilada mirada —ni los boticarios, ni los médicos ni los malos poetas—, y, aunque en algún momento alguien le dirá que tiene más de bellaco que de loco, en general sus ácidos comentarios serán recibidos de buen grado e incluso con verdadera admiración. Esta técnica —poner grandes verdades en boca de un necio— fue utilizada previamente por Erasmo de Róterdam en Elogio de la locura, seleccionado también por el autor barcelonés. De hecho, para el hispanista Marcel Bataillon, el Quijote no habría sido posible sin Erasmo, y lo mismo podríamos decir de El licenciado Vidriera. Lo que Cervantes pone de su cosecha, además de una pluma fuera de lo común, es su característica ironía. Tanto don Quijote como el licenciado Vidriera acaban recobrando la razón de forma repentina. Por alguna razón, su locura adquiere una súbita conciencia de enfermedad y es capaz de contenerse a sí misma. La ironía radica en que a los personajes les va mucho peor cuando están cuerdos.
Tanto en Erasmo como en Cervantes encontramos una extraña aleación de cordura y locura en el mismo individuo. Se trata en ambos casos de una locura lúcida, que hace reír y se tolera. La situación cambió radicalmente en el siglo xvii. Entonces, como contó de forma magistral Foucault en Historia de la locura en la época clásica, se trazó una línea divisoria entre locura y cordura que hizo «imposible la experiencia, tan familiar en el Renacimiento, de una Razón irrazonable, de una razonable Sinrazón». En esa época se crearon los grandes manicomios, y la locura, antes tolerada y escuchada, fue silenciada. Decía Foucault que el internamiento denotaba una nueva forma de reaccionar a la miseria. En el relato de Chéjov, todos los pacientes excepto uno, «de ascendencia respetable», son pobres. Por una serie de infortunios, Iván Dmítrich, el loco sabio al que aludía anteriormente, ha caído en la pobreza. Otro paciente, el judío Moiseika, pierde la razón al perder su negocio. En un momento dado, Dmítrich cuestiona al doctor sobre lo apropiado de su internamiento. Siente que está allí como un chivo expiatorio. La sociedad, viene a decir el doctor, ingresa a la gente incómoda en defensa propia.
La locura es una combinación peligrosa de discernimiento y soledad. El loco sabe más de lo que puede soportar. Además, está completamente solo. Nadie quiere tener cerca a alguien así. Sin embargo, nadie está del todo libre de la locura. Cuando la identidad de una persona se tambalea, no es raro que muestre tendencias paranoides. El fragmento de la biografía de Marguerite Duras escrita por Laure Adler —para mí el más interesante de los incluidos en estas Cinco miradas sobre la locura— muestra cómo una persona «normal» puede volverse paranoica cuando su identidad está en riesgo. Se nos dice que Duras estaba enamorada de sus libros hasta el punto de que su amor por Yann Andréa, con quien protagonizó una de sus relaciones más controvertidas, está mediado por la escritura: «[Duras] está enamorada de Yann a través de lo que escribe de él». Sus libros eran la clave de bóveda de su personalidad y cualquier ataque contra ellos era vivido por la autora como una afrenta directa contra su persona. Solo así se explica la extraña reacción que tuvo cuando el editor Jérôme Lindon le pidió que hiciera algunas correcciones al manuscrito de El amante de la China del Norte: «Le acusa de todos los males: de haber tratado de robarla, de haberse sentido escandalizado por sus manuscritos eróticos, de ser un castrador de textos…». La fragilidad de Duras en ese momento era tal que tuvo que recordarse que había dado a la literatura «un autor llamado Duras» y colocó en un lugar bien visible de la casa un gráfico con las ventas de El amante. Cabe recordar que, además de dar a la literatura una autora llamada Duras, la genial escritora nos dio un delirio clínicamente perfecto en El arrebato de Lol V. Stein. El mismísimo Jacques Lacan escribió un texto en homenaje a la autora a propósito de esa novela.
La locura no nos es del todo ajena, y hay quien piensa que se puede hacer una incursión en ella y volver a la realidad como si nada. La quinta mirada seleccionada por Vila-Matas alude al método paranoico-crítico ideado por Dalí. El fragmento en cuestión versa sobre la rivalidad entre el pintor y Le Corbusier, y es parte de un peculiar libro que el arquitecto Rem Koolhaas le dedicó a la ciudad de Nueva York. La paranoia, en efecto, es creativa. Dalí supo ver su potencial imaginativo y Vila-Matas también. Para Alan Pauls, el motor de algunos libros del barcelonés, como Doctor Pasavento, es precisamente una especie de paranoia feliz que permite al autor pasar de un tema a otro con toda naturalidad. Los narradores de Vila-Matas sienten que el mundo habla de ellos, de lo que son, de todo aquello que les pasa, y les gusta (cursivas de Pauls). Al igual que ocurre en algunas novelas de Thomas Pynchon o Don DeLillo, en los libros de Vila-Matas todo parece estar conectado. A veces hay sociedades secretas, como la conspiración shandy de Historia abreviada de la literatura portátil,pero el tono es siempre lúdico, literario. Se diría que Vila-Matas ha aprendido mucho de la locura y eso no debería extrañarnos. Aunque a veces lo olvidemos, la locura dice mucho de la condición humana.
Rebeca García Nieto es escritora y psicóloga clínica. Escribe habitualmente en Jot Down, Letras Libres y Revista de Libros. Su última novela publicada es El color y la herida (De Conatus, 2025).






