El despertar de la Unión Europea o où est vous, Jacques?

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Por complicada y compleja que sea la situación geoestratégica para China, los EE. UU. o Rusia, para Europa es peor. Por cierto, incomparable gemelo, ¿qué te parece que dejemos de hablar de Europa para hablar solo de la Unión Europea?

Uno de nosotros tuvo la suerte (no se puede llamar de otra manera) de vivir como insider el «europeísmo» durante el mandato del enorme Jacques Delors, el primer (y quizá único) estadista europeo de segunda generación, tras la de los inmensos fundadores. No exageramos si decimos que el periodo 1987-1993 fue uno de los más excitantes, en el plano institucional, que vivió la entonces Comunidad Económica Europea, que pronto se convertiría en la Unión Europea. Un periodo marcado por dos actas normativas de la mayor importancia: el Acta Única, que entró en vigor el 1 de julio de 1987, y el Tratado de Maastricht, o constitutivo de la Unión Europea, en vigor desde el 1 de noviembre de 1993Para una descripción sucinta (y acceso a la norma) del Acta Única véase https://eur-lex.europa.eu/legal-content/ES/TXT/?uri=LEGISSUM%3Axy0027. Igualmente, sobre el Tratado de Maastricht véase https://eur-lex.europa.eu/legal-content/ES/TXT/?uri=LEGISSUM%3Axy0026. . Delors fue presidente de la Unión Europea entre el 1 de enero de 1985 y el 31 de diciembre de 1994, una década prodigiosa en el plano institucional, sin duda.

Es inimaginable lo que habría sido de las naciones europeas occidentales en ausencia de la Unión. Estamos convencidos de que de ninguna manera concebible habría sido mejor y nos apresuramos a declarar nuestra inequívoca convicción de que para todas estas naciones y, especialmente, para España, la existencia de nuestra Unión ha sido una fuente de libertad, prosperidad y ausencia de conflictos fratricidas que tantísimo daño habían causado a nuestros países, en todo el continente, en el pasado.

Nunca podremos pagar la enorme deuda de gratitud a los fundadores de las instituciones que hace ya más de siete décadas dieron el primer paso hacia la consecución de la unidad de las naciones europeas en 1950. O sí. La «Declaración Shuman» empezaba de la siguiente manera: «La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan»Puede consultarse el texto completo en https://europa.eu/european-union/about-eu/symbols/europe-day/schuman-declaration_es. Robert Shuman, ministro de asuntos exteriores francés, pronunció esta declaración, a la que también había contribuido Jean Monnet, y propuso la creación de una Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) entre Alemania y Francia, abierta a otros países participantes y a la que se sumaron ese mismo año, en el que se constituyó formalmente, Italia y los tres Países del Benelux. La conjunción de «almas gemelas», europeístas convencidos, curtidos en la ingente tarea de reconstrucción de sus respectivos países tras la devastadora Segunda Guerra Mundial, como lo eran los mismos Monnet y Shuman (Francia), Konrad Adenauer (Alemania), Joseph Bech (Luxemburgo), Johan Willem Beyen (Países Bajos), Alcide de Gasperi (Italia) y Paul-Henri Spaak (Bélgica). Puede verse una sucinta biografía de estos verdaderos estadistas europeos en https://europa.eu/european-union/about-eu/history/eu-pioneers_es. El Reino Unido no participó en la iniciativa pero su primer ministro en 1941-1945 y 1951-1955, Sir Winston Churchill fue pionero al proponer la creación de unos Estados Unidos de Europa en una inolvidable conferencia en la Universidad de Zurich el 19 de septiembre de 1946 (véase https://europa.eu/european-union/sites/default/files/docs/body/winston_churchill_en.pdf y https://www.cvce.eu/en/education/unit-content/-/unit/02bb76df-d066-4c08-a58a-d4686a3e68ff/e8f94da5-5911-4571-9010-cdcb50654d43/Resources, dirección en la que puede encontrarse una pieza de audio del propio Sir Winston Churchill pronunciando dicha conferencia).. Repetimos: esfuerzos equiparables a los peligros que nos amenazan. No cabe mayor precisión. Esta poderosa expresión se aplica a cualquier afán humano, a cualquier empeño, desde la contención del calentamiento climático hasta la lucha contra la pobreza. Es un principio básico de acción y reacción, de prevención y daño, el anverso y el reverso de todo acto político, que, ay, a menudo se olvida.

Hoy, hoy mismo hermano, nos encontramos con una Unión Europea atrapada entre las potencias que luchan por la hegemonía global. La Unión, ni tiene esa aspiración, ni podría conseguirla si la tuviese. Quizá, la UE, nunca ha tenido esa ambición. Quizá, la UE, «no» deba tener esa ambición y dedicarse a otras cosas.

