El escritor y la enfermedad (acerca de Barbellion y Robert Walser)

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Bruce Frederick Cummings nació en 1889 en Barnstable (Devon). Sexto hijo de un periodista local, fue un alumno aplicado y lleno de inquietudes. Comienza su diario en 1903, cuando sólo es un adolescente con vocación de naturalista. La esclerosis múltiple aún no se ha manifestado. Aparentemente, la muerte está muy lejos. A los diecisiete años, Cummings anhela el conocimiento de la verdad y deplora la brevedad de la vida. Sueña con emular a los grandes naturalistas, pero después de unos años de estudio sólo consigue una plaza en el Museo Británico de Historia Natural, donde ejerce de entomólogo especializado en piojos. No es una mala actividad para un «perro lisiado». La enfermedad ya ha enseñado la cara y le impide olvidarse de sí mismo. Está encadenado a su cuerpo, un proyecto de cadáver que lo recluye en cama cada vez con más frecuencia. Abrumado por su estado, su diario rebosa amargura y desaliento. Sin embargo, aún conserva el placer de caminar y broncearse con el sol, trabajar en el jardín o finalizar un libro que comenta las costumbres de mariposas, ranas o gusanos. Sabe que el deterioro del cuerpo es imparable, pero aprecia la dignidad de un envoltorio capaz de anhelar la inmortalidad.

Cummings advierte que la enfermedad afecta al color del mundo. El gris sucio sustituye al fulgor plateado de esas noches en que el agua parece almíbar y las montañas resplandecen con un destello violeta. La fatiga y el desánimo asimilan la realidad a una habitación desnuda, sin ventanas, con las paredes ahumadas y el suelo astillado. Sin embargo, reconoce cierta belleza en esa desolación. El invierno es inhóspito, pero su paisaje posee la desnudez de lo elemental. Durante esos meses, nada parece superfluo o innecesario. Sólo pervive lo esencial. Cummings se refugia en la música de Beethoven, en su dramatismo carente de ampulosidad, que evidencia la creatividad del dolor. También frecuenta las páginas de Nietzsche, donde reconoce el tributo de sufrimiento que exige el arte. Es necesario llevar el caos en el alma para engendrar centauros y estrellas danzarinas. La Gran Guerra parece un acontecimiento insignificante al lado de la conmoción que experimenta en su mundo interior. Las noticias del frente apenas le afectan, lo cual no refleja insensibilidad, sino un profundo ensimismamiento. Su conciencia litiga con su cuerpo y en ese diálogo el mundo sólo es un remoto telón de fondo.

Cummings compara su alma con la complejidad de la arquitectura gótica y no se cansa de contemplar sus emociones. Lamenta los prejuicios neoplatónicos que han vinculado el cuerpo al pecado y la corrupción, y reconoce que su curiosidad lo exime de cualquier sentimiento de repugnancia hacia las manifestaciones de la vida o la enfermedad. Ese interés por las cosas se comunica con su desprecio por la violencia. Su voluntad se revela anémica cuando se insinúa la posibilidad de dañar a un semejante. Estar en el frente habría constituido una catástrofe para su delicada sensibilidad, impotente para soportar la tensión de matar o morir. Las últimas fases de la enfermedad conviven con la inseguridad sobre el valor de su diario. No descarta su extravío accidental o el rechazo de los editores. Fantasea con el reconocimiento, pero el tiempo se acorta y sólo puede aspirar a una fama póstuma. La resignación se alterna con la desesperanza. «Estoy enamorado de esta ruina que soy», escribe, resistiéndose a adoptar esa indiferencia hacia la vida que «surge cuando es imposible conservarla». La última entrada es un escueto: «No me soporto». Después, anota la fecha de su muerte, anticipándose dos años al desenlace.

Es difícil separar a Cummings de su enfermedad. Su escritura no es melancólica, sino desgarrada. Nace de la conciencia de un cuerpo estragado. La enfermedad nos revela las profundidades de nuestro cuerpo. Es una iluminación, una herida de luz que surge de la experiencia de la oscuridad. María Zambrano lamenta que la perspectiva médica haya despojado a la enfermedad de su dimensión espiritual. La enfermedad es la oportunidad de contagiarse del otro, de impregnarse de su existencia. Asimismo, nos hace bajar hasta lo más profundo de nuestro yo. Nos hace ser con una dolorosa intensidad, que no existe en la salud, donde el hábito y la rutina diluyen o atenúan nuestra conciencia. Al leer el diario de Cummings, no he podido dejar de pensar en el escritor suizo Robert Walser, que pasó los últimos treinta años de su vida en una clínica psiquiátrica. Su literatura es subsidiaria de su enfermedad. Su melancolía le permite apreciar el reposo y la quietud; envidiar la vida de los parásitos, que no necesitan justificarse; experimentar gratitud hacia la belleza que se ofrenda sin exigir nada; celebrar la escritura, que es una forma de pasear por el mundo con la mirada alerta y atenta; exaltar la alegría que surge al presenciar la luz rosada del crepúsculo o intuir que las flores recogidas por una muchacha prefiguran las que algún día otras manos depositarán sobre su tumba.

La salud no advierte nada de eso. Sólo conoce una inmediatez irreflexiva. Pienso que, en muchos casos, el escritor es un hombre enfermo que se complace en su estado. De alguna manera, el escritor elige la enfermedad. Cummings no escoge la esclerosis ni Walser la locura, pero se descubren a sí mismos en la conciencia de su deterioro. El dolor les constituye como autores de una obra que exalta la pasión de vivir al tiempo que certifica su declive personal. Al perderse, se encuentran y se transforman en escritura. Es un precio razonable. El escritor vive para las palabras; no para la carne.

El diario de Bruce Frederick Cummings se publicó en 1919, con el pseudónimo W. N. P. Barbellion. Se tituló El diario de un hombre decepcionado y H. G. Wells escribió el prólogo. Cummings murió unos meses más tarde en Gerrards Cross (Buckinghamshire). En una de sus últimas anotaciones, escribió: «Me envuelvo en mi manto y doy gracias a Dios solemnemente por no ser como otros hombres». Robert Walser murió en 1956 durante uno de sus paseos. Encontraron su cuerpo en la nieve, cerca del manicomio de Herisau (Suiza), donde se había refugiado voluntariamente, huyendo del mundo. Las trágicas vidas de Cummings y Walser pertenecen a otra época. Se han producido muchos cambios desde entonces, pero seguimos viviendo en un mundo que desprecia la enfermedad y no ama a sus poetas.

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