Este libro es una obra pionera en la historiografía española sobre el tema de los autorretratos, fácil de leer, ya que el autor hace gala de su talento de veterano ensayista para lograr que su reflexión fluya, con una argumentación sabia, inteligente, cómplice, nunca pretenciosa, innecesariamente erudita o apabullante, pero que no solo está bien documentada e históricamente muy completa, sino también que mantiene continuamente interesado al lector.
El autor, Manuel Alberca, ha calificado como una pasión o «manía personal» su incesante búsqueda y su interés por el conocimiento de los autorretratos que se han dado en la historia del arte occidental, fundamentalmente desde el Renacimiento hasta nuestros días. Lo asemeja a una especie de coleccionismo de la mente en el que se trataría de «trazar un círculo en la realidad y dedicarse a estudiarlo obsesivamente», algo que, como él mismo apostilla, Ramón Gómez de la Serna calificó como «la esferificación de lo real».
Pero la modestia del autor le impide decir que su propósito implica conocimientos profundos de historia del arte, filosofía y de estética. Aunque sin duda, una vida dedicada a cultivar el género de la autobiografía en la literatura, le han facilitado estar preparado para salir airoso de este reto.
Ya que según él mismo afirma: «El paso del estudio […] literario al de la representación plástica resulta consecuente […]. El autorretrato pictórico tiene algo de prueba o evidencia, en la que el artista se expone a la vista de los demás de manera más directa que en el discurso escrito».
Sin embargo, es importante resaltar que este ensayo es un género híbrido, que pertenece a lo que se conoce como historia cultural y que entroncaría con el tipo de estudio vinculado a la «historia de las emociones». Este enfoque, que pertenece a las nuevas ciencias humanas, es relativamente reciente y pone el acento en tomar en consideración en pie de igualdad las experiencias subjetivas del ser humano junto a los datos objetivos.
La tesis principal del libro es que el rostro humano, tan visible y determinante en cualquier intercambio o relación social, resulta un enigma, incluso un misterio, para uno mismo. Y, efectivamente, es una cuestión que ya plantearon desde Sócrates a Oscar Wilde, aunque todavía no se haya resuelto.
Por lo tanto, el autor nos presenta este recorrido por los autorretratos como una suerte de indagación personal.
Se trata de comprenderlos en su singularidad, pero también de encontrar en ellos un espejo donde reconocerse. La manera en que se ven a sí mismos los pintores es una posibilidad de abundar en el conocimiento de uno mismo a través de los otros. Y a eso se va a dedicar el autor a lo largo del libro. Y su búsqueda es doble. Por una parte, intentar reconocer y atrapar la personalidad, no ya de cada artista, sino de cada obra que existe en este género. Pero también, reflexionar sobre las estrategias de representación y lo que su aproximación implica de modo general y universal.
Esto no es nada fácil. La prueba es que me parece que él es el único estudioso español que se ha enfrentado de modo directo a esta cuestión en el mundo intelectual español. Ha habido acercamientos parciales por parte de filósofos como Argullol y Trías, e incluso experimentos interesantes como el de Calvo Serraller en La novela del artista. Y bien es verdad que, en el campo de la historiografía del arte española y general, existen numerosos artículos sobre el tema, pero casi siempre dedicados a un caso concreto, a una época o un/a artista. Nadie se había arriesgado con esta apuesta que Alberca plantea y gana: no se ha escrito un libro que presente el afán totalizador y de una cierta sistematización que encontramos aquí.
En el mundo anglosajón sí nos encontramos algunos libros que el autor ha leído y cuyos conocimientos refleja y que están recogidos en la bibliografía. Esencialmente el libro de James Hall, Self portrait a cultural history (2014) y el de Frances Borzello, Seeing ourselves (1998). También en el mundo académico/museístico francés, él mismo relata la importancia que en la génesis del libro tuvo la asistencia a la exposición comisariada por Pascal Bonafoux Moi! L’autoportrait au XXe siècle», en el Musée du Luxembourg en 2004. La exposición estaba dedicada al autorretrato en el siglo XX y Bonafoux fue tanto comisario como autor del catálogo relacionado, Autoportraits du XXe siècle, que viene reseñado en la bibliografía, pero son más un glosario de imágenes que una argumentación.
Dicho todo lo cual, hay que añadir otra premisa del libro absolutamente intrigante: los autorretratos ponen en juego un intercambio de miradas entre el espectador y el artista.
A partir de este momento, hay algo que me parece importante señalar como fascinante de este libro y que es poco habitual: la cantidad de preguntas que el autor se hace y, por lo tanto, nos hace. Para las que tiene distintas respuestas, naturalmente, pero que quedan abiertas.
Creo firmemente que lo más importante de cualquier trabajo intelectual es la calidad de las preguntas, más que la cantidad de las respuestas. Y esas preguntas se quedan siempre con el lector como un fiel compañero, conviviendo con él y enriqueciendo su vida.
Así, en sus Cartas a un joven poeta, Rainer Maria Rilke le escribe a Franz Xaver Kappus una de sus ideas más fecundas: «Viva (Ud.) ahora las preguntas. Quizá así, poco a poco, sin darse cuenta, viva algún día dentro de la respuesta».
La idea central es que las preguntas no son un obstáculo hacia el conocimiento, sino una forma de maduración interior. Para Rilke, las preguntas auténticas transforman a quien las sostiene. Y también previene contra las respuestas apresuradas y superficiales. Para él, las respuestas aparecen solo con el tiempo y la experiencia. En otra formulación del mismo espíritu, insiste en que lo importante no es «resolver» las cuestiones, sino «dejar que las preguntas nos habiten» hasta que la vida misma las vaya respondiendo.
Otro punto importante del libro es el largo y detallado desfile de tipologías de autorretrato que Alberca nos descubre en un cruce en el que, sin duda con humor, junta el afán taxonómico a distintos perfiles psicológicos reconocibles. Así nos encontramos con una enorme variedad de modalidades autorrepresentativas… por ejemplo: el autorretrato teatralizado, el autorretrato narcisista, el autorretrato emocional, el autorretrato nupcial, amoroso, el familiar o de amistad, el autorretrato abstracto, el autorretrato metonímico, el autorretrato retrospectivo y el autorretrato anticipatorio, el autorretrato disfrazado, el autorretrato deprimido, el autorretrato académico, el autorretrato soberbio, el autorretrato extravagante, el autorretrato humilde, enfermo… y muchos más, siempre entrecruzándose el ser y el estar.
Finalmente, distingue a una serie de artistas que califica como (y me parece genial) autorretratistas en serie, sí, igual que hay criminales en serie, hay una pulsión en algunos pintores como en Rembrandt y Picasso, en Sofonisba Anguissola y Frida Kahlo, y algunos más, a representarse una y otra vez, conformando una especie de diario visual de sus rasgos y de su vida. Estos «fanáticos de su propia imagen» van a recibir una atención pormenorizada y aguda, destilada en hipótesis brillantes, en el capítulo seis, titulado, Galeria de Favoritos.
Pero quizás lo más valioso del libro sea ese afán analítico e incesantemente curioso que aparece ligado al estudio del «transvase de sentimientos entre el pintor y el espectador». Los autorretratos se convierten entonces en «mediadores» que pueden facilitar el encuentro con nuestra propia identidad. El campo de batalla se amplía entonces de lo singular y personal a lo plural y universal. El autor finalmente nos hace entender que: «Esto es lo que nos enseñan los autorretratos, que no nos conocemos y que necesitamos al otro para hacerlo».
Amparo Serrano de Haro es profesora Titular y profesora honoraria del Departamento de Historia del Arte, de la UNED.