Resulta que, ayer mismo, los EE. UU. celebran una alianza estratégica con Australia y el Reino Unido (puntazo para Boris Johnson, ¿no?), denominado «acuerdo AUKUS», para contener las ambiciones chinas en el Indo-Pacífico (¿o es el «mar de China»?) y Francia, por el asunto de los submarinosHasta este incidente, Francia tenía concertada la entrega de submarinos propulsados por diésel a Camberra, actualmente en construcción en los astilleros de la empresa pública Grupo Naval en Bretaña. El acuerdo tenía un valor de 90 millardos de dólares en el horizonte 2030-2050, y estaba considerado el contrato del siglo. Si bien, en los acuerdos firmados en 2019, estaban previstas compensaciones en caso de contingencias como una suspensión de estos. Las implicaciones geoestratégicas son importantes, pero no conviene exagerarlas, sino admitir la alianza de los tres países anglosajones como una oportunidad para renovar el marco estratégico en la región del Indo-Pacífico. Véase el lúcido análisis de Antoine Bondaz en https://www.politico.eu/article/silver-lining-for-france-in-us-australia-submarine-deal/., coge un fenomenal enfado y llama a consultas a sus embajadores de Washington y Camberra. Nunca, desde la declaración de independencia, el embajador francés en Washington había sido llamado a consultas, pero lo cierto es que Francia ha tenido un gran recelo estratégico y cultural de los EE. UU. durante buena parte del siglo XXLas relaciones franco-americanas merecen una entrada entera. La Francia absolutista de Luis XVI fue el primer país en reconocer a los EE. UU. en 1778. Desde entonces, el aprecio mutuo entre las dos naciones ha sido sólido, pero con reticencias públicamente aireadas cada cierto tiempo. La revolución de 1789 no dejó de causar un distanciamiento entre ambos países, que libraron una casi-guerra, no declarada, en 1898-99 y tuvieron incidentes en la frontera de México al final de la Guerra Civil americana, con motivo del envío de tropas francesas a aquel país. Los EE. UU. lucharon contra la Francia de Vichy, apoyando a la Francia libre, algo que los europeos todavía debemos agradecer sin reservas, y, finalmente, el desencuentro entre los dos países con motivo de la Guerra del Golfo. Más allá de estos incidentes, en el plano cultural, los EE. UU. han sido la Némesis de Francia bastante más de lo que el American way of life lo ha sido para cualquier otro país europeo. No sin que dicho estila de vida acabase imponiéndose en todo el mundo occidental en la segunda mitad del siglo XX. El resentimiento francés por esta «guerra societal» emerge con frecuencia en las relaciones franco-americanas. Es su particular leyenda negra..

La reacción francesa a este acuerdo es sintomática de un problema grave en un mundo como el actual. Ningún país de la UE (reparen en que el Reino Unido ya no forma parte de esta) está en condiciones de ejercer influencia geoestratégica en el mundo. Esto no sorprende cuando se considera el peso económico y militar de potencias como los EE. UU. y China, o la agresividad de países como Rusia. Lo que sí sorprende es que la Unión Europea no tenga esa capacidad. Y no la tiene por dejadez expresa de sus Estados miembro. La soberanía geoestratégica de cualquiera de los miembros de la Unión es una impostura, por claros que sean, que lo son, los intereses en zonas calientes del planeta de algunos de estos países. Con China, por cierto, todo el planeta es susceptible de convertirse en una zona caliente debido a la agresiva política de acercamiento de este país a las naciones emergentes y en vías de desarrollo en todos los continentes que se analizaba en la entrada anterior de este blog.

Episodios como el acuerdo de los submarinos nucleares inciden directamente en una amplia casuística que interpela a la Unión Europea, el penúltimo de los cuales es el de la caída de Kabul.

No estaba entre las ambiciones de los fundadores de la Unión Europea el que esta tuviese una vocación geoestratégica. Se trataba de apuntalar la paz continental, en su parte occidental, de manera sólida desde la cooperación profunda y la puesta en común de recursos y políticas. El contexto global que caracterizó los primeros lustros de la Unión Europea era el de la Guerra Fría y la contención del comunismo en todo el mundo (bloque soviético, China y Corea del norte), la descolonización (sudeste asiático, países árabes y África) y Cuba y todo el backyard de América Central y del Sur. Las otrora potencias europeas estaban ocupadas en la reconstrucción de sus países y digiriendo la descolonización de la que eran, en el origen de este grave problema, las dramatis personae. La Unión Europea no tenía margen, ni disposición, ni mandato para intervenir en el tablero mundial de las tres primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX.

Pero, como se comentaba al principio, la UE tuvo una muy exitosa trayectoria en la construcción de un caso único en la historia de la integración económica transnacional, voluntaria, igualitaria de países libres, soberanos y avanzados que para mediados de los años ochenta habían duplicado su número a las doce democracias que firmaron el Tratado de la Unión Europea en Maastricht en enero de 1994.

Desde la generación de los fundadores de la Unión, no se ha vuelto a producir el fenómeno generacional. ¿Exageramos, incomparable gemelo, si decimos que solo Jacques Delors, y solo él, emerge como el representante de una generación de estadistas europeos inexistente?

