Muerte y silencio de una vocal

El secuestro

GEORGES PEREC

Anagrama, Barcelona, 1997

Me acuerdo de Georges Perec al que, con la madurez, se le fueron acentuando en su aspecto físico connotaciones propias de un personaje del Dybuk: una melena que se abría horizontalmente en dos híspidas alas, una barbilla mefistofélica, el aspecto de un gnomo sarcástico y burlón. Me acuerdo (je me souviens, por decirlo a su aire) de Georges Perec muy borracho en una fiesta, acercándose a saludar a Philippe Sollers rodando por el suelo como si fuera una alfombra que estuvieran enrollando. Me acuerdo de Georges Perec sentado en el Café de la Mairie en la plaza de Saint Sulpice, mirando horas y horas a la calle y anotando todo lo que pasaba en ella. Me acuerdo de Georges Perec que, para escapar a la arbitrariedad de la existencia, necesitaba imponerse reglas rigurosas (aunque esas reglas fueran, a su vez, arbitrarias) y que logró el milagro de que esa poética inventada por él y que podría parecer artificiosa y mecánica –científica y aburrida además de gratuita– dio como resultado una libertad y una riqueza inventiva inagotables. Me acuerdo de Georges Perec que por sí solo era una multinacional del lenguaje. Me acuerdo de la pasión de Georges Perec por los catálogos, por los menús de comidas, por los programas de conciertos, por las bibliografías reales o imaginarias, por los textos de las cartas postales, por el contenido de los monederos de las mujeres. Me acuerdo de lo que Italo Calvino dijo de Georges Perec. Me acuerdo de Georges Perec para decir aquí –y decirlo sin paliativos– que es el escritor francés más significativo de las últimas décadas y una de las personalidades literarias más singulares del mundo, hasta el extremo de no parecerse a nadie, lo que le ha llevado incluso a impedirle ser el heredero natural de Raymond Roussel, que es lo que hubiera sido más natural. Pero Georges Perec fue, es único. Me acuerdo de lo que Italo Calvino dijo de él: «El demonio del coleccionismo bate alas sin cesar en las páginas de Perec (…). Pero en la vida, él no era coleccionista más que de palabras, de conocimientos, de recuerdos; la exactitud terminológica era su forma de posesión; Perec coleccionaba y daba nombre a lo que constituye la unicidad de cada hecho, persona, cosa. Nadie más inmune que Perec a la plaga peor de la escritura de hoy: la vaguedad».

A través de Calvino hemos llegado a la llave que nos abrirá la puerta de la obra de Perec: la ausencia de vaguedad en sus hiper-novelas, llámense Les choses, Lavida, instrucciones de uso o la que aquí nos ocupa –para mí la cumbre de toda su producción–, La disparition, que en España ha venido a llamarse El secuestro, ya que si en Francia la letra que desapareció fue la e, en nuestro país –para hacerlo todavía más difícil, un triple salto mortal– ha sido la a la vocal secuestrada. Esta novela, escrita poco antes y después del Mayo del 68 –divierte pensar que mientras sus amigos levantaban adoquines del Barrio Latino, el escritor se dedicaba en su apartamento a reforzar la vigilancia a su vocal secuestrada–, ha sido la menos leída de toda la producción perequiana y debe situarse en el contexto de los experimentos oulipianos. Lo que Perec se propuso y llevó a cabo fue la escritura de una novela en la que la desaparición de la letra e generara, por constricción, la acción misma del relato. Por ejemplo, desaparecían los huevos (oeufs, a raíz de lo cual un camarero caía muerto cuando se le pedía que preparara un porto flip, cóctel que requiere una yema batida). Según Harry Mathews –uno de los más relevantes escritores oulipianos–, la dificultad de los procedimientos abstractos atrajo a Perec en tanto escritor de ficciones porque al llevar el formalismo a su extremo límite proporcionaba diversos medios de composición vacíos, autónomos, autogenerados. Vacíos por cuanto que no presuponían ningún contenido determinado, afinando, por tanto, la cuestión del qué decir; autónomos por no requerir justificación ninguna más allá de la estricta observancia de sus propias y rigurosas reglas; autogenerados porque, mediante la simple aplicación de dichas reglas, los textos se generaban de forma punto menos que automática.

El silencio, el vacío y la muerte fueron siempre los pretextos de la escritura de Perec. En El secuestro no se habla de otra cosa que de la desaparición, del vacío y la muerte, y del silencio que a todos nos espera mucho antes de que –porque llegará ese día, y en este sentido la novela es profética– desaparezcan las vocales en Francia, en España, en Inglaterra, que son los únicos países donde se han atrevido a publicar este libro tan intrincado como peligroso y sumamente divertido. Divertida fue, por cierto, la lectura que de él hizo un reputado crítico francés. Hay que estar realmente ciego para no ver o sospechar algo extraño en un libro del que ha desaparecido una vocal. Pues bien, ese crítico no sólo no advirtió el secuestro de la e sino que se preguntó qué es lo que andaba buscando el autor y por qué, por ejemplo, se interesaba en el asunto Ben Barka. El crítico terminaba su apasionante y necia incursión en la novela diciendo que definitivamente el pobre Perec no tenía nada qué decir.

No me extrañaría, dado el estado actual de las cosas, que entre nosotros también hubiera más de un palo de ciego por parte de algún crítico al que, tras leer esta monumental y costosa traducción de la mejor novela de Perec, podría darle por preguntarse por qué en el torreón de Mons se presentó tocotoc, tocotoc, sobre su corcel inglés de pelo negro y crin gris, de nombre Sturmi, un gentil jinete. Y es que a veces los arduos trabajos con diccionarios de sinónimos no son valorados en su justa medida. Valorémoslos desde aquí felicitando al perequiano editor Herralde y al profesor Marc Parayre que allá por el año de 1986 pusieron en pie este monumental proyecto en cuya traducción han colaborado numerosos estudiantes que en ningún momento desfallecieron en su heroica empresa, ni tan siquiera se desmayaron cuando alguien –me dicen– les advirtió de que, de continuar en su empeño, podían acabar tan hundidos como un bebedor en porrón, un doctor en poción, un conductor en bidón y hasta como el mismísimo Moby Dick. ¡Oh, móvil Bic!

Ficha técnica

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