Sí, así es. Alrededor de Delors, en la década de los ochenta, hubo otros europeos convencidos y comprometidos en la política comunitaria, como Helmut Kohl (RFA y Alemania reunificada), Mario Soares (Portugal), Felipe González (España), Wilfried Martens (Bélgica), Valéry Giscard d’Estaing y François Mitterrand (Francia), Ruud Lubbers (Países Bajos) … y paremos de contar. Tampoco puede decirse que todos estos líderes, algunos de ellos de similar talla intelectual a la de los fundadores, formasen una «generación», apiñada en torno a la idea comunitaria, urgidos por la necesidad, la visión o la pasión, o dispuestos a realizar «esfuerzos equiparables a los peligros que nos amenazan» y con la cercanía personal mutua que requieren los grandes impulsos políticos.

Recuérdese que, en la época en la que todos estos políticos europeos de segunda hornada estaban activos, se dieron los formidables avances institucionales que impulsó Jacques Delors y, especialmente, la caída del Muro de Berlín. Una coincidencia axial que la UE no-supo-aprovechar. El miedo escénico, y esto se puede aseverar recurriendo a las hemerotecas, se apoderó de todos los líderes europeos. Solo Helmut Kohl lo vio, pero el sentimiento general de los líderes europeos era de esperar y ver con la secreta esperanza de que Alemania no volviese a reunificarse (¿jamás?). Afortunadamente, esa resistencia pasiva no frenó el proceso, valientemente impulsado por Kohl, pero, desgraciadamente, paralizó la acción política de la Unión, desaprovechando una ocasión única para un decidido avance geoestratégico.

Menos aún hoy, tras otro tempo generacional similar al transcurrido entre el de los fundadores y el de los compañeros de Jacques Delors recién nombrados, puede decirse que existen figuras de la altura de cualquiera de quienes componían la escasa docena y media de hombres (sí, es lo que había, hombres) que compusieron la generación de fundadores y el grupo disperso contemporáneo de Jacques Delors en su etapa de Bruselas.

Lo de hoy tiene, además, tintes de maldición mefistofélica o de condenación fáustica, como se prefiera. La UE de 27 ha asistido impotente a la defección del Reino Unido y la rebeldía política, por no decir traición, a los valores de la Unión, por parte de dirigentes indignos de este calificativo en algunos países de Este de Europa, hasta el punto de que echamos de menos a Lady Thatcher, su lealtad institucional y su formidable carácter crítico, que tanto ayudó a Delors desde posiciones bien distintas.

La Unión debe encontrar cuanto antes un papel en el ámbito geoestratégico. Los recursos destinados a esta función, plenamente desarrollada, deben multiplicarse. La concertación de los Estados miembro en el Consejo Europeo debe ser firme y mayoritaria, unánime, preferentemente. Los altos representantes de la Unión no deben dar ninguna oportunidad al discurso derrotista respecto a la capacidad de aquella para aspirar a esa presencia hoy ausente en los grandes asuntos mundiales. Resulta que muchas de las políticas comunes tienen objetivos que apuntalan la función geoestratégica, como es el caso de la política comercial, o de ayuda al desarrollo, o políticas sectoriales globales (medio ambiente, pesca) con las que se defienden intereses comunitarios en los ámbitos globales correspondientes, pero no tenemos políticas comunes de defensa o de intervención humanitaria o de protección civil ante catástrofes globales. De la OTAN, mejor no hablar. Pues ya no existe su razón de ser y drena los recursos que podrían ayudar a crear políticas genuinamente europeas en su campo de acción. Ni siquiera la presencia institucional de la UE es preponderante.

¿Puede, hoy en día, una Unión tan imperfecta en estos ámbitos, ser contraparte estratégica de potencias como los EE. UU., China o Rusia? El subtítulo de esta entrada es ¿où est vous Jacques? En nuestra opinión, Jacques Delors representó la persona providencial que la Unión Europea necesitaba para transitar con éxito de la etapa fundacional a la de madurez de la Unión. Pero no tuvo el acompañamiento generacional que requerían los grandes sacrificios que demandaba la geoestrategia de los años noventa del pasado siglo: la renuncia al afán nacionalista de los doce. Y lo que vino después fue peor: personalidades carentes de visión y carácter y un nacionalismo aún más exacerbado de los nuevos Estados miembro que ha parado buena parte de las ambiciones comunitarias, desaprovechando oportunidades, sin dejar de consumir ingentes recursos de solidaridad territorial que no están sirviendo para alimentar el alma de la Unión.

La batalla de Kabul y el episodio de los submarinos australianos dejan a la UE al aire y las débiles voces que quienes entrevén un futuro geoestratégico mejor para la Unión se las lleva el viento porque no encuentran una caja de resonancia, ni política, ni social ni civil en nuestra propia casa. Por más que muchos sintamos que en una Unión más perfecta estaríamos mejor. Así que, où est vous, Jacques?

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